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¿Cómo gestionar adecuadamente la transición energética? (III)

La transformación está en marcha y no se va a detener porque se interrumpa la extracción de un mineral escaso. El autor recomienda, sin embargo, tener mucho cuidado con "las voces tecno-optimistas" y no dejar a nadie atrás.
Mina de coltán cerca de Rubaya, en la República Democrática del Congo. Foto: MONUSCO/Sylvain Liechti/FLICKR
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Tercera y última parte de una serie dedicada al papel de los minerales críticos en la descarbonización del modelo productivo.

Texto: Daniel Carralero, miembro del Observatorio Crítico de la Energía.

¿Qué interpretación podemos hacer de lo expuesto en los dos anteriores artículos? ¿Cómo encajamos la cuestión de los materiales en nuestras narrativas acerca de la descarbonización? En primer lugar, desde el punto de vista técnico, vemos que la transición energética nos sitúa en un mundo más complejo que el dominado por los combustibles fósiles: ese paradigma del unobtanio [1], que tan certeramente construimos durante la época del petróleo, tendrá que ser profundamente revisado y dar paso a una realidad mucho más complicada de múltiples cadenas de suministro variablemente intercambiables y dominadas de manera opaca por diversos gobiernos y corporaciones.

Las tecnologías clave para la transición tendrán distintas variantes cuya implantación a corto y medio plazo dependerá –entre otros factores– de la disponibilidad o sustituibilidad de sus materias primas, mientras que el acceso a los recursos minerales más críticos, aún sin ser imprescindible para el desarrollo de estas tecnologías, proporcionará indudables beneficios económicos, que tendrán sus correspondientes repercusiones en el plano geopolítico. Sin embargo, por encima de toda esta complejidad, también parece bastante claro que la transición energética está en marcha y no se va a detener a corto o medio plazo porque se interrumpa la extracción, la producción o la venta de un mineral escaso. En este panorama, debemos realizar un análisis político distinto para el corto y el largo plazo.

A corto o medio plazo –entendiendo por esto al menos la próxima década– la transición va a seguir adelante, y definir qué debe ser y para qué debe servir va a ser sin duda una de las principales batallas políticas de este siglo. En ese sentido, incluso sin llegar al tremendismo de los “12 años para salvar el mundo”, la próxima década va a ser determinante y por eso la idea de que el fin de algún material escaso –sea este representado por las tierras raras o por elementos críticos para las baterías como el litio o el cobalto– va a detener en seco la transición energética tiene el peligro de llevarnos a renunciar a dar esta batalla crucial.

En estos años preciosos debemos exigir que la transición no se limite a las reformas que convengan a los poderes económicos, sino que alcance la extraordinaria profundidad y amplitud requerida para alcanzar las reducciones de emisiones que nos marca el consenso científico, y también asegurarnos de que los recursos económicos necesarios para afrontar la transición –igualmente extraordinarios– proceden de una reducción de la desigualdad mediante esquemas fiscales progresivos, y no de recortes de servicios públicos y del empobrecimiento de las clases populares. Y, volviendo al tema de los minerales, debemos incorporar la problemática de los materiales críticos a ese discurso, con el objetivo de evitar que las necesidades materiales de la transición se conviertan en una nueva forma de explotación o requieran una degradación ambiental que lastre o incluso cancele los beneficios obtenidos con la descarbonización energética.

Una misma batalla: transición energética y derechos sociales

Mirando a nuestro entorno inmediato, la UE debería exigir el cumplimiento de criterios sociales y ambientales para la importación de materias primas y –ya que su principal fuerza económica reside hoy en su capacidad de consumo– especialmente de los productos fabricados con ellas, y buscar consensos internacionales para extender este tipo de criterios que aseguren las condiciones laborales de los mineros y eviten el crecimiento exponencial de las emisiones de la minería. Por otro lado, la posición de clara vulnerabilidad comercial que describen los informes de la CE debería entenderse como una oportunidad para reconstruir una política pública industrial a escala continental que permita la creación de empleo de calidad, reduzca la desigualdad estructural de la Unión y revierta, al menos en parte, la globalización total de la producción, con las emisiones que esta conlleva.

A largo plazo, sin embargo, el problema de los materiales es uno de los componentes clave del inmenso problema metabólico de fondo de nuestro modelo de civilización industrial. Problema que, de no tomar medidas drásticas, no se limitará a la transición energética y terminará imponiendo sus límites a toda nuestra actividad económica. En este contexto, hay que tomar con mucho cuidado las voces tecno-optimistas que nos dicen que la investigación y el libre mercado resolverán este problema por sí solas: si el familiar paradigma del unobtanio no describe adecuadamente la nueva realidad energética, la conclusión que debemos extraer de ello no es que no exista un problema con los límites materiales, sino que en realidad es mucho más profundo y complejo de lo que este nos permite entender, y debemos tomar las medidas –sociales, políticas, tecnológicas– necesarias para enfrentarlo.

