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Sobran soluciones, falta voluntad política

«Es perfectamente viable», escribe Azahara Palomeque, «erigir un ecologismo basado en la justicia social y el bienestar de la ciudadanía, donde el decrecimiento se produzca de forma regulada».
Cuba ha llegado a ser una de las naciones líderes en agroecología en el mundo por la vía más dura: la necesidad. Foto: KUHNMI / FLICKR
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Al comenzar la crisis de 2008-2009, una persona de mi entorno cercano se arruinó hasta el punto de sufrir verdaderas penalidades. La empresa de su marido había quebrado y ella sólo podía aportar un salario de esos raquíticos que abundan en España. Cuando, un día, se le rompió la lavadora, se vio a sí misma haciendo lo que jamás había hecho: lavar a mano la ropa de la familia. Por suerte, sus compañeras de trabajo se dieron cuenta y decidieron, entre todas, recolectar el dinero suficiente para regalarle otra antes de que los dedos picados por el detergente, junto a la humillación de saberse pobre en un país supuestamente desarrollado, acentuaran aún más su malestar.

Recurro a este ejemplo porque me parece representativo de varios fenómenos: por una parte, la debacle económica, de la que aún no nos hemos recuperado cuando ya se debaten los estragos de otra crisis; por otra parte, las mudanzas forzosas hacia comportamientos benévolos con el medioambiente –lavar a mano, no ocasionado por el «ecologismo» sino por los choques sísmicos del capitalismo–; finalmente, la solidaridad y amistad que permitieron que esa práctica acabase. En última instancia, la historia me devuelve los ecos de una probable situación de miseria generalizada que, si no se toman medidas políticas contundentes, terminará por replicarse debido a los estragos de la emergencia climática, la escasez de combustibles fósiles, y la huida hacia adelante que muchos gobiernos se han empeñado en poner en marcha.

Está comprobado que la ruina de casi todos –a pesar de que los ricos contaminen mucho más– contribuye a mejorar el medioambiente (desciende el consumo, se emiten menos gases de efecto invernadero), pero eso es, precisamente, lo que debería evitarse para, en su lugar, erigir un ecologismo basado en la justicia social y el bienestar de la ciudadanía, donde el decrecimiento se produzca de forma regulada. Es perfectamente viable, contamos con el conocimiento y la tecnología como para que no caiga por el abismo de los sueños rotos, sólo hace falta voluntad política y, como en la colecta de la lavadora, empatía y colaboración. Conozco muchas más historias; una de ellas ocurre en Cuba. Rebobinemos.

Fin oficial de la Guerra Fría; la URSS da sus últimos coletazos y, con ellos, desaparece el trato comercial preferente que mantenía con la isla, dando comienzo a lo que los historiadores han llamado el «Periodo Especial», una etapa de escasez tan devastadora que el cubano medio perdió 9 kilos en pocos años. El PIB se contrajo en un 33%, principalmente por faltar la energía fósil soviética, pero, pese a la gravedad de los hechos, la esperanza de vida no bajó y el cataclismo sirvió de aliciente para convertirse en una de las naciones líderes en agroecología del mundo. Como no había combustible que hiciese funcionar la maquinaria agrícola, aumentó la población de bueyes; al carecer de fertilizantes químicos, buena parte de la gente se dedicó a nutrir las tierras, tanto en los campos como en las ciudades, con compost y otros abonos naturales, plantando también leguminosas que fijaran el nitrógeno al suelo; ya que los pesticidas brillaban por su ausencia, se asociaron los cultivos de manera que esa combinación detuviese las plagas.

Sostenibles a fuer de pobres

A principios de los años 2000, como demuestra la investigación del doctor en antropología social Emilio Santiago Muiño, la producción de alimentos era un 21% mayor que antes del Período Especial, y todo ello se había conseguido por vías sostenibles. Para más inri, la incidencia de algunas enfermedades cayó en picado porque, al disminuir el transporte propulsado por gasolina, la gente recurrió en masa a la bicicleta. Nada de esto se incentivó bajo el paraguas de la lucha contra el cambio climático; al contrario, fue la necesidad la culpable del giro en el modelo agrario, alimenticio y vital, pero las prácticas prevalecieron y, hoy sí, estas victorias son motivo de orgullo ecologista.

