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“Estáis robando el futuro a vuestros hijos”. Nunca una frase pronunciada por una adolescente había resonado con tanta fuerza en una cumbre de la ONU. Era 2018 y la ciudad de Katowice (Polonia) acogía la COP24 sobre el cambio climático, un encuentro que no pasó a la historia por las medidas adoptadas, pero sí por las palabras que salieron de la boca de una joven Greta Thunberg que entonces empezaba a despuntar como líder climática.
Desde entonces, la activista sueca se ha convertido en la cabeza más visible de un movimiento global que reclama que las voces de los jóvenes sean escuchadas. Piden que los gobiernos y las empresas se tomen en serio la amenaza del cambio climático y la pérdida de biodiversidad porque serán ellos, los que hoy son niños y adolescentes, los que sufran las peores consecuencias. Pero, ¿qué pasa con los que todavía no han nacido? ¿Nadie piensa en el mundo que les estamos dejando a los que nazcan dentro de un siglo?
Ni la pregunta ni el debate alrededor de la defensa de las generaciones futuras es nuevo. Sin embargo, en el mundo existen pocas experiencias reales para integrar la defensa del bienestar de quienes todavía no han nacido en la política y en la toma de decisiones. Uno de los pocos ejemplos está en Gales. Allí, Sophie Howe, la primera comisaria para las generaciones futuras del país, está a punto de terminar su mandato, que inició en 2016.
Es la primera comisaria para las generaciones futuras de Gales y casi podemos decir que del mundo. ¿Por qué decide Gales crear este rol?
Hace muchos años que Gales decidió que el desarrollo sostenible debía ser una prioridad en todas las decisiones que se tomasen. Pero la realidad nos demostró que esto eran poco más que palabras, que no tenía un impacto real y que las decisiones encaminadas a alcanzar un desarrollo sostenible estaban delimitadas al ministerio de Medioambiente. Pero todos sabemos que, si hablamos de sostenibilidad, lo que decida el ministerio de Economía o de Transportes es mucho más importante.
Así, se tomó la decisión de darle una vuelta de tuerca al concepto de desarrollo sostenible y a cómo integrarlo en la política real. Se mantuvieron una serie de conversaciones con la sociedad y se le preguntó a la gente cómo quería que fuese el mundo para sus nietos y sus bisnietos. De esta manera, se fijaron una serie de objetivos y aspiraciones a largo plazo que cristalizaron en la Ley de Bienestar de las Generaciones Futuras, aprobada en 2015 y en vigor desde 2016.
Uno de los elementos de esta ley era la creación de un comisionado independiente de las generaciones futuras ante el que los sucesivos gobiernos rindieran cuentas.
Esta ley pretende mejorar el bienestar social, cultural, medioambiental y económico de las generaciones futuras. ¿Cómo ha sido ponerla en práctica durante los últimos seis años?
Mi papel está a medio camino entre el de entrenador y árbitro. Por un lado, aconsejo al Gobierno y a las instituciones sobre cómo alcanzar y tener en cuenta los objetivos de bienestar a largo plazo. Por otro lado, el comisionado monitoriza el progreso real hacia la consecución de esos objetivos y, de vez en cuando, interviene en las decisiones. Buena parte de mi trabajo es hacer propuestas y presentar ideas progresistas para las leyes en las que el Gobierno está trabajando. El rol de comisario tiene una visión general de las instituciones, así que a menudo también me encargo de conectar ministerios y departamentos para que trabajen juntos, algo que de forma natural casi nunca sucede.

Los desafíos del bienestar social, cultural, medioambiental y económico se han vuelto más evidentes que nunca en los últimos años. Ahora que está a punto de dejar el cargo, ¿cómo ve el futuro?
En los últimos años, parece que hemos ido saltando de una crisis a otra sin superar ninguna de ellas. Ahora mismo estamos lidiando con el alza del coste de la vida y la crisis energética. Pero mientras sigamos sin tomarnos en serio el cambio climático, todas las crisis seguirán empeorando. No podemos analizar los problemas por separado: todas las crisis que hemos sufrido en los últimos años tienen conexiones y todas eran predecibles.
El riesgo de pandemia llevaba presente más de diez años, pero nunca se tomó en serio, a pesar de lo que decían los científicos. Y en 2020 nos cogió por sorpresa. Lo mismo está sucediendo con el cambio climático y las demás crisis ecológicas, seguimos sin darles la importancia que deberíamos. Si lo hiciésemos, evitaríamos además otros problemas. Si por ejemplo hubiésemos puesto en marcha en el pasado una estrategia de seguridad energética a largo plazo, hoy seríamos menos vulnerables a las consecuencias de la guerra en Ucrania y probablemente no estaríamos sufriendo tanta inflación ni habría tanta gente que no puede cubrir sus necesidades básicas.
