El laberinto conspiranoico del negacionismo climático (y cómo combatirlo desde la izquierda)

Richard Hames y Saoirse Gallagher analizan en un encuentro organizado por el CSIC y el Instituto Meridiano cómo las teorías de conspiración negacionistas del cambio climático alimentan a una ultraderecha fragmentada, y urgen a recuperar la "estética del gozo" frente al relato reaccionario.
El laberinto conspiranoico del negacionismo climático (y cómo combatirlo desde la izquierda)
Manifestantes pro Trump en el asalto al Capitolio de los Estados Unidos. Foto: REUTERS/STEPHANIE KEITH.

Durante el huracán Helene, que golpeó el sureste de Estados Unidos en otoño de 2024 —y se cobró la vida de más de 250 personas—, proliferaron en las redes sociales teorías sobre el fenómeno que, creían, estaba detrás de estas catástrofes. Alejados de la visión ofrecida por la comunidad científica, que subraya el papel del cambio climático en el aumento de la frecuencia y virulencia de estos desastres, algunas teorías de la conspiración aseguraban que los huracanes se debían en realidad a «armas de geoingeniería» y otras tecnologías secretas de manipulación del tiempo. Señalaban al gobierno estadounidense (presidido entonces por Joe Biden) por supuestamente tener como objetivo interferir en las elecciones de noviembre. Estas acusaciones no circularon solamente entre grupúsculos radicales de Internet: las compartieron personas cercanas a Donald Trump, como su ex asesor de seguridad nacional, Michael Flynn.

Justificar con teorías alternativas los impactos del calentamiento global es un tipo de negacionismo climático. Richard Hames, analista británico especializado en movimientos de extrema derecha contemporánea, señala que se podría esperar que llegará un momento en que la crisis climática se vuelva tan evidente que ya nadie pueda negar que existe. Pero su pronóstico es otro: «La flexibilidad del pensamiento conspirativo es tal, es tan extrema, que podemos imaginar que cualquier fenómeno climático se pueda explicar mediante algún tipo de elaborada teoría de la conspiración».

«No creo que lleguemos a un punto en el que la mayor parte de la extrema derecha esté de acuerdo con la versión oficial sobre el cambio climático, porque hay muchas otras versiones mejores por ahí», apuntaba Hames, autor de Post-Internet Far Right y Baterías, bombas y fronteras (ed. Levantafuego), en un encuentro sobre ecología y extrema derecha organizado en Madrid por el CSIC y el Instituto Meridiano (dedicado a cuestiones de transición ecológico y energética).

Mitos políticos

Junto a Saoirse Gallagher, especialista en imaginarios y arquetipos fascistas, Hames analizó la evolución de la ultraderecha en Internet, y detalló cómo esta ha pasado de contar con una coherencia ideológica estructurada a dispersarse por redes muy heterogéneas y fragmentadas.

«Una de las características distintivas de nuestra época es la fragmentación de los marcos epistémicos. Y la extrema derecha, en particular, tiene un marco epistémico desmoronado. Antes existía, como mínimo, algún tipo de estructura partidista o de liderazgo que daba forma a la ideología de la extrema derecha. Hoy en día eso ya no es así», añadió Gallagher. 

Esta experta, investigadora en la Universidad de Florida, repasó los mitos políticos que traducen los sentimientos de alienación en creencias coherentes y explican en parte el pensamiento de ultraderecha.

«Es común pensar que las teorías de conspiración son huecos para la ignorancia, que están destinadas a ofrecer una visión del mundo, a trazar un mapa de las cosas», afirmó Gallagher. Y aclaró que, aunque hay elementos falsos en los mitos políticos, como es el caso de las máquinas meteorológicas del Golfo de México controladas por el gobierno para inundar las costas estadounidenses, el relato general del que se sirven «se asemeja a la verdad»: «ofrece un mapa de cómo es el mundo y de cómo debería ser, por lo que contiene elementos de verdad y de falsedad que crean un mosaico que sirve de guía para esta fantasía».

Así, según la experta, las teorías de conspiración negacionistas del cambio climático que abundan en determinados círculos de extrema derecha presentan la información como una serie de indicios que sostienen sus argumentos en lugar de generar pruebas falsas (aunque a veces esto pueda suceder): «La intención no es persuadir, sino crear duda, y es mito porque expresa, resalta o codifica un conjunto de creencias».

