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Este artículo se publicó originalmente en el Magazine 2025 de Climática. ¡Hazte con TU EJEMPLAR en papel y sé parte de la solución!
A pesar de su poder para concienciar sobre la realidad de la crisis ecosocial, las producciones culturales más mainstream o la ignoran o la tratan superficialmente. Al mismo tiempo, solo en los últimos años, el sector ha empezado a asumir sus deberes en cuanto a la huella ecológica de sus actividades, más llamativas en el caso de industrias como el cine, donde las compensaciones de emisiones a veces se dan la mano con el greenwashing. Estas circunstancias, a su vez, se traducen en el tipo de creaciones culturales que se crean y consumen, y quién tiene acceso a ellas. Frente a este modelo, en las últimas dos décadas, hundiendo sus raíces en el ciclo de protestas de las crisis anteriores, se han levantado una serie de proyectos que quieren promover otra forma de habitar y combatir la falta de acceso tanto a la cultura en general como a la diversidad de mensajes que esta produce.
Hay casos muy conocidos repartidos entre Madrid y Barcelona, como La Ciutat Invisible o el Teatro del Barrio, pero también pelean desde la España vaciada o sus ciudades medias muchas iniciativas que intentan preservar las formas de expresión rural.
Wazo, cultura y empleo desde lo propio
“Crear desde el medio rural es entender cuál es tu entorno, sin aplicar la mirada de la gran ciudad, que parece la única posible a veces”, explica Marta Lozano, presidenta de la cooperativa Wazo. “En nuestro caso, nuestro escenario es el Castillo de Montánchez, no el Teatro de la Zarzuela. Preservar la música folclórica extremeña es también componer nuevos temas a partir de ella, no tenerla en una cajita sin tocar, como si se fuese a romper”.
Desde Almendralejo, Badajoz, Valdefuentes y Cáceres editan, organizan conciertos y restauran murales atendiendo al ámbito rural y colaborando con organizaciones de todo el territorio. “A veces, cuanto más te alejas de la capital, y me refiero a Madrid pero también a Cáceres, más abandono encuentras en lo cultural”, explica Lozano. Fundada en 2017 por un grupo de profesionales de diferentes especialidades que no querían tener que dejar Extremadura para vivir de ellas, Wazo abarca todo el espectro de las industrias culturales, aunque música, sector editorial y patrimonio tengan más peso. “Somos custodios de nuestras narrativas, y damos la oportunidad a una comunidad de contar sus historias”.

La Vorágine, crear comunidad
“Cuando nació, las fundadoras decían: si duramos seis meses, va a estar genial. Y así, de plazo en plazo”. Nacida en 2013 como asociación cultural al calor de las protestas del 15-M en la capital cántabra, la librería La Vorágine se propuso como un espacio de encuentro entre colectivos y para traer a Santander esa cultura periférica que no siempre llega a todas partes. “En las estanterías verás algún libro de Planeta o Penguin, pero muy puntual”, explican María y Carmen, las libreras y único personal contratado actualmente en una asociación que mantiene a gala el ‘sin ánimo de lucro’.
“Han sido procesos de aprendizaje. En 2018 nos trasladamos a un local más grande, hay gente que va y viene según el proyecto, existe la posibilidad de ser socia, voluntaria y otras fórmulas”, añaden. Por una parte, han buscado servir de punto de llegada a editoriales más pequeñas o con difícil distribución, así como ciclos sobre descolonización y otras temáticas relacionadas con la crisis climática. “Hemos sido espacio para las mareas, protestas contra la Ley Mordaza… Ahora tienen sus propios espacios, pero, por ejemplo, Palestina nos ha reactivado”.
La Murga, más allá de la cultura
“Somos un colectivo que va más allá de nosotros como creadores, en el que la misma gente que se mueve alrededor del proyecto es copropietaria y participa decisivamente en el tipo de acciones a las que quiere asistir”, explica Jordi Oliveras, creador, activista y miembro de la cooperativa de consumo cultural La Murga. Nacida en las calles de Barcelona a partir del proyecto Indigestió, heredó una revista cultural, un festival de música alternativa y un fórum que ahora su sucesora ha llevado más allá.
“El fórum nació hace más de 20 años como un espacio en el que, a través de monólogos, se reflexionaba sobre el estado de la música en Barcelona. Ahora es un lugar donde repensar la cultura en general y cómo nos relacionamos con ella, y ha pasado de que lo organicen dos personas a que se haga de forma colectiva y colaborativa”, añade Oliveras. De un grupo nuclear de ocho pasaron a más de 50 miembros con un entorno de alrededor de 250: “Y también con su aspecto político, movilizándonos por cuestiones concretas de la ciudad… o la precariedad”.
En pandemia, La Murga fue una de las organizaciones firmantes de un manifiesto por la renta básica. “Sería la mejor política cultural posible”, añade Oliveras. “No necesariamente la renta básica, sino cualquier medida que acabe con la precariedad vital en general, de todo el mundo”.
Y añade que en una concepción “donde la cultura no es la producción del sector cultural, sino que los creadores son unos mediadores de algo que afecta a toda la sociedad, lo mejor es no estar dependiendo continuamente de ese sistema de subvenciones que precariza y hace pedir permiso para vivir y para hacer lo que hacen”. “Y lo mismo –continúa– para quienes participamos sin hacer creación: nuestras vidas también son precarias y van a tope y no tenemos dinero para gastar en consumo cultural ni tenemos tiempo ni cabeza. Lo mejor que nos podría ocurrir es tener tiempo, para vivir y para disfrutar con felicidad nuestra cultura”.

