Al igual que ha ocurrido con el energético, el sector agroalimentario español precisa de una transición hacia modelos más sostenibles, saludables, ligados al territorio y a los conocimientos tradicionales. Sistemas que nos hagan más resilientes ante desafíos estructurales como los derivados del cierre del Estrecho de Ormuz.
Las emisiones de amoniaco en España, generadas en un 97,3 % por las actividades agrícolas y ganaderas, aumentaron en 2024 un 1,4 % respecto al año anterior, según la evaluación del MITECO.
Un informe de Asociación de Aguas de Strausberg-Erkner señala que la planta infringe los límites permitidos de fósforo y nitrógeno en sus aguas residuales, infracción que reconocen desde Tesla.
Centrarnos sólo en el dióxido de carbono puede llevarnos a descuidar otra de las principales amenazas a las que nos enfrentamos: la alteración del ciclo del nitrógeno. El informe ‘Appetite for Change’ marca una hoja de ruta para reducir las pérdidas de nitrógeno en nuestros sistemas alimentarios.
La Comisión Europea denunció a España ante el Tribunal de Justicia de la UE el pasado diciembre por su «incumplimiento íntegro» de la legislación sobre recogida y tratamiento de aguas residuales urbanas.
El Mar Menor es uno de los mejores ejemplos de cómo hemos llegado a alterar los ciclos de dos elementos esenciales para la vida hasta convertirlos en un problema para el planeta.
La hipoxia en el Mar Menor, los impactos negativos de la ganadería y agricultura intensivas, los altos niveles de contaminación en nuestras ciudades… Estos problemas medioambientales y de salud pública tienen un nexo: el nitrógeno.
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