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Este artículo, escrito por Karen L. Masters, fue publicado originalmente en inglés en The Revelator. Lo publicamos en español en ‘Climática’ como parte de la alianza internacional ‘Covering Climate Now’, creada para ampliar la cobertura informativa sobre clima y biodiversidad.
Los ecologistas, entre los que me incluyo, prestamos mucha atención a temas sombríos como la extinción de especies y los menguantes sistemas de soporte vital de la Tierra. No es por amor a los asuntos oscuros que llevamos un registro de estas métricas deprimentes. Más bien, es con la esperanza de que nos enseñen algo y nos guíen hacia la mitigación de futuras pérdidas.
En el frente biológico, alrededor de un millón de especies podrían verse arrastradas por un vórtice de extinción hacia finales de siglo. Es también entonces cuando los lingüistas estiman que cerca de un tercio de las más de 7.000 lenguas indígenas del mundo se silenciarán, y con ellas, la mayoría de sus culturas asociadas.
Sin duda, no es una noticia alentadora. No obstante, quienes se preocupan por la protección del medio ambiente pueden aprender mucho de la extinción de las lenguas. Resulta que la supervivencia de las lenguas y de las especies podría estar estrechamente relacionada. Y cuando nos damos cuenta de ello, el panorama de la conservación se vuelve, de hecho, un poco más esperanzador.
Una confluencia de curiosas similitudes
La variación lingüística en todo el mundo capturó la imaginación y la atención de los naturalistas al menos desde la época victoriana de exploración, cuando personas como Alfred Russell Wallace y Charles Darwin viajaron por las zonas salvajes de América del Sur y el archipiélago malayo.
Wallace se maravilló ante la diversidad lingüística que mostraban las comunidades repartidas a lo largo de los límites del mundo acuático de la cuenca del Amazonas y que salpicaban las tierras altas de Nueva Guinea. Llegó incluso a redactar léxicos parciales para facilitar la comunicación con sus guías. Darwin, en sus reflexiones sobre el origen del hombre, llegó a señalar que las lenguas y las especies son «curiosamente iguales». Reflexionaba sobre la evolución humana y se preguntaba si las lenguas podrían evolucionar mediante la selección natural. Absorto en sus pensamientos sobre el florecimiento de las lenguas, no prestó atención a su declive.
Pasarían más de 100 años, tras la publicación simultánea de la teoría de la selección natural de Darwin y Wallace, para que los científicos descubrieran la verdadera magnitud de la variación lingüística global, así como el riesgo de extinción de las lenguas. Hoy en día, los patrones que emergen de estos descubrimientos encierran lecciones para los ecologistas.
Una de las exploraciones pioneras fue llevada a cabo por Larry Gorenflo (Universidad Estatal de Pensilvania) y su equipo de biólogos de la conservación y lingüistas. Sus trabajos produjeron algunos hallazgos trascendentales.
En primer lugar, los lugares de la Tierra con una diversidad de especies extraordinariamente elevada también cuentan con un número extraordinariamente elevado de lenguas indígenas. Además, muchas de las especies y lenguas de estos lugares de gran riqueza son endémicas. No se dan en ningún otro lugar, y mucho menos coexisten en ningún otro sitio.
Gorenflo y su equipo procedieron a examinar la diversidad lingüística en regiones que los conservacionistas designan como «áreas prioritarias». Surgió un segundo dato sorprendente: las regiones de alta prioridad para la conservación albergan casi el 70% de las lenguas del mundo.
Estos resultados demuestran que podemos ganar a lo grande o perder a lo grande, dependiendo del éxito de nuestros esfuerzos en estos puntos críticos con doble diversidad. Es como jugar al «doble o nada», con la pregunta «¿Cómo salvar la vida en la Tierra?» como respuesta.
Canción de cuna para el lenguaje
La extinción es para siempre. Excepto cuando no lo es. No me refiero a la «desextinción» ni a las réplicas creadas gracias a la tecnología. Me refiero a las lenguas.
Cuando el último hablante de una lengua cae en un sueño eterno, su lengua hace lo mismo. Los lingüistas dicen que esas lenguas están «inactivas». La inactividad es diferente de la extinción de las especies biológicas, al menos en principio.
Las lenguas dormidas pueden, hipotéticamente, experimentar un renacimiento. Es decir, pueden volver a hablarse tras un periodo de letargo, pero solo en circunstancias especiales. Como mínimo, debe existir un registro escrito del léxico y la sintaxis. Por ejemplo, el hebreo resurgió en el siglo XIX tras un largo letargo.
Lamentablemente, la gran mayoría de las lenguas indígenas solo existen en forma oral, lo que hace que su resurgimiento sea casi imposible. Por eso, a todos los efectos, «latencia» y «extinción» son sinónimos. Y por eso también debemos esforzarnos por documentar y enseñar las lenguas indígenas antes de que caigan en el olvido.
