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No se dice «limpiar el monte», se dice «llevar a cabo las correctas técnicas de selvicultura por parte de especialistas para rebajar el combustible disponible en el monte de cara a evitar la rápida propagación de un posible incendio». Los ingenieros de montes alertan de que España sufre un déficit de décadas en el tratamiento de la masa forestal que puebla más de la mitad del territorio del país. Para ayudar a la extinción de las llamas, prefieren hablar del combustible vegetal disponible antes que de especies en concreto, aunque estas también pueden desempeñar un papel clave por la humedad que poseen.
Buscar únicamente la respuesta a la ignición de una masa forestal en las especies que componen el monte es algo “bastante superado” para Ignacio Pérez-Soba, decano del Colegio Oficial de Ingenieros de Montes de Aragón. La región ha sufrido su peor verano de incendios desde 1994, con más de 44.000 hectáreas quemadas. “Preferimos basarnos en el concepto ‘modelo de combustible’, que responde a la pregunta de cuánta biomasa está disponible para arder y cómo se relaciona con el oxígeno disponible”, añade el especialista.
El modelo de combustible no depende de la especie del vegetal, sino de la cantidad y la organización de esa biomasa. El decano aragonés lo ejemplifica con el caso de un pinar de pino carrasco. Si se da una enorme densidad, con mucha cantidad de ramas secas que se desarrollan desde el suelo hasta las copas y que resulta difícilmente penetrable, será uno de los modelos de combustible más peligrosos que existen de cara a un incendio.
De esta forma, en caso de una ignición, el fuego subiría hasta las copas y se desprendería tal cantidad de energía que haría muy difícil su extinción. En cambio, si este pinar hubiera experimentado determinadas técnicas por parte de la ingeniería de montes y tratamientos de selvicultura, se hubieran retirado ciertos árboles, podado los mejores y triturado todos los residuos se tendría un modelo de combustible mucho más favorable. “Y esto sucedería exactamente con la misma especie en la que el modelo de combustible sería un bosque de coníferas o frondosas con una hojarasca compactada y poco combustible, por lo que el foco del fuego no subiría hasta las copas”, recalca Pérez-Soba.
El resultado se vería en la gradación de la temperatura. Mientras que un bosque tratado por ingenieros puede arder a unos 200 ºC, el fuego extendido en las copas sin intervenir podría alcanzar los 800. Como en tantas otras partes del Estado, en Aragón existe un déficit de selvicultura acumulado de cuatro décadas. “Si no actuamos ya, los modelos de combustible más peligrosos irán a más, se densificarán y harán menos perimetrable el monte y, en general, no facilitarán la labor de la extinción del fuego”, incide el decano del Colegio aragonés.
El nivel de humedad de las especies vegetales que pueblan los montes españoles juega un papel determinante a la hora de enfrentar un posible incendio. El cambio climático también afecta en este aspecto. Así lo detalla el mismo Pérez-Soba: “Mientras los pinos han desarrollado estrategias evolutivas para conservar toda la humedad que pueden y están acostumbrados a vivir en condiciones duras, especies que tradicionalmente tenían un contenido de humedad alto, como las frondosas, las hayas o los robles, en este contexto de calentamiento global y de sequías tan marcadas no tienen estrategias adaptativas que les permitan conservar esa humedad”.

Hacia el paisaje de mosaico
El diseño del paisaje en mosaico es otro de los mantras que repiten los expertos a la hora de intentar paliar los graves efectos de un incendio. Ricardo Zamora, decano del Colegio Oficial de Ingenieros de Montes de Andalucía, recalca que el objetivo es que no haya grandes superficies forestales homogéneas de densidad elevada. En julio de 2026, un incendio en Los Gallardos (Almería) se llevó por delante la vida de 14 personas y arrasó 5.200 hectáreas. Se trata del incendio forestal con mayor número de víctimas mortales registrado en Andalucía y el tercero de España.
Más allá de posibles especies vegetales con cierta adaptación al fuego, el experto incide en que una densidad y sequedad excesivas hará que especies autóctonas ardan con mayor virulencia que aquellas exóticas con menor densidad. “La estructura de la masa es crucial para entender cómo se propaga un fuego, además de la orografía del terreno y el viento, y así conseguir un modelo de combustible lo más benigno posible”, comenta.
La materialización de este objetivo pasa por inversiones para el necesitado desbroce. “No solo son costes, también existen los aprovechamientos del corcho, por ejemplo, y en algunos casos de la madera. Cuanto más heterogéneo y menos denso sea el monte, y más variedades de especies podamos encontrar en él, mejor será de cara a un posible incendio”, sintetiza el decano andaluz.
Zamora cita el alcornoque como uno de esos árboles que necesitan mucha agua pero cuya corteza de corcho les sirve para aguantar fuegos de no muy alta densidad. Las encinas, por otro lado, no poseen una corteza tan consistente, pero sí la capacidad de brotar tras un incendio. Asimismo, multitud de matorrales mediterráneos acumulan semillas en el suelo que, sin competencia, pueden abrirse tras un incendio, pues las cenizas enriquecen el terreno momentáneamente, añade este ingeniero de montes. “Existe todo un elenco de adaptaciones al fuego. Aquí el problema es la frecuencia e intensidad con que se producen”, abunda. Y reitera: “Una de las mejores formas de prevenir y facilitar un mejor trabajo de extinción es una estructura de mosaico que evite altas densidades y la continuidad del combustible”.