Por un lado, es necesario considerar este problema en toda su gravedad y comenzar a trabajar inmediatamente en medidas para enfrentarlo. Este tipo de medidas van desde cuestiones de contabilidad macroeconómica, incluyendo parámetros de intensidad material y de uso de materiales secundarios en las estadísticas económicas y en los objetivos de transición, al impulso decidido de políticas de I+D encaminadas a mejorar la eficiencia material y la sustitución de los materiales más críticos. En ese sentido, será necesario desarrollar en pocas décadas una industria de recuperación material que abandone el actual concepto de reciclaje –principalmente entendido desde el plano conservacionista como un modo más responsable de gestionar los residuos que generamos– y vaya a un modelo que persiga realmente el cierre de los ciclos materiales del sistema productivo a través de la recuperación masiva de materiales críticos a partir de basura electrónica, vehículos viejos, tecnologías renovables obsoletas y otros residuos que hoy son simplemente abandonados o incinerados.

De nuevo, el desarrollo de esta infraestructura debería verse como una oportunidad de inversión que daría como fruto gran cantidad de puestos de trabajo, reduciría las tensiones internacionales por los recursos (mejorando la balanza de pagos de regiones sin materias primas como la UE), y contribuiría a una relocalización de la producción. Por otro lado la recuperación de materiales nunca podrá ser total –Georgescu-Roegen hablaba incluso de un “cuarto principio de la termodinámica” en ese sentido– y a largo plazo estas medidas sólo nos servirán para ganar tiempo y suavizar el choque de nuestra economía en perpetuo crecimiento con los límites del sistema físico en el que está circunscrito, en este caso representados por las reservas minerales del planeta.

No perder esto de vista no implica relativizar la importancia de las medidas anteriores –de hecho, podría argumentarse que a estas alturas el principal objetivo de la transición de modelo productivo es precisamente suavizar ese choque por debajo del umbral de lo que nuestras sociedades avanzadas pueden tolerar sin descoyuntarse– sino tratar de anticiparse construyendo un imaginario de transición entendida también como transformación social, que vaya convirtiéndose, gradualmente y a medida que se materializa en las próximas décadas, en el horizonte político inmediato de capas cada vez más amplias de la sociedad.


[1] El término “unobtanio”, que aparece en la película ‘Avatar’, es en realidad un juego de palabras (del inglés ‘un-obtain’, “imposible de obtener”) que ya se utilizaba humorísticamente en la industria aeroespacial en los 50 para referirse a un material de propiedades tan avanzadas que era imposible de producir.

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COMENTARIOS

  1. En uno de los colegios de Varsovia, hay un tablero junto a la entrada con un punto rojo muy grande. Es un sistema para que el alumnado sepa si va a poder salir al patio en el recreo. Muchos días hay que quedarse dentro: el aire está tan contaminado que jugar al aire libre es un riesgo demasiado grave para la salud.
    La contaminación atmosférica provoca que los más pequeños sufran asma, cáncer y enfermedades crónicas. Además, es la causa de cientos de miles de muertes al año en Europa. Es tan dañina que en muchas partes de Europa respirar es malo para la salud. Sin embargo, la definición de aire «limpio» de la UE nos lleva a pensar que no hay de qué preocuparse, pero no es así.
    La semana que viene, el Parlamento Europeo se reunirá para tratar este tema: el resultado podría ser un cambio radical del aire que respiramos.
    https://act.wemove.eu/campaigns/aire-limpio?utm_source=civimail-35937&utm_medium=email&utm_campaign=20210318_ES_box

  2. ARA O MAI (Ahora o nunca) Angle editorial. Xavier Soler, geólogo y arquitecto naval.
    El cambio climático parece todavía muy incipiente porque su motor aún está oculto a nuestros ojos. Todo será más difícil de revertir.
    El actual modelo de desarrollo, basado todavía en la idea de progreso que promovió la ilustración y convertido por el liberalismo económico en un proceso ilimitado de producción, consumo y crecimiento, hoy en día ya no es posible.
    Ni disponemos de los recursos materiales y energéticos para mantenerlo, ni podemos afrontar con nuestra mejor tecnología los cambios producidos a todos nuestros ecosistemas ya la regulación del clima sobre la tierra.
    Vivimos en un espejismo y no en un oasis permanente para mantener nuestro modelo productivo de consumo imparable.
    El sistema de liberalismo económico nos ha llevado aquí. Estamos instalados en un estado de bienestar imaginario.
    Desde que nací, que sólo es un parpadeo en la escala en que se mueven las cosas en el planeta, la población mundial se ha multiplicado por cuatro. Aumenta un millón de personas cada semana y cada occidental consume mil veces más que hace cinco mil años. Cada día producimos treinta millones de toneladas de residuos.
    Con el agravante de que el 1,5% de la población controla el 90% de la riqueza.
    Tenemos que ser inteligentes y racionalizar los recursos y el despilfarro global. Hay demasiados perdedor para evitar la violencia y estamos agotando literalmente los recursos materiales y energéticos fósiles disponibles….
    https://www.elpuntavui.cat/cultura/article/19-cultura/1939083-som-en-un-estat-de-benestar-imaginari.html

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