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Pablo Manzano, ecólogo: “El cambio climático es un problema de combustibles fósiles y no de que haya más o menos animales”

Pablo Manzano Baena, doctor en Ecología y experto en ganadería y medio ambiente, busca entender mejor los detalles de nuestra relación con la naturaleza.
Foto: Pablo Manzano

La huella humana en el medioambiente es difícil de ocultar. La masa de los objetos producidos por el ser humano supera ya la biomasa global. Y más del 60% de los mamíferos que pueblan la Tierra son ganado. Sin embargo, más allá de las grandes cifras y los datos llamativos, los entresijos del impacto ambiental de las actividades humanas se complican. Entenderlos es clave para encontrar un equilibro sostenible entre el Homo sapiens y el resto del planeta.

Pablo Manzano Baena, doctor en Ecología y experto en ganadería y medio ambiente, busca entender mejor los detalles de nuestra relación con la naturaleza. Aplica los principios de la ecología a una gran variedad de disciplinas, lo que le define como ecólogo traslacional. Ha trabajado, entre otros, para la FAO y para la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Desde 2019, es investigador en el grupo sobre Cambio Global y Conservación de la Universidad de Helsinki.

Un cuarto de las emisiones globales de gases de efecto invernadero tiene su origen en la agricultura y la ganadería.

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Se le atribuyen. Debemos pensar en cómo se hacen esas cuentas, qué emisiones son antropogénicas y cuáles naturales. El efecto invernadero hace posible la vida en la Tierra. Si no fuera por él, el planeta estaría cubierto de hielo. Gracias a un efecto invernadero natural, estamos aquí.

Partiendo de esta base, tenemos que distinguir entre emisiones naturales y emisiones antropogénicas. El CO2 que exhalamos al respirar no contribuye al cambio climático antropogénico. Pero si quemamos petróleo que lleva millones de años enterrado, sí producimos un incremento artificial de la concentración de dióxido de carbono.

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Es verdad que el 25% de emisiones que se le atribuyen a la agricultura y la ganadería, pero hay que estudiar bien hasta qué punto son emisiones naturales o no.

Son dos actividades que llevan milenios entre nosotros. ¿Cuál es su impacto real en el cambio climático?

La ganadería tiene 10.000 años. Se considera que hace 6.000 ya había una cantidad elevada de animales de pastoreo. Pero el cambio climático antropogénico, ligado a la revolución industrial, tiene como mucho dos siglos. Es un problema de combustibles fósiles y no de que haya más o menos animales.

Por otro lado, existen evidencias de que la ganadería extensiva juega un papel similar al que tendrían los herbívoros salvajes si no existiesen los domésticos. Si hay hierba, alguien se la come. Si no se la come un ñu, se la come una vaca. Si no se la comen el ñu o la vaca, se la come la termita. Y si no se la come nadie, acabará incendiándose. El resultado es similar en todos los casos: emisiones de CO2 y metano.

Un tercer obstáculo para entender el peso de la ganadería en el cambio climático es poner en el mismo plato todos los gases de efecto invernadero. El metano es un gas con un poder de retención de calor muy elevado, 26 veces más potente que el CO2, pero se queda en la atmósfera unos 12 años, mientras que el dióxido de carbono permanece más de 1.000. Sin embargo, para comparar ambos gases a efectos prácticos, solo se tiene en cuenta su capacidad de calentamiento en un horizonte de 100 años.

Si aumentamos las emisiones de CO2 para reducir metano, posponemos el problema. Pasamos la patata caliente a las generaciones futuras. Además, si quitamos el ganado pastador, ocuparán su nicho otros animales salvajes o acabarán ardiendo los pastos. Estamos haciendo las cuentas como si los seres humanos y la naturaleza fueran cosas separadas.

¿Cuánto cambia el impacto climático entre las diferentes especies?

Los rumiantes están especializados en fermentar la celulosa para digerirla y emiten metano en el proceso. La gran diferencia en las emisiones entre especies ganaderas está entre rumiantes y no rumiantes. Sin embargo, los grandes herbívoros hacen un uso de los ecosistemas que los pollos, por ejemplo, no hacen. Más allá del discurso climático, conviene señalar que los rumiantes pastadores son fundamentales para mantener los procesos de los ecosistemas.

