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Alejandro Pedregal me recibe por videoconferencia desde su casa, cerca de Helsinki. Es investigador del Consejo de Investigación de Finlandia en el departamento de cine de la Universidad Aalto, y se acaba de mudar de piso, contrariedad a la que se añade una visita de urgencias al veterinario con su perro. “Ya está mejor, pero nos ha dado un susto” –confiesa, mientras se prepara para nuestra entrevista. Autor de varios ensayos, anteriormente investigador del CSIC en España en el área de Historia, y también cineasta, compagina sus numerosas inquietudes académicas y creativas con colaboraciones en el periódico El Salto.
Está contento; a pesar de los últimos imprevistos, su libro Incendios. Una crítica ecosocial del capitalismo inflamable (2025), recién publicado por la editorial Verso Libros, está teniendo buena acogida. En él se detallan tres fuegos mortales ocurridos de manera simultánea durante el mes de junio de 2017 en Pedrógão Grande, Portugal; en la Galería Nicolini de Lima, Perú; y en la Torre Grenfell de Londres, Inglaterra. Qué mejor momento para hablar de incendios que este verano tórrido que también afecta a Finlandia. Conversamos largo y tendido sobre todo ello, y otras circunstancias que también arden.

¿De dónde surge la idea para este libro?
Los tres incendios sucedieron de una manera casi simultánea. Al principio, los fui siguiendo en paralelo y, en ese momento, tenía más una curiosidad por ellos que otra cosa, porque los tres hablaban de diferentes aspectos del sistema-mundo capitalismo, y estaban ocurriendo a la vez. Así que la idea del libro vino después. En un principio, quería hacer una especie de artículo breve. Luego, yo vengo del cine… entonces, había una idea en bruto de hacer una especie de documental-ensayo, que acabó afectando al tipo de forma que ha tomado el libro. A partir de interesarme por todo eso, empecé a ampliar las lecturas, a ampliar los elementos concretos de cada fuego y, al mismo tiempo, a indagar en cómo si vinculaban entre ellos y, al final, el material que manejaba se prestaba a la escritura de un libro.
De alguna manera, los incendios te abren la puerta para hablar de otras cosas. Por ejemplo: el de Portugal, con el tema del eucalipto, te da pie a hablar de los cambios en los bosques. En el de Perú, hablas de las condiciones laborales de estos trabajadores que se quedaron encerrados. Lo que hay no es tanto una exploración de los incendios como un análisis del capitalismo inflamable en general.
Por un lado, hay una cuestión de forma. De alguna manera, me lo planteé a modo de yuxtaposición de imágenes dialécticas. Cada uno de los incendios me permitía hablar de aspectos del desarrollo histórico y actual del capitalismo, eso es cierto. También, me permitían hablar del antagonismo entre capital y vida. Es decir, de la contradicción entre capital y naturaleza en el primer incendio; el otro [el de Perú] tiene que ver con el capital y el trabajo; y el tercero [en Londres], con capital y reproducción social. Luego, todos los casos se vinculaban con la producción de un tipo de forma ecosocial, configurada por el capitalismo.
Por otro lado, estaba el elemento que me interesaba en particular, que era cómo cada uno hablaba de diferentes aspectos del desarrollo histórico del capitalismo. Por ejemplo: los cercados y la privatización de la tierra como parte de la expulsión del campesinado, que va a la ciudad y tiene que vender su fuerza de trabajo, sometido ya a los designios de la acumulación. Entonces, eso que podría contarse como ciclos del capital sucedía simultáneamente [junto con los incendios], lo cual daba pie a pensar en una fase del capitalismo global integrado. En ese sentido, me parecía que había una sincronía y una diacronía muy sugestivas para hablar del capitalismo como sistema-mundo.
La utilización del mito de Prometeo, que le roba el fuego a los dioses, parece acabar teniendo una connotación positiva como razón iluminada, pero el fuego es algo negativo. ¿Qué crees que aporta este mito?