La nota positiva es que está más claro que nunca que existen también soluciones compartidas a todas estas crisis. Por ejemplo, si invertimos más en vivienda y en su aislamiento energético reduciremos el gasto al que tienen que hacer frente las familias, reduciremos las emisiones de gases de efecto invernadero de forma considerable y crearemos empleos de calidad. Solo en Gales, estimamos que se pueden crear 26.000 puestos de trabajo así. Debemos priorizar estas soluciones con beneficios múltiples a corto y largo plazo.
Habla de pensar a largo plazo, pero la política suele ser cortoplacista. En su experiencia, ¿cuán difícil es conseguir que los que toman decisiones piensen en el futuro lejano?
Es tremendamente difícil. Como seres humanos, estamos ‘programados’ para pensar a corto plazo. No somos buenos a la hora de prever situaciones lejanas ni de planificar el futuro a largo plazo. Pero más allá de esto, el cortoplacismo está completamente integrado en nuestros sistemas políticos y de gobierno. Basta pensar en la forma en la que medimos el progreso de cualquier situación. Nos preguntamos cuánto tiempo tarda en atendernos el médico de urgencias, pero no por qué hemos llegado a la situación en que necesitamos que el médico nos atienda y cómo podríamos haberla evitado.
La forma en que se prepararan los presupuestos públicos, los ritmos que marcan los ciclos electorales… Todo empuja a los políticos a tomar decisiones que tengan un impacto inmediato y no que tengan un impacto en las próximas generaciones. Estos sistemas han estado operativos durante décadas. Necesitamos reorganizar la forma de hacer política y ‘reprogramar’ nuestra forma de pensar para tener en cuenta no solo el presente, sino también los intereses de las generaciones futuras.
¿Cómo introducir de forma efectiva los intereses de las generaciones futuras en política?
Tener una ley que lo refleja es un primer paso muy importante. Las cosas no se cambian de la noche a la mañana. Creo que deberíamos empezar por hacerles una pregunta sencilla a nuestros políticos: ¿tenemos la responsabilidad de proteger el bienestar futuro de nuestro país o de nuestra región, de nuestros nietos y los nietos de estos? No creo que ningún político quiera responder no a esa pregunta. No creo que nadie tenga razones convincentes para eludir esta responsabilidad.
En Gales tuvimos este debate y muchas organizaciones civiles y no gubernamentales pidieron un cambio, así que entre todos le dimos forma a la Ley de Bienestar de las Generaciones Futuras. Solo es un paso y todavía tenemos muchos desafíos por delante, pero nos da un marco de trabajo a largo plazo, para los gobiernos, para las instituciones, para las empresas y para la gente. Sabemos que, aunque cambie el partido en el Gobierno, será necesario seguir cumpliendo la ley.

Uno de los cambios específicos que se hicieron, dentro de un paquete de medidas consecuencia de esta ley, fue reducir la edad para poder votar a los 16 años. ¿Es una de las formas de lograr que la gente joven se tenga más en cuenta en las decisiones?
Es una forma de hacerlo. Las generaciones más jóvenes están más preocupadas por lo que pueda pasar en el futuro lejano. Pero de lo que hablamos es de asegurar el bienestar de los que todavía no han nacido. Es muy fácil olvidarse de los que no están y ese es el gran reto, un reto que creo que se puede solventar en parte con la creación de un comisionado para las generaciones futuras, una especie de voz de la conciencia que hable en favor de los que no han nacido y que sea escuchada por los que toman decisiones.
Pero aventurar cuáles serán las necesidades de las personas que nazcan dentro de cuatro o cinco generaciones parece una tarea imposible.
Es complicado, pero se pueden garantizar unos mínimos. Lo primero es asegurar que siga existiendo un planeta en el que se pueda vivir. Nos dirigimos a una serie de daños catastróficos medioambientales y climáticos. Además de esto, que es obvio, trabajamos con herramientas que nos permiten proyectar en el futuro las tendencias que vemos hoy. No sabemos qué va a pasar con exactitud, pero sí sabemos que será necesario seguir reduciendo la desigualdad, proteger el planeta, mejorar la conexión de las personas dentro de sus comunidades, construir naciones responsables a nivel global… Esa es la visión que tenemos para Gales y trabajamos para intentar hacerla realidad.
La importancia de tener un planeta en el que se pueda vivir es evidente. ¿De qué manera afectarán el cambio climático y la pérdida de biodiversidad al bienestar de las generaciones futuras?
