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El chuletón es una oportunidad perdida

"La carne roja, en sintonía con su connotación sexista, se relaciona con el estatus económico", reflexiona Azahara Palomeque. "Por otra parte, en España específicamente, la memoria del hambre transmitida por nuestros mayores ha calado en las generaciones posteriores de manera que apreciemos más lo que fue escaso y envidiado".
Imagen sin derechos. Unsplash. Foto: chuletón a la parrilla
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Mi suegra, durante una visita vacacional a su hijo, decidió viajar con un conejo (muerto) en el bolso. Entre todas las rarezas que habrán encontrado los empleados de aquel aeropuerto estadounidense, estoy segura de que la mercancía transportada aquel día por la señora C todavía les genera pesadillas. Estaba bien envuelto y despellejado, cumplía todos los estándares de seguridad que lo hacían apto para encajar en el compartimento superior de un vuelo nacional, pero el susto fue inevitable, no tanto por lo macabro de esta cena aún sin elaborar, sino porque no sabían qué diantres guardaba ahí, junto al monedero: ¿Un pollo? ¡Jamás he visto un pollo con huesos! – gritó la encargada de pasar el equipaje de mano por el escáner. Lo que para la señora C representaba el mejor regalo que una madre puede hacer a su prole, deleitarles el paladar con una buena comida, para la joven vestida de uniforme aquello probablemente supuso la revelación biológica más alucinante de su vida: el animal entero y no el nugget, el ser vivo que se aniquila y devora y no su sinécdoque culinaria y aséptica. Dado el espasmo que la situación causó en los testigos, nadie insistió en explicar que se trataba de un mamífero.

Cuento esta anécdota porque me resulta significativa de una tendencia predominante, a saber, el total desconocimiento de lo que comemos. Si bien muchos sabemos diferenciar las distintas especies y hasta hemos tenido trato personal con algún miembro vivo, la alimentación animal ha conseguido extenderse mientras más nos alejábamos del contacto directo con ellas, de la misma forma que matar civiles en una contienda es más fácil -y más frecuente– desde que existen aviones bombarderos.

Esto, que está teorizado de sobra, me lleva a otro tipo de ignorancia relacionada con la anterior, el impacto para la salud y el medioambiente que causa el consumo de carne: ojos que no ven (la deforestación, el gasto masivo de agua necesario para producir un filete, el uso de antibióticos en el ganado), corazón que se resiente, pero de manera inconsciente. No obstante, una empleada de aeropuertos, una suegra aficionada a la cocina, o cualquier ciudadano, no tiene la responsabilidad de saberse al dedillo los efectos deletéreos de nuestras costumbres alimenticias; un ministro de consumo sí la tiene, y un presidente de gobierno también. Por eso la reacción de Pedro Sánchez a lo que no fue más que un acto de divulgación científica – el protagonizado por Alberto Garzón, con datos sólidos provenientes de instituciones legitimadas – es digno de una vergüenza ajena que alcanza cotas estratosféricas, cuando no de repulsa.

Al fin y al cabo, Garzón hacía su trabajo; el presidente podría haber aportado información discordante, si la hubiera, o ceñirse a su plan España 2050, pero prefirió echar por la borda una conversación sobre la mayor emergencia social actual y sacar a relucir su flamante chuletón. ¿De ternera? Quizá nunca haya visto una vaca con huesos. Como afirma Catia Faria, aludiendo al famoso estudio de Carol J. Adams, La política sexual de la carne (1990), comer carne roja se asocia a un imaginario de virilidad, poder y masculinidad desbordada. Sánchez no esgrimió un panegírico del pollo asado, ni del chopped de pavo, y esto no obedece a que el sector más contaminante de la ganadería sea el vacuno.

La carne roja, en sintonía con su connotación sexista, se relaciona con el estatus económico y, a pesar de los múltiples indicadores que apuntan al deterioro de la salud y la naturaleza, hasta hace poco los niveles de proteína animal se empleaban como baremo nutricional, así que también colea cierto prestigio científico, ya obsoleto. Por otra parte, en España específicamente, la memoria del hambre transmitida por nuestros mayores ha calado en las generaciones posteriores de manera que apreciemos más lo que fue escaso y envidiado –unas chuletas– que los restos vegetales destinados a los pobres. Si mi abuelo levantara la cabeza, se llevaría ahí mismo las manos al escuchar las declaraciones de Garzón, y recordaría los rugidos estomacales que, durante la posguerra, señalaban su despensa vacía. Por fortuna, los tiempos han cambiado y, con los años y la investigación, también esa memoria, muy rica en matices que, precisamente ahora, deberíamos rescatar filtrados por lo que sabemos.