Las formas más extensivas de la ganadería, como la trashumancia, no dejan de jugar el mismo papel que los herbívoros salvajes. Es lo mismo que sucede en el Serengueti, con los ñus en movimiento continuo en busca de pastos, pero con animales domésticos. La trashumancia ayuda a dispersar semillas, conecta los ecosistemas y mantiene la diversidad de las poblaciones de especies polinizadoras.

A nivel emisiones de gases de efecto invernadero, ¿cómo cambia la huella ecológica de un sistema muy intensivo a otro como la trashumancia?

La ganadería trashumante usa muy poca energía fósil. No necesita piensos, que se producen de forma intensiva. Pero, al comer más celulosa, los animales emiten más metano. Si lo comparamos con las fórmulas que se usan en la actualidad, emite menos una granja intensiva de cerdos que un rebaño trashumante. Pero si comparamos el carbono fósil emitido a la atmósfera, la cosa cambia.

¿Cómo reducir entonces las emisiones de la ganadería?

La intensificación se plantea en muchas ocasiones como una forma de hacerlo. Por ejemplo, se habla de añadir aditivos a la dieta de la ganadería para que la digestión sea más eficiente y se produzcan menos gases. Pero la pregunta, para mí, siempre es si todo esto reduce la cantidad de gases en términos netos.

Si tenemos vacas que, gracias a los aditivos, producen más leche, necesitamos menos pasto y menos vacas para producir la misma cantidad. Como consecuencia, reducimos la cantidad de vacas en el territorio y liberamos nichos para otros herbívoros salvajes. El metano lo vas a tener igual en la atmósfera.

Además de reducir la ganadería industrial, hay que intentar entender mejor los ciclos geoquímicos del planeta. Por ejemplo, el deshielo del permafrost, que genera grandes emisiones, está muy vinculado a la ausencia de herbívoros salvajes y domésticos. Y la extensión de los bosques boreales parece ser perjudicial para el cambio climático porque el bosque retiene más calor y refleja menos radiación solar.

Es complejo, lo admito. Sin embargo, existe una narrativa simplificadora muy clara de que hay que acabar con la ganadería extensiva y plantar árboles para compensar las emisiones de combustibles. A mí me suena a un discurso que conviene mucho a ciertas empresas, como las petroleras.

Otra de las soluciones propuestas es reducir el consumo de carne. Sin embargo, la mayoría de países aspira a aumentar el porcentaje de proteína animal que consumen su ciudadanía. ¿Es justo abrir ese debate?

Los que abogamos por reducir el consumo de carne somos los países desarrollados, con muy pocos problemas de retraso del crecimiento entre la población infantil. Pero hay muchos países en los que la malnutrición infantil por falta de proteína animal es un problema gravísimo. La mitad de la población africana tiene retraso en el crecimiento por poco acceso a carne, huevos, leche y pescado. Esto influye en el desarrollo físico y en el intelectual.

¿Cómo les podemos decir que coman menos carne? Tenemos que ser realistas y avanzar hacia una producción de proteína animal sostenible. Eso sin tener en cuenta que para producir vegetales para una dieta global vegana habría que cultivar grandes extensiones de tierra y deforestar más bosques. Hay ganadería que cumple un rol ecológico fundamental y que puede ser sostenible.

Si eliminamos la ganadería extensiva y no tenemos herbívoros salvajes, ¿cuál es el impacto a largo plazo?

Lo estamos viendo. En buena parte de la península Ibérica, el ecosistema natural se parece bastante al de una sabana: una mezcla de árboles, arbustos y pasto. Sin herbívoros, esto cambia y el bosque cerrado crece, modificando el ecosistema. Disminuyen las poblaciones de animales que no son de bosque como el conejo y esto afecta al águila imperial y al lince. Y aumentan las probabilidades de incendios forestales.

Tenemos la idea de que el bosque es lo mejor, pero los que trabajamos en ecología sabemos que los paisajes naturales en latitudes templadas son una mezcla de árboles, arbustos y pasto. La mejor prueba de esto es que tenemos muchas especies endémicas de plantas que necesitan luz, que no pueden crecer bajo los árboles.

¿Qué sería necesario para reforzar el papel de la trashumancia en España y en Europa?

Darnos cuenta de que no toda la ganadería es igual, de que hay prácticas más sostenibles que otras. Debemos ser más conscientes de la importancia de los sistemas extensivos para mantener el equilibrio del medioambiente. No son el enemigo, sino parte de la solución. Deberían también ponerse en valor otros aspectos, como la calidad nutricional de los alimentos o el impacto ambiental.

