Compasión y corrosión

“Hay quien dice que el cultivo de los alimentos orgánicos puede llegar a ocupar hasta 10 veces más de tierra que los convencionales. Así que, ¿qué es mejor? Como consumidora, una vez más, me siento aturdida”, escribe Sara Mesa.
Un campo de cereales. Foto: W. CARTER / LICENCIA CC

Cada viernes publicamos una entrega de ‘Nuestra placa de Petri’, una serie de diálogos entre la escritora Sara Mesa y el biólogo Ricardo Reques. Recopilamos los textos aquí.

11 de agosto de 2020

Tus últimas consideraciones me han hecho recordar la historia de El hombre que plantaba árboles, el famoso librito de Jean Giono de 1953, que supongo que conocerás. En esa especie de cuento simbólico, en el que se denuncia la capacidad destructora del ser humano –no en vano la Primera Guerra Mundial está de fondo en la historia–, se describen los heroicos esfuerzos de un solitario pastor de La Provenza a primeros del siglo XX por reforestar un terreno devastado, que se ha quedado sin vegetación y sin apenas agua. El pastor se dedica a sembrar árboles uno a uno hasta conseguir recuperar el esplendor original de la zona, transformándola en un vergel lleno de vida, e incluso se convierte en apicultor, una profesión que considera menos dañina para los bosques que la de pastor.

Este texto es un canto a la generosidad y al respeto por la naturaleza, pero, en mi opinión, queda literariamente lastrado por la evidencia de la moraleja, por lo que su capacidad de acción pierde fuerza. Este es uno de los asuntos que, como escritora, más me perturba. El lugar donde se sitúa la voz narrativa –el lugar de la denuncia, por ejemplo, o el de la reivindicación– no siempre suele corresponderse con la perspectiva literaria más valiosa, ni siquiera con la más eficaz. Es lógico sentir simpatía por Elzéard Bouffier, el esforzado pastor de la historia de Giono, pero quizá el poder crítico del texto, su capacidad corrosiva, sería mucho mayor si se situara desde la perspectiva del hombre que destruye antes que la de quien restaura.

Si Crematorio, la gran novela de Rafael Chirbes, resulta tan ácida, tan dolorosa y lúcida, es porque narra desde la mirada de personajes tan cuestionables éticamente como Rubén Bertomeu, el constructor sin escrúpulos cuyas acciones mafiosas desembocan en la devastación del entorno levantino. La corrupción que describe Chirbes, al amparo del boom inmobiliario que tantas zonas costeras de nuestro país se ha llevado por delante, es medioambiental, pero también indisolublemente moral. Que Chirbes escoja contarlo desde el lugar del que destruye es todo un acierto narrativo. Él mismo dijo, en una entrevista, que “frente a la cháchara de los bienpensantes, el malo tiene una indigerible dosis de realidad. Es lo que hay, sin tapujos”. En la novela, la narración se presenta en varias capas, envolviéndonos como lectores, apelándonos y poniendo de relieve nuestras contradicciones. Así sucede cuando Bertomeu se enfrenta a las críticas de su hija, que le reprocha los daños medioambientales que ocasiona la constructora de su propiedad: “No te oigo quejarte de que Manhattan está superpoblado; de que sus calles estén mal embreadas y las aceras hechas polvo. De que es sucio, ruidoso y de que, incluso en los barrios más lujosos, registran las bolsas de basura los mendigos a cualquier hora del día, y las ratas se deslizan a decenas sobre sus aceras en cuanto cae la noche… Y eso te parece excitante”. En realidad, dice Bertomeu, las críticas de su hija se amparan en una visión clasista: “Esto es más cutre, pero solo porque es más pobre. Cuestión de diferencias económicas. Nada más. Que a ti te gustan las ciudades más ricas… ése es tu problema, pero no encierra tu actitud ninguna deriva ética, ningún clinamen moral”. Este análisis, el de la censura clasista, se lleva por delante a muchos de los gurúes del ecologismo de escaparate, estos que pregonan las virtudes de la vida en el campo en Instagram desde el privilegio de contar con una mansión llena de comodidades que, si se analizan a fondo, no son nada “ecológicas”.

En este sentido, creo que, paradójicamente, libros desesperanzados como Crematorio de Chirbes –o como En la orilla, su última novela, en la que las consecuencias medioambientales de la depredación constructora están también tan presentes– son mucho más útiles para un posible cambio de pensamiento global que moralejas unidimensionales como las de Giono, cuyo valor didáctico tampoco quiero negar.

