El coste humano y ambiental de la harina de pescado en Senegal

Las familias de pescadores pierden sus medios de vida, los alimentos escasean y más migrantes se arriesgan a realizar la travesía mortal hacia las Islas Canarias.
El coste humano y ambiental de la harina de pescado en Senegal
Mujeres dedicadas al procesamiento de pescado clasifican pescado ahumado en Bargny, en Dakar. En la última década, la inversión extranjera ha impulsado el crecimiento de la industria de harina de pescado en Senegal, desviando las capturas de los mercados locales. Foto: Clément Tardif/Greenpeace

En septiembre de 2024, Cheikhou Omar se sentó en una playa de Senegal. El pescador, de 21 años, se había echado a la mar junto a un centenar de personas la noche anterior en una piragua –una embarcación tradicional de madera– con la esperanza de alcanzar las costas europeas. Su barca zozobró tras doce horas de navegación y más de dos docenas de personas se ahogaron. Omar se agarró a los restos del naufragio y fue rescatado diez horas después. «Somos pescadores, pero aquí ya no quedan peces. Por eso nos fuimos», dice Omar.

La mayor parte del pescado capturado en estas aguas es consumido por las nueve plantas de harina de pescado que jalonan la costa senegalesa, las cuales cocinan y pulverizan las capturas para producir un lucrativo polvo de color amarillo oscuro que se utiliza como pienso para pollos, cerdos y, especialmente, especies de acuicultura. A nivel mundial, la harina de pescado se ha convertido en una fuente esencial de proteínas para el ganado. Sin embargo, esta industria también conlleva innumerables costes ocultos: inseguridad alimentaria, hedor, muertes de trabajadores, colapso de las reservas pesqueras y contaminación del agua; costes que asumen principalmente los países más pobres donde se fabrica la harina, muy lejos de donde se consume el marisco.

Uno de los costes más mortíferos de esta industria es la migración. Las familias senegalesas que durante generaciones dependieron de la pesca están vendiendo –o reconvirtiendo– sus barcas para huir a Europa, explica Mustapha Manneh, un investigador afincado en Gambia que estudia la producción de harina y aceite de pescado en África Occidental. Con escasas perspectivas en su país, muchos africanos intentan la travesía marítima de más de 930 millas desde Senegal hasta el punto de contacto más cercano con Europa, las Islas Canarias (España), una ruta que se cobró más de 10.000 vidas en 2024, lo que supuso un incremento del 58% respecto al año anterior.

En Senegal, las plantas de harina de pescado tienen una demanda insaciable de materia prima: compran gran parte de lo que desembarca en los puertos y eliminan las pausas tradicionales que solían producirse cuando los mercados locales se saturaban. Esta intensidad está haciendo colapsar las reservas de peces en aguas locales y fomentando el hambre, en un fenómeno que algunos investigadores denominan «colonialismo alimentario». Entre 2019 y 2025, a medida que las exportaciones de harina de pescado se disparaban, los precios del pescado seco y fresco se duplicaron con creces en un país donde más de la mitad de la población no puede permitirse una dieta saludable. 

Esta demanda de harina de pescado también ha dejado sin trabajo a muchas mujeres, ya que sus labores en las playas como pescaderas e intermediarias están desapareciendo. En algunas comunidades, el número de mujeres dedicadas al procesamiento de pescado ha caído de más de 300 a unas 70, según un estudio de 2022 realizado por Feedback EU. Muchas quedaron fuera del mercado debido al aumento de los costes y al acceso cada vez más escaso al producto, señala el informe.

