‘El río’, de Esther Kinsky: una invitación a leer como se pasea

Esta novela, protagonista del Club de Lectura Climática del miércoles 12 de noviembre, recorre el trazado del río Lea, en Londres, en un ejercicio de observación del paisaje en los límites entre lo urbano y lo silvestre.
‘El río’, de Esther Kinsky: una invitación a leer como se pasea
Foto: portada-EL-RIO (1)

Tenemos un problema con cómo hacemos ambas cosas: leer y caminar. En este tiempo acelerado y productivista, nos movemos por los lugares y por las palabras con prisa, con avidez por encontrar un resultado. Como cazadores o comerciantes que no se fijan en los pájaros ni en la poesía, todos los milagros nos pasan desapercibidos.

El río, de Esther Kinsky (Periférica, 2024), simplemente no permite hacer eso. ¿Sabéis esos pasajes que a menudo nos saltamos cuando vamos leyendo? Los paisajes, las descripciones, ese rato en que el texto se demora en una escena. Pues esa es exactamente la materia de este libro. Una escritura del detalle y de la atención que obliga a ir despacio y no requiere llegar a ningún final. Y así, de algún modo nos revela que esos mismos pasajes que nos saltamos en los libros… también nos los estamos saltando en la vida.

Y es que ese modo de habitar el texto que propone Kinsky es además una invitación a hacerlo también con nuestro entorno. Y no solo metafóricamente hablando. Este libro, que su autora presenta como una novela, es un viaje de observación. La voz narradora es la de una mujer que cada día sale de su casa en un barrio del este de Londres. Se acaba de mudar allí de manera provisional tras una ruptura con su vida anterior: ni siquiera ha deshecho aún las cajas. Se está despidiendo de la ciudad. Desde esa sensación de soledad y vacío, sus paseos se convierten en un centro. En ellos camina siguiendo el trazado del río Lea, cada día un poco más lejos.

“El río Lea, que allí separa la urbe del vacío, no es de largo recorrido. Nace en las suaves colinas del noroeste de Londres, atraviesa un paisaje de mansa placidez hasta alcanzar los desflecados confines del extrarradio, hiende el interminable cinturón de suburbios (…), se divide en brazos minúsculos que se extienden hacia los prados y las pantanosas espesuras, se oculta bajo otros nombres durante una o dos millas, y, finalmente, al cabo de vacilantes meandros, ramificándose en un delta lodoso, entre las fábricas y las autopistas del Leamouth, no tiene más remedio que verterse en el Támesis (…)”.

¿Quién de nosotras es capaz de describir así el río que más cerca tenga? Aprender su trazado, saber qué curvas dibuja y cómo cambia a su paso el territorio. Una inteligente estructura divide al libro en capítulos cortos, que permiten avanzar—pese a la apuesta de detenimiento— con el paso ágil de los paseos de invierno. En cada uno de ellos, la narradora se detiene en una porción de mapa, un personaje, una escena.

Kinsky —que es también poeta y traductora— describe esos lugares con una fineza que invita al disfrute. Un sencillo objeto abandonado puede convocar historias, genealogías, fantasmas. Igual que en el río, observar con atención la superficie da pistas sobre lo que late debajo.

Así, como en las fotografías —que también hace en sus caminatas, y que salpican las páginas de la novela—, a veces lo que se ve no es exactamente lo que se creía estar mirando. Escribe: “Una vez separada la película protectora, aparecía sobre la foto, en blanco y negro con sus innumerables tonalidades grises, una memoria de la cual ni siquiera tenía conciencia. Eran imágenes de algo que se ocultaba detrás de las cosas que yo había enfocado”.

Entre esos fantasmas se revelan las fronteras, a veces nítidas, a veces borrosas, entre lo silvestre y lo urbano. “En aquella cima apenas perceptible, donde el cuidado césped, con sus macizos de flores y un estanque detrás del acceso al parque, la ciudad alcanzaba uno de sus confines. Al pie de la pendiente, árboles, el angosto río y, al otro lado, un cañaveral, marismas, pastos, sauces (…) Hacia el norte, las superficies celestes de los embalses”. Es quizá en esas zonas indefinidas, de límite, donde la sorpresa de quien lee se vuelve mayor. “Hondonadas, marismas, juncales, avefrías, alisedas, terraplenes ferroviarios, estuarios, garzas, maleza, descampados, rosales silvestres, embarcaderos, esclusas”: hay en la ciudad muchísima más naturaleza de lo que normalmente somos capaces de ver.

En ese paisaje que es capaz de mirar con distancia y extrañeza, las personas son objetos de la observación igual que la garza, la luz o el terraplén. Y esto no es rebajarlas, sino todo lo contrario. Sus presencias, sus movimientos, sus vidas son fuente de asombro. Y también de análisis —aunque nunca demasiado explícito—. Los que atraviesa son barrios populares, zonas de la periferia de la ciudad donde la vida no es sencilla. Las huellas industriales, la migración, la vivienda precaria son tan nítidas en su mirada como los cisnes, habitantes icónicos del río, menos blancos de lo que suele decir la literatura.