El fuego tiene una connotación negativa en un planeta en llamas. Lo que plantea revisitar el mito de Prometeo es que la idea del Prometeo productivista, que inunda también la literatura ecológica, es una construcción social del siglo XIX. Sin embargo, hablar del Prometeo original es precisamente recuperar una figura que se sale de esa lectura productivista, completamente eurocéntrica. Porque el Prometo original dialoga con mitos orientales, que hablaban de esa iluminación del conocimiento secular. La reflexión de mi libro –que es histórica y simbólica– me permite desmontar una idea de la modernidad vinculada al progreso que también está vinculada al desarrollo del capitalismo; cuando, en realidad, hay aspectos de la modernidad que son liberadores. Entonces, quería recuperar todo eso para hablar de otra forma de aproximarse a la ciencia, en relación a nosotros y a la naturaleza.
Precisamente, uno de los objetivos del libro es deconstruir la modernidad, el progreso, etc. como un período que inauguró un colonialismo cuyo marco cognitivo –y prácticas extractivistas – sigue vigente. Sin embargo, recurres al concepto “transmodernidad”, de Enrique Dussel. Es decir, no quieres descartar la modernidad del todo.
Claro. En el fondo, de lo que habla Dussel en ese texto es… O sea, en la literatura ecológica hay una crítica un tanto esencialista a la modernidad, que me parece políticamente muy poco útil. Porque hay aspectos de la modernidad que no tienen que ver con la modernidad capitalista, que pueden ser liberadores y emancipadores. Es decir, aspectos que se han construido a través de luchas precisamente contra la imposición de un modo de vida capitalista exportado a otras regiones. Como en la revolución haitiana. No hay mayor oda a la libertad, a la igualdad y la solidaridad que la revolución de los esclavos haitiana.
Yo estaba pensando también en cosas más tangibles, más cotidianas, como los derechos laborales; también se construyeron a la contra del capitalismo.
Claro. O el movimiento por la defensa de la tierra; o las apuestas de los campesinos por la vía agroecológica, que es un avance entre el conocimiento técnico, científico, y el conocimiento situado. Entonces, creo que hay aspectos de esta crítica esencialista que asocia la modernidad al mito del progreso… Yo en el libro no defiendo el mito del progreso. Sería un atajo demasiado fácil de recorrer. Lo que intento es problematizar que, cuando hablamos de modernidad, a veces lo que hacemos es comprar el discurso que ha impuesto el capitalismo sobre la modernidad, pero las visiones pueden ser más plurales.
¿Se puede alcanzar un “decrecimiento ecosocialista” –la apuesta de tu libro–, a la vez moderno e ilustrado?
Sí, y si la descripción “ilustrado” suena demasiado asociada a Europa, entonces podemos hablar de transmodernidad, o incluso de pluriverso.
He mencionado lo de “ilustrado” porque Marina Garcés ha sido crítica con la ilustración, pero propone reformularla, no descartarla por completo, como tú con la modernidad.
Claro, y luego está el libro El amanecer de todo (2021), donde David Graeber y David Wengrow proponen que, para el desarrollo de las nociones de libertad e igualdad en el pensamiento moderno, fue esencial el encuentro con el pensamiento indígena. Desde ahí surge una reflexión sobre aspectos que cuestionan el orden jerárquico del Antiguo Régimen. Hay un debate que planteo –que no desarrollo, pero que está mencionado– entre Antoni Domènech, el libro El eclipse de la fraternidad (2019) y el libro de Graeber y Wengrow. Pero bueno, en cualquier caso… Sí, efectivamente. Hay una visión unilateral, muy esencialista del desarrollo histórico que, a veces, está atravesada por una inercia eurocéntrica, y tal vez debemos reflexionar sobre cómo hemos aprendido esas cosas.