En 2019, procesadores de pescado senegaleses se congregaron frente al Ministerio de Pesca para exigir el cese de la producción de harina y aceite de pescado en África Occidental. El rápido crecimiento de la industria desvía recursos pesqueros vitales de las comunidades locales, amenazando sus medios de vida y su seguridad alimentaria. Pape Diatta Sarr/Greenpeace

El malestar ante el papel de esta industria en la inseguridad alimentaria, los malos olores, la pérdida de empleo y la migración ha provocado protestas sociales. El 20 de agosto de 2022, al menos 50 manifestantes se echaron a las calles de Kayar (Senegal) para exigir el cierre de una fábrica cercana de harina de pescado, Touba Protein Marine. Marchando desde el embarcadero pesquero de la localidad hasta la planta, exhibieron pancartas en las que se leía «Kayar está enferma» y «Nuestra agua está contaminada». En un vídeo difundido ampliamente en Facebook, los manifestantes coreaban: «Es hora de respetar nuestro Kayar». Los manifestantes acusaban a Touba Protein Marine, propiedad hasta 2022 de la empresa española Barna, de procesar pescado fresco entero, socavando la seguridad alimentaria local. Además, los vecinos afirmaban que el hedor hacía insoportable la vida cotidiana. «Es la cruda realidad del Sur Global», escribió Serigne Mbaye en una publicación de Facebook al compartir el vídeo de la protesta.

Para muchos pescadores senegaleses, España no es una abstracción, sino el punto final imaginado de una cadena económica que ya vincula sus aguas con los mercados europeos. El pescado procesado en Senegal viaja hacia el norte; también lo hacen, cada vez más, las personas desplazadas por su extracción. Y para los consumidores españoles, esta historia no atañe estrictamente a la migración: también trata de la economía alimentaria europea. El pescado extraído de aguas senegalesas se canaliza cada vez más hacia cadenas de pienso y materias primas que abastecen a consumidores alejados de la costa, donde se sufre la pérdida. Mientras tanto, las Islas Canarias, más cercanas al África subsahariana que a la Europa continental, se han convertido en la frontera visible de esa colisión entre medios de subsistencia mermados y fronteras blindadas.

La ciencia de la alimentación animal –que combina maíz, soja, cereales e ingredientes como la harina de pescado para criar ganado de forma más rápida, eficiente y a gran escala– ha sido clave en el desarrollo de la civilización moderna. Las técnicas de ganadería surgieron hace unos 12.000 años en el llamado Creciente Fértil, una región que se extiende desde Mesopotamia hasta Egipto. Junto con innovaciones como el regadío y el arado, la domesticación del ganado permitió a los seres humanos construir sistemas alimentarios estables, asentarse de forma permanente y, con el tiempo, desarrollar ciudades. A medida que la agricultura pasó del pastoreo de animales en campo abierto a su estabulación, los humanos asumieron la responsabilidad de proporcionarles dietas equilibradas, un antecedente remoto de los sistemas industriales de pienso actuales.

Pescadores artesanales izan a bordo de una embarcación una red de cerco repleta de peces frente a la costa de Kafountine (Senegal), en la región de Casamance. La pugna entre las embarcaciones artesanales de pequeña escala y los arrastreros industriales se ha intensificado, ya que estos últimos invaden con frecuencia las zonas gestionadas por las comunidades. Clément Tardif/Greenpeace

La vida marina también ha experimentado una profunda transformación conceptual. Durante milenios, los peces ocuparon la base de las redes tróficas oceánicas, sustentando a aves marinas, mamíferos marinos y peces depredadores de mayor tamaño, así como a las comunidades humanas locales. Con la industrialización, se convirtieron en marisco para el consumo humano global. Más tarde, con el auge de la «industria de transformación o reducción», los peces pasaron a ser materia prima: triturados para convertirlos en harina, aceite o concentrado proteico con los que alimentar al ganado. Los océanos dejaron de ser únicamente ecosistemas para convertirse en fábricas de calorías.

En su libro de 2021 The Fishmeal Revolution (La revolución de la harina de pescado), Kristin A. Wintersteen rastrea cómo la corriente de Humboldt –un sistema de afloramiento frío y rico en nutrientes a lo largo de la costa pacífica de América del Sur– fue redefinida como una mina de proteínas. Ese cambio, argumenta, convirtió a Perú en una potencia mundial de la harina de pescado, responsable de aproximadamente una cuarta parte de la producción global. La harina de pescado se convirtió en un insumo crítico que impulsó la expansión de la avicultura y la porcinocultura industrial tras la Segunda Guerra Mundial, y más tarde de la acuicultura, particularmente en Estados Unidos y el norte de Europa. El modelo se extendió mucho más allá del Perú hasta alcanzar la costa de África Occidental, distanciando aún más a los consumidores de los costes ecológicos y humanos de su producción.

