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Efectos sinérgicos

“No me acostumbro a leer una novela o un ensayo en formato electrónico”. El biólogo Ricardo Reques, decidido conservacionista, confiesa su personal “incoherencia” climática en esta nueva entrega de ‘Nuestra placa de Petri’.
“Una muy pequeña porción de los volúmenes de nuestras estanterías supera ya el gasto ambiental de un lector electrónico”, dice Reques... sin renunciar por ello a los libros de papel. Foto: MAIA HABEGGER / UNSPLASH

Cada viernes publicamos una entrega de ‘Nuestra placa de Petri’, una serie de diálogos entre la escritora Sara Mesa y el biólogo Ricardo Reques. Recopilamos los textos aquí.

24 de abril de 2020

Al pensar en la incongruencia de algunos productos que se venden etiquetados como ecológicos o sostenibles, siento que entramos en un terreno en el que a mí no me resulta fácil ser siempre consecuente. Se ve una enorme contradicción en el tipo de consumo que, con frecuencia, se defiende desde los movimientos ecologistas y que, en el fondo, solo persigue un nuevo objetivo comercial. Se intentan vender unos productos alternativos a los industriales pero participan de los mismos principios de mercado y juegan con las mismas reglas; buscan negocios nuevos aprovechando la imagen positiva que tiene el respeto por la naturaleza, pero, como dices, son elitistas porque solo un sector de la sociedad puede acceder a ellos. Desde mi punto de vista, la alternativa sería buscar nuevas reglas que no participen del mismo modelo de crecimiento económico, dando más oportunidades a los productores cercanos.

Muchas de las doctrinas que se sostienen desde el ecologismo son, en realidad, poco ecológicas. Creo que no es bueno que unos fundamentos ideológicos intenten apropiarse de una disciplina científica llamada ecología porque genera mucha confusión, pero ya es algo arraigado que no vamos a poder cambiar. Por ejemplo, se defiende la necesidad de estar más cerca de la naturaleza y de ser autosuficientes, pero si cada familia viviese con esos preceptos, con el crecimiento de la población del último siglo, la mayoría de los bosques y otros espacios naturales del planeta ya habrían desaparecido. Además, la contaminación sería muchísimo más difusa.

Desde un punto de vista ecológico lo mejor para todos es que los humanos nos concentremos en grandes ciudades, en pisos y rascacielos que ocupan poco espacio y que allí, en esas urbes se concentre la contaminación que generemos —intentando que cada vez sea menor y más inocua— sin olvidar, claro, hacerla más habitable manteniendo grandes espacios verdes para nuestro esparcimiento. Podríamos incluso mejorarlas si aprovechásemos cada rincón, cada azotea, para plantar árboles o arbustos y si creáramos jardines verticales en los muros. Lo esencial es dejar sin tocar la mayor superficie posible de los espacios naturales que aún tenemos.

Yo desconfío de los ecologistas que viven en casas en medio de un espacio natural bien conservado porque me demuestran una tremenda hipocresía. Nos venden una vida bucólica rodeada de naturaleza, formando parte de ella al estilo de H.D. Thoreau, pero no dicen que si eso lo hiciéramos todos sería absolutamente insostenible. Acepto su decisión de vivir así, pero no que nos hagan creer que su preocupación y respeto por la naturaleza es mayor que la de los demás. En el mejor de los casos, queriendo ver su lado cándido, demuestran un absoluto desconocimiento hacia lo que intentan preconizar.

Al final, la gente que es capaz de percibir estas discordancias puede decidir, simplemente, seguir viviendo y resolviendo sus problemas del día a día, sin implicarse mucho y sin ánimo para tomarse en serio propuestas encaminadas a reducir su impacto sobre la biosfera. Sin embargo, veo muy importante aclarar que nada de esto quita el enorme valor de todo lo que han conseguido los grupos conservacionistas en la salvaguardia de espacios naturales y de especies amenazadas. Sin estos movimientos sociales el mundo ahora sería mucho peor. Se estima que las iniciativas de conservación han mitigado el desastre de extinción de especies en, al menos, una quinta parte de lo que podría haber sido.

Gran dilema: los libros de papel

Me imagino que, de forma individual, la mejor forma de enfocar todo esto es mediante el pensamiento crítico: conocer el problema desde los distintos ángulos posibles y decidir con la libertad de la que se disponga. Al intentar adentrarme de un modo más personal en el tema que propones no puedo evitar ver contradicciones en las que caigo de forma más o menos consciente y que afectan a muchos niveles de mi vida cotidiana. Tú has planteado el problema de elegir los alimentos y la ropa que compramos, a veces por necesidad y muchas otras por capricho, y eso me ha llevado a algo que a ambos nos toca tan de cerca como son los libros. Si lo que he comentado antes creo que puede disgustar a unos pocos amigos que pertenecen a grupos ecologistas, esto que voy a decir ahora puede que no sea diferente y te hará ver que no soy mejor que aquellos a los que acabo de criticar.

