Barro y reconstrucción: la nueva etapa de las librerías tras la DANA

Once librerías de l’Horta Sud afectadas reabren gracias a la movilización social, el respaldo institucional y el compromiso del sector cultural.
Barro y reconstrucción: la nueva etapa de las librerías tras la DANA
Foto: librería Lazarillo Albal afectada por la DANA.

«El fang, la pluja, els carrers plens de fang / l’aigua, l’aigua caient, a dolls, de les teulades«.

El poeta valenciano Vicent Andrés Estellés, en su Llibre d’exilis (1971), no solo escribió sobre la lluvia como un fenómeno natural, sino como una fuerza que invade, mancha y transforma el paisaje humano y emocional. En octubre de 2024, sus versos dejaron de ser una evocación literaria para adquirir una dimensión tangible: las librerías, al igual que otros muchos espacios, quedaron anegadas por el barro. Ocho meses después de la DANA, la mayoría ha logrado reanudar su actividad. Algunas lo han hecho en sus ubicaciones originales; otras, en nuevos locales. Sin embargo, todas han podido retomar su labor.

Según el Gremi de Llibrers de València, once librerías resultaron gravemente afectadas por la riada. En la comarca de l’Horta Sud, locales como Somnis de Paper (Benetússer), Bufanúvols (Catarroja), La Moixeranga y Passarella (Paiporta), Samaruc (Algemesí) y Lazarillo Albal (Albal) quedaron completamente arrasados. Algunas librerías perdieron la totalidad de su fondo editorial; otras, sus instalaciones. Todas tuvieron que interrumpir su actividad de forma inmediata.

En Lazarillo Albal, la DANA no solo arrasó con los libros, sino también con años de trabajo y una colección de más de 4.000 títulos de segunda mano que José García, su propietario, había ido reuniendo. «Era un fondo vivo —recuerda—, un punto de intercambio». La mañana del 30 de octubre, al levantar la persiana, encontró estanterías volcadas, libros empapados y una mezcla de barro y agua que había reventado incluso algunas mesas. «Se formó una especie de remolino», recuerda. Vecinos y amigos se volcaron con la ayuda y en solo cinco días lograron limpiar el local.

Cuatro meses después, Lazarillo Albal abrió de nuevo, aunque la reconstrucción aún estaba lejos de completarse. «Cuando reabrí no podía incorporar libros nuevos porque la humedad seguía presente», explica García. El fondo de segunda mano quedó irremediablemente perdido.

Sin embargo, el proceso contó con un respaldo fundamental: el Gremi de Llibrers y el Ministerio de Cultura. «Se portaron mejor que Conselleria. Había una persona dedicada exclusivamente a ayudarnos, nos explicaban los trámites como en Barrio Sésamo», cuenta. Gracias a ese acompañamiento, Lazarillo Albal ha recuperado un ritmo similar al de campañas anteriores.

Pero la DANA no solo devastó librerías. Se calcula que alrededor de un millón de libros fueron destruidos, 34 editoriales vieron interrumpida su actividad y 58 bibliotecas públicas quedaron arrasadas. Frente a esta devastación, la respuesta del sector cultural fue colectiva. La Associació d’Escriptors del País Valencià lanzó una campaña solidaria y creó una librería virtual para canalizar ayudas. Desde México, la Feria del Libro de Guadalajara aportó 75.000 euros para la recuperación, mientras que iniciativas como Cuentos por la DANA mantuvieron viva la cultura a través del teléfono.

En paralelo, la respuesta institucional se desplegó en dos niveles. A nivel autonómico, la Generalitat Valenciana destinó 9,42 millones de euros para impulsar la recuperación. A nivel estatal, el Ministerio de Cultura concedió 300.000 euros en subvenciones directas y movilizó 250.000 euros a través del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia.

Además, desde el inicio de la crisis, el Gremi de Llibrers de València asumió un papel fundamental en la coordinación de apoyos. Apenas unos días después de la DANA lanzaron una campaña de recogida de donaciones que se mantuvo activa hasta abril de 2025. «Lo prioritario era que ninguna librería se quedara sola en el proceso», explica Pau Pertegaz, su director técnico.

