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La cara B de los biocombustibles: ¿está aumentando el robo de aceite usado?

Las estafas y los robos de aceite de cocina usado hace años que son habituales, pero varias organizaciones se quejan de que están aumentando y los ladrones siguen encontrando vías para regularizar lo que roban.
Foto: Mulleres Colleiteiras en la recogida de aceite vegetal usado en uno de los contenedores de A Coruña.

A Coruña presume de ser una ciudad abierta al mar. Pero también es una ciudad cercada por los combustibles fósiles. El subsuelo de los barrios periféricos de la ciudad está atravesado por varios kilómetros de oleoductos por los que, hasta hace poco, circulaban siete millones de toneladas de petróleo cada año. Recientemente, la ruta cambió (la terminal portuaria a la que llega el crudo se ha sacado de la ciudad), pero el destino sigue siendo el mismo: la refinería de Repsol, situada también parcialmente en el municipio vecino de Arteixo. Allí se producen, desde hace 60 años, todo tipo de combustibles. Y allí se produce, desde hace poco, lo que la empresa ha bautizado como la gasolina renovable del futuro.

La producción de biocombustibles (aquellos derivados de residuos orgánicos, como el aceite de cocina usado o restos vegetales del campo) sigue siendo baja, pero en los últimos años no ha dejado de aumentar. Según los últimos datos disponibles, la planta de A Coruña produce cinco millones de toneladas de distintos productos petroquímicos al año, de los cuales dos millones son combustibles. Para ello, en 2023 utilizó 225.000 toneladas de residuos orgánicos, desde aceites de fritura hasta restos vegetales agrícolas.

El boom de los biocombustibles es real, alimentado por la necesidad de las petroleras de maquillar su impacto en el medioambiente y, de paso, darle un lavado de cara (verde) a su imagen. A la cabeza de este negocio en España está Repsol, que ya tiene en funcionamiento en Cartagena (Región de Murcia) una planta de biocombustibles avanzados con la que pretende fabricar anualmente 250.000 toneladas. El año que viene espera abrir la segunda, esta vez en Puertollano (Castilla-La Mancha). Y hará lo propio Cepsa, que recientemente ha anunciado que construirá una planta en Huelva.

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Sin embargo, esta actividad tiene sus lados oscuros. A rebufo del interés por los residuos orgánicos para la industria fósil, los robos de aceite usado se están multiplicando. Y las pequeñas organizaciones que se encargan de su gestión, muchas de ellas con propósitos sociales, se enfrentan a una realidad cada vez más complicada.

Los robos de aceite usado en España

La refinería no es el único elemento simbólico del boom de los biocombustibles en A Coruña. Desde hace años, las calles de la ciudad están salpicadas de contenedores de color naranja en los que los vecinos depositan el aceite de sus cocinas. Los gestiona Mulleres colleiteiras, un proyecto de economía social nacido en 2016 que ofrece una vía de inserción a mujeres que sufren exclusión a través de la recogida de aceite usado. La iniciativa es muy apreciada entre los vecinos. Tanto, que fueron algunos de ellos los que dieron la voz de alarma por primera vez ante los robos que se producían en los contenedores.

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“Nosotros veníamos notando que algo pasaba, porque las recogidas de aceite habían bajado casi un 60%. Pero fue un vecino quien nos avisó. Bajó a la calle y grabó un vídeo con su teléfono de dos personas llevándose el aceite. Nos dio hasta la matrícula del vehículo”, explica Juan Aradas, miembro de Arquitectura Sen Fronteiras Galicia e impulsor del proyecto. Según relata, la primera oleada grande de robos se produjo justo antes de la pandemia y se mantuvo en el tiempo. En 2020, calculan que les fueron sustraídos unos 30.000 litros de aceite de cocina usado. Desde entonces, los robos han sido constantes.

Mulleres Colleiteiras no solo recoge aceite en los barrios de A Coruña, también tiene contenedores en los municipios de Arteixo, Cerceda y Santa Comba y gestiona los puntos de recogida de Repsol en 176 estaciones de servicio de Galicia. “Nosotros lo limpiamos, lo dejamos a un 98% de pureza, y se lo vendemos todo a Repsol. Hoy por hoy lo mandamos todo para hacer esas gasolinas del futuro que anuncian”, añade Aradas, quien dice también sentirse frustrado por la inacción de la policía local de A Coruña ante los robos. Desde Climática hemos contactado con el ayuntamiento para conocer su versión de los hechos, pero no hemos recibido respuesta.

El caso de Mulleres Colleiteiras no es único. Basta una rápida búsqueda en Google para encontrar titulares similares en Zamora, Palencia, Toledo o Alicante. “Parece que es una actividad generalizada en el sector del reciclado. Nosotros siempre hemos sufrido algún robo en algún contenedor de la calle, pero en el 2023 se intensificaron. Calculamos que el año pasado nos robaron unas cinco toneladas de aceite”, explica Desiré Sieira, directora de empleo de la Fundación San Cebrián, que recoge aceite en 105 poblaciones de la provincia de Palencia, incluyendo la capital.

“A nosotros, que somos una fundación, estos robos nos suponen un daño económico que va más allá del robo del aceite. Tenemos que reparar los candados rotos, arreglar los contenedores y reponer los carros interiores donde se deposita el aceite”, añade Sieira. “Además, y lo más importante, es que hablamos de una práctica ilícita que pone en peligro la supervivencia de una actividad que genera puestos de trabajo y un beneficio económico, social y medioambiental a la comunidad”. El aceite recogido por esta fundación, una vez depurado, se traslada a un gestor autorizado para convertirlo también en biodiésel.