Vuelvo a Estados Unidos, tierra del derroche palmario, cuna del neoliberalismo y país con mayor huella medioambiental del planeta: el ciudadano medio gasta más del doble de energía que un español, casi tres veces más que un portugués. Por continuar aclarando el despilfarro, la patria de Joe Biden arroja entre un 30 y un 40% de la comida a la basura, según datos de su Departamento de Agricultura, mientras que en la Unión Europea la cifra es de un 20%, citando a la Comisión Europea. Los números cuadran con mi percepción cada vez que regreso a mi mapa natal: quizá debido a esa historia de hambruna y privaciones, “la comida no se tira”, reza el dicho, y, en general, se dan comportamientos más ecológicos por comparación al mastodonte norteamericano: la arquitectura es más sostenible y no se abusa del aire acondicionado, se conduce menos porque más gente vive en núcleos urbanos y hay transporte público, se recicla desde hace años y se compra en menor cantidad, no tanto por la afluencia económica de Estados Unidos –muy mal repartida, por cierto– sino porque culturalmente no se está tan apegado al consumismo en España. Buena parte de estos hábitos se debe a que sabemos vivir frugalmente, por razones no siempre deseables (ojalá no hubiésemos aprendido a palos), pero eso no quita para que el conocimiento exista. En lugar de aprovechar esa ventaja comparativa en un planeta que, queramos o no, va a obligarnos a cambiar nuestro estilo de vida y consumir menos de todo, algunos convierten en escarnio la actuación responsable de Garzón y cancelan, de un plumazo –de una foto de un filete–, un debate apremiante.

España podría transformar en activo esas carencias ancestrales y erigirse en modelo de sostenibilidad para un mundo que, en buena medida, no distingue un pollo de un conejo. No lo está haciendo. Sánchez -y tantos otros– parecen seguir empeñados en perder una oportunidad que tiene visos de ser la última.

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COMENTARIOS

  1. Muy acertado el artículo.
    No se puede entender a que viene tanta polémica por las acertadas recomendaciones de Garzón cuando hace muchos años que sabemos los efectos negativos que produce el consumo desmesurado de carne en el medioambiente y en la salud.
    Tal vez la explicación es simple: de día en día se nota que vamos aceleradamente hacia atrás, a la incultura y a la ignorancia más densas.

    ¿CÓMO AFECTA EL CONSUMO DE CARNE AL CAMBIO CLIMÁTICO?
    https://es.greenpeace.org/es/noticias/como-afecta-el-consumo-de-carne-al-cambio-climatico/

  2. Ecologistas en Acción reconoce que la campaña del Ministerio de Consumo #MenosCarneMásVida acierta al señalar el problema que supone el excesivo consumo de carne en Estados como el español, tanto por motivos de salud pública como socioeconómicos y ambientales. Sin embargo, es imprescindible diferenciar entre el modelo industrial y el extensivo, ya que sus consecuencias son bien distintas.
    “La ganadería extensiva contribuye a mantener los paisajes y ecosistemas, integrándose con la agricultura de manera sostenible, y manteniendo un mundo rural vivo a partir de su relación directa con la economía y la sociedad local, a diferencia de la ganadería industrial, vinculada a insumos externos como la soja transgénica procedente de Sudamérica y a la exportación internacional”, señala la asociación. Según una investigación que publicará próximamente Ecologistas en Acción, tres de cada cuatro municipios con ganadería industrial de menos de 5.000 habitantes pierden más población que los que no han desarrollado este modelo productivo.
    A nivel de salud pública, las autoridades sanitarias recomiendan una reducción del consumo de productos de origen animal, especialmente carnes rojas y procesadas las cuales están declaradas por la OMS como “posiblemente cancerígenas”…..
    https://arainfo.org/la-ganaderia-industrial-es-el-problema/

  3. La carne es uno de los alimentos más perjudiciales para el clima y, por lo tanto, Danish Crown debería dejar de etiquetar inmediatamente el etiquetado engañoso.
    Las engañosas afirmaciones de danish crown pueden confundir a los consumidores en un momento crucial en el que sabemos que muchos realmente quieren rechazar la carne para cuidar el clima.
    La cadena de supermercados Lidl ha decidido que la carne de cerdo de Danish Crown, comercializada como “Climate Controlled Pig”, ya no llegará
    a sus supermercados.
    Danish Crown no ha podido documentar lo que dicen ser “cerdo con control climático”, y ningún supermercado debería poder aceptar esta forma de comercialización engañosa y sin fundamento para sus clientes.
    https://www.greenpeace.org/denmark/stop-danish-crowns-greenwash-nu/?utm_medium=email&utm_source=smc&utm_campaign=dk_pg_agriculture

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