Pero volviendo al asunto de las plantas, a raíz de tus reflexiones he recordado también un curioso libro de 1973, La vida secreta de las plantas, de Peter Tompkins y Christopher Bird, una especie de tratado sobre nuestras relaciones con las plantas que se convirtió en todo un éxito mundial. De alguna manera lo que este libro viene a subrayar –de manera un tanto excéntrica, todo hay que decir– es la misma idea que tú destacas en tu texto: que las plantas no son tan pasivas como parecen, que poseen ciertas formas de inteligencia, que su capacidad de adaptación al entorno y de transformación es enorme y que, en consecuencia, es importante tomar conciencia de ellas, sacarlas de su invisibilidad o de su visibilidad meramente ornamental y/o simbólica. A través de una recopilación de artículos e investigaciones, el libro exponía el resultado de singulares experimentos realizados en diferentes épocas y que, supuestamente, demostraban que las plantas son capaces de percibir emociones humanas, que captan las ondas sonoras –y de ahí la creencia popular de que es bueno ponerles música clásica o hablarles– o que tienen memoria. Creo que no es un libro riguroso desde el punto de vista científico, hay que entenderlo más bien como una forma de literatura, pero, desde este punto de vista, sí que contiene una importante verdad: la de la estrecha interrelación que hay entre nuestra existencia y la del mundo vegetal.

Hemos hablado mucho de la ganadería intensiva y del maltrato que supone para los animales; en este sentido supongo que podría hacerse un paralelismo con la agricultura intensiva y hablar también del maltrato vegetal, no desde el punto de vista fácilmente ridiculizable de afirmar que las plantas sufren, sino de las consecuencias negativas globales que tiene no respetar el entorno vegetal, esto es, despreciar las necesidades intrínsecas de los bosques, los pastos, los cultivos acordes a los ciclos naturales, etc., en fin, todo esto que tan bien describes en tu texto. El uso de plaguicidas, fertilizantes y otros agroquímicos para incrementar la productividad agrícola o la deforestación y destrucción de ecosistemas salvajes son, entre otras cuestiones, lo que nos recuerda que la opción vegetariana sin matices no es quizá la menos cruel, ni la más sostenible.

Según he leído, los últimos datos mundiales sobre producción agrícola y ganadera hablan ya de una ocupación del 43% de la tierra, si se exceptúan desiertos y regiones heladas. Esto es terrible, ¿no? Pero también he leído otras cosas, como que, si se tienen en cuenta los recursos que consume, la agricultura ecológica tampoco supone una mejora, sino que incluso podría interpretarse como un paso atrás: hay quien dice que el cultivo de los alimentos orgánicos puede llegar a ocupar hasta diez veces más de tierra que los convencionales. Así que, ¿qué es mejor? Como consumidora, una vez más, me siento aturdida por las informaciones tan diferentes que leo aquí y allá, aunque algo me dice que el abaratamiento a toda costa del producto –y esto incluye también el ámbito laboral, pues ya sabemos en qué condiciones de semiesclavitud trabajan los temporeros en la agricultura extensiva– no es, ni de lejos, lo más deseable.

A menudo me pregunto si simplemente el hecho de vivir, de explotar los recursos naturales para garantizar la supervivencia de los más de siete mil millones de personas que hay actualmente en el mundo –iba a escribir habitantes, como suele hacerse, pero bien pensado habitantes son también los animales y las plantas–, si este mero existir, en suma, no conlleva irremediablemente la destrucción del planeta, en una relación causa-efecto que no podemos romper por mucha buena intención que le pongamos. Me pregunto también si el margen de mejora que podemos permitirnos, es decir, nuestra capacidad para ralentizar este desastre o para corregir ciertas tendencias, no es insignificante en términos globales. Hablo desde una visión general, amplia, una perspectiva tan enorme que se me escapa, soy incapaz de enfocarla. Desde lo cercano y pequeño las cosas se ven un poco más claras e incluso la mera intuición nos vale para saber que ciertas prácticas son innecesariamente dañinas y crueles.

Hace poco leí una entrevista que el escritor Kiko Amat le hacía a Christopher Ryan, el autor, entre otros muchos títulos, del controvertido Civilizados hasta la muerte. Me llamó la atención la concepción tan negativa de la agricultura que exponía, al afirmar que la naturaleza original del ser humano, la menos invasiva, es la de cazador y recolector. Desde el punto de vista ecológico, decía Ryan, la agricultura es lo más dañino que hay, porque supone la ocupación de tierra. Y aquí es donde aportaba un elemento perturbador: el de la ambición, el ansia de poder, la tendencia expansiva y colonizadora del ser humano. Por así decirlo, la agricultura vino a encender la mecha de la guerra.

