El futuro no está escrito (tampoco sobre los centros de datos)

"Tanto los gurús de Silicon Valley como los empresarios de los centros de datos nos presentan el futuro como algo ya decidido. Nosotros podemos elegir en qué lado de esa historia queremos estar", escribe Marco Dalla Stella.
El futuro no está escrito (tampoco sobre los centros de datos)
Cientos de personas protestaron en una reunión de la Junta de Planificación del pueblo de Tonawanda, en el estado de Nueva York, por el centro de datos previsto en la antigua planta de Tonawanda Coke. Craig ruttle / Sipa USA / Reuters Foto: NY: Hundreds Attend Town Board Meeting to Protest Data Center Plan

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Tienes la posibilidad de tirar una moneda. Si cae cara, el mundo soluciona todos sus problemas. Desaparece la pobreza, no existen crímenes ni guerras, se han erradicado todas las peores enfermedades. En ese mundo, no existe explotación laboral, el cambio climático es un recuerdo del pasado y todos se dedican a lo que más les gusta. Pero si cae cruz, el mundo se destruye. ¿Tirarías la moneda?

Antes de contestar, considera que nadie sabe realmente cómo está calibrada esa moneda. Es decir, no sabemos cuáles son las probabilidades de que salga cara o cruz. Pero hay teorías.

Según Geoffrey Hinton, premio Nobel por su trabajo en redes neuronales artificiales, existe una posibilidad entre diez de que, dentro de diez años, salga cruz. Dario Amodei, CEO de Anthropic, situó esa posibilidad en el 25%. Roman Yampolskiy, investigador en seguridad y sistemas de IA, es mucho más extremo: considera casi seguro que salga cruz. La pregunta entonces cambia. ¿Qué porcentaje de riesgo estarías dispuesto a aceptar para tirar esa moneda?

No lo pienses demasiado. A menos que vivas en Silicon Valley y seas un supermultimillonario, lo más probable es que tu decisión no tenga ninguna relevancia. De hecho, al escuchar lo que afirman los gurús de Silicon Valley –los Elon Musk, Sam Altman, Dario Amodei, Demis Hassabis y Mark Zuckerberg–, parecería que la moneda ya está en el aire. Vuela por encima de nuestras cabezas y lo único que nos queda es mirarla con la boca abierta, esperando descubrir qué nos ha tocado. Cara o cruz. Paraíso o infierno. Alea iacta est.

Al mismo tiempo, quienes tiraron esa moneda también nos dicen que el futuro aún no está escrito. Los porcentajes no están fijados. Según ellos, todavía sería posible influir en su trayectoria, siempre y cuando les demos más dinero –o más poder–. La lógica es la siguiente: tarde o temprano alguien desarrollará una inteligencia artificial tan poderosa que supondrá un riesgo para la humanidad, así que más vale que sean ellos quienes lleguen primero. Para que esté en buenas manos. Para conseguirlo, invierten millones en tratar de evitar o limitar las regulaciones, aunque públicamente sostengan lo contrario. Y, mientras lo hacen, concentran más riqueza que nunca.

Pero esta acumulación sin precedentes de capital y poder no sería posible sin el recurso que lo alimenta todo. Nuestros datos.

Cotidianamente, nuestras acciones son observadas, registradas, compradas y vendidas por servicios de rastreo cuyo modelo de negocio consiste precisamente en comerciar con esa información. Cada canción que escuchas, cada foto que miras o cada artículo que lees aporta datos útiles para construir modelos de comportamiento y mejorar algoritmos capaces de predecir qué producto o servicio podrías estar más dispuesto a comprar, o ante qué mensaje político podrías ser más vulnerable. Cualquier texto producido por un ser humano puede servir también para entrenar modelos de inteligencia artificial destinados a emular nuestra forma de escribir, actuar y, según algunos, pensar.

El aspecto tal vez más increíble de estos avances en el campo de la IA es que, comparada con anteriores revoluciones tecnológicas, esta no llegó gracias a una invención particularmente brillante. La tecnología que hay detrás existe desde los años ochenta. Lo que descubrimos es que, para convertir una IA relativamente torpe en otra mucho más capaz, basta con aumentar enormemente la cantidad de datos con los que se entrena y la potencia de computación disponible. Y si multiplicas ambas cosas miles de veces, tal vez puedas llegar a crear una superinteligencia más capaz que cualquier ser humano. Sin darte cuenta, podrías acabar creando una nueva especie o, incluso, un dios.

Para que eso pueda ocurrir, la sed de datos es interminable. Actualmente, en la mayor parte del tráfico de internet ya no participan humanos, sino bots. Y cuando internet se acaba, hay que buscar datos en otro sitio. Por ejemplo, en los libros, que las compañías compran a gran escala para escanearlos y luego destruirlos, o incluso datos generados por otras inteligencias artificiales. Y esta montaña de información, por virtual que sea, tiene que guardarse en algún sitio.

Ese sitio no está en las nubes (por ahora), sino en edificios construidos específicamente para ello. Centros de datos. Almacenes gigantes, tan grandes como ciudades, donde servidores que funcionan día y noche, conectados entre sí mediante cables transoceánicos, almacenan e intercambian información mientras consumen enormes cantidades de energía, en ocasiones en perjuicio de quienes viven a su alrededor. Y como la sed de datos no tiene fin, tampoco parece haberlo para el número y la potencia de los centros de datos que supuestamente vamos a necesitar. Proliferan como setas después de la lluvia.

A través de organizaciones de lobby con fuertes conexiones políticas, el sector de los centros de datos reclama acceso privilegiado a la red eléctrica, menos regulación y menos escrutinio. La lógica se parece mucho a la de los gurús de la IA: los centros de datos se van a construir, lo queramos o no, así que más vale que seamos nosotros quienes nos enriquezcamos con ellos. Lo que suelen olvidar precisar es quién forma parte exactamente de ese “nosotros”: holdings registrados en paraísos fiscales y grandes fondos de inversión, mientras que los beneficios prometidos para las economías locales son a menudo exagerados.

Tanto los gurús de Silicon Valley como los empresarios de los centros de datos nos presentan el futuro como algo ya decidido. La inteligencia artificial capaz de causar enormes daños está a punto de llegar y los centros de datos hiperescalares van a aparecer por todas partes. A nosotros solo nos quedaría una decisión: elegir de qué lado de esa historia queremos estar. Entre los ganadores o entre los perdedores.

Pero nada de eso es inevitable. Cada vez más personas, de forma transversal al espectro político, rechazan la visión de los tecnócratas de Silicon Valley, se oponen a nuevos centros de datos y reclaman más controles y transparencia. En Estados Unidos, organizaciones de la sociedad civil han logrado bloquear o retrasar más de 75 proyectos de centros de datos. El público asocia cada vez más lo generado con inteligencia artificial con algo de baja calidad, de escaso interés, sin alma. Slop. Distintos gobiernos han prohibido el acceso de los adolescentes a las redes sociales o han obligado a las plataformas a ofrecer alternativas a los contenidos seleccionados por algoritmos. Los esfuerzos para alcanzar acuerdos internacionales capaces de prohibir los armamentos letales autónomos avanzan.

El futuro no está escrito. No hay ninguna moneda suspendida en el aire. Las compañías multimillonarias quieren que miremos hacia arriba y mientras tanto, a nuestras espaldas, información que creíamos privada es registrada y vendida para construir máquinas de control masivo, debilitar la democracia y hackear nuestras mentes. Por eso hay que dejar de mirar al cielo y prestar atención a lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. No al futuro que nos presentan como inevitable, sino al presente en el que todavía podemos intervenir.

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