Hames destacó la resistencia de las comunidades que piensan en términos conspiranoicos, pues en ellas casi nunca se producen divisiones «salvo cuando un grupo de la comunidad empieza a creer que otro grupo forma parte de la conspiración», y no existen límites a aquello sobre lo que se puede conspirar.

«Gran parte del análisis de la extrema derecha en los últimos años se ha centrado en el resurgimiento del fascismo y en los tipos particulares de conspiraciones que lo constituyen, y esto es un error, porque el tipo de cosas sobre las que se conspira son mucho más variadas, diversas y extrañas que eso», arguyó Hames.

El discurso transgresor, la libertad y el disfrute

Frente a las posiciones que reclaman la «libertad» de transgredir códigos morales, de disfrutar a costa de otras personas y rechazan el «buenísimo» o los planteamientos moralistas o «woke», Gallagher cree que la respuesta pasa por diseñar un programa político que permita imaginar también el disfrute, pero articulado en otras coordenadas. Por ejemplo, trabajar menos o tener un mayor acceso a la naturaleza. Reclamos atractivos del disfrute individual y colectivo.

En esa tarea, la izquierda tiene que encontrar, de acuerdo con ambos especialistas, sus propios símbolos. «La derecha tiene armas, camiones monstruo, crueldad, el rugido de los motores, pero creo que hay una estética de la alegría», sugirió Gallagher. Y la izquierda, lamentó, «ha perdido el rumbo a la hora de describir una estética del gozo». Propuso, por ejemplo, la estética del baile: el baile como forma de liberación. Porque para esta experta, el espectro político progresista no puede repetir lo que hacen los argumentos reaccionarios que resaltan la libertad pero la conciben como licencia («licencia para contaminar», el derecho al coche, el derecho a hacer cosas que el ecologismo quiere limitar). Tiene que entenderla como liberación, y diseñar su propia constelación simbólica para ilustrar cómo puede ser una vida buena y combatir así algunas de las armas del negacionismo.