Más recientemente, África Occidental se ha convertido en uno de los centros de producción de harina de pescado de más rápido crecimiento en el mundo. Más de 50 plantas de procesamiento operan actualmente a lo largo de las costas de Mauritania, Senegal, Guinea-Bissau y Gambia, consumiendo en conjunto un estimado de medio millón de toneladas métricas de pescado al año. Tan solo Senegal contaba con al menos nueve plantas de harina de pescado en 2024, concentradas a lo largo de la costa cerca de Saint-Louis, Kayar, Dakar, Joal y Sandiara.

Desde julio de 2024 hasta marzo de 2025, un equipo de periodistas de The Outlaw Ocean Project, una organización de noticias con sede en Washington D. C., visitó tres plantas de harina de pescado en Senegal –Omega Fishing, Touba Protein Marine y St. Louis Sea Production– para entrevistar a residentes locales, directores de plantas y trabajadores. Históricamente, se esperaba que las fábricas senegalesas de harina de pescado recurrieran a subproductos o desechos, como cabezas, colas y vísceras deterioradas, para evitar agravar la inseguridad alimentaria. Sin embargo, los reporteros descubrieron que, a medida que los precios de la harina de pescado han aumentado, las fábricas han recurrido cada vez más al pescado fresco y entero, según entrevistas con responsables y empleados de las plantas.

El uso de pescado entero se ha convertido en una práctica habitual en la industria senegalesa de la harina de pescado, incluso en casos donde las licencias o contratos lo prohíben explícitamente. En una entrevista ante las cámaras, Ibrahima Samb, un exempleado de Omega Fishing en Joal que ahora suministra pescado a las fábricas, afirmó que la licencia de su planta prohibía el uso de pescado entero, pero que la norma se ignoraba sistemáticamente. «A veces teníamos pescado entero», dijo, «pero solo ocurría cuando las autoridades pesqueras realizaban una incautación y nos lo vendían».

En febrero de 2025, los periodistas documentaron entregas en el interior de la planta de Omega que mostraron varias toneladas de pescado fresco entero, incluidas grandes cantidades de la machuelita (Sardinella maderensis), una especie que la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) clasificó como sobreexplotada en 2023. En Touba Protein Marine el patrón era similar. En una entrevista de julio de 2024, un empleado que solicitó el anonimato por temor a represalias dijo al equipo de periodistas que «a veces llegaban a la planta entre cuatro y cinco camiones al día, cada uno cargado con unas 17 o 18 toneladas de pescado fresco». Una copia de la licencia de la empresa –emitida cuando Barna era propietaria de la planta– establece que «el suministro de materia prima de la planta debe consistir en desechos de pescado y restos de los muelles de desembarque».

Sin embargo, el cumplimiento de la ley parece inconsistente. En una respuesta por escrito a varias preguntas, el Ministerio de Pesca de Senegal señaló que el uso de pescado entero es legal actualmente. «No existe ninguna ley que prohíba la producción de harina y aceite de pescado a partir de pescado entero», escribió. «No obstante, dado que las fábricas [de harina de pescado] son limitadas en número, se implementarán nuevos métodos de control para evitar que procesen pescado entero». Touba Protein Marine no respondió a una solicitud de entrevista.

A medida que la sobrepesca continúa en aguas senegalesas, la recuperación resulta más difícil para especies clave y el acceso se vuelve cada vez más limitado para las comunidades que dependen de ellas. Para 2024, tanto la alacha (Sardinella aurita) como la machuelita estaban en riesgo de colapso en la región, según un estudio publicado en Fisheries Research. Estos pequeños peces pelágicos desempeñan un papel fundamental en los ecosistemas marinos, ya que sirven de presa a peces más grandes, mamíferos marinos y aves. Su agotamiento desestabiliza toda la red trófica.

