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Fabricantes de agua: ¿es la desalinización una solución a la falta de lluvia?

El Gobierno destinará 1.400 millones de euros a actuaciones para hacer frente a la sequía y la construcción de tres nuevas grandes plantas desaladoras en el sur de la península. La desalinización de agua marina conlleva impactos ambientales y un gran coste energético.
Planta desaladora del Llobregat en Abrera, Barcelona. Foto: Generalitat de Catalunya
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1 de mayo de 2023. El Consejo de Ministros de España aprueba un real decreto de actuaciones urgentes para hacer frente a la situación de sequía que atraviesa el país. En él se contemplan medidas y obras de emergencia por valor de 1.400 millones de euros. Entre todos los planes, destaca la construcción de tres nuevas grandes plantas desaladoras en el sur de la península (que se llevarán 640 millones) y la autorización a la Sociedad Estatal de Aguas de las Cuencas Mediterráneas (Acuamed) para que licite la construcción de nuevas desaladoras más pequeñas alimentadas por energía fotovoltaica (otros 600 millones).

La mayor parte del territorio de España, a excepción de la costa atlántica y la cornisa cantábrica, está acostumbrado a la sequía. Esta es un componente más del clima mediterráneo. Sin embargo, el año hidrológico 2022-2023 está siendo excepcionalmente seco: el 14,6% del territorio está en emergencia por escasez de agua y el 27,4%, en alerta; y las precipitaciones están un 17,1% por debajo de la media, según datos del informe sobre gestión de la sequía del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.

Además, el cambio climático dibuja un escenario a corto, medio y largo plazo de aumento de las temperaturas –y, por lo tanto, de la evaporación– y aumento de la irregularidad del régimen de lluvias, con periodos de sequía más prolongados acompañados de episodios puntuales de lluvias torrenciales muy abundantes. Ante este panorama, ¿es la desalinización una solución?

Las desaladoras en España

Durante siglos, la mayor parte del agua que bebía la población de Lanzarote llegaba en barcos cisterna. Las fuentes naturales en la isla eran escasas y había que complementarlas con agua traída de fuera. Por eso, este fue el lugar elegido para construir en 1965 la primera planta desaladora de España. En la década siguiente, el régimen franquista vería en este tipo de instalaciones la solución ideal para abastecer de agua a una industria turística y agrícola que no dejaba de crecer, una tendencia que continuó e incluso se potenció con la llegada de la democracia.

Tal como cuenta Domingo Zarzo, presidente de la Asociación Española de Desalación y Reutilización (AEDyR), en su estudio La desalación del agua en España, en los años 70 del siglo pasado se instalaron ya varias plantas en Canarias, primero para hoteles y zonas turísticas y luego para agricultura. En los 80 empiezan a construirse también algunas plantas para fabricación de agua potable en la península y, ya en los 90, estas instalaciones vivieron un boom en las provincias de Almería, Murcia y Alicante, para hacer frente a la sequía y sus efectos sobre la producción agrícola.

“Solo en la Región de Murcia, en los años 90 se construyeron unas 200 desaladoras pequeñas para agricultura. Hoy la mayoría están paradas porque el residuo de salmuera que producían tenía mucha concentración de nitratos y contaminaba”, explica Zarzo. “España hoy es una rareza a nivel mundial, porque es el país que más agua desalada utiliza en agricultura. Más de un 20% de lo que se produce se destina a regar y, si tenemos en cuenta solo los datos del Mediterráneo, el porcentaje sube casi hasta el 60%”.

El último gran impulso a la desalación llegó con el plan AGUA, entre los años 2004 y 2011, con el que se buscaba aumentar el número de plantas de gran capacidad en la costa Mediterránea para suplir el déficit hídrico de la región en contraposición a la política de trasvases. Hoy, según los datos recogidos por el informe, se estima que en España hay más de 770 desaladoras con capacidad para producir más de 100 metros cúbicos de agua al día (0,4 hectómetros cúbicos al año) y alrededor de 100 con capacidad para más de 10.000 m3/día (3,7 hm3/año). Las mayores plantas desaladoras son la de Torrevieja (Alicante), Águilas (Murcia), El Atabal (Málaga), y Abrera (Barcelona).

¿Cómo funcionan las desaladoras?

Una desaladora es una instalación industrial en la que, mediante diferentes procesos, se transforma el agua salada o salobre en agua potable o agua apta para usos industriales y agrícolas. La mayoría de plantas desaladoras del Estado usa la tecnología de ósmosis inversa y, de las de mayor capacidad, solo la de Abrera utiliza una solución diferente, la electrodiálisis reversible.

“En la naturaleza, cuando tenemos dos fluidos con una concentración de sales diferente separados por una membrana semipermeable, el disolvente de un lado tiende a pasar al otro para equilibrar la concentración a ambos lados de la membrana. Esto es un proceso de ósmosis”, explica Bruno Ballesteros, jefe de la unidad territorial de Valencia del Instituto Geológico y Minero (IGM). “En las desaladoras, se invierte el proceso. El agua salada pasa a través de una membrana mediante la aplicación de presión y obtenemos, por un lado, agua muy pura, libre de todos lo solutos salvo el boro, y, por el otro, un agua más salada todavía, una salmuera que se denomina rechazo”.