En mi casa vivo rodeado de libros. No hay una habitación en la que no se amontonen volúmenes y volúmenes de libros. Me gustan los libros en papel, los disfruto no solo por el contenido, sino también como objeto que puedo sentir. Tengo también un libro electrónico en el que acumulo una biblioteca aún mayor, sobre todo de clásicos. Estoy acostumbrado a leer en la pantalla del ordenador artículos, informes e incluso libros académicos. Todas las revistas científicas las prefiero en formato electrónico porque la búsqueda es más rápida, las tengo mejor organizadas y no ocupan espacio ni consumen papel. En cambio, no me acostumbro a leer una novela o un ensayo en formato electrónico. Lo hago cuando voy de viaje porque me evita ir cargado de libros que creo que voy a necesitar, pero en mi casa me gusta el libro impreso, subrayarlo, escribir en los márgenes si son ensayos. Te cuento todo esto porque sé que lo razonable desde un posicionamiento que beneficie a la conservación ambiental del planeta, con los instrumentos que hay actualmente, sería optar solo por el libro electrónico y olvidarnos del libro en papel. A los que nos gusta mucho leer y, a la vez, queremos que nuestra huella ecológica sea la menor posible, no tenemos muchas excusas frente a esto. Ahora podemos disponer de una inmensa biblioteca en un pequeño aparato. Podemos sentir lo mismo que aquel bibliófilo que aparece en El libro de arena, de Borges, al disponer de una infinitud de libros y poder saltar de uno a otro sin ningún límite ni restricción.

Se han hecho diferentes comparaciones sobre el impacto al fabricar ambos tipos de libros porque el aparato electrónico también causa un evidente daño ecológico y, además, los fabricantes casi obligan a renovarlos periódicamente al sacar nuevas aplicaciones y formatos. Pero por mucho que intentemos justificar lo contrario, lo cierto es que, una vez que disponemos del soporte, el impacto por cada libro que adquirimos es insignificante comparado con el que produce cada volumen en papel que compramos.

Incluso si se usan materias recicladas y tintas fabricadas de la forma más respetuosa posible con el medio ambiente, cuando sumamos todos los procesos de fabricación y, sobre todo, de almacenamiento y transporte desde las primeras etapas hasta que llega a nuestras manos, una muy pequeña porción de los volúmenes de nuestras estanterías supera ya el gasto ambiental de un lector electrónico en el que se pueden almacenar multitud de libros. Otra cosa distinta es cuántos libros somos capaces de leer para sacar el máximo rendimiento a cada formato. Pero mi decisión privada es que, conociendo el daño evitable que puedo ocasionar, seguiré comprando libros en papel. Y, por si fuera poco, además de la importante cantidad de volúmenes impresos que acumulo, también escribo siempre en cuadernos; tengo algunos guardados que ya rellenaba con catorce o quince años. Así que, como ves, mi faceta más literaria tiene una importante deuda vital con los bosques.

Nuestras incoherencias

Me gusta ir a las librerías y tengo amigos libreros. Gasto bastante dinero en libros y deseo que sigan abiertos esos negocios, pero ni siquiera decido seguir comprando libros por ellos, sino por una cuestión de gusto personal. Y sé que es una incoherencia con lo que intento defender porque, además, no me he decidido por uno u otro tipo de libro, sino que utilizo los dos.

Si alguien resuelve utilizar solo el libro electrónico supongo que no debería afectar ni a los autores ni a las editoriales, pero sí a las librerías, las imprentas y las distribuidoras. No sé si el oficio de librero desaparecerá en las próximas décadas, pero tampoco es algo que deba de asustarnos. Recuerdo vagamente que, cuando era muy pequeño, cerca de mi casa, en Madrid, había una carbonería en la que un anciano, siempre tiznado de negro, vendía cubos de carbón que llenaba con una pala. Ese oficio desapareció, como tantos otros, cuando en las casas pusieron cocinas y calefacción de gas o de electricidad. Creo que aún quedan algunas carbonerías en algunas ciudades y quizás más en pueblos, pero la extinción de muchos oficios que no pueden adaptarse a los cambios tecnológicos es lógica.

Hasta hace pocas décadas el planeta tenía la capacidad de amortiguar los desajustes que el ser humano iba produciendo, remendaba por sí solo nuestros descosidos, corregía las partituras de nuestras desarmonías, pero ahora, a la escala a la que se producen, cada vez es más complicado y han empezado a aparecer efectos sinérgicos que eran difícilmente predecibles. Algunos ejemplos que comentas no los conozco bien, pero si uno de los principales objetivos medioambientales debería ser proteger la mayor superficie natural posible del planeta parece claro que cuanto más local sea el producto que compramos, menos recursos necesitaremos —material y energía per cápita— y eso reduce la huella ecológica.

Si un producto que se puede elaborar en un lugar cercano sale más barato trayéndolo de otro muy alejado, a pesar de lo costoso que resulta su transporte y conservación, con toda probabilidad, se debe, como argumentas, a que las condiciones en las que trabajan allí (salarios, horarios, etc.) son mucho peores que las que tienen aquí. Al permitirse ese tipo de competencia nos enfrentamos a un dilema ético. Creo que es un buen ejemplo que pone en evidencia hasta qué punto los grandes problemas sociales convergen en conflictos con el medio ambiente y pueden tener soluciones conjuntas.