Un pacto de Estado como pacto social
El cambio de paisaje es un elemento clave para controlar la propagación de las llamas. Javier Madrigal, científico titular del Instituto de Ciencias Forestales del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), explica que debemos pensar en especies que aguanten temperaturas más altas que las actuales y que se puedan regenerar bien tras un incendio. “Esto es imposible abordarlo desde la restauración artificial o activa, y el hecho de favorecer a unas u otras especies debe basarse en un consenso técnico y social”, defiende el también coordinador de Riesgos Forestales del CSIC.
Se podría optar por especies rebrotadoras y fácilmente germinadoras. También por la misma especie de vegetal quemado, pero con un ecotipo, es decir, ejemplares de la misma especie que se adaptan de forma genética a un lugar o clima particular, que regeneren mejor tras un incendio.
Madrigal apoya el futurible pacto de Estado para abordar los incendios forestales, al que cataloga como “pacto social”. “La población tiene que entender que debe pagar impuestos para autoprotegerse del impacto de estos riesgos que ya sufrimos y vamos a sufrir las siguientes décadas, como inundaciones e incendios”, se explaya.
Controlar el monte para controlar el incendio
Los datos están ahí. El 56% del territorio nacional es superficie forestal, según el Inventario Español del Patrimonio Natural y la Biodiversidad. Asimismo, acorde al informe anual del Estado del Patrimonio Natural y de la Biodiversidad en España, cuya última edición es de 2024, en el país predominan las dehesas, seguidas por los encinares, los pinares de pino carrasco, formaciones mixtas de frondosas autóctonas, mixtas de coníferas y frondosas autóctonas, y de pinares de pino albar.
Para Arantza Pérez Oleaga, vicedecana del Colegio Oficial de Ingenieros de Montes a nivel nacional, “lo que falta en España es una correcta gestión forestal”. “Tenemos muchos ecosistemas diversos, y para conservarlos tenemos que cuidarlos y ver qué hace falta en cada caso”, enfatiza.
Atender a la propiedad del monte en micropropiedad es otra de las cuestiones cruciales de cara a este objetivo. En España, el terreno forestal es mayoritariamente de propiedad privada: un 71,1% frente al 28,9% público, principalmente de las entidades locales (23,2%). Ante este extremo, los ingenieros de montes se decantan por una mejora de la fiscalidad para los propietarios y ayudas a la agrupación ante la gestión de las tierras.
Del mismo modo, Pérez alerta que en los últimos 30 años se han triplicado los metros cúbicos de las masas forestales debido al abandono del mundo rural y los usos más tradicionales del mundo rural, entre otros aspectos. “Nuestros bosques han ganado una continuidad tanto horizontal como vertical que propicia que los incendios cada vez sean más virulentos y abarquen mayor superficie, aunque se haya reducido su número”, argumenta.

Según datos del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, en España se quemaron 64.050 hectáreas en 2020, 88.703 en 2021; 260.696 en 2022; 87.399 en 2023; 45.293 en 2024; y 270.207 en 2025. En 2026, a 13 de septiembre, la cifra alcanza las 273.420 hectáreas quemadas.
Debido a los diversos factores acumulados, a día de hoy cualquier ignición halla la ecuación perfecta que le posibilita generar una energía fuera de la capacidad de extinción por parte de los bomberos. “El secreto está en controlar ese combustible que encuentra el fuego cuando se genera para que los medios de extinción puedan tratarlo de tú a tú y apagarlo”, confirma la vicedecana antes de resaltar las tres prioridades para tener unos montes que no ardan con facilidad: concienciación ambiental, agrupación de la propiedad e inversión económica. “Gestionemos en verde antes de que tengamos que restaurar en negro”, finaliza.

