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«Me parte el corazón»: las comunidades que cultivan el café de Costa Rica, amenazadas por el cambio climático

Costa Rica es uno de los países con mayor biodiversidad del mundo. Sus habitantes se enorgullecen de sus bosques y de la calidad de su café, pero se está produciendo una dura competencia entre ambos. El aumento de la temperatura y los patrones erráticos de las precipitaciones debido al calentamiento global plantean nuevos desafíos a los caficultores.
Samuel, empleado de la Organización de Estudios Tropicales durante el día y cultivador de café los fines de semana. Foto: Gina Errico/The Xylom.

Esta historia de Gina Errico (texto y fotos) ha sido publicada originalmente en The Xylom. La traducimos al español y republicamos en Climática como parte de Covering Climate Now, una alianza de medios internacionales para fortalecer la cobertura de temas climáticos.

En Costa Rica, el cultivo del café no es sólo un medio de vida, sino también una tradición familiar.

Según cuenta Diana Vargas Hernández, hija de caficultores afincados en Puntarenas, una extensa provincia que abarca buena parte de la costa bañada por el Pacífico del país centroamericano, la cosecha anual de granos de café siempre ha estado presente en su vida. «Recuerdo, de cuando era pequeña, la locura de intentar recoger todos los frutos antes de que se estropearan o se los comieran los pájaros», cuenta.

Hoy, la familia de Diana se enfrenta a una crisis. «Ahora oigo a mis padres comentar lo mucho que ha mermado el rendimiento de los campos [de café] y los problemas que tienen con hongos patógenos, que tal vez los obliguen a desistir del cafetal, y me parte el corazón».

Frutos de café inmaduros infectados por un hongo patógeno. Se aprecia por las manchas marrones y las diminutas esporas amarillas que se desprenden del fruto enfocado.

Su familia no está sola. En Costa Rica hay cerca de 50.000 fincas cafeteras de propiedad individual, el 90% de las cuales posee menos de cinco hectáreas de terreno. Cada finca se enfrenta a múltiples crisis simultáneas, como bruscas oscilaciones de temperatura y precipitación, una mayor incidencia de las plagas de hongos e insectos y el encarecimiento de pesticidas y fertilizantes. 

Los costarricenses viven en una de las regiones con mayor biodiversidad del mundo y se enorgullecen de sus bosques y de la calidad de su café, pero se está produciendo una dura competencia entre ambos. El aumento de la temperatura y los patrones erráticos de las precipitaciones que acarrea el cambio climático plantean nuevos desafíos a los caficultores de Costa Rica.

Costa Rica es cada vez más cálida, sobre todo durante la temporada de cultivo y cosecha del café. Los cafetos [la planta] florecen en abril y mayo, después de fuertes lluvias. Las flores caen cerca de un mes después, dejando un carpelo [hojas modificadas que conforman la parte reproductiva femenina de las flores] que acabará madurando y convirtiéndose en un grano de café. Hay una sola temporada de cosecha, que se extiende aproximadamente entre octubre y marzo.

En términos globales, Costa Rica es un pequeño productor de café, pero esta materia prima, que ocupa el séptimo lugar entre sus principales exportaciones, representa también un estilo de vida y de ella depende buena parte de su economía. Mientras trabajaba en mi tesis de máster sobre los bosques colindantes con plantaciones de café en Costa Rica, aproveché para hablar con agricultores y silvicultores locales sobre los problemas a los que se enfrentan y cómo intentan combatirlos.

Costa Rica
Un cafetal con plataneros integrados para dar sombra y también un cultivo suplementario.

A diferencia de muchos otros cultivos, el cafetal puede gestionarse de diversas maneras. Hay dos tipos diferenciados de caficultura: la de sol, que es un monocultivo sin sombra y uso intensivo de pesticidas y fertilizantes, y la de sombra, que se vale de una cubierta forestal para proporcionar un ambiente umbrío sin apenas recurrir a los pesticidas y fertilizantes. Puesto que las explotaciones costarricenses son de propiedad individual, los métodos de cultivo varían enormemente y, en su mayoría, se sitúan en una zona gris entre el sol y la sombra. Sin embargo, al margen del método elegido para cultivar sus tierras, los caficultores costarricenses comparten la voluntad de mantener la tradición familiar sin olvidar las repercusiones que esta actividad agrícola tiene sobre los bosques tropicales que lindan con sus plantaciones.

Los «granos» de café son en realidad las semillas del fruto del cafeto y se recolectan a mano una vez al año en una operación para la que toda ayuda es poca, pues consiste en una carrera contrarreloj cuyo objetivo es recolectar el mayor número posible de frutos mientras éstos maduran. Sin embargo, dado que las temperaturas se han vuelto más erráticas, el período propicio para la recolección del café ha empezado a variar, lo que genera problemas a la hora de planificar la cosecha y hace que su rendimiento sea imprevisible. 

