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Nitrógeno: al otro lado del «túnel del carbono»

Centrarnos sólo en el dióxido de carbono puede llevarnos a descuidar otra de las principales amenazas a las que nos enfrentamos: la alteración del ciclo del nitrógeno. El informe ‘Appetite for Change’ marca una hoja de ruta para reducir las pérdidas de nitrógeno en nuestros sistemas alimentarios.
Tractor en un campo de cultivo de Grecia. Foto: MARIOS GKORTSILAS / UNSPLASH

Son muy numerosos los artículos científicos e informes de relevantes grupos de trabajo que, como el del IPCC, han puesto de manifiesto el gran impacto que la forma en la que producimos hoy los alimentos y el tipo de alimentos que consumimos (sobre todo en países de rentas altas) presenta sobre las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) de origen antrópico. En este sentido, cientos de artículos muestran cada año la necesidad de incrementar, en base a la innovación científica y tecnológica, la eficiencia de los sistemas de producción agrícola y ganadera para reducir la huella de carbono por unidad de producto de origen agrícola o ganadero. Otros tantos señalan el gran potencial que presentan los cambios estructurales centrados en la demanda (principalmente en moderar el consumo de alimentos de origen animal y en disminuir el desperdicio alimentario) para reducir la huella de carbono asociada a la alimentación.

La emergencia climática es uno de los mayores desafíos a los que nos enfrentamos como sociedades. Por eso son fundamentales todos los esfuerzos enfocados en reducir la emisión de gases de efecto invernadero de origen antropogénico. Ahora bien, aunque las actividades humanas están efectivamente generando una enorme presión sobre los límites planetarios, no lo hacen solamente en lo tocante a las emisiones de GEI sino también a través de vías quizás menos señaladas mediáticamente.

Algunos autores han enunciado el concepto de «visión del túnel del carbono» para referirse al riesgo de focalizar el problema exclusivamente en el CO2 (que es, sin duda, de primera magnitud) descuidando otros vectores de impacto para la sostenibilidad medioambiental y social de nuestras sociedades. Gran parte de esta presión sobre la salud de los ecosistemas y de la población procede del sistema agroalimentario imperante. De la forma en que producimos, consumimos y desperdiciamos alimentos. Hablamos, por ejemplo, de pérdida de biodiversidad, sobreexplotación de recursos naturales como el agua y el suelo, o la alteración de los ciclos biogeoquímicos, principalmente del ciclo del nitrógeno. En este último caso, y desde hace décadas, se viene realizando un importante esfuerzo a varios niveles, incluido el científico y divulgativo, para trasladar la importancia que tiene la profunda alteración del ciclo del nitrógeno, tanto a nivel social, como económico y medioambiental, además de para la salud pública.

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Las ingentes entradas de nitrógeno en forma de fertilizantes sintéticos y estiércoles en nuestros cultivos han posibilitado un nivel de producción agrícola y ganadera que permite alimentar a millones de personas en el planeta. Esto, que en principio es positivo, ocurre sin embargo a un coste muy elevado. Gigantescas cantidades de nitrógeno en forma de amoniaco, nitratos y óxidos de nitrógeno son emitidas desde los suelos agrícolas y sistemas ganaderos e impactan sobre la salud pública y la de los ecosistemas. En España, un caso bien conocido es el del Mar Menor, un buen ejemplo para entender los perjuicios que produce la liberación de nitrógeno a las aguas. Toneladas de N en forma de amoniaco son emitidas anualmente a la atmósfera, suponiendo una pérdida de eficiencia del N aplicado, y por el que pagan los y las agricultoras. Ese amoniaco, después de viajar por la atmósfera, se deposita llevando a eventos como la eutroficación, la acidificación de suelos y la pérdida de biodiversidad. Pero también contribuye a la formación de partículas en suspensión de pequeño tamaño, capaces de afectar a la salud de las personas. ¿Y qué decir del óxido nitroso, un importante gas de efecto invernadero cuyo potencial de calentamiento es 298 veces superior al del CO2 y es altamente emitido en suelos agrícolas fertilizados?

