Ana Ramos: «Los niños están muy concienciados sobre el tema ecológico, más que sus padres»

La escritora acaba de reeditar ‘Koko. Una fantasía ecológica’ (Gran Travesía, 2025), un superventas infantil que explica el cambio climático.
Ana Ramos: «Los niños están muy concienciados sobre el tema ecológico, más que sus padres»
La escritora y editora cordobesa Ana Ramos. Foto: CHUCHO OSUNA

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Ana Ramos (Córdoba, 1979) es escritora, con una sensibilidad especial para la literatura infantil. Se estrenó con Cuentos del rey bajito (Diputación de Badajoz, 2001) y ha continuado una carrera literaria ascendente, cuyo cénit, probablemente, se encuentre en Koko. Una fantasía ecológica (Gran Travesía, 2016, 2025), ilustrada por María González. Esta novela juvenil capaz de cautivar a pequeños y mayores ha venido la friolera de 6.000 ejemplares, tantos que la editorial ha decidido sacar una segunda edición que va viento en popa sin detenerse.

Ramos, además, ha sido editora en prestigiosos sellos como Berenice (que cofundó) y Cátedra; es profesora en la Universidad de Córdoba, en el departamento de Ciencias del Lenguaje; y trabaja también como gestora cultural: por ejemplo, dirige “Cosmopeque”, la sección infantil de Cosmopoética, el ‘Festival de poetas del mundo en Córdoba’. Además de sus méritos incuestionables, tiene muy claras varias cosas: que la literatura infantil debe encandilar a los niños (no actuar como libro de texto), y que debe considerarse a la altura de la de adultos. Entrañable y divertida, me confieso admiradora de la novela Koko, cuyo segundo subtítulo dice así: “La historia de la niña alegre y despistada que perdió la cola y viajó al mar a buscarla y de las aventuras que corrió junto a Miércoles, el niño más guay de Ciudad del Boom”. El mundo se ha convertido en una distopía después de la Gran-Gran-Crisis, pero no está todo perdido. Nos lo cuenta en esta entrevista.

¿Cómo surge este libro? ¿Por qué decides sacar una segunda edición?

El comienzo de este libro se remonta a cuando yo era chica. Muchas de las cosas que salen en la novela están inspiradas en sucesos y sueños de mi infancia. Por ejemplo, una de las cosas determinantes que suceden en el País de los Grandes Sueños –la entrada del niño Miércoles–, está calcada de un sueño que tuve cuando falleció mi abuelo, a mis 15 años. Además, yo pasé la infancia en contacto directo con la naturaleza: en la sierra de Córdoba, en un antiguo cortijo donde había trabajado mi abuela cuando era joven recogiendo aceitunas. Allí, en ese cortijo estábamos todos los veranos. Entonces no había electricidad, no había agua corriente: dependíamos del pozo y la luz natural. Y allí estaba yo, con mi hermana Beatriz. Juntas explorábamos aquel espacio. Éramos muy libres. Fue una infancia un poco salvaje. A raíz de esa conexión de la naturaleza se fue fraguando Koko.

Por otra parte, la historia como tal se configuró en 2002, cuando me fui a Estados Unidos; concretamente, a Mount Holyoke College (Massachusetts). Allí pasé un año como profesora asistente de español, y creé un cuento que es el germen de esta historia. Cuando volví a España, empecé el proceso de transformarlo en una novela. Luego la novela se benefició de un momento de crisis, porque acabó mi trabajo en una editorial. Y así se creó. Salió en Gran Travesía, de Ediciones Océanos, y ahora hemos decidido reeditarla, porque se agotaron los ejemplares de la primera edición.

Creo que ahora el libro tiene incluso más sentido que entonces. Cuando lo publiqué por primera vez, había muy poca literatura para niños y niñas de tema ecológico. Eso ha cambiado completamente. Actualmente, la gente es más consciente de la necesidad de cuidar el medioambiente, y de hablar de estos temas con la infancia.

Es una novela completamente distópica –han desaparecido los árboles, la gente se alimenta de comida sintética porque no hay frutas ni verduras, todo está lleno de basura–; sin embargo, transmite mucha esperanza. Has conseguido una cosa muy difícil, que es congeniar un futuro absolutamente aterrador con una sensación de plenitud lectora. ¿Cómo se hace eso?

