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En mayo, un manto blanco de jaras en flor cubre las colinas del valle del Atazar, en la punta norte de la Comunidad de Madrid. Por una senda llega con su “ejército de desbrozadoras” Javier de los Nietos, un pastor de apenas 23 años de andar tranquilo, aunque el camino que haya elegido se intuye cuesta arriba y desde luego en contra de su tiempo.
Psicólogo de formación, tras la pandemia Javier empezó a ayudar a su padre en la transhumancia de cabras. En una zona donde casi todo el ganado es vacuno destinado a carne, y en un momento en el que el pastoreo pierde terreno en favor de los usos agrícolas, Javier decidió que se dedicaría a mover sus cabras de un lado para otro con el objetivo de limpiar los campos allá por donde pasan y realizar un desbroce exhaustivo, un factor clave en la prevención de incendios. Por tercera vez, Javier está contratado por el ayuntamiento de El Atazar junto a la empresa pública Tracsa, quienes les indican las zonas con mayor material inflamable y, por tanto, donde él y sus cabras deben pasar más tiempo.
Al contar lo que hacen, padre e hijo se complementan y matizan: “Una cabra puede comer una tonelada de hierba al año”. “Y, además, abonan las zonas por donde pasan”. “Es un rebaño que no necesita piensos, si no, no podría haber asumido este proyecto”. En contra de lo que podría imaginarse, Javier hijo no quiere saber nada de redes sociales, y es su padre el que cuenta su día a día en su perfil en redes sociales Como cabras.

Un compromiso con la tierra
Los peligros que acechan al campo español se amontonan uno sobre otro y dificultan cada vez más el tan ansiado relevo generacional. A las tradicionales quejas de los pequeños productores –requisitos interminables para acceder a las ayudas, presión para negociar los precios a la baja por parte de las grandes distribuidoras, escasas oportunidades de vacaciones o conciliación familiar– se han unido en los últimos años el aumento de precios de materias primas debido a acontecimientos imprevisibles como la guerra en Ucrania y el recrudecimiento de los fenómenos atmosféricos asociados al cambio climático: lluvias torrenciales, sequías, olas de calor.
Ante este panorama, florecen iniciativas en busca de garantizar seguridad a los productores y, a la vez, una cesta de la compra de calidad sin que los precios se disparen. Las formas son variadas, pero todas ellas se agruparían en las llamadas CSA, por sus siglas en inglés, que podrían traducirse como agricultura sostenida por la comunidad. Los datos oficiales escasean, pero en 2015 un estudio de Ecologistas en Acción ya cifraba en 75 las iniciativas en funcionamiento, muy lejos de las cerca de 1.500 que se habían registrado en Francia.
El crecimiento en España es mucho más lento que en el país vecino, pero se trata de un goteo que no se detiene. Una de esas gotas que aparecen es el CSA Vega del Jarama, en Torremocha, un pueblo a unos 70 kilómetros al norte de Madrid. Impulsado en 2016 por 10 familias, tenían como objetivos tener una alimentación sana, consumir productos de proximidad y que los agricultores pudieran estar contratados, que no tuvieran la obligación de emprender sin ninguna red.
“Es integral, es un compromiso con la tierra, pero también con el cuidado de los trabajadores, que tengan vacaciones, que puedan cuidar… para eso tiene que haber comunidad y soporte”, nos presenta paseando por uno de los cultivos Sara Martín, participante de esta CSA. Nueve años después de su puesta en marcha el resultado son unos 6 kilos de cesta semanal o quincenal, con productos ecológicos y de temporada para un total de 157 familias y dos trabajadores contratados.
Dámaso, de 47 años, uno de los agricultores de la cooperativa, cuenta sus preocupaciones, como la de que “si nos sale demasiado caro producir, el peligro es volverse elitista”, y sus intentos “por un uso racional del agua”. Dámaso señala “las trabas bucrocráticas” que, por ejemplo, les han obligado cerrar un gallinero con el que creaban un círculo virtuoso: las gallinas abonaban el campo, los restos de productos servían de alimento a las gallinas… Y también nos confía su ilusión de cara al futuro: seguir produciendo en ecológico y que que este tipo de iniciativas se repliquen “allí donde haya un terreno disponible”.

Valdepiélagos, en busca de la “nueva ruralidad”
Valdepiélagos es una pequeña localidad, también cerca del río Jarama, que cuenta con poco más de 600 habitantes. A primera vista puede parecer un pueblo típico de la meseta –iglesia humilde, casas de dos o tres plantas, mucho ladrillo rojizo–, pero sin un duda es un municipio particular. Desde la llegada de la democracia, eligen a su alcaldesa o alcalde por un sistema de primarias abierto que se celebra antes de cada cita electoral. Los elegidos pasan a formar una lista ciudadana, y los grandes partidos nacionales ni se esfuerzan en presentar otras candidaturas.
“Aquí ya no quedaba ningún agricultor, el último se jubiló hace años. No sabíamos qué hacer para atraerlos y fijarlos en el pueblo”, explica casi como justificándose el alcalde, Pedro José Cabrera. Su respuesta comenzó en 2021, cuando una familia cedió al Ayuntamiento unas tierras para desarrollar una proyecto de agroecología pública. Desde entonces, tratan de poner en práctica técnicas sostenibles, y según su coordinador, Rafael Conde-Salazar, funciona. “Esta zona es un secarral. Las tierras alrededor son poco productivas y muy erosionadas. Aquí estamos intentando revertir la pérdida de suelo, aumentar su capacidad de retener el agua, entre otras cosas, restaurando las riberas del río que pasa al lado”.
Además, esta finca se alimenta con el compost que producen sus vecinos. Por ahora calculan que solo el 40% lo lleva a acabo, pero están desarrollando una aplicación para poder saber quién separa la basura orgánica y quién no, y a partir de ahí poner en práctica una reducción en los impuestos municipales a quien se acoja a este programa de compostaje. Más allá de los motivos ecológicos, el argumento económico está claro: “Cuanto más residuos dejes en la planta de compostaje menos volumen hay que enviar al servicio de gestión de residuos, que tiene un coste para el municipio, así que el que separe más pagará menos”. Para Rafael, el desarrollo de este tipo de iniciativas gracias a la participación ciudadana es la muestra de que “una nueva ruralidad” puede hacer posible el futuro en el campo.