Altos costes tanto para las lenguas como para las especies
Justo cuando se descubrió la inmensidad de las variedades lingüísticas, también se hizo evidente su declive a nivel mundial. Hoy en día, los investigadores se apresuran a averiguar qué factores provocan que las lenguas estén en peligro de extinción. Lindell Bromham y Xia Hua (Universidad Nacional de Australia) son dos de estos investigadores, que dirigen un amplio equipo interdisciplinar dedicado al análisis de este tema.
En un reciente estudio pionero de enorme alcance y escala, el equipo descubrió los principales factores determinantes que provocan este declive. Uno de los tres principales es, curiosamente, muy sencillo: las carreteras.
«Una mayor densidad de carreteras, que puede fomentar el desplazamiento de la población, se asocia con un mayor riesgo de extinción (lingüística)», concluyen Bromham y su equipo.
Se podría decir que las carreteras comprometen la integridad lingüística de un paisaje. Los biólogos conservacionistas, muy versados en los peligros que las carreteras suponen para los ecosistemas naturales, deberían identificarse con esta idea.
Esto no quiere decir que los efectos de las carreteras sean perfectamente análogos en sus impactos sobre las lenguas y las especies. Hay grandes diferencias. Tienen que ver con la paradójica capacidad de las carreteras tanto para crear como para destruir conexiones.
Para los grupos etnolingüísticos remotos, una carretera fronteriza aumenta la conectividad. Distancias que antes requerían semanas o más para recorrerse pueden atravesarse en horas o días. De repente se abren vías de comunicación —para los bienes materiales, por supuesto, pero también para la transmisión de diversas ideologías y formas de vida—.
Cuando esto ocurre a gran velocidad o sin barreras de seguridad, se produce un choque con las tradiciones culturales y la preservación de la lengua. A menudo, estas carreteras son obra de grandes industrias que buscan obtener beneficios en las zonas fronterizas, normalmente a costa de las poblaciones locales cuyas tierras usurpan.
Una de las primeras víctimas del aumento de las conexiones es la lengua vernácula local. Esto supone un duro golpe para la cultura, que puede perjudicar la salud, el bienestar y la identidad de las personas. Esta pérdida va acompañada de un cambio hacia otra lengua, normalmente la jerga del gobierno, las empresas y la educación. A medida que avanza la expansión de las autopistas, surge una nueva realidad sociocultural.
Por el contrario, las carreteras dañan los ecosistemas al cortar las conexiones. En la práctica, las autopistas fragmentan las poblaciones naturales y rompen las reglas fundamentales de la ecología.
El reconocido ecólogo y biólogo conservacionista, el Dr. William Laurance (Universidad James Cook), me explica que arrasar extensiones de bosque con excavadoras es como abrir la caja de Pandora.
«Se debe al efecto transformador que tienen (las carreteras)», afirma. «Son el factor inmediato más importante que impulsa el cambio y la degradación medioambientales. Se construye una carretera y, seis meses después, el bosque queda abierto en dos como un pez destripado».
En tierras lejanas, lejos de la regulación y la supervisión gubernamentales, una autopista da lugar rápidamente a «carreteras fantasma»: caminos no autorizados que se ramifican desde la vía principal de tránsito. En poco tiempo, los monocultivos arrasan los bosques y las minas a cielo abierto surgen como pústulas contagiosas. La fragmentación de los hábitats expone a las poblaciones de flora y fauna autóctonas a un mayor riesgo de declive, e incluso de extinción. A los lados de la carretera, se acumulan los animales atropellados.
Así pues, aunque las autopistas y sus vías secundarias causan daños de diferentes maneras, no dejan de ser factores críticos que deben tenerse en cuenta, tanto para los conservacionistas como para los lingüistas.
¿No necesitamos educación?
El trabajo de Bromham y su equipo arrojó un resultado que puede resultar contrario a lo que intuiría cualquier lector de este artículo. Según los investigadores, junto a las carreteras, la mayor amenaza para las lenguas es la educación formal.
Puede que los educadores no estén de acuerdo, pero hay pruebas sólidas de que Bromham y sus colegas tienen razón. Sostienen que la educación monolingüe puede provocar cambios lingüísticos, en los que las lenguas indígenas locales ceden terreno ante las lenguas en auge. Los jóvenes, con la vista puesta en sus carreras profesionales, pueden verse fuertemente incentivados a adoptar la lengua que les permita alcanzar sus aspiraciones.
Diversas líneas de evidencia sugieren que esto es, efectivamente, lo que ocurre. Un ejemplo nos lo ofrece Papúa Nueva Guinea, una pequeña nación de Melanesia cuyo nombre encabeza la lista de países con mayor riqueza lingüística. Esa diversidad está en peligro, en gran parte debido a la educación secundaria, afirman Alfred Kik (Universidad de Goroka) y Vojtěch Novotný (Academia Checa de Ciencias). Son investigadores que llevan mucho tiempo trabajando en Papúa Nueva Guinea y que han estado documentando las habilidades lingüísticas de los estudiantes en lenguas indígenas, así como sus conocimientos sobre la flora y la fauna locales.