No solo lo harán, sino que ya lo están haciendo. Lo vemos con la crisis energética, pero también con los colapsos ecológicos o los eventos meteorológicos extremos que llevan años impactando con fuerza en los países del sur global y, cada vez más, en los países del norte global. Los incendios o las inundaciones que hemos sufrido en los últimos años han afectado sobremanera a los segmentos más pobres y más vulnerables de la sociedad.
En Gales y en Reino Unido, si eres pobre tienes muchas probabilidades de vivir en zonas propensas a las inundaciones y de tener menos capacidad de recuperarte tras un incidente climático. Si no intervenimos y si no pensamos a largo plazo en cómo proteger a los más vulnerables mientras reducimos las emisiones de gases de efecto invernadero, es decir, si no pensamos en lograr una transición ecológica socialmente justa, pondremos en riesgo el bienestar de las generaciones futuras.
El mejor ejemplo lo tenemos en el transporte. Si queremos reducir emisiones, facilitemos que todo el mundo se compre un coche eléctrico. Parece una buena idea sobre el papel. Sin embargo, si queremos descarbonizar el transporte al tiempo que reducimos la desigualdad y mejoramos la salud de las personas y la conexión de los barrios y las comunidades, ese no es el camino. La respuesta, en ese caso, es más transporte público colectivo y ciudades pensadas para los peatones y los ciclistas.
Sin embargo, la mayoría de decisiones climáticas que se están tomando no parecen ir en este sentido.
Eso tiene que ver con quién toma decisiones y cuáles son sus prioridades. Alcanzar el llamado cero neto es un objetivo ambicioso y loable, pero no es suficiente. Los que toman las decisiones tienen que ser más coherentes y tener más presentes las necesidades de las generaciones futuras.

Desde el comisionado han llevado a cabo procesos de debate y escucha con las diferentes comunidades de Gales. ¿Qué les han contado sobre el cambio climático y las acciones para mitigarlo?
Hemos hablado sobre todo con comunidades pobres y discriminadas y comunidades especialmente vulnerables a los riesgos climáticos. Lo que más escuchamos es que sienten que no tienen poder de influir en las decisiones que se toman para mitigar el cambio climático. Por otro lado, pudimos comprobar que la acción climática está muy presente en estas comunidades. Son familias preocupadas por el desperdicio o por el transporte público, por lo que deben ser una parte activa en las soluciones a nivel local.
No podemos solucionar la crisis climática sin tener en cuenta a todos. Los debates de la COP pueden ser muy importantes, pero debemos tener debates a todos los niveles porque necesitamos que toda la población esté implicada. Además, creo que pueden surgir ideas y soluciones muy interesantes si escuchamos más a todo el mundo.
En muchos países estamos viendo como una parte importante de la población no se siente parte de las soluciones e incluso percibe que algunas acciones para mitigar el cambio climático van en su contra.
Sucede con el cambio climático, con la pérdida de biodiversidad y con los objetivos de desarrollo sostenible. Si antes salías a la calle en Gales y le preguntabas a cualquier persona qué eran los ODS, casi nadie lo sabía. En los últimos años, hemos trabajado mucho para traducir esos objetivos a la realidad galesa y lograr que la población se sienta identificada, que sienta los beneficios que puede tener trabajar para alcanzarlos. Los ODS y cualquier gran objetivo climático o ambiental debe ser relevante a nivel local.
El enfoque de Gales es único en este sentido, con la comisión para las generaciones futuras. ¿Irá arraigando poco a poco en otros países?
Dentro de Reino Unido, en Gibraltar, hay algo parecido, y en Escocia están trabajando en la creación de una comisión para las generaciones futuras. Más allá de esto, en los últimos años se han dado pasos importantes en muchos países del mundo. Por ejemplo, algunas naciones han empezado a medir su desarrollo teniendo en cuenta el bienestar de su población y el estado de su naturaleza o han creado oficinas para las generaciones futuras en algún ministerio concreto.
Creo que el paso más importante lo han dado las Naciones Unidas. El secretario general, António Guterres, dentro del informe Nuestra Agenda Común, ha prometido la creación de una oficina que tenga en cuenta los intereses de las generaciones futuras en las decisiones de la ONU. Esto mandaría un mensaje muy importante a la mayoría de países del mundo. Además, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha hecho varias menciones a la necesidad de que la UE tenga en cuenta las necesidades y el bienestar de quienes todavía no han nacido.





La mayoría de las decisiones climática, políticas, económicas que se están tomando hoy día van precisamente por el camino equivocado, es decir, letal para la humanidad pero sumamente beneficioso para los amos del mundo, para la mafia del capital.
¿Ursula von der Leyen?, ¡menuda lagarta! como para fiarte de ella.
Von der Leyen, Legarde, Botín, ect., no se si las feministas las consideran de las suyas.