La generación de esta presión (y los demás sistemas que están en funcionamiento en una desaladora) supone un consumo energético importante. Este se ha ido reduciendo desde los 20 kilovatios por metro cúbico en las primeras plantas hasta los 3-4 kW en las instalaciones más nuevas y eficientes. De acuerdo con Ballesteros, todavía se podría reducir un poco más, pero el margen de mejora es escaso.

Los impactos ambientales de la desalinización

El consumo de energía es el mayor coste económico que tiene la producción de agua desalada (sobre todo, tras la subida de los precios de la electricidad de los últimos años). Solo entre las desaladoras de Águilas, Valdelentisco y Torrevieja, que producen agua para los regantes de la Región de Murcia, se estima un coste energético de 124 millones de euros para el año que viene. Además, el consumo de electricidad es también uno de los grandes impactos ambientales de esta tecnología, siempre asociado a cómo se produce la electricidad y a las emisiones de gases de efecto invernadero.

El otro gran coste a nivel ambiental viene dado por la gestión de los residuos de la desaladora, ese agua de elevado contenido en sales que suele acabar de vuelta en el mar. “Si el agua del Mediterráneo tiene de media 37,5 gramos de sal por litro, el rechazo de una desaladora alcanza concentraciones superiores a 70 gramos. Si la vertemos al mar directamente, esta salmuera es mucho más densa y avanza por el fondo, por lo que afecta a las comunidades que viven allí, como las praderas de posidonia, que son especialmente sensibles”, explica Iván Sola, investigador postdoctoral de la Universidad de Alicante que actualmente desarrolla su actividad en el centro Integrativo de Ciencias y Servicios Ambientales de la Universidad de Playa Ancha, en Chile.

Así, si los vertidos de salmuera se hacen sin tomar ninguna medida preventiva, este agua de elevada concentración de sales provoca un estrés osmótico en los seres vivos. Hay algunos más tolerantes o con capacidad para desplazarse que pueden evitar los daños, pero los más sensibles y los que están fijos en el suelo sufren más las consecuencias. “En general, se han observado reducciones en la actividad fotosintética y en el crecimiento, estrés oxidativo en la propia célula e incluso la muerte de los organismos”, señala Sola. Sin embargo, existen sistemas para evitar que esto ocurra.

“En España, las desaladoras necesitan tener una declaración de impacto ambiental en la que se incluyen medidas correctivas y preventivas, así como los sistemas de monitorización”, añade el experto. Todas las soluciones que se usan en la actualidad pasan por reducir la concentración de sales (en general, el agua vertida no puede superar los 40 gramos por litro). Esto se consigue, por ejemplo, diluyendo la salmuera en más agua de mar antes de verterla de nuevo al medio natural.

Por último, apunta Sola, también se pueden producir impactos ambientales en la fase de captación de agua salada, ya que se corre el riesgo de succionar organismos marinos que, una vez dentro del sistema de la planta, no tienen ninguna vía de escape.

¿Solución a la falta de agua?

Como en el caso de Lanzarote en 1965, las desaladoras han servido durante décadas para producir agua en zonas en las que el recurso era escaso de forma natural. Sin embargo, el cambio climático ha agudizado la situación de sequía en los últimos años y todo apunta a que la disponibilidad de agua superficial será cada vez más reducida en la región mediterránea. Ante este contexto, no está claro que puedan servir como una solución sostenible a largo plazo para mantener –o incluso incrementar– el consumo actual de agua en España.

“Las desaladoras, como las plantas de regeneración de aguas residuales, sirven para optimizar la gestión del agua y atemperan el problema de la sequía, pero no son soluciones”, destaca Ballesteros. “Haya sequía o no, una vez que se incorpora el agua desalada al sistema, ya forma parte fijo de ese sistema. Cuando vuelve a haber una sequía, no se puede construir una nueva desaladora de buenas a primeras, sino que hay que prevenir sus impactos antes, con la gestión y la política hidrológica”.

Para Iván Sola, sin embargo, sí tienen una serie de ventajas a tener en cuenta para hacer frente al nuevo contexto climático. La primera es que el recurso que utilizan, el agua de mar, va a estar siempre disponible, independientemente de que haya sequía o no. La segunda es que el uso de agua desalada de forma habitual permite reducir la presión sobre los acuíferos y otras fuentes de agua, que podrán destinarse a otros usos o conservarse para momentos futuros de escasez.

De acuerdo con un informe publicado por el Instituto para el Agua, el Medioambiente y la Salud de la ONU en 2019, para que la desalación sea una alternativa real a los problemas del agua debe ser una solución realmente sostenible. Para ello, señala el organismo, deben encontrarse mejores soluciones para la gestión de los residuos de salmuera (y así reducir los vertidos) y apostar por la autosuficiencia energética de las plantas mediante energías renovables dedicadas en exclusiva al servicio de las desaladoras.

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