Su trabajo pone de manifiesto un descenso «precipitado» en ambos. Según sostienen, este resultado se debe al impulso para que los niños aprendan inglés, lengua que se utiliza en los colegios y que se percibe como la lengua de las oportunidades. Este cambio también está relacionado con la difusión del tok pisin, un tipo de inglés pidgin que se utiliza ampliamente como lengua franca en entornos multilingües, como comedores y patios de recreo.
El mensaje no es que se deba eliminar la educación formal en aras de la diversidad lingüística mundial. La lección, más bien, es que la lengua de enseñanza, que suele estar determinada por la política educativa y la disponibilidad de financiación, tiene importantes consecuencias. La educación multilingüe es un posible antídoto, especialmente en el contexto de la educación medioambiental.
Naturaleza y conocimiento
K. David Harrison (Universidad de Swarthmore y Vin), lingüista ambiental, destaca las características «centradas en la naturaleza» de las lenguas indígenas. Según escribe, estas se caracterizan por la gran diversidad de palabras que describen plantas y animales, así como por la forma en que la gramática codifica la información sobre el mundo que les rodea.
Harrison atribuye este centrismo en la naturaleza a las relaciones íntimas y de larga data que existen entre los hablantes indígenas y su entorno natural. Esto refleja una mentalidad en la que las personas forman parte integrante de la naturaleza, y no son entidades separadas de ella.
En el caso de las lenguas orales, las palabras son fundamentales para la transmisión del conocimiento ecológico tradicional. Este se refiere a un conjunto de información y conceptos que poseen colectivamente los miembros de la comunidad. Como tal, es una biblioteca viva, en evolución y en crecimiento que se perfecciona y se construye de forma gradual a lo largo del tiempo y cobra vida con el uso. Cuando una lengua se extingue, también lo hace el conocimiento que encierra.
La supervivencia de grupos etnolingüísticos en zonas remotas, inhóspitas y vírgenes es prueba de que el conocimiento y las habilidades comunicativas garantizan modos de vida sostenibles. Gorenflo sostiene que, con un millón de especies en peligro de extinción, deberíamos tener en cuenta a quienes cuentan con un historial de éxito en materia de conservación.
«El conocimiento ecológico tradicional nos permite vislumbrar cómo las personas se adaptan a los recursos y los utilizan sin destruirlos», me explica Gorenflo.
En la misma línea, Kik compite contra el tiempo para documentar el conocimiento ecológico tradicional de los ancianos de las tierras altas de Papúa Nueva Guinea. Afirma que se trata de un esfuerzo por mantener vivos la lengua y la naturaleza.
«El conocimiento ecológico tradicional desempeña un papel importante en la conservación de la biodiversidad, la sostenibilidad y la gestión de los recursos naturales», me explica. «Desempeña un papel crucial. Si perdemos la lengua, perdemos el conocimiento, y entonces surge un problema para la conservación del medio ambiente. Esto tendrá consecuencias», advierte.
Ecologismo, lengua y cultura
A medida que aprendemos más de los resultados de investigaciones interdisciplinarias, como las mencionadas aquí, surgen lecciones para los ecologistas.
La primera, por supuesto, es hacer más. Los biólogos conservacionistas y los lingüistas se benefician enormemente del intercambio de ideas, y la causa de las lenguas y las especies también puede salir ganando.
Mientras tanto, sabemos que hay medidas clave que pueden servir de puntos de referencia a corto plazo. Entre ellas se incluye destinar los siempre escasos fondos de conservación a diversos paisajes ecolingüísticos, que ahora están bien documentados gracias a los estudios cartográficos de Gorenflo y otros investigadores.
Otras prioridades son apoyar la catalogación de las lenguas indígenas y los conocimientos etnobiológicos mientras los hablantes aún puedan contar sus historias. En el ámbito educativo, especialmente en lugares donde todavía se hablan lenguas indígenas, debería haber un esfuerzo real por incluir programas multilingües, sobre todo en relación con la educación medioambiental. Mejor aún, cuando los ancianos puedan compartir sus experiencias, sus voces originales deberían ser escuchadas.
Sin duda, los ecologistas de hoy en día pueden obtener grandes conocimientos al apoyar a los grupos indígenas para que lideren sus propias iniciativas de conservación. Y lo más importante: la naturaleza y el conocimiento serán los principales beneficiarios. Pero primero debemos aceptar la idea de que la extinción de las lenguas y las culturas es un problema medioambiental.
Karen L. Masters es una bióloga especializada en conservación tropical que vive y trabaja en Costa Rica.