Creo que es muy importante no perder la esperanza, incluso en momentos difíciles. El objetivo vital es conseguir crear un espacio de alegría y de felicidad dentro de ti, a pesar de lo que suceda. Me parece una tarea esencial. Entonces, yo creo mucho en tratar de investigar esos caminos que nos llevan a la esperanza, también en la literatura, y más en estos momentos tan terribles que vivimos.

El libro habla de soñadores y semillas y, precisamente por eso, sueles presentarlo con semillas y macetas para los niños. ¿Cómo es ese proceso?

Sí. Como el lema de la novela es “semillas y soñadores”, yo llevo tierra, macetitas, semillas de distintas plantas, agua, y también unas tarjetas donde ponemos en común los sueños que queremos para la humanidad. En el libro se habla de sueños pequeñitos y sueños grandes. De esta forma intento que cada persona que va a la actividad saque un sueño grande de sí misma, que sirva para todas las personas. Luego, los escribimos en esas tarjetas y, después, elegimos la semilla que queremos plantar, la plantamos y, junto a ella, plantamos también las palabras. Es un acto simbólico, porque queremos que la naturaleza vaya a más, y que nuestros sueños se hagan realidad. Es importante saber que la imaginación es el comienzo de todo, y luego lo demás se pone en marcha. Eso se puede hacer desde una acción simbólica como es esta siembra.

¿Cuál suele ser la reacción de los niños? Porque ellos salen de la presentación con su macetita, ¿no?

Ellos son los primeros en participar. Es maravilloso. Están muy concienciados sobre el tema ecológico: el reciclaje, la necesidad de árboles, incluso más que sus padres. A veces, son los niños quienes le dicen al padre: “no tires esa lata ahí” o “no vamos a malgastar agua”. Que les hable así un niño a los adultos es increíble. Ellos conectan muy bien con Koko. Mucha gente piensa que la poesía, que la literatura no interesa a los niños, pero es totalmente falso. Es importante ofrecérsela de manera que la sientan como algo divertido, y cuando conectan con ella, son fieles seguidores de la literatura y de la poesía.

Parece un libro relativamente fácil –sobre todo si lo lees como adulto– pero, en realidad, está lleno de referencias literarias y, particularmente, mitológicas. ¿Por qué decidiste introducir estos mitos? Por ejemplo, sale Odiseo al principio, luchando con Polifemo…

No es algo que ocurriese voluntariamente. Tú sabes que los escritores escribimos y luego hay cosas que el lector encuentra. Las referencias se deben a mi amor por la literatura en general. Yo estudié Filología Hispánica, y me interesa mucho el Siglo de Oro. Ahí la conexión con la mitología es evidente. Por otra parte, creo que La Odisea [de Homero] es una de las primeras aventuras que se puede disfrutar a cualquier edad. En el libro se plantea una versión muy loca, pero la historia está ahí: es un viaje de Koko marchándose, y luego queriendo volver a casa [Ítaca]. Además de la literatura clásica, está el homenaje a Michael Ende –la novela se llama Koko en referencia a Momo (1973)–; hay alusiones a Peter Pan, etc. ¡Ah! Y la bruja que se encuentra en el Instituto Oceanomágico se llama Gloria en honor a Gloria Fuertes, una de mis escritoras favoritas. Así se van sumando algunas cosas que, cuando me acordaba, iba poniendo. Y sí, claro, se nota mi pasión por todos esos textos; está ahí bullendo.

La niña Koko tiene cola, como de ratón. ¿A qué viene fusionar lo humano con lo animal?

Es una idea que se me ocurrió de repente, me hizo gracia. En principio, la explicación que le doy es la conexión con la naturaleza. Hay otros personajes así también, como la Niña del Pelo Verde. Seres que están a medio camino entre lo humano y lo vegetal o animal. Es muy importante no perder esa conexión con la naturaleza, y estos personajes sugieren eso. Por otra parte, una niña con cola habla de un ser humano con sus propias particularidades. Habla de la diferencia, a muchos niveles. Quizá también de género, podríamos pensarlo; de cualquier persona que no sigue el heteropatriarcado. Así, ella tiene una serie de características que la hacen muy diferente, y todo el tiempo tiene que enfrentarse a quienes le dicen: “¿cómo vas a ser una niña si tienes cola?”. Pero ella reivindica su existencia como niña con cola. Esto me parece importante en los tiempos que vivimos.

En el libro, la biblioteca es un lugar prohibido y, además, la han señalado con una placa que dice: “Monumento a la estupidez”. ¿Qué ha pasado ahí?

