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Bajo un volcán es la historia del capitán de la Unidad Militar de Emergencias (UME) Mario Torres, que acude a la isla de Tenerife ante la posible erupción del volcán Arenas Negras, situado junto al municipio de Garachico. Los indicios parecen señalar que todo está bajo control y las autoridades no quieren poner en peligro el atractivo del enclave turístico, pero una vulcanóloga, por la que Mario se siente irremediablemente atraído, advierte de que el peligro no ha pasado y el pueblo podría ser destruido.
Estamos ante la primera película producida en España por la estrella cubano-estadounidense William Levy. El actor, sex symbol y famoso mundialmente por el éxito vía Netflix del culebrón Café con aroma de mujer (2021), se ha mudado empresarialmente a España y estrenará en breve otro título rodado en las Islas Canarias: la serie Arcadia, de idéntico planteamiento: comedia romántica disfrazada, con poco disimulo, de acción.
La combinación comercial ganadora es Levy haciendo pareja con una actriz española conocida fuera de nuestras fronteras (Maggie Civantos, también estrella de Netflix gracias a Las chicas del cable y Vis a vis) y rodar un producto accesible y visualmente espectacular, pero sin pasarse, en Canarias, donde el incentivo fiscal es mayor y permite ahorrar más, vía impuestos que se dejan de pagar, a las productoras.
Por el camino, estas producciones, cada vez más centradas en el público en español de fuera de España y muy orquestadas desde Miami —aunque tratando de convertir Madrid en el Nuevo Miami sin ningún disimulo—, sirven también como panfletos turísticos. En este caso, para Garachico y la isla de Tenerife en general. Por tener, están hasta repletas de emplazamiento publicitario, con uno de los personajes desayunando en plena emergencia con ciertas marcas de zumo y el logo bien visible, como si esto fuese una serie familiar de los años 90.
Más allá de lo facilón de la trama —el conflicto para que los protagonistas no se conviertan en pareja formal a los dos minutos de conocerse está tan visto que resulta ridículo— y algún patinazo en la documentación, lo notable de Bajo un volcán es cómo cabalga las disonancias cognitivas de este tipo de productos y su venta de modelos de vida y pareja aspiracionales con un marcado acento neoliberal, hiperindividualista y neoconservador.
Para empezar, el concepto completamente instrumental de la naturaleza y el entorno, que pondrá de los nervios a más de un vulcanólogo o militar de la UME real, se da la mano con una presentación hipertópica y paternalista de la sabiduría del “buen salvaje” nativo. En este caso, una anciana cuya casa está construida justo en el lugar donde “los antepasados” sabían que la lava no llegaría… aunque la anciana es más blanca y europea que el resto de los protagonistas juntos, y ni se cuestiona la preexistencia de una cultura propia, no “hispana neutra”, en las islas previa a ella.
Lobos solitarios
Por otro lado, la película bebe directamente de los titulares del mundo real —la erupción de La Palma en 2021—, pero necesita plantear algún tipo de dificultad. Así que los protagonistas, el piloto de emergencias y la científica —cuyo padre murió en otra erupción, porque escribir en clichés seguro que salva los trabajos de todos del uso de ChatGPT— no trabajan en equipo, sino que son algo así como lobos solitarios que se mueven por instintos y corazonadas. No está tomado a chufla, no es una parodia de la típica mamarrachada de acción hollywoodiense: es así de verdad.
¿Con qué choca esto? Con que tiene que haber algún tipo de conflicto, y ese es que las malvadas autoridades y su maldita burocracia no quieren causar el pánico, un clásico de las pelis de catástrofes desde Tiburón (1975) hasta Un pueblo llamado Dante’s Peak (1997). Así que tenemos la cuadratura del círculo: la vulcanóloga necesita llevar sus muestras a algún sitio para que confirmen sus corazonadas, pero el sistema tiene que ser tontorrón y fallido, y al mismo tiempo la UME tiene que quedar bien.
Luego hay una solución, si no fantasiosa, al menos bastante ingenua, de cómo se podría evitar que una erupción destruyera Garachico, que canta ópera en el sentido de que la película tiene que ser un anuncio de turismo: lo bonito que es el pueblo, lo bien que se come y lo a gusto que se está… pero dentro del argumento el peligro de ser arrasados todos por la lava debe parecer real.
En fin, un desastre. Un cacao maravillao que explica muy bien el tipo de audiovisual mainstream que se está produciendo en España en los últimos años, pese a los anuncios triunfales de cine progresista, envidia y pasmo de Occidente. Unas historias propias cooptadas por intereses económicos y ultraconservadores extranjeros al servicio de retratar un país irreal, colonizado por un turismo depredador mientras se hace burla de sus instituciones públicas o su ciencia.
La verdad es que es para felicitar a cualquier responsable de Cultura que haya contribuido a esto. Y encima William Levy es guapísimo. Quién le dice que no, con esos ojazos.




