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María Sánchez: «La poesía puede ser buena herramienta para romper todo lo establecido y volver a empezar»

En 'Fuego la sed', la escritora y veterinaria cordobesa aborda la sequía y las transformaciones del entorno desde la memoria familiar y las historias que podrían contar la naturaleza y sus criaturas.
Además de escritora, María Sánchez es veterinaria y trabaja con razas autóctonas en peligro de extincion. Foto: José González

«¿Existe de verdad / algo que os conmueva?». Voces de animales, ríos y ancestras nos lanzan preguntas como esta en Fuego la sed (La Bella Varsovia), el poemario que acaba de publicar la veterinaria, escritora y activista María Sánchez (Córdoba, 1989). Obras suyas anteriores como Cuaderno de campo, Tierra de mujeres y Almáciga abrieron muchas conversaciones sobre los entornos rurales y la vida de quienes los habitan. En este nuevo libro toma el hilo de la sequía, la crisis climática y la transformación de territorios y criaturas para preguntarse cómo hemos llegado hasta aquí y qué podemos hacer ahora. «Ruegas que esta canción / (…) pueda detener / este desierto», escribe.

Vamos a empezar desde el principio, principio: dedicas este libro a los lugares en los que creciste, que «ya no son»; y señalas la necesidad de aprender a amarlos de otra manera. Ahí ya tenemos la síntesis del libro.

Totalmente. Quería romper con que siempre dedicamos los libros a personas. Dije: ¿y si se lo dedico a un sitio? Y no solo a un sitio, sino todo lo que hay en ese sitio: los gusanos, los árboles, los pájaros, la misma agua, lo que no fue. Pero además esa dedicatoria es una declaración de intenciones: estamos en este punto y ahora nos toca ver desde dónde hemos hecho las cosas, con qué saberes, con qué conocimientos, con qué dinámicas. Hacerse esas preguntas y mirar otras maneras de ser y esta quizá puede ser una buena herramienta para trabajar por otro mañana en esta emergencia climática. No me gusta decir que el libro es una despedida, pero es una manera de decir adiós para decir hola de nuevo. De otra forma, con otros afectos y otros vínculos.

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En esa búsqueda, ¿qué nos aporta la imaginación poética?

Se me viene la frase de García Lorca: «hay que dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas». Siempre hablamos del mañana, pero creo que antes de imaginar hay que hablar y hay que conmoverse. Hay que ponerse en el lugar del de las otras personas, y no solo de las otras personas, sino de un sitio, de una montaña, de un animal, de un río. Y creo que la poesía es muy buena semilla para eso, porque te permite abrir las ventanas hacia otros lugares y darte otras pistas, otros sonidos y otras canciones. El futuro se hace ahora, se está haciendo mientras hablamos, y creo que la poesía puede ser muy buena herramienta para romper todo lo establecido y volver a empezar.

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María Sánchez

La poesía lleva también a la pregunta cómo nombramos las cosas, algo cuya ambivalencia está muy presente en el libro. Por un lado tiene algo de violencia: «nombrar y poseer / así elaborabais el conocimiento». Pero, por otro, es una manera también de habitar y de preservar, como en tu proyecto Almáciga.

Cuando nombramos estamos volcando una manera de estar en el mundo y de mirarlo. Siempre pienso por ejemplo en todas esas plantas que llevan el nombre de científicos y de colonizadores. La palabra «archivo» viene de una palabra griega que significa «la casa del vencedor»: quien nombra, decide conservar algo y dejar fuera otras cosas. Quería pensar qué pasa con lo que no se nombra, con lo que no queda escrito. Esto está muy ligado con los saberes del campo, de la naturaleza, con esos saberes que han sido despreciados, que no han sido reconocidos. Pero que justo ahora mucha gente se está dando cuenta de que en ellos pueden estar esos otros mañanas… Para mí, nombrar es el primer paso para reparar, cuidar, formar parte, ser consciente de algo.

Otro elemento fundamental del libro es el agua. O más bien su escasez. Cuentas que llevar memoria de la lluvia es algo que has aprendido de tu familia.

Uno de los pocos recuerdos que conservo de pequeña es mi abuelo llevándome con la gente del pueblo a celebrar el nacimiento del agua cuando reventaba un venero. Ese venero no ha vuelto a reventar desde entonces. El primer poema del libro, por ejemplo, no es algo imaginario, es mi padre hace tres veranos con una azada, agrandando un charco donde yo me solía bañar, donde él iba por agua para la familia y para la casa, que ahora está sin agua. Por eso su reflexión de: los pájaros, los ciervos, los jabalíes, los zorros, ¿dónde van a beber? ¿Cómo sacarán adelante a las crías? Yo oigo muchísimo en el pueblo: «Ay, si los antiguos vieran cómo está el campo, si los antiguos vieran lo que ya no llueve…»

«Que mi padre cambie la mirada y repare en los pájaros es el cambio de una generación y de un sistema»

Ese primer poema anuncia también una línea genealógica entre quienes estuvieron antes y la mirada hacia adelante.

Mi padre ahí representa una cosa importante, porque él es profesor de universidad, ha estudiado ciertas formas de trabajar, de entender el mundo. Y que mi padre en ese poema cambie la mirada y repare en los pájaros es el cambio de una generación y de un sistema. Esa reparación que estoy viendo en esos «hombres de sangre y tierra que nunca lloran», que decía en Cuaderno de campo. Escasea el agua pero se abre una ventana: a la vez que va buscando agua, con esa azada se está haciendo posible otra manera de mirar, y de entender, y de cuidar. Para mí lo interesante es hacernos preguntas, y creo que ahí también ha habido un problema, cuando hemos considerado que lo sabemos todo, que está todo dicho, todo hecho, todo estudiado. ¿Qué pasa si miramos desde otro lugar? ¿Si no somos nosotros los que decimos, sino que simplemente escuchamos?