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Fundación San Cebrián.

Del robo al surtidor

La mayoría de los robos de aceite usado se intentan resolver a nivel local buscando indicios que lleven a multar al responsable. Esto provoca que no haya datos de la cantidad que se roba cada año en España ni tampoco de los lugares donde se producen esos robos. Sin embargo, de acuerdo con fuentes del Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil, casi todos tienen ramificaciones que van mucho más allá. Aunque prefieren no facilitar muchos detalles para no desvelar el alcance de las investigadores, desde el Seprona aseguran que en el robo del aceite usado conviven tanto pequeños estafadores, que actúan sobre todo en el canal de la hostelería, como grupos itinerantes que tienen algún tipo de organización jerárquica y se desplazan por España y Portugal.

De acuerdo con el servicio de la Guardia Civil, buena parte de las investigaciones están centradas ahora mismo en cómo se introduce el aceite robado en la cadena de refinado legal. Es decir, cómo se pasa de unos depósitos sustraídos ilegalmente, sin documentación, a una mercancía legal que puede ser vendida a las empresas que fabrican el biodiésel. Según el Seprona, la mayoría de gestores de residuos cumple con la ley, pero existe también quien falsifica la documentación y regulariza aceite usado a sabiendas de que su origen no es legal. La Policía Judicial también está investigando algunos de estos delitos, pero desde Climática no hemos conseguido que nos facilitasen más información. Asimismo, en varios países de Europa, actualmente hay abiertas denuncias e investigaciones en torno a casos de fraude por hacer pasar aceite de palma como aceite de cocina.

“Nosotros no sabemos qué hacen con el aceite usado, pero lo lógico es pensar que se vende en el mercado negro”, asegura Desiré Sieira, de la Fundación San Cebrián. “Todos en el sector conocemos las historias de empresas de recogida de aceite a las que les encuentran bidones de otras empresas, de supuestos gestores de residuos que acumulan el aceite usado incumpliendo las normativas ambientales o de chatarrerías que cada día le compran a la misma persona varios litros de aceite que es imposible que sean de su casas. Al final, esto siempre ha sido un negocio de chatarreros y lo sigue siendo”, añade Juan Aradas, de Mulleres Colleiteiras.

La compraventa ni siquiera se hace a escondidas. Basta una rápida búsqueda por plataformas como Wallapop y Milanuncios, u otras más sectoriales como TuChatarra.com, para encontrar anuncios de venta de aceite usado y ofertas para compra sin mucha más información que un teléfono de contacto. Mercancía de origen dudoso que encuentra una vía de acceso a la cadena de producción del biodiésel y acaba llegando a las refinerías y, de allí, a los surtidores, convertido en combustible con la etiqueta de limpio y renovable.

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  1. Biocombustibles de soja, una realidad en aumento para satisfacer las necesidades de biocombustibles en Europa, que se ha multiplicado por cinco en siete años.
    La comunidad científica pide a la Comisión Europea que reconozca los impactos de los biocombustibles de soja.
    Más de 100 personas investigadoras en España alertan en una carta enviada a la Comisión Europea de los impactos de la soja en la deforestación, pérdida de biodiversidad e inseguridad alimentaria.
    El uso de esta materia prima puede provocar el doble de emisiones indirectas que un combustible fósil tradicional.
    El lanzamiento coincide con un evento en el Parlamento Europeo con representantes de instituciones europeas, estatales, ONG y personal técnico, que debatirán sobre la importancia de que la UE aproveche la oportunidad para el abandono del uso de biocombustibles de soja, como ya se ha logrado con el aceite de palma, y proteger a los ecosistemas más biodiversos del planeta.
    A pesar de tener un origen biológico por obtenerse a partir de recursos naturales, los biocombustibles procedentes de cultivos conllevan graves impactos sociales y ambientales. En concreto, los biocombustibles a base de soja provocan la deforestación y la pérdida de biodiversidad, especialmente en países de América del Sur, una realidad en aumento para satisfacer las necesidades de biocombustibles en Europa, que se ha multiplicado por cinco en siete años.
    Asimismo, los terrenos dedicados al cultivo de biocombustibles compiten con los de alimentos, aumentando la inseguridad alimentaria al quemar cultivos como combustibles para el transporte, en un contexto de hambruna mundial.
    Un estudio encargado por la propia Comisión Europea demostró que los biocombustibles producidos a base de aceite de palma y de soja generan tres y dos veces más emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) que el diésel fósil, respectivamente. Por este motivo, en 2019 la Comisión Europea catalogó el aceite de palma como materia prima de alto riesgo de ILUC y aprobó su eliminación gradual.
    Sin embargo, la soja se quedó fuera, a pesar de que los cultivos de soja causan la deforestación en algunos de los ecosistemas más biodiversos del mundo, especialmente en América del Sur. El Parlamento Europeo y varios Estados miembros de la UE han manifestado claramente su oposición tanto a los biocombustibles de palma como a los de soja, solicitando una eliminación inmediata de ambos.
    El aumento continuo de las importaciones de soja a Europa para producir biocombustibles, cuyo consumo aumentó cinco veces de 2015 a 2022 según un estudio de Transport & Environment, ha exacerbado esta deforestación y, con ello, los graves impactos que produce, como la liberación de carbono irrecuperable y la pérdida de biodiversidad, así como el acaparamiento de tierras y conflictos con pueblos indígenas y comunidades locales en países de Sudamérica. En la ecorregión del Cerrado, en Brasil, una tierra rica en carbono y de gran biodiversidad, la deforestación aumentó un 43 % el pasado año.
    (Ecologistas en Acción)

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