Hijos del Fuego: el fuego nos hizo humanos y creó un planeta diverso

Destrucción, hectáreas arrasadas, catástrofe ambiental… estas son algunas de las palabras que nos vienen a la cabeza cuando pensamos en los incendios forestales. Sin embargo, el fuego es mucho más que todo eso.
Hijos del Fuego: el fuego nos hizo humanos y creó un planeta diverso
Foto: imagen del documental ‘Hijos del Fuego’.

María Vicente Marín y Víctor Resco de Dios // Desde una perspectiva evolutiva, el fuego ha contribuido a estabilizar las concentraciones atmosféricas de oxígeno que permitieron la vida en nuestro planeta. El fuego, además, es un agente de renovación ambiental y una plataforma planetaria de reciclado de nutrientes. En el cortometraje Hijos del Fuego, del proyecto divulgativo Planeta Forestal, analizamos estos aspectos y entrevistamos a algunos especialistas españoles sobre esta materia.

Para nuestra especie, los cambios climáticos siempre han sido decisivos y lo siguen siendo a día de hoy. Un cambio de las temperaturas de la Tierra en el Mioceno, hace aproximadamente 5 millones de años, favoreció el surgimiento de un nuevo tipo de bioma en África, la sabana, en detrimento de los bosques. En ella, el fuego juega un papel primordial, ya que periódicamente arde, con lo que se favorece el surgimiento de numerosas gramíneas, principal sustento de los ungulados. Debido a ese retroceso de las zonas boscosas, nuestros antepasados fueron abandonando el modo de vida arbóreo en busca de nuevas formas de vida y de alimento. Nuestra escasa especialización y la presión ecológica en esos nuevos ecosistemas harían el resto.

Antes del siglo XX, poco investigadores reconocían la importancia que el fuego había tenido en el proceso de hominización de nuestra especie. Entre los que lo supieron entrever se hallaba Darwin y también Savarin, quien en 1825 decía que mediante su uso «el hombre había domesticado la propia naturaleza». Más tarde, en 1960, Levi-Strauss sostenía que la invención de la cocina marcó «la transición de la naturaleza a la cultura». Sea como fuere, para entender qué somos es fundamental entender cómo el fuego nos hizo humanos. En él se sustenta el origen de una revolución cultural que posibilitó nuevas formas de facilitarnos la vida. 

El interés en su estudio es creciente y, hoy en día, de forma unánime los investigadores reconocen su importancia. Aun así, debido a la escasa evidencia arqueológica, no hay un consenso sobre cuándo, dónde y cómo nuestros antecesores empezaron a domeñarlo. Lo que es sabido es que su uso y dominio fueron uno de los grandes hitos de la historia de la humanidad, junto al bipedismo, la tecnología, la encefalización y el surgimiento del lenguaje, del arte y de la escritura. 

Las actividades pirotecnológicas son una antigua tradición, iniciada probablemente por el Homo erectus hace, al menos, un millón de años. Estas supusieron una auténtica revolución tecnológica que transformó nuestra biología, al proporcionarnos una variedad de ventajas adaptativas. Nuestra fisiología, anatomía, ecología, ciclo vital, psicología e incluso conducta social cambiaron y nos fueron convirtiendo en lo que somos ahora, Homo sapiens. Así, por ejemplo, el fuego ampliaba la dieta, mejoraba la habitabilidad y permitía colonizar nuevos hábitats, permitía prolongar las actividades diurnas y favorecía la socialización, el desarrollo de la inteligencia social y del lenguaje, además de representar una ventaja defensiva frente a predadores. Permitía, en suma, mejorar la supervivencia y el éxito evolutivo de nuestra especie: sobrevivíamos mejor y nos reproducíamos más.

Los nuevos estudios arqueológicos observan las prácticas culturales de los grupos humanos actuales con el fin de extrapolar sus modelos culturales a las interpretaciones arqueológicas. Polly W. Weissner, de la Universidad de Utah, señala su importancia socializadora al fomentar la comunicación oral. Sus estudios sobre poblaciones de cazadores recolectores bosquimanos señalan que, durante el día, los temas de conversación giran en torno a cuestiones económicas, quejas y litigios, mientras que, durante la noche, en torno a la hoguera, el 81% son narraciones. Haciendo una analogía etnoarqueológica, podemos entender mejor su papel como regulador de las relaciones sociales en el pasado: frente a la hoguera, al activarse el sistema endorfínico, se alejaban las tensiones sociales derivadas de nuestra naturaleza social y territorial. Canciones, bailes, ceremonias, relatos…. Ahora, la presión selectiva iba en favor de la inteligencia para fomentar el desarrollo de una vida social que exigía desafíos cognitivos, además de un uso creativo del lenguaje, que posibilitaría, a la postre, el surgimiento de las formas artísticas orales. Por último, ya que favorecía la creación de vínculos, propició la creación del hogar en torno a la familia. 

En su vertiente más ecológica, fuego es un proceso ecológico esencial. Los grandes carnívoros, como los lobos, prefieren cazar en zonas que han ardido con alta intensidad. Esto es así, por un lado, porque de esa forma ven mejor a sus presas y, por otro, porque la vegetación que crece tras el fuego es más nutritiva, lo que favorece el aumento en la densidad de sus presas. El águila perdicera es otro de los grandes beneficiados de los incendios, pues necesita de espacios abiertos para poder cazar.

Sin embargo, otros animales, como el urogallo, son muy vulnerables a los incendios, al igual que lo suelen ser los anfibios. El fuego puede ser una catástrofe ecológica si se pierde una gran cantidad de suelo por la erosión, si quema con una severidad particularmente elevada y sobre áreas muy extensas, o si se suma a otras presiones ambientales. Pero de por sí, el fuego no debe considerarse como una catástrofe ecológica.

Los incendios llevan más de 420 millones de año sobre la Tierra y, a pesar de eso –o quizás gracias a eso–, la biodiversidad ha seguido proliferando. Es por ello que podemos decir que somos hijos del fuego. En nuestra opinión, el étimo Homo pyricus sería otro nombre acertado para definir a nuestra especie.

María Vicente Marín es filóloga hispánica y profesora de Lengua Castellana y Literatura en el Departament d’Educació de la Generalitat de Catalunya. Víctor Resco es catedrático de Ingeniería Forestal en la Universitat de Lleida.

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