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El 12 de enero de 2023, a cientos de metros bajo tierra en la mina de hierro de Kiruna, la empresa estatal sueca LKAB presentó ante unos sesenta periodistas llegados de Bruselas el mayor yacimiento de tierras raras conocido en Europa: más de un millón de toneladas de óxidos. Lo llamaron Per Geijer. La ministra de Energía, Ebba Busch, anunció que la independencia europea frente a Rusia y China empezaría en la mina. Bruselas lo incluyó después entre sus proyectos estratégicos de materias primas críticas.
Encima de ese yacimiento pasan los renos de Gabna. Lars-Marcus Kuhmunen preside esta sameby, la comunidad de pastoreo sami del entorno de Kiruna, que en diciembre de 2025 rompió el acuerdo de cooperación firmado con LKAB en 2013. «Nos están usando para sus propios fines», resume. Si la mina se abre, la comunidad quedará cortada entre los pastos de invierno del bosque y los de verano en la montaña, donde nacen las crías. «Por eso la llamamos la última ruta migratoria».
Kuhmunen está en Barcelona para participar el 27 de octubre en la charla Rare Earths: Minerals for War, coorganizado po el Observatori el Deute en la Globalització (ODG), el Institut Català Internacional per la Pau (ICIP) y el Institut de Barcelona d’Estudis Internacionals (IBEI). Habla de un siglo de minas, presas y tala que levantaron el bienestar sueco con la riqueza del norte, del giro europeo de la transición verde al rearme y de una pregunta que lo deja sin respuesta: «¿Vamos a ser sacrificados para una guerra?».
Desde el sur de Europa, la extracción de minerales evoca, en el imaginario común, a África o América Latina, pero desconoce lo que ocurre al norte del continente. ¿Qué parte del siglo XX sueco nos estamos perdiendo?
La gente en Europa, e incluso en Suecia, no sabe lo que ocurre en el norte. Sabemos lo que pasa en Madagascar o en Chile, pero no aquí. Hoy se planifica, pero llevan cien años haciéndolo: minas, grandes empresas forestales, presas hidroeléctricas que inundaron valles enteros. Suecia tiene electricidad barata y la exporta, pero eso tiene un precio. Entonces era un país pobre, un país de clases. Llegaron los socialdemócratas con la idea de igualarlo, legislaron sector por sector y sacaron mucha riqueza del norte para construir la igualdad de la mayoría. Incluso las minorías vivieron mejor un tiempo. Después de la guerra, en la que Suecia no participó, había industria y mano de obra mientras el resto de Europa estaba bombardeado, y el país siguió enriqueciéndose. Pero las consecuencias de esa riqueza nunca las ha examinado nadie. Las paga el pueblo sami.
¿Y hoy? ¿Adónde va esa riqueza?
LKAB, la principal empresa sueca de control estatal de extracción de minerales, no devuelve nada al municipio ni a la gente que vive allí. Al principio había un buen propósito; ahora es generar riqueza para los ricos, para los accionistas. Y siguen, porque siempre lo han hecho. A los samis nos ven como un obstáculo para el extractivismo. Y las leyes de minería, de bosques y de energía hidroeléctrica siguen siendo prácticamente las de hace cien años. Cuando hablo con periodistas suecos, no quieren preguntar por esto. La gente ve en el periódico que los samis se quejan otra vez y pasa página, porque sabe que forma parte de ello. La mayoría de Suecia participa del saqueo del norte.
LKAB presentó Per Geijer como un pilar de la transición energética. ¿Qué se ve desde Gabna que no se ve desde Bruselas cuando se habla de «modelo verde»?
Si esta mina se hace realidad, mi comunidad desaparece de la zona. Somos el único pueblo indígena de la Unión Europea y dependemos de una tierra sana para el pastoreo. Per Geijer está en la última ruta migratoria de los renos. Ese es el verdadero problema. Las minas se han ido desplazando, nos han obligado a mover las rutas una y otra vez, y ya no tenemos adónde ir. Por eso la llamamos la última ruta migratoria. Nunca se ha hecho en Suecia que una comunidad sami quede partida por la mitad. Necesitamos los pastos de invierno en el bosque y en verano subimos a la montaña, donde nacen las crías. Si hay una brecha en medio, no llegamos a ninguno de los dos.
En dos años, Bruselas ha cambiado la transición verde por la autonomía estratégica, Suecia ha entrado en la OTAN y las tierras raras que iban a las turbinas irán también a misiles, drones y cazas. ¿Es más fácil imponerse a una comunidad indígena en nombre de la defensa que en nombre del clima?
Usaron la transición verde, y nosotros respondíamos que una transición verde tiene que ser justa para ser verde. Pero que esto vaya a alimentar a los ejércitos de Europa y del mundo me parece alarmante. ¿Vamos a ser sacrificados por lo militar? ¿Vamos a ser sacrificados para una guerra? Me quedo en shock cuando veo esa conexión con las generaciones futuras de mi comunidad. Llevamos aquí miles de años, viviendo de la naturaleza y devolviéndole lo que tomamos, en una especie de simbiosis. Y ahora las mineras abren minas a un ritmo rapidísimo. ¿Para crear una fuerza militar, en qué país, dónde?
LKAB y el Estado hablan de coexistencia entre minería y pastoreo. Gabna rompió el acuerdo de cooperación denunciando que no se había compensado ni un metro cuadrado de pasto perdido. ¿Qué era ese acuerdo, en la práctica?