Pero el esfuerzo no fue únicamente económico. El gremio también ofreció acompañamiento jurídico y asesoramiento técnico, además de actuar como interlocutor directo ante las administraciones públicas. «Nuestra función fue canalizar la solidaridad y estructurar una respuesta eficaz», explica.

«Seguimos aquí»

En Paiporta, la reconstrucción de la librería Passarella fue un proceso largo. Su propietaria, Florencia Miretti, no vivió la riada en primera persona, ya que el 29 de octubre se encontraba en Argentina. Cuando regresó, su familia y un grupo de voluntarios ya había limpiado el local, pero la imagen que encontró seguía siendo devastadora. «El agua había entrado por el lateral, y todo lo que antes era cristal y pared había desaparecido», recuerda. En el interior, el escenario rozaba lo surrealista: «Había una mesa que no era mía, incluso un árbol dentro de la fotocopiadora».

Entre las acciones impulsadas destacó la participación gratuita de las librerías damnificadas en la Feria del Libro de València de 2025. Para muchas de ellas, fue el primer encuentro con el público tras la catástrofe. «Fue una manera de decir: seguimos aquí», concluye Pertegaz.

Gracias a que contaba con un seguro completo, no solicitó la ayuda estatal del Ministerio de Cultura, pero sí pudo recurrir a otras vías: la ayuda empresarial de Juan Roig, las subvenciones de la Generalitat Valenciana y diversas donaciones privadas. «Me regalaron pintura, uniformes, estanterías; incluso una asociación mexicana colaboró con la fachada», explica.

Su reapertura no fue inmediata. Durante semanas enteras, las obras parecían estancarse. «Había días que no venía nadie, y otros que apenas avanzaban. Sin escaparate no podía poner el suelo, sin suelo no podía pintar; todo dependía de lo anterior», explica. La reforma fue un rompecabezas a contrarreloj que terminó con la reapertura en marzo de 2025, ya con la campaña de Navidad —una de las más importantes del sector— perdida.

A pesar de todo, el regreso fue mejor de lo esperado. «Tenía miedo de que la gente no volviera, de que al no vender productos de primera necesidad nadie entrara. Pero ocurrió justo lo contrario», relata Miretti. Desde entonces, las ventas han superado las del año anterior en todos los meses. Sin embargo, el escaparate sigue siendo un recordatorio visible de la catástrofe: aún conserva los vinilos colocados tras la riada, con restos de barro atrapados entre el cristal y el microperforado.

La lectura como refugio

Para Marta Meneu —autora, creadora de contenido literario y lectora habitual—, la devastación no solo dañó estructuras y fondos editoriales, sino que también alteró el acceso a la literatura en comarcas enteras. «No hablamos solo del acceso físico a los libros. En pleno siglo XXI, había pueblos donde no había ni cobertura ni acceso a Internet», señala, destacando la doble limitación que sufrieron muchos lectores: la imposibilidad de acceder tanto a libros físicos como a contenidos digitales.

Una realidad que vivió en primera persona Claudia Jiménez, vecina de Catarroja y lectora habitual. «Las librerías estaban cerradas y tuve que intentar pedir los libros por Amazon, pero tampoco llegaban», recuerda. «La lectura es mi vía de escape, y esa vía se me cerró». Como ella, fueron muchos los lectores que vieron interrumpido un hábito cotidiano convertido en refugio.

Aunque el acceso a la lectura se vio drásticamente limitado, hoy la situación comienza a mostrar signos de recuperación. Muchas puertas han vuelto a abrir, aunque el proceso de reconstrucción aún no ha concluido del todo. Persisten los efectos de la humedad, las reformas inacabadas y la ausencia de colecciones irrecuperables. A pesar de ello, las campañas escolares de este año avanzan con normalidad y los libreros han logrado recuperar buena parte de su ritmo habitual. Donde antes hubo barro y silencio, vuelven a verse mostradores abiertos, libros en exposición y lectores entrando.

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