Otra PAC, nuevos ingresos y relevo generacional
La coalición Por otra PAC, plataforma que reúne a 50 organizaciones ecologistas, productores y consumidores, señala estas tres iniciativas agroecológicas como “ejemplos vivos” de lo que debería impulsar la Política Agraria Común (PAC) de la Unión Europea. Sin embargo, el rebaño de cabras de Javier solo va a poder optar a estas ayudas después de cuatro años de actividad, puesto que por fin ha alcanzado el mínimo de cabezas y de hectáreas desbrozadas. Y por sus características, resulta casi imposible que las iniciativas de Torremocha y Valdepiélagos puedan ni siquiera presentarse a estas ayudas.
“Somos 150 propietarios y mucha variedad en poco terreno. Tienen un sistema de registro adaptado a grandes superficies”, denuncia Dámaso. “Frente a una política que sigue premiando la intensificación en el consumo de insumos como el agua y las grandes explotaciones, reclamamos una PAC que priorice el interés general, apoye la transición agroecológica y no deje atrás a quienes ya están generando bienes públicos día a día”, reinvidica la portavoz de la plataforma, Amaya Sánchez.
Las ayudas a la producción agraria y ganadera suponen la segunda partida presupuestaria de la UE y está siendo objeto de debate en estos momentos de cara a su renovación en 2028. Aunque desde Bruselas afirman que el siguiente modelo limitará el máximo de subvenciones que puede recibir un único productor con el objetivo de favorecer a las pequeñas explotaciones, al mismo tiempo han adelantado que volverán a rebajar los requisitos medioambientales como ya hicieron en 2024.
Y mientras se debate la nueva política agraria, en el campo se siguen pensando en nuevas soluciones. Los pastores padre e hijo ya han puesto en marcha actividades de educación medioambiental. Y desde el CSA de Torremocha proponen una renta complementaria para los agricultores por recoger y gestionar la basura orgánica. “Si no se diversifican los ingresos va a ser muy difícil el relevo generacional”, opina Dámaso, a mitad camino entre el lamento y la esperanza.





El abandono incendia Extremadura.
Ecologistas en Acción de Extremadura, junto con la Asociación 25 de Marzo y Extremeñería convocan este 29 de agosto en Plasencia para pedir medidas para posibilitar un repoblamiento coherente con la transición justa.
Denuncian la narrativa que usa al ecologismo como chivo expiatorio de todos los males, también de los incendios, cuando precisamente ecologistas históricos en Extremadura dicen que: “Antes que el bosque, se ha quemado la cultura rural hasta su extinción” (Joaquín Araujo) o “Hay que recuperar la ganadería tradicional y las vías pecuarias para mejorar la resistencia del país al cambio climático” (Jesús Garzón).
Las organizaciones convocantes señalan que las medidas puestas en marcha por el Reto Demográfico han servido de poco, siendo necesarias medidas que frenen la especulación de la tierra y permitan el acceso a la misma de los jóvenes a través de diferentes alternativas: montes y tierras comunales, cesión de tierras, etc.
Las organizaciones convocantes denuncian que los incendios que sufre la región “no son fruto del azar”, sino consecuencia de décadas de abandono, despoblación y especulación, y llaman a abrir un nuevo rumbo para el medio rural extremeño. Los colectivos recuerdan que la despoblación agrava la vulnerabilidad frente al fuego: “9 de cada 10 municipios afectados por los recientes incendios sufren despoblación”, con servicios básicos mermados y un modelo de inversión que expulsa población mientras concentra el territorio en manos de grandes fondos y lobbies.
Además, denuncian la falta de planificación y de medios de prevención, así como la externalización de funciones públicas y la precariedad del operativo, reclamando dignidad laboral para los bomberos forestales.
Exigencias prioritarias
Las organizaciones impulsoras ponen sobre la mesa un paquete de medidas urgentes:
Programa de relevo generacional que haga atractivo quedarse en el campo.
Inversión real en prevención de incendios: más medios, más vigilancia, más torres ocupadas y condiciones laborales dignas para el personal forestal.
Soberanía en la gestión del territorio: recuperar vías pecuarias y montes públicos, y reforzar usos tradicionales compatibles con la biodiversidad.
Freno a la especulación de fondos buitre y a megaproyectos que expulsan a la gente del territorio.
Una PAC justa que priorice a pequeños productores y a la agroecología.
Hacia un nuevo modelo rural
El manifiesto defiende una transición justa y ecofeminista que ponga la vida y la biodiversidad en el centro, apostando por mosaicos agroforestales vivos, pastoreo tradicional y bosques mediterráneos bien gestionados. “Para apagar los incendios de verano, necesitamos reavivar las brasas de la vida comunitaria”.
No pedimos parches: exigimos políticas públicas que devuelvan futuro a los pueblos y fortalezcan la prevención todo el año. Sin gente en el territorio, no hay cortafuegos que valga”.
Leer el Manifiesto:
https://www.ecologistasenaccion.org/wp-content/uploads/2025/08/Manifiesto-fuego-extremadura.pdf