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Mountainhead es la historia de cuatro muchimillonarios tecnobros, con diferentes intereses en las redes sociales, la inteligencia artificial y todo lo demás, que se retiran a hacer deporte en la montaña en el refugio de uno de ellos. Mientras intentan convencerse entre sí de diferentes ventas e intercambios de datos, el caos estalla en el mundo por el mal uso de la aplicación de IA generativa de otro miembro del grupo.
La película, que se acaba de estrenar en HBO Max con bastante éxito de público, es el nuevo trabajo de Jesse Armstrong, conocido por ser el creador de la multipremiada y entusiastamente recibida por la crítica y cierto segmento del público Succession (2018-2023). Ambas historias no están muy lejos la una de la otra, historias de ricos apuñalándose por la espalda mientras el mundo arde a su alrededor, aunque esta nueva, en formato largometraje, parece reconocer lo desfasado del drama sobre grandes conglomerados de medios de comunicación que trataba en su serie anterior.
La trama de Mountainhead viene a admitir que una IA generativa lo suficientemente sofisticada, unida a las redes sociales trucadas que ya conocemos, puede desestabilizar la política de cualquier país más fácil y rápidamente que el medio tradicional más serio y cuidadoso. No es que sea una novedad, pero básicamente Armstrong sustituye a los insufribles Roy y su saga familiar de lecturas decimonónicas por cuatro flipados, niños ricos con sus juguetes carísimos que creen en fantasías escapistas sobre el transhumanismo o mudarse a Marte.

Lo curioso es que esto no es Black Mirror (2011-) sino un drama, con sus toques de sátira o comedia negra, que aspira a realista o casi roza el documental. No es difícil leer en los personajes a trasuntos de Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg o incluso el fallecido Steve Jobs. Mezclados y cambiados para evitar demandas, pero fácilmente reconocibles. Cuatro imbéciles, brillantes en sus terrenos (que es más ser unos piratas desalmados que cualquier diseño o tarea creativa) pero cuyas máximas aspiraciones son sueños fantasiosos de inmortalidad.
Y la verdad es que la película resulta divertida, entretenida, una recreación que se siente bastante real de la ciencia ficción capitalista descrita por Michel Nieva o de Supervivencia de los más ricos, de Douglas Rushkoff. Los cuatro protagonistas son unos miserables de los que apetece reírse, que incluso cuando consiguen sus objetivos delirantes resultan ridículos, y de los que sabemos que nunca descansarán en paz, en ningún sentido. Sus maldades de supervillanos de la Marvel Comics resultan reconocibles, con elementos sacados del papel de Facebook en el genocidio rohinyá de 2016 y otros casi clarividentes, ya que provocan un apagón en varios países de la Unión Europea enfadados por que intentan restringir sus actividades con cosas molestas como, ya saben, leyes y demás.
Pero, ¿y qué mas?
La película es fantástica. Armstrong es un gran escritor cómico, los actores están inmensos —sobre todo Steve Carell, que opta por una interpretación lo más alejada posible de la sátira o la parodia—, y el retrato que se hace de estos meloncios de la vida es una crítica devastadora. La cuestión es que, en cuanto a la lucha de clases, la ficción mainstream parece haber tomado el mismo camino que con el combate a la crisis climática: rendirse.
Ninguno de los cuatro individuos es redimible, y su maldad —suena ingenuo llamarla así, pero es la mejor descripción, ya que son poco menos que niños grandes, especialmente inmaduros y caprichosos— no recibe otra respuesta que un tímido intento de regulación por parte de los gobiernos, al que ellos reaccionan de forma draconiana. Que esto quizá refleje la realidad —esperemos que no, que sea una exageración por exigencias del guion— no quita que, como discurso analítico, se sienta un poco pobre.
Si comentábamos los libros de Nieva y Rushkoff un par de párrafos más arriba, es precisamente porque ambos constatan cómo esta fantasía criptolai y tecnofetichista parece la única utopía que alguien se atreve a poner sobre la mesa hoy en día. La élite creativa liberal o progresista —o como queramos llamarla—, de la que forma parte Armstrong, se conforma con reírse de los megarricos que destruyen nuestras vidas, nuestro planeta y quién sabe qué más, solo por sentirse “triunfadores”.
Recomiendo mucho ver Mountainhead y disfrutar como gorrinos en una charca de las situaciones grotescas que presenta entre sus protagonistas, algunas sacadas de anécdotas reales de los tiparracos a los que satiriza. El único problema es la sensación de enésima rendición. Del recurso al insulto porque no se puede hacer nada más. Y es humanamente comprensible pero completamente inútil.





Esto no es una fábula. Ya está sucediendo.
Una vez más el ser humano nos hemos dejado enredar. Porque somos inmaduros, por falta de sabiduría.
Hemos perdido nuestros valores y hemos adoptado los del enemigo: consumismo, bienes materiales, codicia.
Con estos valores solo hemos hecho que darle más alimento y poder al enemigo.
SOCIALISMO O BARBARIE.
«Al fin y al cabo, la riqueza no es más que un hecho al que estoy acostumbrado. En este momento, tumbado en la cama del enfermo y recordando toda mi vida, me doy cuenta de que todo el reconocimiento y las riquezas que tanto me enorgullecían, han palidecido y perdido sentido ante la inminencia de la muerte».
Steve Jobs