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  1. LA OTRA CARA DE LA CONSERVACION.
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    En 2013, Coca-Cola donó 3 millones de euros a WWF para proteger el Ártico y sus osos polares. ¿Te llama la atención? Quizás. Pero, sobre todo, es revelador.
    ¿Cómo hemos llegado hasta aquí, a confiar la naturaleza a las empresas que la destruyen?
    El mes pasado, en el episodio 3 de la serie Naturaleza en venta, analizamos cómo el modelo colonial de conservación se reinventó durante los movimientos de independencia africanos.
    Hoy exploraremos cómo se convirtió en un imperio económico.
    Volvamos a los años 70…
    En el Norte Global, estaba surgiendo una auténtica conciencia ambiental.
    1971: se funda Greenpeace.
    1972: se celebra la primera gran conferencia ambiental de la ONU en Estocolmo.
    Pero con esta toma de conciencia ambiental, se arraigó una idea peligrosa.
    El ecologista Garrett Hardin teorizó en 1968 que el crecimiento demográfico acabaría destruyendo los recursos naturales de nuestro planeta. Esta tesis se proyectó rápidamente sobre las poblaciones de África, América y Asia. El miedo a la superpoblación se convirtió en una forma racista de pensar sobre los pueblos del Sur Global.
    Y en el contexto de la conservación, esta teoría reforzó una idea ya profundamente arraigada: las comunidades locales son una amenaza para la naturaleza, nunca una solución.
    Ahora avancemos a los años 80…
    Reagan, Thatcher… Un mensaje que se repetía por doquier:
    el Estado es el problema; el mercado, la solución.
    Estas políticas neoliberales no se limitaron solo al Norte Global.
    Para obtener préstamos del FMI y del Banco Mundial, los países del Sur Global se vieron obligados a adoptar estas políticas.
    Nací en Argentina en esa época. He visto el avance de las privatizaciones, una tras otra, en nombre de un futuro mejor.
    ¿Y la conservación de la naturaleza? Siguió el mismo patrón: el Estado se retira y el sector privado ocupa su lugar.
    Fue en esos años cuando muchos multimillonarios comenzaron a crear sus propias fundaciones para salvar el planeta. O a realizar cuantiosas donaciones a las grandes ONG de conservación.
    ¡No hace falta cambiar el modelo!
    Este es el problema: por un lado, la fe en una economía de mercado que antepone el crecimiento por encima de todo.
    Por otro, una ciudadanía cada vez más preocupada por el estado del planeta.
    ¿Cómo conciliar ambas cosas?
    En 1992, en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, un centenar de países proclamaron la respuesta en el escenario internacional: el desarrollo sostenible.
    “Un desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas”. Informe Brundtland, 1987.
    Seguir creciendo, pero de forma “sostenible”. Bonito concepto. Pero, ¿qué tipo de desarrollo? ¿Qué necesidades? ¿Y quién se beneficia?
    Como afirma Guillaume Blanc, la Cumbre de Río inauguró la era del desarrollo sostenible: el de nuestra sociedad.
    El tipo de desarrollo que nunca cuestiona el crecimiento económico.
    En 2003, en el Congreso Mundial de Parques de la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza) celebrado en Durban (Sudáfrica), gobiernos y ONG fueron más allá: la conservación sería, a partir de entonces, “participativa”, “inclusiva” y “respetuosa con los derechos humanos”.
    Un auténtico entusiasmo.
    Pero…
    …dos premisas nunca se cuestionaron:
    → que los parques sigan siendo la herramienta fundamental para la protección de la naturaleza. ¿Sustituirlos por territorios gestionados por los propios pueblos indígenas? Impensable.
    → que el crecimiento económico (incluido el derivado de la naturaleza, por ejemplo, a través del turismo) genere beneficios a las comunidades locales: basta con integrarlas en el mercado.
    Entonces, ¿quién controla realmente esta conservación?
    Las BINGO
    Así se llama a las grandes ONG internacionales de conservación: WWF, WCS, Conservation International, The Nature Conservancy…
    En la lógica neoliberal, los donantes del Norte Global prefieren confiar su dinero a estas organizaciones antes que a los gobiernos del Sur Global, considerados demasiado corruptos, demasiado ineficientes.
    Entre 1990 y 2001, la agencia estadounidense USAID destinó aproximadamente 270 millones de dólares a entidades privadas para la conservación. El 45% se destinó a un solo beneficiario: WWF.
    Estas organizaciones crecen a un ritmo vertiginoso.
    Y su papel evoluciona: del simple asesoramiento técnico, pasando a veces por la cogestión o incluso a la administración directa de territorios enteros.
    Contratan a sus propios guardaparques. Fijan las agendas.
    Se convierten en estados dentro de los estados.
    Hoy, African Parks, cuya junta directiva incluye al príncipe Harry, gestiona 20 millones de hectáreas en 13 países africanos: una superficie mayor que la de Senegal.
    ¿Y quién dirige estas grandes ONG?
    Un análisis de los 111 miembros de las juntas directivas de las BINGO revela que más de la mitad provienen del sector financiero: bancos de inversión, fondos de capital privado, filiales de Goldman Sachs, etc. (African Arguments, 2023).
    Los miembros de las juntas directivas de una ONG son legalmente responsables de su dirección estratégica, de su visión, de sus objetivos.
    Puedes imaginarte los intereses en juego.
    ¿Y sus socios? Las industrias petrolera, minera y forestal.
    Y Coca-Cola.
    Como en la época colonial, la conservación no cuestiona la extracción destructiva, sino que se asocia con ella. Los responsables de la pérdida de biodiversidad son tratados como socios.
    Y la responsabilidad de la destrucción se traslada a las poblaciones locales.
    Proteger destruyendo. Esta es la columna vertebral del modelo de conservación dominante.
    Pero, ¿puede un modelo que se asocia con los destructores proteger realmente la naturaleza?
    Volveremos sobre este punto.
    De momento, te comparto un dato:
    Hoy en día, el 85% de la financiación mundial para la conservación de la naturaleza se destina a las grandes ONG internacionales. ¿Y los pueblos indígenas y las comunidades locales? Reciben solo el 1%. (Oakland Institute, 2022).
    Fiore Longo, Survival International.

    Las recomendaciones de Fiore:
    🎬 Colineau, Alexandra, WWF : à quoi joue le panda?. Complément d’enquête, France 2.
    📖 Mbaria, John y Mordecai Ogada. Artículo «Conservation NGOs’ Grand Delusion. The Green Man’s Burden: The Cost of the Conservation Model Practiced in Kenya’s Drylands». The Big Conservation Lie, 2016.
    📜 Sène, Aby L. «Against Wildlife Republics: Conservation and Imperialist Expansion in Africa». The Republic, 2022.
    📖 Van Beemen, Olivier, Au nom de la nature, Rue de l’Échiquier, 2025.

    https://www.survival.es/campanas/naturaleza-en-venta/?series=conservation2026&utm_medium=email&utm_source=engagingnetworks&utm_campaign=utm_campaign&utm_content=260328+Email+Update+Conservation+series+4+-ES

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