¿Cómo podemos reducir estas pérdidas que han convertido el ciclo del N en una cascada de compuestos nitrogenados reactivos que amenaza nuestra salud y la de los ecosistemas?

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A finales del año pasado, el equipo de Expertos en Nitrógeno y Alimentación (EPNF, por sus siglas en inglés), perteneciente al Grupo de trabajo sobre Nitrógeno reactivo de la Comisión Económica de las Naciones Unidas para Europa (UNECE), publicó el informe Appetite for Change: food system options for nitrogen, environment & health. 2nd European Nitrogen Assessment special report on nitrogen & food. Se trata, posiblemente, de uno de los trabajos científicos e interdisciplinares más completos que se han hecho hasta la fecha sobre las posibles vías para reducir las emisiones de N reactivo procedentes de nuestros sistemas agroalimentarios. El informe señala los ingredientes necesarios para alcanzar los objetivos de reducción de pérdidas de nitrógeno acordados en los acuerdos internacionales, y firmados por países como España.

Las pérdidas mundiales de nitrógeno representan una grave amenaza para la sostenibilidad ambiental y comprometen la capacidad del sector agrícola para alimentar a una población en crecimiento. En un trabajo previo (Nitrogen on the Table) ya se mostró que transitar hacia dietas con mayor presencia de proteína de origen vegetal puede tener efectos positivos sobre la salud humana y reducir las emisiones de nitrógeno. Sobre esta base, el presente informe Appetite for Change explora vías para encaminarnos hacia dietas y opciones de manejo del nitrógeno en los agroecosistemas que lleven a menos pérdidas de N reactivo. Sus autoras y autores muestran que una combinación de cambio de dieta hacia opciones con mayor presencia de vegetales y acciones técnicas en toda la cadena alimentaria puede reducir a la mitad el desperdicio de N. De este modo, sus autores proponen una hoja de ruta para alcanzar los objetivos fijados en iniciativas internacionales como la Declaración de Colombo, la Estrategia de la UE «de la granja a la mesa» y el Marco mundial para la preservación de la biodiversidad de Kunming-Montreal.

Es importante señalar que el cambio hacia dietas con mayor presencia de vegetales, principalmente en países de rentas altas, y en donde los alimentos que se consuman estén más ligados al territorio en el que se producen, puede reducir tanto la presión sobre los recursos de la tierra como la necesidad de fertilizantes sintéticos –máxime en un contexto de acceso más limitado y de encarecimiento de insumos debido a la guerra en Ucrania–, reducir la dependencia energética y aumentar la resiliencia ante las crisis alimentaria y energética.

El informe Appetite for Change hace hincapié en cómo el ciclo del nitrógeno, el sistema alimentario, el medioambiente y la salud están altamente interrelacionados. En el trabajo se identifican acciones ambiciosas para transformar el sistema agroalimentario y se constata que existen grandes oportunidades para reducir las pérdidas de nitrógeno ligadas a la producción y el consumo de alimentos con beneficios colaterales para la nutrición y la salud pública. Para ser sostenible a largo plazo, la gestión del nitrógeno debe basarse en un enfoque sistémico y requiere de una acción de gobernanza que involucre a todos los actores implicados, poniendo el foco principal en los agricultores y agricultoras para que participen activamente en el codiseño de las estrategias de cambio.


Alberto Sanz Cobeña es profesor en la Universidad Politécnica de Madrid e investigador del Centro de Estudios e Investigación para la Gestión de Riesgos Agrarios y Medioambientales (CEIGRAM). Es autor de cuatro capítulos del informe Appetite for Change, miembro del Panel sobre Nitrógeno reactivo de UNECE y codirector de la sección Europea de la Iniciativa Internacional del Nitrógeno (INI).

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