Lo que Disney dice a la infancia: no seáis como Greta Thunberg

Sed ecologistas, pero no tanto como para cuestionar el actual sistema capitalista. Este es el mensaje que traslada a su audiencia ‘Sydney & Max’, una de las series de Disney Channel.
Una imagen del episodio ‘Pasarse de la raya verde’, de la serie ‘Sydney & Max’. Foto: DISNEY CHANNEL

Utilizando un lenguaje militante y encantadoramente demodé podríamos decir que Disney es una máquina de propaganda que consolida y perpetúa la relación de desigualdad entre explotadores y explotados. Pues menuda novedad, dirán ustedes acertadamente. Hace décadas que lo sabemos. Ariel Dorfman y Armand Mattelart publicaron su célebre ensayo Para leer al pato Donald ya en 1972. Lo que hoy sigue sorprendiendo es la capacidad de este mágico mundo de colores para modernizar y refinar sus métodos de difusión de la ideología dominante. Su reivindicación del orden conservador no es simple ni tosca. No se trata de Trump o Ayuso soltando cretineces. Al contrario, es sutil, inteligente, moderna. Incluso elegante. Podemos comprobarlo en Disney Channel.

Sydney & Max es una serie (emitida en abierto por su canal de la TDT) en la que se narra la relación entre un padre y su hija adolescente. Su trama, ambientada en la actualidad, se entrelaza con flashbacks de los años noventa en los que vemos al padre con la misma edad que ahora tiene su hija… y, por aquel entonces, con bastante menos sentido común que ella. Es una comedia de situación amable y bien construida dirigida al público infantil. La gracia está en observar las diferencias generacionales y en constatar que los jóvenes de hoy son más sensibles y prudentes que los de antes, pero también menos graciosos, menos revoltosos, menos espontáneos. Por resumir el concepto: la niña de hoy es Lisa Simpson y su padre, a su edad, era Bart.

Entre las inquietudes de Sydney y sus amigas están el medioambiente y el cambio climático, y se movilizan: quieren que el comedor del instituto retire todos los utensilios de plástico. A su edad, Max, el padre de Sydney, sólo se movilizó para que no retiraran la máquina de chucherías encadenándose literalmente a ella. Esa es la sinopsis del episodio titulado, de forma muy elocuente, Pasarse de la raya verde. En principio, sería difícil objetar nada a su planteamiento bienintencionado. Bajo estas líneas pueden verse un par de minutos del preámbulo.

Las chicas están preocupadas por el medioambiente y el director, adulto e interesado únicamente por el dinero, intenta comprar su conciencia climática con natillas. Pero ellas no se venden tan barato y empiezan a modificar sus hábitos de vida. El problema viene cuando experimentan las incomodidades que esto acarrea. Y aquí es cuando Disney administra a los niños televidentes su sofisticada pócima antirrojos.

Las amigas se reúnen en una cafetería para comentar su nuevo estilo de vida. Una de ellas llega con el pelo crespo y soplando continuamente hacia arriba para apartar un mechón rebelde que le cae sobre la cara: ha decidido dejar de usar el secador, y su pelo, claro, está hecho un desastre. Otra dice haber elaborado un desodorante y un cacao para labios de fabricación casera y ecológico, pero se confunde de tarrito y se pasa el desodorante por los labios. Sus muecas de repugnancia disparan las risas enlatadas. La tercera amiga se acerca a la mesa con movimientos robóticos. No puede andar con soltura. ¿Por qué? Pues porque en vez de usar la secadora ha dejado que el pantalón se seque al aire libre y se ha quedado tieso. Le raspa y le hace moverse de forma ortopédica. Más risas enlatadas.

La ansiedad de Sydney por frenar el cambio climático acaba extendiéndose al resto de su familia. Su padre promete usar trapos (reutilizables) en vez de papel de cocina (desechable) y cambiar las hamburguesas de ternera por sándwiches de remolacha. Su abuela llega a comprarse una cabra para tener su propia leche fresca y olvidarse de la envasada, lo que dará lugar a nuevas situaciones cómicas y más risas enlatadas.

No luchéis contra el sistema

Imaginemos la reunión entre el showrunner de Sydney & Max y su equipo de guionistas. A tenor del episodio resultante, podría haber sido más o menos así:

“No queremos niños activistas. No vamos a fabricar una pandilla de pequeños radicales al estilo de Greta Thunberg. Queremos que entiendan que enfrentarse al sistema capitalista los condena a una vida de malestar. Está muy bien eso de preocuparse por el medioambiente, pero que se queden ahí, en la preocupación. Y que no hagan nada, o lo menos posible, para cambiar el orden de las cosas. Este es nuestro sistema de producción y nuestro modo de vida. Y eso, que quede bien clarito, es sagrado. Aquí comemos hamburguesas y usamos el coche para todo. Podéis comer otras cosas, cosas vegetales de esas… ¿Verduras se llaman? Sí, verduras. Podéis comer verduras de vez en cuando y moveros en bici de forma puntual. Eso servirá para tranquilizar vuestras conciencias. Pero ni se os ocurra cuestionar cómo consumimos o cómo vivimos. Y para conseguir transmitir este mensaje, queridos guionistas, vamos a ridiculizar algunos comportamientos que llevan a cabo los activistas por el clima: ahorrar electricidad, no comer carne, consumir productos de proximidad…”.

