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Lideró durante varias décadas Departamento de Medio Ambiente, Cambio Climático y Salud de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y hoy es defensora mundial de la Alianza para la Acción Transformadora en Cambio Climático y Salud, esfuerzo que surgió en la COP26 de Glasgow. Años después, de nuevo en el Reino Unido, la doctora española María Neira persiste en su misión de conectar la crisis climática con la contaminación del aire, asuntos que «tienen la misma agenda», señala en un evento de la iniciativa Breathe Cities celebrado en Londres
Aunque las emisiones detrás de cada fenómeno no son las mismas —los gases de efecto invernadero producen el calentamiento global y los contaminantes atmosféricos ensucian el aire—, las causas se solapan, y los beneficios también. Neira sostiene, además, que la lucha contra la contaminación atmosférica es como la batalla que los profesionales de la salud libraron en su día contra el tabaco.
Antes se fumaba en los aviones, en las consultas médicas, en las oficinas, recuerda Neira. Y costó cambiar la mentalidad de la sociedad, hacer que la salud pública fuera una prioridad, que estuviera por encima del «derecho a fumar» que reivindicaban los fumadores. Pero se logró. «Las cosas cambian», celebra la médica. Y sentencia: «La contaminación del aire es el nuevo tabaco«. Pero hay un detalle que lo complica: el tabaco consiste en un solo enemigo, mientras que tras la contaminación del aire hay múltiples enemigos. Entre ellos, las fuentes de energía sucia. Así, la doctora sostiene que la transición energética hacia las renovables es clave para evitar las enfermedades que favorece la contaminación atmosférica, un problema al que se atribuyen cerca de ocho millones de muertes anuales a nivel global.
¿Cómo se podría usar la salud como argumento climático?
Las causas del cambio climático y las causas de la contaminación del aire, en casi un 80%, son las mismas, con lo cual, para nosotros, desde el punto de vista de la salud pública, cuando se combaten las causas del cambio climático se están combatiendo también las causas de la contaminación del aire. Y los beneficios para la salud van a obtenerse en cuanto se hagan las tres transiciones que hay que hacer para combatir el cambio climático: la transición a fuentes de energía limpias —limpias y sobre todo razonables para la salud pública—, la transición a una producción sostenible de alimentos y la transformación de las ciudades hacia un diseño urbano saludable.
Promover la transición a energías limpias renovables para la comunidad de salud pública es como cuando hace unos años se pedía saneamiento, alcantarillado y acceso al agua potable, porque sin eso no había salud. Ahora es igual. Nuestra salud depende de manera muy importante del tipo de energía que vamos a usar como sociedad. Y está claro que si seguimos usando una energía que es contaminante, que contamina lo que luego vamos a respirar desde el punto de vista de la salud, no puede ser en absoluto positivo.
¿Hay soluciones que se apliquen a la crisis climática, algo que pueda servir también para frenar contaminantes atmosféricos?
Cada vez que desde el punto de vista de la salud pública vamos a una COP, a una negociación sobre cambio climático, nuestro argumento es que no solo están negociando el porcentaje de emisiones de gases [de efecto invernadero]: lo que están negociando es cuántos casos de cáncer vamos a tener, cuántas enfermedades causadas por la contaminación del aire vamos a tener, cuántas muertes, cuánto coste sanitario. Por eso digo que la salud es el argumento más poderoso para la acción climática, pero también para entender que detrás hay toda una economía y todo un bienestar social que se podría transformar de una forma muy positiva. O sea, que hay un argumento muy positivo también, hasta económico. Quienes usan el argumento de la inversión, del coste, se equivocan, porque ya lo estamos pagando. El sistema sanitario y nuestra salud lo están pagando.
Parece que la preocupación por el cambio climático ha ido a menos y que, en paralelo, el interés por la salud ha ido a más, con toda la cultura del bienestar que inunda las redes.
Sí, efectivamente. Y tenemos que hablar de salud. No de sanidad, de salud y de salud global. Un país que tenga una estrategia de salud nacional tiene que pensar en la prevención primaria, que es donde hasta ahora dedicamos poquísimos recursos. Hacemos prevención secundaria, detección precoz de cáncer, por ejemplo, pero no hacemos prevención primaria. La prevención primaria tiene muy pocos recursos, es un 3% de los recursos. El aumento de esa inversión en prevención primaria no tiene por qué venir del sistema de salud. Puede venir del Ministerio de Energía, del Ministerio de Transportes, de Economía, de Agricultura, de Medio Ambiente, porque esas intervenciones son fundamentalmente prevención primaria. Y parte de la prevención primaria más fundamental tiene que ver con el tipo de energía que vamos a usar. Si no usamos las renovables, no estamos haciendo prevención primaria. Si quieres hablar de cáncer, que es uno de los grandes desafíos de salud pública —y podemos prevenir mucho más el cáncer de lo que lo hacemos—, la prevención va a pasar por políticas de determinantes ambientales, por acelerar esa transición. La gente tiene que entender que esto no es de derechas o de izquierdas, no es de «abrazar árboles», sino de salud, de economía y de sostenibilidad.
¿Pero no hay una dimensión ideológica en el asunto? Si la sanidad se privatiza, ¿vamos a poder controlar cuáles son los enfoques?
Evidentemente, una de las prioridades en salud global sería defender la importancia fundamental de la sanidad pública, de la salud pública. Y, precisamente, la mejor manera de mantener la sanidad pública, es decir, la parte asistencial, es tener una buena estrategia de prevención primaria para reducir justamente las enfermedades y la mortalidad. Y esa prevención primaria tiene que venir de esa estrategia no de sanidad, sino de salud.