Además de las preguntas, propones cambiar a quién se le hacen: escuchar a los animales, al riachuelo. En un poema dices: «aprendimos la historia de nuestras madres / tocando los anillos de los árboles // lo que no se quiere contar / queda irremediablemente grabado / en este espectro».

Hay muchas historias que todavía están por contar, y nos toca a nuestra generación romper el silencio. No es casualidad que también hable de fosas en el libro. Yo siento que todo está ahí, lo que pasa es que hay que saber entablar la conversación. Hay lugares que me encanta conocer por el nombre de la gente que los habitó. Si vas deprisa igual no ves nada, pero si te paras te vas a dar cuenta de que en algún sitio quedan trozos de piedra del chozo donde vivían, vas a reparar en dónde tenían el huerto. Y, si sigues mirando, vas a ver que queda algún frutal salvaje que, a pesar de que ya nadie lo cuida, ni lo riega, ni lo poda, sigue dando peras pequeñitas y sigue floreciendo. Ahí hay una memoria de una familia, de un saber, de un estar.

En ese mirar atrás también señalas una trampa en la que se cae a menudo: «renegad de la nostalgia / en ella también se esconden // el poder / la violencia / la sequía».

Es un tema que para mí también era muy importante, en estos tiempos en los que se está romantizando la vida de nuestras madres y de nuestras abuelas. Es algo que me da mucho miedo, porque lo que se está romantizado es una dictadura. Obviamente todos caemos en la nostalgia a veces, pero una tiene que darse cuenta de que la memoria también es una ficción. Hay un verso de Brines que dice: «yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió la tarde». Yo hago una reivindicación de esos saberes que han estado fuera, pero nunca reivindico que se viva como se vivía antiguamente en el campo, porque eso era miseria, dureza, pobreza, esclavitud. Me da mucho miedo cuando se habla de que nuestras abuelas eran más felices que nosotras. No sé cómo vivieron sus madres y sus abuelas, pero sé cómo vivieron las mías.  Mi abuela fue dos días a la escuela de analfabetos y a mi madre con doce años la quitaron del colegio para coger aceituna. No nos olvidemos de dónde venimos. Y lo que han pasado tantas personas, tantas mujeres.

Otra genealogía: en esa «vereda compartida» que es para ti la escritura, ¿qué autores y autoras nos propones como compañía para este camino?

Para mí han sido compañías brutales Silvia Rivera Cusicanqui y escritoras nativas como Terry Tempest Williams o Robin Wall Kimmerer. También poetas de la tierra y en otras lenguas, como Olga Novo y Uxío Novoneyra; y autores latinoamericanos como Jorge Teillier, un poeta chileno que me encanta. También hay en el libro muchos saberes de gente con la que trabajo: cabreros, pastoras… Y muchas cosas que he sacado de estudios científicos. Por ejemplo, hay estudios que dicen que los animales se asustan más de nosotros que antiguamente, o que los pájaros están alargando las alas por el aumento de temperatura, o que hay plantas que están aprendiendo a mimetizarse para evitar ser depredadas por el hombre. Es increíble cómo nuestras acciones están cambiando el entorno, y quería meter también esos pequeños datos, a ver si así, a través del poema…

Para acabar, una bella propuesta que llevarnos. Esos versos que dicen: «cuando alguien muere / lloramos / formamos parte del ritual (…) / por qué no puedo hacer lo mismo / con un arroyo / un sendero    un pantano / una dehesa    una familia de árboles / un rebaño (…)»

Creo que necesitamos transformar o crear nuevos rituales para que nos acompañen a esas nuevas cosas que no sabemos nombrar o que no sabemos explicar. Alguno dirá que vaya tontería, pero a mí me calma. Lo he hecho también preparando este libro. Yo he crecido con el miedo de mi abuelo a las tormentas, y también he leído que en muchos pueblos de montaña se hacía un toque de campana como conjuro contra las tormentas. Entonces, quería que este libro también fuera un conjuro pero para atraer la lluvia. Y el día de la presentación en Madrid me mandaron un vídeo de un río de cerca de mi pueblo desbordado. Me decía mi familia: «Parece que ha sido por el libro. Fíjate, funcionó». Oye, mira, pues nos acompañamos, ¿no? Y nos emocionamos. Le ponemos palabras y no nos sentimos tan solos. Le damos la vuelta.

Un poema de Fuego la sed, de María Sánchez

En el principio allí
solo el tiempo del mortero
era en la orilla donde
aprovechaban las cavidades
molían el cereal
en las solanas las manos desnudas
una a una quitaban las piedras
así también se sembró mi corazón
sachando la tierra
haciendo el surco
cada lugar tomaba el nombre propio
de aquellos que lo habitaban
de aquellas que lo rehacían
—sin separación entre la labor y la casa—
con la burra bajaban
cántaro a cántaro la mecían
por el regreso
en unas aguaderas
ahora el niño que fue
ya no susurra al paso
abre huecos donde antiguamente
existía una ribera
entre esquelas de juncos
apura el agua que hoy ahoga el barro
abre con una pequeña azada
nuevos agujeros
minúsculas albercas
para que
ay los pájaros
—criaturitas—
puedan al fin
beber

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