Otras veces, es la memoria la que constituye la corriente de la escritura. Un río lleva a otro. A la vuelta de un recodo, el agua refleja el pasado: el Rin de la infancia de la narradora, por ejemplo; o el Ganges, que visitó en un viaje. El Óder, el Isza, el San Lorenzo: los lugares se reviven por sus aguas. Cada uno de esos ríos es recuerdo real, y, de algún modo, también metáfora de un momento de la vida, de un descubrimiento.

“¿En qué consiste la belleza de lo que vemos?”, pregunta en un pasaje del libro uno de sus fugaces personajes. Página tras página, se diría que tal vez en lo que aparece, desaparece, regresa, se transforma. En lo que somos capaces de ver, en un destello, si hacemos —contracorriente— el ejercicio de caminar, de leer, con la lentitud y atención que a nuestro alrededor están pidiendo las cosas.

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  1. Otro río, EL RIO DEL OLVIDO de Julio Llamazares.
    El río del olvido es un magnífico relato sobre la experiencia del viaje: el recuerdo del camino y la mirada del que llega y la de «los otros».
    El autor regresa a los paisajes de una infancia ya perdida a través de un viaje que le llevará a recorrer parte de montaña leonesa, bordeando el curso del río Curueño y que desvelará, a su paso, un escenario «tan hermoso como sobrecogedor y tan espectacular como perturbador para el espíritu y el alma».
    A través de una prosa bella e intimista y un lenguaje minucioso, Julio Llamazares nos muestra la fascinación, la nostalgia y el cariño que le provoca un paisaje que «guarda memoria en sus piedras del paso feroz del tiempo» y nos revela ese mundo rural, ese territorio que forma parte de nuestra historia y nuestra memoria.
    Desde sus primeras líneas, autor y lectores son arrastrados por el deshielo de las cumbres leonesas. Llamazares ejercita en esta novela una extraña simbiosis entre la narrativa y la mera contemplación del horizonte. Una mezcla -en apariencia intrascendente- que subraya, en cada párrafo, el particularísimo estilo del escritor y su recurrentes preocupaciones en torno a la naturaleza: la despoblación de las zonas rurales (“Me conformaría con que hubiera 50 mujeres con hijos en esos territorios”), el complejo equilibrio entre la dureza / sosiego de los pueblos de montaña (“La nieve negra”), y la difícil convivencia entre las costumbres ancestrales y el creciente turismo depredador. En este sentido, El río del olvido no es, en absoluto, una novela complaciente.
    Esta obra, cocinada a pie en el corazón de la naturaleza leonesa, reclama el concurso de nuestro bastón de marcha, la cantimplora y las botas de montaña. Porque serán muchos quienes necesiten admirar, junto a las bellísimas palabras de Llamazares, la magnificencia de uno de los últimos ríos salvajes de nuestra geografía. Concédanse unos días. Bastará con una mochila, la vista al frente y ganas de alimentar el espíritu. Observen bien, llenen sus retinas de belleza y nunca olviden las palabras del autor:
    “Aunque los paisajes permanezcan inmutables, una mirada jamás se repite”.
    ——————————-
    Infinidad de arroyos y barrancos hace años que se secaron a causa del calentamiento global y los que no se han secado, sus aguas bajan contaminadas hacia el mar.
    Se dice que en los últimos 50 años el ser humano ha contaminado y destruído más el Planeta que desde todos los tiempos hasta hace 50 años.
    Yo consumo, tú, consumes, el Planeta se consume.
    Ni la infancia que yo viví, que lo único que no pasé fue hambre; pero en mi casa no había ni una peseta ni un juguete, la ropa y los libros se pasaban de un hermano a otro, ni el derroche, ni el consumo irresponsable que hay ahora.
    Y ya verás que lleguen las navidades. VERGONZOSO. Y dicen que esto es progreso y que la gente cada vez es más culta, esto es pura ignorancia.

  2. AGUAS CONTAMINADAS.
    Bajo tierra, un problema latente. El nitrato se filtra a través de las capas del suelo, procedente del estiércol agrícola y los fertilizantes artificiales. Y con los años, acaba en nuestro agua potable.
    En los últimos años, se han realizado grandes estudios en Dinamarca y en el extranjero que demuestran que incluso un poco de nitrato aumenta significativamente el riesgo de cáncer.
    💧Entre 4 y 10 miligramos por litro de agua suponen un 11% más de riesgo de cáncer de colon y recto.
    💧 Más de 10 miligramos por litro de agua aumenta el riesgo de cáncer colorrectal en un 15%.
    💧 Por encima de 25 miligramos por litro, también existe un mayor riesgo de, entre otras cosas, nacimientos prematuros.
    Nuestra agua potable es demasiado valiosa para dejar que el lobby agrícola decida, y los políticos deben vigilar para protegerla.
    GreenpeaceDanmark.

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