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Jurassic World: El renacer presenta la época posterior a Jurassic World: Dominion (2022), donde los dinosaurios han vuelto a diseminarse por la Tierra… y sucumbido a un mundo con una ecología muy diferente a la que conocieron hace 65 millones de años. Ahora, en una isla del Caribe cercana a la Guyana Francesa, permanecen algunas de las especies de mayor tamaño, en cuyo ADN guardan el secreto de un medicamento que puede mejorar la vida de toda la raza humana. Lo que ocurre es que las islas de los dinosaurios son territorio prohibido, así que una poderosa farmacéutica envía a un grupo de mercenarios y un asesor científico a recolectar dicho ADN. Por supuesto, algo saldrá mal, e incluso una familia de excursión quedará atrapada en mitad de una persecución con especies de dinosaurios mutados en laboratorio.
La franquicia que arrancó con Jurassic Park (1993) va ya por su séptima película, con los dinosaurios caminando de nuevo sobre la Tierra merced a la ingeniería genética, con ese concepto tan socorrido (y engañoso) como la desextinción, que además los periodistas solemos usar diciendo “Michael Crichton tenía razón”, porque la imagen del ADN de dinosaurio sacado del mosquito forma parte ya de la cultura popular. En realidad, el novelista –fallecido en 2008– tendía a quedarse anticuado en sus planteamientos al poco de publicarse sus novelas, como buen autor de thrillers de ciencia-ficción. Excepto en una cosa: una desconfianza extrema por la ciencia en manos privadas.
Dirige Gareth Edwards, autor de películas como The Creator (2023) o Rogue One (2016), conocido tanto por su pericia con la acción y los efectos especiales como por la levedad de las historias que deja debajo. Mucho más interesante es que recupere a David Koepp, guionista de las dos entregas originales, las dirigidas por Steven Spielberg y que adaptaban las dos novelas de Crichton, la mencionada Jurassic Park y El mundo perdido (1997). Al menos, el libreto de la primera fue coescrito con el novelista, y para esta recupera tantos elementos de la versión literaria que se quedaron fuera que incluso en algunas fichas aparece acreditado de nuevo como coautor.
A nivel creativo, más allá de que los efectos queden estupendos y a los niños les esté encantando, que es de lo que se trata, Jurassic World: El renacer es tan admiradora de sus predecesoras que se pasa de frenada y resulta previsible, llena de diálogos expositivos y tontorrona en su macguffin (esa necesidad de sacar el ADN de los dinosaurios más grandes vivos, cuando si existen fuera de su época es que en algún momento dicho ADN se secuenció al detalle y debería estar disponible en alguna parte, aunque sea pagando).
(Este redactor no ha leído las novelas de Michael Crichton, así que para guiarse en los cambios entre estas y sus adaptaciones, o lo que de estas toma la película que nos ocupa, ha utilizado el reciente ensayo La vida se abre camino (Héroes de Papel, 2025), de Ana de Haro, que me permito recomendar al que sea muy seguidor del Universo Jurásico. La interpretación, vamos a decir, política de dichos cambios es 100% de mi cosecha –y no demasiado original, en realidad, a tenor de las pruebas–).
Sin embargo, resulta interesante cómo Koepp decide rescatar a los héroes científicos de Crichton a través del personaje de Henry Loomis (Jonathan Bailey). Es el único del elenco protagonista que es, de hecho, un científico, en un inverso de lo habitual en las primeras películas donde todo el mundo tenía un doctorado. Está diseñado de forma tan evidente para ser un eco de los Allan Grant, Ellie Sattler y Ian Malcolm que hasta te avisan de que fue alumno del primero de ellos. Y para que quede claro que es un empollón, se va con gafas a la jungla jurásica, el tío.

Loomis se espeja también con Nick Van Owen, el personaje interpretado por Vince Vaughn en El mundo perdido (1997), que primero aparenta ser un fotógrafo ambicioso movido solo por el ego, el dinero y las mujeres –son su argumento para trabajar en Greenpeace, afirma en su primer diálogo– y luego se descubre como activista de Earth First!, el movimiento ecologista al que pertenecieron escritores como Ed Abbey o Doug Peacock y considerado terrorista en Estados Unidos en varios momentos de su historia.
¿Por qué? Porque Loomis propone, de forma que tenemos que entender que era su plan desde el principio, pasar de la malvada compañía farmacéutica y compartir la fórmula del medicamento mágico con toda la humanidad de forma gratuita –open source, dice él–. La manera de plantear la cuestión no es precisamente sutil, y resulta ridículo cómo convence a la curtida mercenaria Zoe Bennet (Scarlet Johansson, en automático), que es básicamente haciéndole caidita de ojos e indicando que le cae fatal el directivo asqueroso que sabemos que va a acabar siendo masticado por un algún lagarto gigante.
Solo que esa ausencia de grises para plantear la cuestión de que los avances científicos deberían ser accesible a toda la humanidad y no un negocio venía ya de los originales. La mayoría tenemos en la cabeza al creador del Parque Jurásico, John Hammond interpretado por Richard Attenborough en las películas de Spielberg, como un anciano entrañable, incluso un poco idealista, abuelo cariñoso y bellísima persona. Pero en el libro es el responsable último de que todo se vaya al garete en el Parque por… rácano. El “no hemos reparado en gastos” de la película fue un invento de Koepp, el personaje del libro es un oligarca avaricioso que recibe el castigo merecido por su hybris trágica con la caída de su proyecto.
Crichton tiene mala fama en círculos medioambientales por su novela Estado de miedo, de 2004, en la que abraza posturas retardistas cuando no directamente negacionistas del cambio climático, y gracias a la que se lo acusó de tener intereses en lobbies petroleros. Podemos especular con que, a estas alturas, el autor, conocido por actualizarse de los últimos adelantos en diferentes cambios con detallismo neurótico –aunque más de una vez patinase– se habría arrepentido de dichos planteamientos (ya desfasados en ese momento), pero no lo sabremos nunca. Irónicamente esa desconfianza hacia el consenso científico fue compatible con admoniciones rozando la bronquita sobre la comercialización de la ciencia.
En cualquier caso, Koepp parece sentirse culpable por dejar fuera de El mundo perdido la principal aportación del autor de las novelas, la admonición sobre los peligros de la desextinción. De forma lateral al argumento principal de Jurassic World: El renacer, se deja clarísimo que los dinosaurios (o cualquier especie “recuperada” de forma un tanto torticera) tendría difícil sobrevivir en nuestro mundo actual, en plena sexta gran extinción y con un ecosistema muy diferente al que dio lugar a su existencia original.
Por ir cerrando, celebraremos que ante la superficialidad un poco macarra y conservadora de la trilogía anterior de Jurassic World, con sus ex marines que domestican velocirraptores gracias a sus efluvios de machos alfa, está bien que esta nueva superficialidad se decida por héroes torpones y empollones que están hartos de tener que pagar millonadas para publicar sus papers –no lo dice, pero digo yo que lo estará– y tienen la ética monacal de un Allan Grant y el desencanto con el sistema de un Ian Malcolm.