Mientras en muchos lugares del mundo se registran sequías sin precedentes, en Costa Rica ha habido más episodios de precipitaciones torrenciales que en la generación anterior, sobre todo durante la estación húmeda, cuando el cafeto está creciendo pero aún no ha dado fruto. Que llueva más podría parecer una buena noticia, pero el aumento de las precipitaciones durante la temporada de desarrollo del cafeto ha traído consigo un incremento de las infecciones fúngicas en las plantas. Uno de los hongos más comunes es un patógeno foliar conocido como 'ojo de gallo' por la marca que deja en las hojas. Se trata de un patógeno de rápida propagación, y mantenerlo bajo control resulta difícil y costoso. Si la infección persiste durante toda la temporada de cultivo, puede infectar los frutos y las semillas del cafeto, mermando el rendimiento de la cosecha.

El café es un cultivo de alto riesgo debido a la gran inversión inicial que requiere sin que haya ninguna garantía de recuperarla, puesto que buena parte de esa inversión se hace antes de que las plantas fructifiquen. Los agricultores tienen que comprar y aplicar fertilizantes y fungicidas o pesticidas a las plantas al principio de la temporada confiando en que el rendimiento de la cosecha sea suficiente para cubrir los costes de producción, además de pagarse a sí mismos y a sus trabajadores. Con la mayor incidencia de hongos patógenos en esta zona, así como la subida del precio de los fungicidas y los fertilizantes a nivel mundial, los costes de producción se han disparado, pero el precio del café se mantiene relativamente estable. Aunque los agricultores denuncian el incremento de los costes de los fertilizantes y pesticidas, se muestran reacios a revelar exactamente cuánto han aumentado sus inversiones y compras iniciales por no reconocer que usan estos productos en grandes cantidades. 

Algunos caficultores ven un dilema entre preservar la biodiversidad y mantener su estilo de vida. El aumento de los costes para mantener estas pequeñas explotaciones está empujando a muchos de ellos a abandonar la producción de café, pues los riesgos son demasiado elevados respecto a los beneficios. Esto los lleva a talar más bosques con la esperanza de aumentar el rendimiento de sus tierras y disponer de más terreno cultivable. Es una decisión difícil porque, si bien son conscientes de su deber de proteger el territorio natural del país, saben que, en definitiva, ganarán más con la producción de café que con el pequeño incentivo que les ofrece el Gobierno por preservar los bosques. 

Un cafeto infectado con ojo de gallo'.

No obstante, muchos de estos agricultores siguen en la brecha y se esfuerzan por obtener certificaciones ecológicas. Esto los llevará explorar nuevas formas de gestión, mientras que la certificación les permitirá aumentar el precio del café que producen. En la Amazonia brasileña, los agricultores han comprobado que la agrosilvicultura favorece el rendimiento del cafeto, lo que significa que pueden cultivar más —y vender más— con menos. También están investigando nuevas formas de cultivo y mejorando los sistemas de gestión con el fin de asegurar sus explotaciones de cara al futuro. Los caficultores han empezado a trabajar con investigadores y conservacionistas para desarrollar ideas que mitiguen los efectos del cambio climático con el fin de mantener viva la tradición y hacer cuanto esté en su mano para proteger los bosques.

Lainekel, un caficultor cuyo nombre completo no se desvela aquí por motivos personales, afirma: «Heredé la plantación [de café] de mi padre. Colaboro con investigadores y he obtenido certificaciones que me permiten seguir explotando nuestra finca sin renunciar a proteger el bosque cercano. Quiero que el día de mañana mi hijo pueda heredar la plantación».

Cuando le pregunté si se plantearía eliminar una parte del bosque para ampliar la plantación, contestó sin vacilar: «No». 

Gina Errico cursa actualmente un máster en la Universidad Estatal de Oklahoma, en el departamento de Biología vegetal, Ecología y Evolución, donde estudia las interacciones bióticas en comunidades de plantas forestales alteradas por la fragmentación del hábitat y el cambio climático. Es licenciada en Biología y Antropología aplicada al diseño por la Universidad de Nueva Jersey y colabora con el Green Iowa AmeriCorps en el proyecto Trees Forever. En su faceta como divulgadora científica, ha fundado SciXplorers, una aplicación gratuita concebida para que los niños exploren el mundo de la ciencia de forma autónoma a través de proyectos y experimentos creados por científicos.

Este texto ha sido traducido por Rita da Costa.

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