Un acuerdo que no beneficiaba a la comunidad sami. Dedicábamos tiempo y esfuerzo a reuniones para intentar minimizar el daño y no obteníamos nada. LKAB escribe informes cada año y usaba el acuerdo para decir que coexiste con nosotros. No coexiste. Nos están usando para sus propios fines, y todas las consecuencias negativas nos las dejan a los pastores. Si destruyen una zona, no podemos hacer nada. Coexistiremos hasta morir, si eso es la coexistencia. En su nombre retrocedemos todo el tiempo, y ahora quieren coexistir abriendo un enorme agujero entre los pastos de invierno y los de verano. No sobreviviremos a esa mina.
LKAB es cien por cien estatal. ¿Por qué negociar con la empresa y no con el Gobierno, que es quien decide?
Porque el Gobierno nos dice que no hablemos con ellos, que hablemos con LKAB. Bajan la cuestión desde arriba. En parte lo entiendo: somos una comunidad local, y existen el Parlamento sami y la organización de pastores, que se reúnen con el Gobierno varias veces al año. Pero le he dicho a través de los medios a la vice primera ministra, Ebba Busch, que lo que están haciendo es un genocidio cultural, que llevan generaciones haciéndolo. La pérdida de la lengua, la pérdida de la tierra, nos hace sufrir. Nosotros sangramos hoy. Llevamos ochenta años sangrando. Si abren esta mina será un final definitivo. Dejaremos de sangrar. Moriremos.
Suecia no ha ratificado el Convenio 169 de la OIT. En 2020 el Tribunal Supremo reconoció a la comunidad de Girjas el derecho exclusivo sobre la caza y la pesca en su territorio, pero las concesiones mineras siguen siendo cosa del Estado. ¿Qué tendría que cambiar en la ley?
Tiene que revisarse por completo. No podemos tener una ley de hace cien años que sigue igual. Podrían elegir hacerlo de forma sostenible, pero creo que no lo harán, porque genera muchísimo dinero. Bajo nuestra tierra hay mucha riqueza y quieren sacarla y hacer dinero con ella. Nosotros no queremos eso. Nosotros no queremos destruir nada. Queremos que la tierra esté sana y sea fértil para las generaciones futuras.
En Bruselas, ¿no saben lo que pasa, o les conviene no saberlo?
LKAB tiene gente trabajando en Bruselas. Nosotros no tenemos a nadie en Bruselas. Por eso llegó la ley de materias primas críticas. Hace unas semanas otra mina de la zona, Viscaria, a unos quinientos metros de Per Geijer, también recibió el estatus estratégico. La Unión Europea tiene una obligación con su único pueblo indígena y debería examinar lo que pasa en el norte de Suecia. Hemos hablado con políticos, pero en Suecia esto no tiene valor informativo. Así que vamos a probar la ley que existe, el artículo 27 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, que protege el derecho de los pueblos indígenas a su cultura. Primero en Suecia, hasta el tribunal más alto. Después, fuera. Entonces podremos respirar otra vez. Suecia es una cámara de consenso. No disparan…
Es un silencio burocrático.
Sí, burocrático. El Parlamento lleva siglos votando una política que oprime al pueblo indígena y a otras minorías. Hace apenas unas décadas que nos reconocieron como pueblo indígena, y no ha tenido ningún efecto: la misma política minera, forestal e hidroeléctrica. Y ahora llegan los centros de datos. En Kiruna todavía no, pero en el sur del territorio sami están apareciendo.
¿Se ha convertido Sápmi en la colonia interior de Europa para los minerales críticos?
Hace mucho que somos una colonia, con el hierro. Y el hierro está en el centro de todo esto, porque LKAB no tiene experiencia en el procesamiento de tierras raras. Pero como estamos dentro de las fronteras de Suecia, no se nos puede llamar colonia: una colonia es algo que está en otro continente. Aquí hay una colonia dentro de Suecia, que sufre las consecuencias de todas estas industrias extractivas. Claro que crean empleo. Quizá ese sea el lado bueno.
De la Amazonía a Kiruna, el patrón se repite: una empresa que controla parte del poder político y una comunidad que paga. ¿Qué alianzas buscas?
Mi estrategia, y no tiene por qué ser secreta, es que se sepa, porque Suecia tiene fama de país de los derechos humanos. Me molesta mucho esa hipocresía. Me gustaría un acto paralelo en el Foro Permanente de Naciones Unidas, en Nueva York, que pusiera juntos el norte de Suecia y la Amazonía, para ver más claro lo que pasa en las estructuras, y que esto ocurre en un país occidental. Creo que la mina es el gran problema ahora mismo. Las hidroeléctricas se construyeron hace cien años y se rehicieron hace cincuenta o sesenta; están estables. Pero las minas están estallando en el norte de Suecia. Una abrió hace un par de años, el año que viene abre otra, y al siguiente otra más. Y después no queda nada. Lo sabemos por las anteriores.
El Gobierno sueco habla de financiar la cultura sami: lengua, música, artesanía. ¿Puede sobrevivir sin el reno, o eso es convertirla en folclore?
No creo que la estrategia sea borrarnos. La estrategia es que quieren los minerales y los bosques, y como estamos en contra, nos obligan a movernos. Antes sí la tuvieron: hace sesenta años había una política de asimilación y de segregación. Lo han probado todo. Mira los informes de la Comisión de la Verdad, están en la web del Gobierno. Ahí está la historia de las hidroeléctricas, con referencias. Traza un hilo rojo desde aquella política hasta hoy. Será rojo de principio a fin. Y el reno lo conecta todo: es el pilar de la cultura sami en Suecia.