Por ejemplo, el perfil de ácidos grasos de los productos animales de ganadería de pastoreo es mucho mejor que el de los de ganadería intensiva. Además, como decíamos, la ganadería de trashumancia tiene un papel clave en el mantenimiento de los ecosistemas. Para ponerlo todo en valor, eso sí, se necesitan más pastores y medidas para hacer frente a los predadores, como el lobo.

Cuando hablamos de ganado en libertad y de pastoreo, hay que hablar del lobo. ¿Cuál es el papel de estos superdepredadores en el equilibrio de los ecosistemas?

El lobo es un animal fascinante. Ahora bien, el papel de los superdepredadores no está tan claro como se quiere hacer ver. Existen evidencias de que las poblaciones de grandes herbívoros están más reguladas por la disponibilidad de alimento que por los predadores.

Si vamos a ecosistemas con menos intervención humana, como el Serengueti, observamos que las poblaciones se regulan de abajo a arriba y no de arriba abajo. Los leones y las hienas son territoriales, no se mueven mucho. Mientras, los ñus, las gacelas y las cebras hacen una especie de trashumancia siguiendo los pastos. La mayoría de estos herbívoros se mueren de desnutrición, no de que los cacen.

En Europa se empieza a ver ahora algo similar. Los predadores no parecen ser capaces de controlar la cantidad de herbívoros que hay. Ahora tenemos muchos ciervos y jabalíes porque son especies forestales y los bosques han crecido y se han cerrado en toda Europa. Veo improbable que los lobos vayan a regular las poblaciones de grandes ungulados. Pero eso no les quita valor.

En su papel de superdepredador, ¿no ocupa el lobo en cierto sentido el espacio del ser humano?

En origen, sí. En Eurasia, tras la llamada gran extinción de megafauna del Cuaternario, el lobo fue el único superdepredador capaz de hacernos sombra que quedó. Después, con la ganadería, se convirtió en el gran peligro para los ganaderos. Al final, competimos por el mismo recurso.

Es interesante observar que en lugares donde no hay muchos herbívoros salvajes, como en el norte de Portugal, la presa principal del lobo es el ganado. Mientras, en España el lobo se alimenta, sobre todo, de presas silvestres. Sin embargo, hace 100 años, cuando apenas había ciervos o jabalíes, el lobo cazaba ovejas y cabras. Y de aquellos polvos, estos lodos.

Entre la gente del campo y entre los colectivos ecologistas hay a veces visiones demasiado cerriles. Quien se va a entender es la gente más razonable de ambos lados. Ni los que quieren que no se toque ni un pelo a ningún animal ni los ganaderos a los que les molesta cualquier animal que no sean sus ovejas.

¿El plan del Ministerio para incluir a todas las poblaciones de lobo ibérico en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial tiene en cuenta todas estas realidades?

El plan está bien enfocado, pero falta escuchar mucho más a la gente. Para restar conflictividad a la cuestión del lobo es muy importante dejar a la gente participar. Hay iniciativas como el Observatorio Campo Grande, que es un punto de encuentro de todos los sectores, con una visión menos fundamentalista, que sí están siendo escuchadas.

Esta cuestión también indica que el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico tiene en cuenta el valor de la ganadería extensiva, mucho más que el Ministerio de Agricultura. En general, los Ministerios de Agricultura europeos deberían abandonar las posiciones productivistas. Deberían tener en cuenta que la producción agropecuaria en los países desarrollados tiene que orientarse hacia la calidad, la gestión del territorio y la protección ambiental.

En España lo hemos entendido con el jamón ibérico o el aceite de oliva. Lo mismo sucede con los quesos franceses o muchos productos italianos. Los mercados de calidad funcionan. Es el camino del desarrollo rural.

Volviendo al lobo, en España sí existen espacios de coexistencia pacífica.

Hay algunas zonas de donde el lobo nunca se ha marchado, como la sierra de la Culebra, en Zamora. Ahí la situación es distinta. Pero el gran problema del lobo es cuando llega a zonas donde llevaba desaparecido bastante tiempo. Por eso la protección del lobo debe hacerse con cuidado.

Muchos ganaderos quieren a sus animales y les parte el alma que se los coma el lobo. Por lo que siempre será mucho mejor prevenir que curar. Y luego hay que cambiar regulaciones, como las que prohíben que los perros pastores como los mastines vayan sueltos. Un mastín atado no protege al ganado.