No es mi intención minimizar la cantidad de sufrimiento que se dio simultáneamente en la isla, ni blanquear un régimen en el que no existe la pluralidad de partidos ni la libertad de expresión; más bien se trata de valorar unos logros ciudadanos que, con ayuda del Estado, sirvieron para mitigar lo que, de otra manera, habría constituido una crisis humanitaria de proporciones inimaginables. Ahora que se culpa indiscriminadamente a la guerra por una urgencia energética y económica multifactorial –la guerra influye, pero no la explica enteramente–, es necesario rescatar tanto los aprendizajes históricos como aquellos saberes tradicionales que ayudan a reducir nuestro uso de combustibles fósiles siendo, además, más respetuosos con la biosfera de la que dependemos.

No es casualidad que el Reino Unido haya recomendado implementar algunas de las medidas que salvaron a Cuba de la hambruna: producir más fertilizantes naturales y plantar leguminosas. Otras, como la gestión vecinal de los parques públicos para el cultivo de frutas y verduras destinadas al autoconsumo, han sido bienvenidas en algunos barrios de Estados Unidos, un país que, pese a su deletérea huella de carbono (segundo más contaminante del globo), ha realizado esfuerzos significativos en la construcción de infraestructuras resilientes, con resultados mixtos. En España, contamos con iniciativas encomiables como la del ayuntamiento de Pontevedra, que hace años peatonalizó el centro, lo cual ha provocado un descenso de las emisiones de CO2, la revitalización del comercio local y una mejor calidad de vida en general. En el contexto bélico actual, la Agencia Internacional de la Energía ha propuesto reducir la dependencia del gas y el petróleo rusos mediante un decálogo que incluye promover el teletrabajo, volar menos, compartir vehículos y abaratar el transporte público, lo cual precisaría del empuje de políticas públicas y no tanto de la iniciativa individual. Hace poco, un grupo de científicos elaboró un complejo plan de choque que pasa por nacionalizar las eléctricas, reforestar nuestros bosques, prohibir sustancias tóxicas como los plásticos y una justa redistribución de la riqueza.

Las soluciones están al alcance de la mano. No hay excusas –no debería haberlas– para llevar a cabo reformas estructurales que minimicen la vulnerabilidad social e incluso nos conduzcan a escenarios más saludables, llenos de aire limpio y actividades que, como apuntaba el informe Meadows, puedan crecer ilimitadamente en un clima de equilibrio material y natural: el arte, la educación, el deporte, aunado a una solidaridad que no sólo sirva para hacer colectas. En la sabiduría de nuestras sociedades, sería un error optar por otro camino.

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COMENTARIOS

  1. Sabes perfectamente que quienes mandan en el mundo son los grandes capitales, no los políticos. Los políticos, (lo mismo que los falsimedia), se dejan comprar. Si no lo hacen estarán poco tiempo en su puesto.
    De qué sirve la libertad de expresión si no te la tienen en cuenta, incluso ha vuelto el miedo a expresarte y según como te puede costar la cárcel.
    La mascarilla que llevamos hoy día es una analogía de la mordaza que nos han impuesto.
    A la dictadura del capital no la llaméis democracia pues es la peor de todas las dictaduras. La más genocida, la más pérfida y además global.
    Si hablas hoy día de nacionalizar las eléctricas o la banca te miran con mezcla de desprecio y de espanto, diciendo por lo bajo y, como un insulto, ¡comunista!.

    El impacto para la salud del 5G: el estudio científico que asesora a las y los europarlamentarios.
    Estado actual de los conocimientos sobre los riesgos cancerígenos y reproductivos y de desarrollo, tal y como se desprende de estudios epidemiológicos y estudios experimentales in vivo.
    Los resultados del informe STOA pueden resumirse como sigue:
    Esta revisión concluye que actualmente hay pruebas suficientes y limitadas (sufficient evidence y limited evidence en inglés) tanto de su carcinogenicidad como de su afectación a la fertilidad, especialmente en las radiofrecuencias de los rangos GSM, UMTS, LTE y 5G (450 a 6.000 MHz) utilizados hasta ahora.
    «Dado que se han realizado pocas investigaciones sobre las consecuencias para la salud de la exposición a largo plazo a las ondas milimétricas, el despliegue generalizado de la infraestructura 5G constituye un experimento masivo que puede tener impactos adversos en la salud pública»….
    https://www.ecologistasenaccion.org/194950/el-impacto-para-la-salud-del-5g-el-estudio-cientifico-que-asesora-a-las-y-los-europarlamentarios/

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