Históricamente, los buques pesqueros europeos han operado en estas aguas principalmente para capturas destinadas al consumo humano, mientras que los pescadores senegaleses en embarcaciones más pequeñas abastecen sobre todo a fábricas extranjeras de harina de pescado con materia prima para la exportación. «Las naciones ricas están permitiendo que sus barcos recorran miles de millas para saquear el pescado de África, con consecuencias nefastas para las comunidades y los ecosistemas locales», afirmó John Hocevar, director de la campaña de océanos de Greenpeace EE. UU. Hasta hace poco, nueve buques españoles y ocho franceses tenían licencias para pescar en Senegal, pero desde que ese acuerdo expiró en 2025, los buques de la UE ya no tienen permitido pescar en aguas senegalesas. Para 2024, activistas que revisaron la lista de buques autorizados de Senegal señalaron que cerca de la mitad de los 132 barcos pesqueros registrados en el país tenían nombres de origen chino, lo que sugiere una flota vinculada a China de unos 60 buques.

La mayor parte de la producción de harina de pescado de Senegal se exporta, principalmente, a Vietnam, España y Turquía. Las exportaciones de harina de pescado se duplicaron con creces entre 2022 y 2024. Los envíos de aceite de pescado se dirigieron principalmente a España, Chile, Omán y Dinamarca. En 2024, el sector de la harina y el aceite de pescado generó más de 19 millones de dólares en ingresos por exportación.

Sin embargo, las organizaciones defensoras afirman que estos ingresos por exportaciones son cortoplacistas y quedan opacados por los costes a largo plazo. En 2024, una coalición de organizaciones de la sociedad civil senegalesa escribió al Gobierno para exigir el cierre de todas las plantas de harina de pescado. La carta advertía de que la industria estaba minando la seguridad alimentaria, dañando la biodiversidad marina y destruyendo empleos locales. A pesar de ello, bajo el mandato del presidente elegido en abril de 2024, el Gobierno senegalés ha señalado su intención de seguir fomentando la producción de pienso para pescado.

En 2024, al menos 86.000 senegaleses vivían en España, país que tiene en África fama de mantener una postura más acogedora hacia la inmigración que muchos de sus vecinos europeos. En enero de 2026, el Gobierno de coalición en España regularizó a medio millón de migrantes y solicitantes de asilo, en lo que muchos consideraron una réplica a las políticas antimigrantes que se extienden por gran parte de Europa y Estados Unidos. El Gobierno afirmó que la medida ayudaría a estimular el crecimiento económico en un país con una población envejecida y bajas tasas de natalidad, al tiempo que extendería la protección a trabajadores indocumentados vulnerables a la explotación. «España es sobre todo un país acogedor, y este es el camino que elegimos: dignidad, comunidad y justicia», declaró el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en respuesta a las críticas al plan.

Esa postura, sin embargo, ha coexistido con una realidad mucho más dura en el mar. Entre 2018 y 2025, España invirtió discretamente más de 190 millones de dólares en externalizar elementos del control fronterizo a Senegal y Mauritania, ayudando a financiar patrullas, vigilancia e intercepciones destinadas a frenar las salidas hacia las Islas Canarias antes de que las embarcaciones llegaran a costas europeas. En Senegal, España desplegó personal de seguridad en la costa y apoyó las labores de control con patrulleras, aviones, vehículos y un helicóptero. Estos acuerdos ayudaron a reducir las llegadas a lo largo de algunas partes de la ruta, pero también empujaron la migración más lejos de la vista, hacia un sistema opaco en alta mar en el que las detenciones, deportaciones y abusos ocurren a menudo lejos del control europeo.

La respuesta de Europa se ha centrado en gran medida en la disuasión. La Unión Europea ha pagado a gobiernos africanos para interceptar barcos de migrantes en el mar y devolver a los pasajeros a centros de detención en el continente, instalaciones que los grupos de derechos humanos llevan tiempo criticando por abusos que incluyen extorsión, torturas y violencia sexual. En 2022, la UE y Senegal firmaron un acuerdo con Frontex, la agencia fronteriza europea, que autorizaba patrullas conjuntas en aguas senegalesas para interceptar y hacer regresar a los migrantes que intentaban llegar a Europa.