En el fondo, el conflicto del lobo es un conflicto latente de lo urbano con lo rural. Refleja la poca comprensión del conservacionismo de base urbana sobre lo que pasa en el campo. 

¿Qué fórmulas existen para proteger al lobo y reducir daños a la cabaña ganadera?

Los perros, guardar al ganado de noche, tener un pastor acompañando al rebaño, los cercos eléctricos… Algunas funcionan mejor en algunos sitios y algunas mejor en otros. Por ejemplo, en las zonas muy montañosas, los perros tienen poco campo visual y no son muy útiles.

Hay que tener en cuenta que el lobo sale caro, pero buena parte de la sociedad quiere pagar el precio. Lo que no se puede hacer es dejar que lo paguen los ganaderos. Por cerrar el círculo, todo ese dinero que destinamos a ganadería intensiva desde la Política Agraria Común y otras políticas podríamos destinarlo a la ganadería extensiva y a su coexistencia con el lobo.

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COMENTARIOS

  1. Menos carne y más vegetales, sale beneficiada nuestra salud y la Madre Naturaleza.
    En los últimos 12 años, Greenpeace y numerosos medios de comunicación y otras organizaciones han revelado repetidamente que los grupos de mataderos más grandes de Brasil, JBS, Minerva y Marfrig comercian con ganado vacuno vinculado a la deforestación, violaciones de los derechos indígenas y condiciones de trabajo similares a las de los esclavos.
    El incendio intencional de la industria ganadera brasileña para limpiar la naturaleza invaluable es un escándalo internacional, sobre todo a la luz de la crisis climática global y la biodiversidad.

  2. Organizaciones sociales y ambientales demandan al Gobierno español que no financie, a través de los fondos europeos de recuperación, proyectos impulsados por las grandes empresas de la industria cárnica.
    Solicitan que los fondos de recuperación europeos apoyen una transición justa y sostenible del sistema agroalimentario.
    Los fondos europeos, que también incorporan condiciones, reformas y generarán endeudamiento público, no pueden servir para subvencionar falsas soluciones como el biogás a gran escala, ya que no resuelve los problemas ambientales asociados a la ganadería industrial y puede generar graves impactos en el territorio.
    Amigos de la Tierra, Ecologistas en Acción, Food & Water Action Europe, Justicia Alimentaria y el Observatorio de la Deuda en la Globalización solicitan al Gobierno español que los 10.000 millones de euros de los fondos europeos de recuperación gestionados por el Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico y amparados en las políticas verde y digital de la UE, vayan destinados a impulsar una transición justa y sostenible del modelo agroganadero.
    Asimismo, denuncian que los distintos proyectos liderados por la industria cárnica pretenden impulsar la creación de plantas de tratamiento de purines de los animales que viven hacinados en las macrofábricas de carne industrial, con el fin de producir biogás. Además tienen entre sus objetivos la mecanización de la cría de animales y del posterior procesado de la carne.
    El Pacto Verde Europeo y el peligro de las falsas soluciones a una transición justa y sostenible.
    La creación de nuevas plantas de producción de biogás ligadas a explotaciones ganaderas industriales supone una estrategia de lavado verde de las grandes empresas cárnicas y un apoyo con dinero público a la ganadería industrial que debería destinarse a otros fines. La producción de biogás no elimina el principal problema de los purines, la contaminación por nitratos, y su posible inyección a la red de gas en forma de biometano solo sirve como excusa para perpetuar inversiones en infraestructuras de gas fósil que dificultan la transición energética. Resolver el problema de los purines implica una moratoria sobre nuevas explotaciones ganaderas industriales, la reducción de la cabaña ganadera industrial y una transición decidida hacia modelos de ganadería más extensivos y sostenibles.
    Las organizaciones sociales y ecologistas afirman que financiar a la ganadería industrial en España únicamente servirá para acrecentar los graves problemas de salud global, emergencia climática, pérdida de biodiversidad y despoblamiento rural. Los fondos europeos de recuperación deben ir destinados a impulsar políticas que fomenten la producción local de alimentos, el impulso a la pequeña producción agroecológica y la necesaria transición justa y sostenible del sector agrario y ganadero.
    España lidera el crecimiento de la ganadería industrial en la UE
    La ganadería industrial es una grave amenaza para el desarrollo rural en España.

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