Se ha convertido en realidad. Qué triste que el mundo cada vez esté más cerca de una situación que yo imaginé así. Era una crítica también. Por ejemplo, todo lo que pasa con Trump; los profesores que están huyendo de Estados Unidos. Falta poco para que clausuren las bibliotecas y pongan un cartel de “Monumento a la estupidez humana”, ¿no? Es el mundo al revés. En esta sociedad que plantea Koko, el gobierno ha decidido que los seres humanos no están capacitados para leer; que un libro sólo trae situaciones negativas, y los ha prohibido. Pero hay algunas personas que son un foco revolucionario, en la sombra; y ponen carteles como: “Los libros no tienen la culpa”. De todas formas, estas cuestiones están siempre tratadas con humor, porque, al fin y al cabo, es un texto infantil-juvenil. También ocurre lo que tú decías antes: que un adulto puede ver más allá, pero es un libro para niños. La realidad es que muchas instituciones no están interesadas en la libertad de expresión ni en el conocimiento.

Hace poco estuve en unas jornadas con Jordi Sierra i Fabra, y me hizo mucha ilusión conocerlo, porque yo he crecido con sus libros. Pues bien, él se quejaba de que todavía se considera la literatura infantil y juvenil como un género menor. ¿Crees que la literatura infantil está infravalorada?

Estoy completamente de acuerdo con él. La literatura infantil no se considera literatura; pero es como toda literatura: la hay buena, y la hay mala. Con la literatura infantil pasa lo mismo: puedes acceder a un libro que tiene poco de artístico, o a otro que esté a la altura de las mejores obras. Hay grandes autores en este país, como Joan Manuel Gisbert, a quien admiro.

Pero sí, por desgracia la literatura infantil no se considera en ningún ámbito. Hay una gran falta de investigación académica sobre el tema; las instituciones no valoran de la misma manera la literatura infantil que la de adultos, etc. Sin embargo, resulta que el sector editorial está sobreviviendo gracias a la literatura infantil, porque estos libros se venden. Además, los niños quieren leer, y quieren leer con su libro, tocar el objeto físico, y por eso se venden. Los adultos a veces piratean, leen en pantallas, no valoran el objeto.

Quizá porque, para el niño, el libro es una prolongación del juguete.

Exactamente. Pero una prolongación del juguete que te abre la cabeza por dentro. Y te conecta con la creatividad, la fantasía, el desarrollo humano. ¡Es algo maravilloso! Y ahí hay todo tipo de literatura, como en la de adultos.

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  1. Bueno, en algunas Comunidades con gobiernos de derechas, van los militares a las escuelas a enseñar a los niños «valores castrenses» en lugar de educarles para la paz.
    Y van también los toreros a impartir clases del «arte de la tauromaquia» en lugar de educarles en el respeto a los animales.
    Posiblemente también van los cazadores a impartirles conocimientos sobre «el deporte» de la caza.
    Me alegra saber de estos niños concienciados sobre el tema ecológico.
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    Sobrevivieron al fuego y ahora se enfrentan a los tiros
    Hace un par de semanas empezaron a escucharse los tiros: en muchas comunidades autónomas donde está permitida, arrancaba el período de caza de la media veda.
    Durante el mes que dura aproximadamente esta práctica cinegética (enmarcada fuera de la temporada de caza oficial), se cazan, entre otras especies animales, cientos de miles de aves, muchas de ellas migratorias.
    A estas aves reproductoras y sus crías, se unen las que no se han reproducido, los  ejemplares jóvenes que nacieron en la península ibérica y las aves que llegan de otras latitudes  para posteriormente proseguir su viaje migratorio.
    Algunas de estas aves, como la codorniz común y la tórtola europea, están en serio declive.
    La media veda se practica además en comunidades que este verano ha sufrido los incendios más agresivos de la historia.
    Las aves que lograron sobrevivir al fuego, se enfrentan ahora a los tiros.
    En SEO/BirdLife lo tenemos claro: tenemos una responsabilidad enorme en la conservación de las aves y ninguna práctica debería ir en contra de ellas.
    No podemos permitir seguir perdiendo biodiversidad mientras los intereses de una minoría se ponen por delante de la ciencia, y de nuestras aves, nuestra naturaleza y del bien común.