2022 ha sido un año difícil. El planeta y las personas se enfrentan a múltiples desafíos: la guerra en Ucrania, el aumento del costo de vida y las facturas de energía, y un empeoramiento de la crisis climática y ecológica con líderes que hacen poco, o nada, para mejorar las cosas.
Mientras que cada vez más personas tienen que elegir entre calentar y comer, las compañías de combustibles fósiles están cosechando ganancias sin precedentes y siguen invirtiendo en nuevos proyectos fósiles, con el apoyo de los gobiernos y la UE. Europa debe salir del gas fósil y oponerse a las soluciones falsas que nos encierran en los combustibles fósiles y nos alejan de los sistemas energéticos 100% renovables, asequibles y justos.
Ahora, más que nunca, luchar contra el gas fósil es una prioridad. Para «diversificarse rápidamente de los combustibles fósiles rusos», la UE mira a África, los países árabes, los Estados Unidos y otros para importar gas natural licuado (GNL). Planea gastar miles de millones en infraestructura masiva de GNL innecesaria, mientras que el GNL es un combustible extremadamente sucio con un impacto climático devastadoramente alto que arruinará los objetivos climáticos de la UE. Europa debe elegir soluciones reales, probadas y limpias como la energía eólica, solar, bombas de calor y eficiencia energética para sacarnos del gas.
La UE y Estados Unidos llegaron a un acuerdo sucio este año: 50 mil millones de metros cúbicos de gas natural licuado (GNL) estadounidense deberían suministrarse a Europa anualmente, hasta 2030. Las exportaciones de los Estados Unidos crearían un aumento anual en la contaminación climática equivalente a las emisiones de aproximadamente 100 plantas de carbón.
El metano es el malvado asesino climático que pocas personas conocen. El gas fósil es casi en su totalidad metano, y es más de 80 veces más destructivo para el clima que el CO2 si se filtra a la atmósfera. Por último, se ha propuesto una ley ridículamente débil -el Reglamento sobre el metano- para abordar las fugas de gases sucios de efecto invernadero.
Las emisiones de combustibles fósiles son responsables del calentamiento global, y el metano junto con el dióxido de carbono (CO2) y otros gases de efecto invernadero (GEI) están cocinando nuestro planeta y nuestro hogar por encima del punto de fusión.
El metano , en particular, tiene un potencial de calentamiento global (GWP) que es 84-86 veces mayor que el dióxido de carbono durante un período de 20 años . Es el componente principal del gas fósil y su concentración en la atmósfera es casi tres veces mayor que los niveles preindustriales. ¡Solo en 2021, las emisiones de metano relacionadas con la energía aumentaron a nivel mundial en casi un 5% y es totalmente culpa nuestra! (1)
GNL: el camino líquido hacia el caos climático. Una parte significativa del gas fósil «natural» consumido en Europa hoy en día se entrega como gas fósil licuado (GNL). El GNL es una distracción peligrosa de la transición energética justa a las energías renovables que tan desesperadamente necesitamos.
Los defensores elogian el hidrógeno «verde» como una nueva energía sin carbono en la lucha contra el cambio climático. Pero el hidrógeno verde no es tan inocente, y no es tan verde. La mayoría de las empresas insisten en que su hidrógeno será limpio, pero esa es una gran promesa cuando alrededor del 98 % de la producción mundial de hidrógeno proviene de combustibles fósiles .
Incluso si la industria pudiera producir hidrógeno «verde» a escala, seguiría siendo un desperdicio e ineficiente. En comparación con las baterías de energía renovable, que tienen una eficiencia del 80 %, las celdas de combustible de hidrógeno tienen solo un 30 %. Eso hace que el hidrógeno sea mucho más caro que la energía eléctrica renovable.
Además, la energía del hidrógeno es una fuente de energía sedienta. A lo largo de su ciclo de vida, cada megavatio-hora de hidrógeno “verde” consume al menos 5.000 litros de agua. Compare eso con la energía solar, que usa 20 litros por MWh, y la eólica, que usa solo 1 litro por MWh. En un momento en que el cambio climático ya amenaza nuestros suministros de agua y Europa experimentó su peor sequía en siglos este verano, una gran acumulación de hidrógeno solo empeorará las cosas.
Un giro hacia el hidrógeno podría dañar a las comunidades vulnerables en la primera línea de la crisis climática y desviará los recursos de las tecnologías climáticas probadas.
(1)El Manifiesto sobre el metano ya está abierto a la firma de particulares , organizaciones de la sociedad civil , responsables de la toma de decisiones a nivel nacional y europeo , científicos y académicos:
https://www.foodandwatereurope.org/reports/how-europe-can-rapidly-reduce-methane-emissions-and-phase-out-fossil-fuels/