Esta política tiene consecuencias brutales. Cheikh Fall, un pescador de 27 años, contó que dejó Senegal en busca de trabajo en Europa después de que las oportunidades en su país se agotaran. Fue detenido en Marruecos y deportado. Otro pescador, Sene, describió haber intentado la misma travesía. Su barca, explicó, fue interceptada por la guardia costera marroquí, que retuvo a los pasajeros durante unos tres días. Sene alegó que más de una docena de mujeres fueron violadas mientras permanecían en custodia. A pesar de los peligros, afirmó que probablemente intentaría el cruce de nuevo.

La inseguridad alimentaria en Senegal promete empeorar. Entre 2009 y 2018, el volumen de pequeños peces pelágicos disponibles en los mercados locales cayó dos tercios, mientras que el consumo per cápita se redujo a la mitad. La FAO ha advertido de que, a finales de la década de 2020, Senegal podría enfrentarse a un déficit anual de unas 150.000 toneladas de pescado para consumo humano. En 2023, las exportaciones de harina de pescado alcanzaron su punto máximo en ocho años, coincidiendo con un aumento drástico en el precio de los alimentos y empujando a Senegal a niveles de crisis de hambre por primera vez desde que se tienen registros. Las dietas de mala calidad pueden frenar el crecimiento de los niños, perjudicar el desarrollo cognitivo e incrementar la vulnerabilidad a enfermedades a lo largo de toda la vida, señaló Christina Hicks, científica especializada en pesca artesanal y nutrición de la Universidad de Lancaster.

Seis especies son el objetivo principal para la producción de harina de pescado en Senegal: la etmalosa (Ethmalosa fimbriata), la alacha, la machuelita, el jurel, la caballa y la anchoveta europea. Históricamente, estos peces eran capturados por pescadores locales y se vendían frescos, ahumados o secos en los mercados regionales, constituyendo una fuente esencial de proteína asequible, según un estudio publicado en 2022 en Marine Policy. La alacha, en particular, es la base del plato nacional de Senegal, el thieboudienne. Hoy en día, la FAO clasifica tres de estas especies –la etmalosa, la alacha y la machuelita– como sobreexplotadas en todo el noroeste de África, califica la situación de ambas sardinelas de «crítica y marcada por una severa sobreexplotación». Desde que la industria de la harina de pescado se expandió por África Occidental en 2009, las reservas de alacha han caído a su nivel más bajo jamás registrado.

Investigadores y defensores sostienen que Senegal no está exento de culpa. Argumentan que el Gobierno senegalés no ha regulado adecuadamente ni la pesca ni la producción de harina de pescado. Esta falta de control ha atraído la atención internacional. En mayo de 2024, la Unión Europea emitió una advertencia de «tarjeta amarilla» a Senegal debido a las deficiencias en su lucha contra la pesca ilegal, no declarada y no reglamentada, aumentando la presión sobre el país para reforzar la gobernanza pesquera. La Comisión Europea citó deficiencias en la supervisión, el control y la vigilancia, incluidos los controles sobre buques con bandera senegalesa y las inspecciones portuarias en Dakar.

En Bargny, Fatou Samba, una procesadora de pescado de 58 años, señala que el cambio se nota, en primer lugar, en las comidas. «Hoy en día, hacer tres comidas al día se ha convertido en un problema, algo que nunca nos había pasado», afirmó. «No pensamos en ahorrar dinero. Pensamos en nuestra supervivencia». En la costa de Senegal, esa lucha trasciende hoy las mesas. A medida que el pescado desaparece en las plantas de transformación y los alimentos se vuelven inaccesibles, más familias se enfrentan a la misma encrucijada que Omar en 2024: quedarse y pasar hambre, o subirse a una barca y poner rumbo al norte.

El trabajo periodístico de este reportaje formó parte de una investigación más amplia llevada a cabo por un equipo internacional de periodistas de The Outlaw Ocean Project.

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