De haber existido esta conversación, evidentemente, no podría haber sido tan obvia. Pero el mensaje que el capítulo Pasarse de la raya verde traslada a su joven audiencia es exactamente ese: sed ecologistas en la medida en que eso no cambie nada. Comprometeros de verdad con el medioambiente sólo conseguirá que viváis peor.

Pero para conseguir la adecuada desmovilización infantil había, por fuerza, que cerrar el capítulo poniendo a la protagonista a los pies de los caballos. Sydney, la concienciada y aguerrida Sydney, sucumbirá a los cantos de sirena de la industria cárnica y quedará ante sus amigas como una hipócrita. Las chicas habían preparado una merendola vespertina pero hay un error en el pedido de la comida: Sydney encargó hamburguesas veganas y lo que encuentran en su lugar son jugosas y apetitosas hamburguesas de ternera. Sus amigas salivan sin remedio pero ella se las arrebata de las manos para devolverlas. Y cuando se queda sola en la cocina… su fuerza de voluntad se derrumba y se lanza hacia la carne desesperadamente. Sus amigas la descubren mientras mastica de forma compulsiva. Lo que no consiguieron con el soborno de las natillas (que olvidara sus pretensiones ecológicas) lo consigue la carne a la parrilla.

En Para leer al pato Donald Dorfman y Mattelart rescataban una viñeta de los tebeos de Disney en la que aparecía un lance parecido. Hay unos hippies que se manifiestan con pancartas de “paz” y “amor”. El pato Donald les ofrece dinero para que compren unas limonadas con las que refrescarse. Y así la manifestación queda automáticamente desarticulada. “Como una manada de búfalos le arrebatan el dinero a Donald, olvidan la paz y sorben ruidosamente. Para que vean que son unos alborotadores hipócritas; venden sus ideales por un vaso de limonada”, señalan Dorfman y Mattelart.

Al final del capítulo de Sydney & Max las aguas vuelven a su conservador cauce: padre e hija prometen hacer pequeños cambios insignificantes en su vida y, por supuesto, continuarán comiendo carne. El perdón de las amigas se produce de manera similar y con contrapartidas análogas. Seguirán usando el secador de pelo, productos de higiene industriales y la secadora de ropa. La historia termina con la abuela apareciendo en escena para ejecutar un último golpe cómico: la cabra por fin ha dado leche. “¡Y está asquerosa!”, exclama tras escupirla entre estruendosas risas enlatadas. Nada ha cambiado, que es de lo que se trataba.

Disney, una fuerza resistente al cambio

Por supuesto, el comportamiento individual de estas niñas por sí solo no va a frenar el cambio climático. Han de ser los gobiernos los que obliguen a las multinacionales y a los grandes poderes financieros a dejar de quemar combustibles fósiles, lo que acarreará simplemente una pequeña mengua en sus fabulosos beneficios. Pero eso no tiene pinta de que vaya a ocurrir en un futuro próximo. Lo que pretende la supermegamastodóntica corporación global del entretenimiento es, en el fondo, algo más retorcido: que la chavalería entienda que protestar no sirve para nada. Y más aún: retratar a los activistas como gente ridícula y mentirosa.

En una reciente entrevista, Greta Thunberg ponía el dedo en la llaga: “Nuestra sociedad no es sostenible. Es realmente insostenible en todos los sentidos. Los sistemas que alimentan la destrucción del medioambiente también alimentan la destrucción del clima. (…) Necesitamos un cambio fundamental que sería beneficioso para todos”. Y eso es precisamente lo que representa Disney: una fuerza resistente al cambio. Y quiere, además, que los niños participen de ese estatismo encerrándolos en un marco cultural del que les sea imposible salir. Así lo explicaban Dorfman y Mattelart: “En toda sociedad, donde una clase social es dueña de los medios de producir la vida, también esa misma clase es la propietaria del modo de producir las ideas, los sentimientos, las intuiciones, en pocas palabras: el sentido del mundo”.

La buena noticia es que los esfuerzos de esta clase por moldear el pensamiento tiene un alcance limitado. Los niños y las niñas ya están en la calle. Y no se van a callar tan fácilmente.

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