Por supuesto, a mí me faltan todos los conocimientos necesarios para valorar la oportunidad de esta afirmación, pero aun así me resulta interesante. Mira, decías antes algo así como que, a juzgar por lo que exponemos en las redes sociales, nuestros deseos y necesidades son bastante similares a los de muchos animales, en el sentido de que tienen que ver con la satisfacción de impulsos elementales (alimento, protección, sexo) e incluso de otros más sofisticados como la aceptación del grupo o la vida social. Sin embargo, me parece que la ambición, la codicia, la constante insatisfacción material, el deseo ilimitado de poder, es algo que nos diferencia del resto de especies. Es lo que puede formar a un artista, por ejemplo, pero también a un Rubén Bertomeu o, yendo aún más lejos, a un sanguinario dictador. Esto no significa que los demás seres vivos, los animales y las plantas, sean bondadosos –esa visión idílica de la naturaleza no tiene ningún sentido–, sino que sus vicios –uso este término en sintonía con el fragmento que a continuación citaré– son otros, y menos dañinos globalmente. En una entrada de sus diarios, Thoreau decía: “No pienso que los animales sean seres brutos en el sentido que se suele pensar. Me atraen precisamente porque nunca los he escuchado decir tonterías. No podría acusarlos de vanidad, de pomposidad, de estupidez o de locura en sus tratos conmigo. Sus vicios no se cruzan en ningún momento con mi vida”. Claro que hay especies invasoras que devastan territorios y suponen el exterminio de otras, aunque a menudo es debido a alteraciones de las cuales también nosotros somos responsables.

Por otro lado, pienso: igual que existe la ambición humana, que nos lleva a la destrucción, también existe la compasión, que no sé si es exclusiva de nuestra especie, pero que bien podría servir como contrapeso. Es un concepto que ya ha aparecido varias veces en nuestra conversación y al que cada vez le doy más importancia. Cuando me refiero a compasión, quiero hacerlo desde una perspectiva amplia, no solo, por ejemplo, ante el sufrimiento de un pájaro que ha caído de su nido (algo, en principio, natural) o el de un cerdo que pasa toda su existencia encerrado en las estrechas dimensiones de una caja de gestación (algo que no lo es), sino ante cualquier ser vivo que sufre las consecuencias de nuestra ambición y codicia.

Compasión por el planeta

Si veo un litoral arrasado por las constructoras o leo sobre los efectos perjudiciales para la salud de los vertidos químicos siento rabia, pero si voy más allá y trato de conocer los efectos reales, visibles, que esto supone en la vida de otras criaturas –personas, animales o plantas, ecosistemas completos–, si lo enfoco en términos de sufrimiento y destrucción, se activa entonces la compasión, que no es más que una forma de empatía. A esto que yo llamo compasión, Jonathan Franzen lo llama directamente amor: en una reciente entrevista a raíz de la publicación de los ensayos de El fin del fin de la tierra, afirmaba que la mejor manera de defender lo que queda sin destruir en la naturaleza es mantener vivo el amor por ella y que habría que cambiar de táctica cuando hablamos de cambio climático y devastación ecológica, sustituir el miedo y la culpa que dominan en el discurso público por el deseo de preservación y cuidado basado en el amor.

Aquí es donde creo que el arte, la literatura, puede aportar lo suyo, lo cual no anula mis consideraciones anteriores sobre la obra de Chirbes, esto es, la importancia de una mirada ácida y mordiente, que desvele contradicciones, que nos coloque ante el espejo del responsable, que nos inculpe. Las dos aproximaciones son, en realidad, complementarias: una cultiva la autocrítica y la otra la sensibilidad, nociones ambas de las que, como especie, andamos escasos.

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COMENTARIOS

  1. El tratado UE-Mercosur es una amenaza para bosques y selvas.
    En América del Sur, los grandes terratenientes, los agronegocios y las empresas de celulosa deforestan los bosques sin piedad para dejar lugar a nuevos pastos para ganado y a enormes monocultivos de soja, caña de azúcar o eucaliptos.
    La selva amazónica, la sabana del Cerrado y el Pantanal en Brasil están en llamas, al igual que los bosques secos del Chaco en Paraguay o los bosques a lo largo del río Paraná en Argentina. El gobierno brasileño liberado incluso áreas protegidas y territorios reconocidos de los pueblos indígenas.
    Sin embargo, la Comisión Europea se aferra a un acuerdo de libre comercio y asociación con los países sudamericanos de Mercosur. El 93% de los aranceles de los productos del Mercosur en la UE se eliminarán, lo que beneficiará sobre todo a productos agrícolas como carne de vacuno, azúcar, etanol y soja transgénica.
    Según la Comisión Europea, el acuerdo no sólo debe generar más crecimiento económico, sino proteger los bosques tropicales y los derechos humanos. Pero para esto último hay poco más que declaraciones de buenas intenciones, y ninguna regulación efectivo para su cumplimiento.
    Gran parte de la ciudadanía europea está en contra del acuerdo. También hay resistencia abierta de algunos ramos empresariales, en el Parlamento Europeo y en algunos gobiernos de los Estados miembro.
    Aparentemente, ahora están utilizando una trampa para salvar el acuerdo comercial: la Comisión Europea y el Consejo de la UE quieren firmar la parte económica, es decir, el acuerdo de libre comercio a puerta cerrada. Sólo la parte política, el Acuerdo de Asociación, pasaría por el Parlamento Europeo y por los parlamentos y gobiernos de los 26 Estados miembros de la UE.
    Por favor, suma tu voz para protestar contra este injusto tratado de libre comercio.
    https://www.salvalaselva.org/peticion/1133/el-tratado-ue-mercosur-es-una-amenaza-para-bosques-y-selvas

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