  2. No es sencillo. No es rápido. Pero es posible.
    ¿Sabías que este año se eliminaron dos de las corridas de toros en Bilbao y más de 8 mil asistentes dejaron de asistir?
    La tauromaquia va perdiendo cada día más el apoyo del público vasco y de una manera mucho más lenta, la de las instituciones. Les están quitando el respirador artificial del dinero público poco a poco, pero continúan. Se están extinguiendo, pero se resisten.
    Cada vez que hacemos alguna investigación en ferias taurinas, tengo que ver más de un centenar de imágenes de lo más bajo que puede llegar el ser humano para divertirse.
    Busqué en la prensa los nombres de las víctimas condenadas a morir: Armero, Agradecido, Vencijoso, Picarón, Esperón, Frambuesa, Gallardo, Golosito, Guapetón, Jalado, Laminado… y decenas más que se suman a una larguísima lista de vidas perdidas que no deberíamos normalizar.
    No son meras estadísticas. Cada uno es una vida con ojos y corazón que suplicaban por un gesto de humanidad.
    Entre taurinos utilizan una jerga propia para tapar lo que es merla tortura: “faena”, “suerte suprema”… palabras que intentan disimular que realmente se trata de un espectáculo de tortura repugnante.
    Cada etapa de una corrida de toros se le llama “tercio”, y lo única diferencia que hay entre cada una es la herramienta de tortura que se utiliza: picas, lanzas, banderillas, puñales, punzones y espadas.
    Vi cómo la sangre teñía la arena, cómo se abrían heridas que le agotaban la fuerza, cómo cada movimiento se convertía en un martirio al que asistía una multitud cómplice, aplaudiendo mientras un ser vivo daba su último suspiro.
    Primer tercio.
    Entra el toro a la plaza. Hay un silencio que pesa, como si todo el mundo contuviera el aliento esperando la primera sangre. Un jinete arremete contra el animal y le atraviesa el lomo con una lanza. Eso es el arte y la cultura para ellos: un mero acto de violencia.
    No quiero describir lo gráfico; prefiero contarte lo humano: la tensión que sube en la tribuna, la mezcla de curiosidad y desconcierto en quienes miran por primera vez. Y el toro, que solo busca espacio para respirar y huir, comienza a sufrir las lanzas que le abren su lomo, para comenzar a desangrarlo y debilitarlo antes de que haga su aparición el cobarde torero.
    Segundo tercio.
    Las banderillas entran en este martirio. Aunque la música intenta ahogar los gemidos del toro, se sienten con claridad. La mirada del animal que no entiende por qué lo llaman a una danza que le quita la vida con crueldad.
    Cada banderilla se clava en la piel del toro con un único fin: que el propio movimiento desesperado del animal para quitarse de encima esos arpones, le desgarren la carne cada vez más… y seguir desangrándolo hasta agotarlo.
    Tercer tercio. La muerte.
    Llega el fin. No es una culminación heroica, sino de pura cobardía. El matador hace su aparición burlando al animal. Mareándolo y extenuándolo hasta el colapso. En un momento determinado, le entierra una espada para atravesar los pulmones para que se llenen de sangre. A veces lo intentan hasta diez veces sin lograrlo, pero sigue atravesando una y otra vez.
    El toro aguanta, porque se apega a la vida, pero la cuadrilla está empecinada en matarlo, de hacer un espectáculo de su dolor… y el público aplaude, mientras un animal con la misma capacidad de sentir que tú y que yo… lanza su último suspiro.
    El toro está abatido en el piso, ahogándose, pero su suplicio no termina ahí. Lo que sigue es que un tipejo le cercena el cordón vertebral para inmovilizarlo… para que se pueda arrastrar sin forcejeos fuera de la arena.
    No quiero describir sólo imágenes que revuelven el estómago: quiero que sientas la injusticia. Que imagines la tensión, la confusión y la decisión que tenemos entre manos. Que entiendas que el problema no es sólo un acto aislado, sino un conjunto de pequeñas renuncias éticas que permiten que algo así siga ocurriendo.
    La indiferencia es lo que permite que esta atrocidad se normalice, y que por repetición constante… se considere costumbre. No se puede justificar lo inexcusable.
    Y aquí viene lo esencial: esto no tiene que ser para siempre. He visto cómo las calles, las campañas, las noticias y la acción legal pueden cambiar el ánimo de una ciudad. He visto cómo, a golpe de información, presión ciudadana y trabajo constante, se le va dando la espalda a quienes hace unos años se sentían intocables.
    Aïda Gascón, AnimaNaturalis.

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