La lenta colonización del liquen frente al acelerado cambio climático

Líquenes y musgos forman parte de un proceso que transforma suelos estériles en suelos con vida. Especies endémicas de la Antártida, como la Himantormia lugubris, son especialmente vulnerables al calentamiento global.
Líquenes en la isla de Heard. Foto: ROGER KIRKWOOD / AUSTRALIAN ANCTARTIC PROGRAM

El clavel antártico es una de las únicas dos plantas nativas del continente helado. Está bien asentado en muchas de las islas de la región y en la península Antártica, en aquellas áreas donde el hielo no es permanente. Es decir, en un área cada vez mayor. El clave antártico, junto a la otra planta nativa en aquellos territorios, el pasto antártico, reclama cada vez más espacio.

Un estudio reciente en la isla de Signy, en el archipiélago de las Orcadas del Sur, señaló que entre 2009 y 2019, la cubierta vegetal aumentó más que en los 50 años anteriores combinados. Las causas han sido principalmente dos: el aumento de la temperatura del aire provocado por el cambio climático y la disminución de las poblaciones de lobos marinos y de su impacto en el entorno. Pero la colonización verde de la Antártida empieza en realidad mucho antes. Da inicio en el mundo de lo invisible y de los líquenes.

El suelo que nace del hielo

Bajo nuestros pies, el suelo suele pasar desapercibido. Tierra, polvo, arena y algunos bichos más o menos molestos. Pero en realidad, el suelo está vivo. En él vive aproximadamente una de cada cuatro especies del planeta. Un solo metro cúbico de suelo forestal puede contener hasta 2.000 especies invertebradas diferentes. Y si nos vamos a lo microscópico, en un solo gramo de suelo viven millones de individuos y varios miles de especies de bacterias.

Claro que no todos los suelos son iguales ni todos han sido siempre tan ricos en biodiversidad. En el planeta también hay suelos desnudos, sin vida, como por ejemplo los que surgen tras una erupción volcánica o cuando el deshielo de un glaciar descubre un territorio hasta entonces inaccesible. En ese momento, empieza la construcción del suelo. Los mecanismos de la ecología se ponen en marcha para conquistar ese nuevo pedazo de tierra.

«La colonización se da a través de procesos de sucesión primaria, procesos de colonización de roca o suelo donde no hay nada», explica Asunción de los Ríos, investigadora del Museo Nacional de Ciencias Naturales y experta en ecosistemas microbianos terrestres, sobre todo, aquellos que se desarrollan en ambientes extremos, como los polares. «La sucesión consiste en una serie de comunidades donde sus componentes se van reemplazando. Primero llegan los microorganismos pioneros, no sabemos muy bien cómo. Creemos que llega todo lo que puede llegar, pero solo se establecen los que pueden vivir en las condiciones del lugar. Estos empiezan a modificar el suelo y a generar nutrientes a través de su propio metabolismo. Cada vez se va desarrollando más el suelo hasta que es posible que crezcan los musgos y los líquenes, y después las plantas».

La lenta colonización del liquen frente al cambio climático
El liquen Xanthoria parietina (o liquen de las tapias), de color amarillo, junto al musgo Muelleriella crassifolia, una asociación típica de las rocas marítimas de la Isla Macquarie. FREDERIQUE OLIVIER / A.A.P.

De los Ríos forma parte del proyecto Rock Eaters que busca desentrañar los procesos que permiten a la vida abrirse paso sobre lavas y rocas de las áreas descubiertas tras la retirada de los glaciares en la Antártida e Islandia. Este año debían viajar al continente helado, pero un brote de COVID-19 en plena travesía forzó al buque BioHesperides a dar la vuelta y a suspender la toma de muestras hasta el próximo año.

«Estos procesos de colonización son muy lentos. Los microorganismos van interaccionando con los minerales en las rocas, van degradándolos y van produciendo fracturas. Como resultado, se liberan nutrientes que, llegado el momento, pueden ser aprovechados por otros organismos como los líquenes, por ejemplo», señala la investigadora. «Es decir, se van generando unos nutrientes que estaban atrapados en la roca y que, si esos microorganismos no existiesen, nunca llegarían al suelo».

La conquista pausada de los líquenes

Himantormia lugubris es un liquen especial. Este organismo endémico de la Antártida es, al igual que el resto de líquenes del planeta, una simbiosis entre un hongo y microorganismos fotosintéticos (como algas y/o cianobacterias). El hongo aporta la estructura y el refugio para que los microorganismos fotosintéticos puedan trabajar en condiciones óptimas. A cambio, estos le ofrecen alimento y energía. Funciona como una especie de invernadero autosuficiente.

Himantormia lugubris ha evolucionado de tal forma que su relación solo es efectiva en algunas partes de la península Antártica y en las islas cercanas. Las condiciones que necesita son tan específicas que es uno de esos organismos especialmente vulnerables al cambio climático. Y es que los líquenes no son precisamente conocidos por su capacidad de reacción ni su rapidez para adaptarse a los cambios.

En las regiones costeras de la Antártida, los líquenes crecen aproximadamente un centímetro cada 100 años. En las regiones más áridas del interior, como los valles de McMurdo, lo hacen a un ritmo de un centímetro cada 1.000 años. La estrategia de supervivencia de los líquenes pasa por la colaboración entre especies y la lentitud. Un estudio reciente del Field Museum de Chicago señala que a los organismos fotosintéticos que los forman podría llevarles varios cientos de miles de años adaptarse a un cambio en las condiciones climáticas. Pero en el último medio siglo, la temperatura media en la península Antártica ha aumentado alrededor de 3 grados Celsius.

«Por un lado, cada vez vamos a tener una mayor colonización de áreas deglaciadas. Los glaciares están retrocediendo y cada vez lo hacen más rápido, sobre todo, en regiones polares como Islandia y la península Antártica. Pero, por otro lado, el cambio climático hará que se establezcan especies que antes no se desarrollaban y que se altere la diversidad de zonas que hasta ahora han estado prístinas», concluye Asunción de los Ríos. «Además, cambiará el aspecto: áreas que antes se veían blancas se verán cada vez más verdes».

El clavel y el pasto antártico seguirán reclamando nuevos territorios y es probable que otras especies de plantas invasoras entren en acción. Los microorganismos continuarán organizando los minerales de los suelos vacíos para empezar a construir ecosistemas estables. Y los líquenes mantendrán su paso lento, pero cada vez más inseguro, para intentar sobrevivir al cambio climático que se origina a miles de kilómetros de sus hábitats helados.

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    “Creemos que la destrucción de nuestro patrimonio natural no es un sacrificio necesario para el progreso sino una manera de hipotecar el futuro de las próximas generaciones. No debemos consentir que el proyecto de JJOO se convierta en una nueva inversión fallida como la Expo de Zaragoza, Motorland o el aeropuerto sin aviones de Uesca, que seguimos pagando mes a mes. ¿Queremos 30 años de deudas a cambio de 30 días de fiesta?”
    https://arainfo.org/crece-el-rechazo-a-los-jjoo-en-aragon-queremos-30-anos-de-deudas-a-cambio-de-30-dias-de-fiesta/

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