No podemos hablar de alimentación o de agricultura a gran escala sin hablar de su impacto global sobre los ecosistemas. No podemos hablar de desigualdades sociales sin hablar de ecología. Casi todas las políticas, desde las agrícolas, pasando por las de sanidad y hasta las fiscales, tienen consecuencias para el medio ambiente, aunque éstas casi siempre son ignoradas. El medio ambiente, como ya hemos comentado otras veces, debería ser, además de una responsabilidad de los gobiernos, también un compromiso que dé oportunidades a los que actúan para su salvaguardia y sancionen a los que realizan acciones nocivas. De esta forma se podrían igualar las condiciones de competencia.

Con ese panorama parece que cualquier iniciativa personal no sirve de mucho, pero creo que no es así porque siempre hay una posibilidad de elegir. Hacer el esfuerzo de dedicar un tiempo a saber si la carne que comemos se ha producido en condiciones de crueldad con los animales o si los cereales que consumimos proceden de cultivos intensivos es un primer paso para empezar a decidir. Ya sabemos que no se puede pedir lo mismo a dos personas que se encuentran en situaciones distintas. Las que no tienen nada cazarán cualquier animal salvaje que encuentren y talarán hasta el último árbol si eso les sirve para mantenerse. Este es un motivo más, no sé si ya contemplado, para argumentar la necesidad de garantizar rentas mínimas que, tal y como lo veo, es también un seguro para el bienestar del resto de las personas que no están en esa situación de riesgo.

Este tipo de producción, además del factor humano que describes —y que debería ser en primera instancia el que más nos preocupase—, implica un aumento del uso de productos químicos como son los fertilizantes, aumento del uso de agua, aumento del uso de energía primaria, aumento del gasto de transporte y de emisiones de dióxido de carbono… Sin embargo, con eso solo me quedo en la superficie porque cada uno de estos problemas implica otros muchos que tienden a aumentar la degradación de la biosfera como es la ocupación de cada vez más extensiones de tierra para cultivo y ganadería, la necesidad de construir embalses de mayor tamaño y una larguísima lista de daños encadenados y sinérgicos. Pero de nada aprendemos. Veo en las noticias que algunos gobiernos aprovechan la crisis del coronavirus para sacar leyes que permitan volver a políticas añejas relacionadas con la urbanización de espacios de gran valor ambiental o la relajación de normativas que llevó años instaurar y que en su momento lograron detener la destrucción de espacios únicos.

Puede que la globalización tal y como se ha desarrollado hasta ahora esté llegando a su fin como apunta Gray y frene el crecimiento acelerado en el que estamos inmersos. Eso nos obligará a tener que adaptarnos a estos cambios, tal vez a vivir con lo esencial como dices que vivían nuestros abuelos, pero también tenemos que saber conservar algunos de los grandes logros científicos y tecnológicos. Estoy pensando ahora en algunos aspectos positivos de la globalización y de la tecnología que la hace posible. En esta casi mágica conexión entre todos los seres humanos hay flujos de información, intercambio de ideas y de puntos de vista; podemos escuchar las voces más minoritarias del rincón más apartado del planeta, algo impensable hace solo unas décadas. Y hay plataformas como Change.org o Avaaz.org que crean corrientes de opinión y logran metas impulsando cambios sociales que parecían inalcanzables. Ahora estamos viendo que, en muchos casos, el teletrabajo es una buena opción, así como las reuniones por videoconferencia. También, a veces, se pueden hacer diagnósticos médicos a distancia. Eso reduce considerablemente los viajes y los transportes. Por otro lado, el acceso a los recursos educativos es cada vez más sencillo, son de mayor calidad, más universales y utilizan menos material.

Lecciones de humildad

Hace unos diez años hicimos una expedición herpetológica por el Medio Atlas. Un año antes lo habíamos hecho por el norte de Marruecos. El grupo estaba formado por investigadores de distintos centros portugueses, marroquíes y españoles. En Marruecos, era una profesora de la Universidad de Tetuán, Soumia Fahd, quien lideraba el equipo y la que hizo de cicerone durante la expedición. Menciono su nombre porque es una gran investigadora y una mujer luchadora, que reivindica los derechos de la mujer en la cultura de aquel país tan apasionante. Pero lo que te quería contar para terminar por hoy es que, en el lugar más apartado y montañoso del Medio Atlas, allí donde difícilmente podías llegar sin un todoterreno o sin un burro, en las casas más humildes y aisladas, podías ver la silueta de una antena parabólica y no era nada raro encontrar a gente provista de móviles. Ellos conocían la vida de Occidente, podían ver la distancia que nos separa, pero eran personas serenas, bien relacionadas con su entorno, aparentemente felices y tremendamente generosas. Sin conocernos de nada querían compartir su escasa comida y su té con nosotros, unos extranjeros interesados por sapos y culebras que llegaban con vehículos caros provistos de aire acondicionado y vestidos con ropa de marcas de deporte de montaña.

Son lecciones de humildad que se dan con el ejemplo y de las que todos deberíamos aprender.

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