Sugieres una “democratización del conocimiento científico”. Pero, ¿no crees que el problema actual no es que no haya conocimiento, sino que no se quiere actuar según sus postulados? La serie HOPE lo enfoca también como tú. Sin embargo, a mi modo de ver, el problema es que se ha deslegitimado el conocimiento como herramienta de activación de ciertas políticas; en otras palabras, el gran problema que tenemos es que cuentan lo mismo 20 años de estudio que un video de TikTok.
Cuando hablo de democratizar el conocimiento me refiero a que no es sólo una cuestión de conocimiento técnico, sino también situado. Por eso hablo de agroecología: esas comunidades tienen el conocimiento de su tierra y, al mismo tiempo, dialogan con científicos que, de alguna manera, contribuyen con una síntesis técnica más abstracta.
Es evidente que hay una cuestión a la que nos enfrentamos que es el negacionismo, y las múltiples herramientas que tiene para imponer un relato y cuestionar el conocimiento acumulado por científicos durante décadas y siglos. Entonces, yo creo que hay un problema. Por una parte, tenemos una emergencia ante la cual las respuestas se deben dar de manera decisiva; por otra, cualquier proceso de democratización implica formas lentas de deliberación y trabajo pedagógico. Y, además, con un montón de obstáculos que tienen que ver con las redes sociales, pero no únicamente.
El grado de explotación a la que está sometida la mayor parte de la población hace que se embrutezca el cómo se aproxima la gente al conocimiento. Porque el agotamiento físico del capital, la fatiga que produce el trabajo en los cuerpos –y no hablo sólo del trabajo asalariado, sino también del trabajo reproductivo– implica un descenso cognitivo a los infiernos.
Entonces, ¿cómo enfrentar esa situación? Creo que hay diversos campos. El más evidente tiene que ver con el activismo, en diferentes frentes vinculados al cambio social. Luego, hay una parte de pedagogía que es de largo alcance: en mi caso, yo trabajo en la parte de investigación, pero hay una parte de intervención –que es lo que hacéis muchos de vosotros– que es fundamental, porque es el contrapeso más directo a esas narrativas [negacionistas] que se imponen. Pero alcanza tantos niveles de actividad que sería absurdo delimitarlo a uno u otro campo. Lo que sí haría más falta sería una especie de coordinación entre diferentes campos para que ese avance sea productivo. Ahí es donde hay que intentar mejorar. No lo digo en el libro, pero lo mencioné en una presentación: hablaba de una internacional antisistémica: que distintos grupos trabajando en distintas áreas del conocimiento pudieran coordinarse para avanzar en ese cambio [ecosocial].
Hace poco un estudio afirmaba que el impacto en primera persona de los fenómenos meteorológicos extremos no tiene ninguna repercusión en la comprensión del cambio climático. A mí que tu casa la pueda derribar un incendio de sexta generación, con pirocumulonimbos, y tú sigas siendo negacionista climático me genera muchos problemas…
Hay muchos estudios sobre esa disonancia entre el shock y el conocimiento. Es complicado, sí. En el fondo, todos nos hacemos esa pregunta y nadie tiene la respuesta. Y genera mucha frustración. Pero creo que, al final, es como esa frase de Eduardo Galeano (citando a Fernando Birri) que decía: “El horizonte sirve para caminar”. Si no, ¿para qué sirve el horizonte? O sea, lo importante es no caer en el desánimo y seguir remando. Ahora estoy trabajando en un texto que plantea que, desde diferentes ejes, Norte global y Sur global, se pueden esbozar algunos elementos en común que sirvan para construir la internacional antisistémica que antes comentaba. Pero lo importante es no caer en el desánimo. Hay grupos –como Movimiento sin Tierra, en Brasil– que se mueven, y lo hacen en unas condiciones muy difíciles y, aun así, son capaces de seguir organizándose. Ésos son modelos de inspiración brutales, sobre todo para quienes estamos en el Norte global.




