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El ruido era atronador. Entre las paredes de pladur, el suelo viscoso y aquel techo que parecía estar dispuesto a ceder en cualquier momento, retumbaba una música cuya vibración se mezclaba con el albero suspendido en el aire y nos invitaba a sacudir los cuerpos aún enteros, deseosos de fiesta. De un minuto al siguiente, los DJ iban cambiando la canción, hasta que decidieron pinchar un clásico de tantas verbenas nacionales: “y yo caí, enamorado de la moda juvenil…”.
Gritamos, saltamos, yo bailaba lo que me permitía el traje de gitana, y mi marido –ese estadounidense en mitad de la feria de Córdoba– intentaba a duras penas descifrar la euforia. Tuve que explicarle que el grupo se llamaba Radio Futura, que el tema nació varios años antes que yo (en 1980), y que prácticamente representaba “el comienzo del consumismo masivo en España, cariño, ¿no lo oyes? Se enamoran hasta de los maniquís”. Y estábamos danzando con aquello, igual que lo hicieron nuestros padres, aunque tal vez con otra conciencia crítica.
Hay productos culturales que nos sitúan un espejo delante. Ahora que, al hilo de las declaraciones de Melody, parece que es posible un arte supuestamente apolítico, lo cierto es que cualquier manifestación de ese vasto cajón de sastre llamado cultura se realiza anclada a la historia y, como tal, refleja y construye particularidades de su tiempo.
El caso concreto de esa canción nos habla de la celebración de la industria de la moda, la ampliación de la capacidad de compra para las clases populares (“de los precios y rebajas que yo vi”), y el vínculo entre la transacción económica y el amor. El mismo fenómeno, pero durante el franquismo tardío, lo analizó Carmen Martín Gaite en Usos amorosos de la posguerra española (1987) y, si tuviésemos que componer un single ahora, o escribir un libro, sin duda deberíamos señalar a la fast fashion, tan acelerada como su capacidad destructiva, la nieta espabilada de las veleidades textiles de la Transición. A lo que se transicionaba, además de a una democracia, era a un capitalismo casi sin frenos emparentado con la libertad política y los afectos, y considerado el mejor sistema de organización social posible a expensas del latrocinio ecológico. “Zapatos nuevos, ¡son de ocasión!” –seguíamos, 45 años más tarde, moviendo el esqueleto–.
Mi traje de gitana es de confección artesanal, hecho en Sevilla, una excepción feliz si se compara con la moda que más abunda en el planeta. La mayoría proviene de fábricas en gran medida asiáticas donde se trabaja en régimen de semi esclavitud y se elaboran prendas muy baratas, listas para usar y tirar después de pocos lavados. Esa industria, que emite aproximadamente un 10% del dióxido de carbono anual que se expulsa a la atmósfera, contribuye especialmente a la proliferación de microplásticos en el agua, en el aire, en nuestros órganos.
En Reino Unido, algunos activistas han decidido devolver las vestimentas usadas a las sedes de las marcas que las fabricaron, como protesta por el hecho de que el reciclaje es casi inexistente –y, además, la obsolescencia deliberada de la ropa no la hace apta para donaciones, aunque a veces se envíen a terceros países que ejercen de vertederos extraoficiales–. La iniciativa ha sido un éxito, aglutinando multitud de respuestas a través de una campaña en redes, pero, desgraciadamente, nada iguala la fagocitación del deseo por parte de un sector crucial para la expresión de la identidad y el pretendido estatus a cambio de un desembolso económico minúsculo.
La moda rapidísima, podría decirse, permite el fingimiento de un poder adquisitivo fantasioso a quien no puede pagar ostentaciones más caras; es decir, satisface algunas carencias que el capitalismo ha creado y, por momentos, camufla la privación de derechos a la que están sometidos especialmente los más jóvenes, ya sea a un trabajo digno o a una vivienda en condiciones.
Sumada al juego narcisista de las redes sociales, además, actúa como el camino natural hacia la meta de muchas chicas –pues la presión es mayor entre las mujeres– de ser influencers: “Conviértete en una fashionista”, reza la publicidad de una conocida marca. Pero debajo del glamour se esconden un cuestionamiento constante de la apariencia física, innumerables complejos con su inherente mella de la salud mental, la cuantificación de la aceptación social mediante likes y, por supuesto, una hecatombe medioambiental.
Podría decirse que, en el acto de comprar algo tan barato pero tan relevante a la hora de diseñar nuestras subjetividades frente a los demás, radica una suerte de sedación política que impide ver cuán pobres somos realmente. Se trata de un mecanismo emulativo que la sociología ya se ha encargado de explicar: copiar las prácticas de los más adinerados –que se celebran en los medios, el cine, la música– aunque sea a base de sucedáneos, con la intención de subir simbólicamente en la escala de clase. Lo que suele ocurrir, sin embargo, se aproxima más a vivir como hologramas de una ambición nunca saciada; una vida en el peor sentido de la palabra aspiracional, pues nunca vamos a ser famosos multimillonarios y, aunque lo fuésemos, en el sistema actual nos seguiría pareciendo insuficiente.
De camino a casa, horas más tarde, mascullaba todos estos pensamientos. La canción había trastornado un instante de la noche precisamente por la presencia de alguien extranjero que no comprendía su significado; la letra política que animaba a ser, por fin, modernos a través del atuendo. “El futuro ya está aquí” –afirmaba–, y quizá allí se hubiese quedado, casi medio siglo atrás. El presente clamaba actos radicalmente opuestos, como retornar los trapos a los responsables del daño ecológico. Finalmente, después de cruzar el portal, me quité el vestido de gitana y lo miré fijamente: hasta el año que viene.




