Otra vuelta al cole sin los deberes hechos en materia energética y climática  

El nuevo ciclo lectivo comienza con muy pocas respuestas a situaciones ya documentadas que vulneran derechos. ¿Pueden los niños y niñas aprender con calor extremo y respirando aire contaminado?
Otra vuelta al cole sin los deberes hechos en materia energética y climática  
Trabajador de un colegio de Gran Canaria cerrado por las altas temperaturas. Foto: REUTERS/Borja Suárez.

Escribe Janire Sánchez, responsable de educación y sensibilización de la Fundación Renovables.

Más de ocho millones de niños y niñas vuelven a las aulas en España. Un buen momento para preguntarnos qué aire van a respirar al cruzar las puertas de los colegios o a cuántos grados estarán sus clases al sentarse en los pupitres.

Las respuestas vienen de lejos. Desde mediados del siglo XX, la planificación urbana se vertebró en torno al vehículo privado como principal criterio organizador del espacio; las calzadas se ensancharon, las aceras se estrecharon y la infraestructura destinada al tráfico terminó fagocitando gran parte del espacio público compartido. 

Algunos urbanistas advertían ya entonces de que esta transformación tenía una víctima especialmente silenciosa, la infancia. Había sido expulsada progresivamente del espacio público por el avance del automóvil, perdiendo salud, autonomía y contacto con su entorno. Las calles, que durante generaciones habían sido su primer territorio de exploración, se convirtieron en un espacio hostil y peligroso. Actualmente, esa advertencia no solo sigue vigente, sino que se ha intensificado con el incremento del uso del vehículo privado.

Los costes de la planificación urbana ‘vehículo-céntrica

Aparte de las consecuencias derivadas de esta planificación ‘vehículo-céntrica’ sobre la seguridad, es necesario visibilizar otra serie de impactos. Por un lado, el deterioro de la calidad del aire y, por otro lado, la transformación del espacio público que condiciona el desarrollo y la salud de la infancia.

Para ello, es necesario poner el foco en la contaminación del aire. Se trata de un problema invisibilizado que causa más muertes que los accidentes de tráfico: 180.000 decesos prematuros anuales en la UE asociados a la contaminación por partículas finas (PM2.5), según la Agencia Europea de Medio Ambiente

La lupa hay que ponerla en el proceso de combustión interna, que tiene lugar dentro de los motores de los vehículos y que genera distintos gases. Algunos contribuyen al cambio climático, como el dióxido de carbono (CO2). Otros afectan directamente a la salud, como el dióxido de nitrógeno (NO2), que irrita las vías respiratorias, agrava el asma y puede dañar el desarrollo pulmonar infantil, además de estar relacionado con alteraciones neurocognitivas. La infancia es especialmente vulnerable a la contaminación del aire, ya que el periodo de crecimiento incluye el desarrollo del sistema respiratorio y del cerebro. 

Si contrastamos algunos datos, encontramos que hay estudios que demuestran que los niveles de contaminantes como el NO2 son elevados en entornos escolares. Por ejemplo, un análisis de Ecologistas en Acción realizado el invierno pasado en 412 entornos sensibles encontró que el 96% excede el límite recomendado por la OMS de 10 μg/m³ (microgramos por metro cúbico) de este compuesto. Es decir, en casi todos los entornos en los que se hicieron mediciones se respira aire de calidad inferior a la recomendada. Estas consecuencias han dejado de limitarse al espacio exterior para situarse también dentro del aula; en los 34 centros donde se hicieron mediciones, el 80% mostraba también niveles de NO2 por encima del umbral de la OMS.

Estos datos son muy alarmantes, y el tráfico rodado es el principal culpable de que se alcancen estas cifras. Un estudio realizado por el Instituto de Salud Global de Barcelona, observó que los niños que van a escuelas más expuestas al tráfico muestran un menor desarrollo cognitivo, reflejado en habilidades de memoria y atención. En resumen, los efectos van desde problemas respiratorios hasta impactos en el rendimiento académico y la calidad de vida infantil.

El calor en las aulas 

Uno de los temas más preocupantes durante el pasado junio –que se repite cada cierre de curso– han sido las elevadas temperaturas registradas en el interior de los centros escolares. 

En junio, se vivió la ola de calor más extrema jamás registrada en ese mes, batiendo el récord histórico dos días seguidos hasta alcanzar los 42,7 ºC. Los datos muestran que las temperaturas han alcanzado límites muy elevados, afectando directamente a la salud del alumnado y profesores. 

El cambio climático está haciendo que el verano se prolongue hasta septiembre y se adelante hasta junio. Sin embargo, muchos centros educativos están diseñados para un clima que ya no existe. La mayoría de ellos no están adaptados para afrontar estas temperaturas.

Hay soluciones

Y llegados a este punto, ¿hay algo que podamos hacer? La respuesta es sí. Hay muchos estudios con datos y propuestas para mejorar la planificación de los entornos escolares.

La pacificación de estos espacios se construye a partir de una transformación integral del espacio público que lo rodea. Esto implica priorizar claramente a la infancia, con aceras amplias, continuas y seguras, así como itinerarios accesibles que permitan a los niños y niñas llegar caminando de forma autónoma. A su vez, hay que fomentar la movilidad activa mediante infraestructuras ciclistas seguras bien conectadas con el entorno urbano. Sin embargo, ninguna de estas medidas resulta efectiva sin una reducción significativa del tráfico motorizado, limitando la velocidad de los vehículos a 20 o 30 km/h y restringiendo su presencia en los accesos a los centros educativos. 

A ello se suma la necesidad de contar con un transporte público accesible y eficiente que ofrezca alternativas reales al coche privado. Más allá de la movilidad, estos entornos deben configurarse como espacios de estancia, incorporando zonas verdes, sombra, bancos y áreas de juego que favorezcan el encuentro y la vida en comunidad. 

Asimismo, los edificios deberían contar con sistemas eficaces de climatización y ventilación, así como adecuar zonas refrigeradas para alumnado, profesorado y otros trabajadores. En situaciones climáticas extremas, también debería ser imprescindible la adaptación de horarios, actividades y espacios, además de asegurar el suministro permanente de agua potable.

Repensar los entornos escolares es una cuestión de salud pública y equidad. Un entorno escolar adaptado no se limita a garantizar el acceso al centro: configura un espacio seguro, saludable y habitable, donde la infancia pueda moverse de forma autónoma y crecer lejos del tráfico y la contaminación. Cada colegio pacificado reduce la contaminación, mejora el ambiente de aprendizaje y devuelve autonomía a la infancia. Los deberes siguen sin hacer y el curso ya ha empezado. ¡Pongámonos manos a la obra!

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