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¡Caigan las rosas blancas!, la nueva película de Albertina Carri, es la historia de una directora de cine ficticia, Valentina, conocida por su cine erótico LGTBI y por huir de las representaciones normativas… pero que se bloquea cuando recibe el encargo de rodar una película porno lésbica y ecologista. Harta de las exigencias de sus productoras, Valentina huirá junto a tres amigas y actrices hacia Misiones, en el norte del país, cerca de Brasil, para terminar en Sao Paulo. Allí recibe otro encargo, el de hacer un documental sobre la aporofobia. Pero lo que acabará descubriendo es la propia esencia de los discursos preestablecidos que la coartan.
Casi nada. Que nadie se agobie, en realidad es casi todo comedia. Y una condena del greenwashing y la desigualdad, que ni tan mal.
Carri pertenece al nuevo cine argentino, que es una etiqueta como otra cualquiera. Todo el cine argentino actual es cine de supervivencia, en un arte de por sí precario. Por sus costes, tanto económicos como de tiempo, el filtro de la industria cinematográfica siempre condenará al ostracismo cualquier cosa que abandone cierto discurso conservador –porno mainstream, crisis climática, sexo y cuerpos no normativos, metacine–. ¡Caigan las rosas blancas! trata un poco de ese proceso, y se estrenó el pasado 16 de abril en España (que coproduce la cinta) tras pasar por su país y por varios festivales internacionales.
Al principio de la película, la protagonista está frustrada por rodar un producto erótico elevado como los que, se supone, demanda cierta parte del mercado. En su huida va pasando por géneros cinematográficos, todos atravesados en mayor o menor medida por la parodia: comedia, erótico (que no porno, aunque haya más sexo que en otros productos, sean estos mainstream o independientes), road movie, terror e incluso thriller o, finalmente, documental.
La historia es un poco la de cómo la protagonista, Valentina (Carolina Alamino), que ya apareció en su anterior filme, Las hijas del fuego (2018), reencuentra su propia voz artística enfrentándose a las exigencias del sistema cinematográfico. En una película en la que no hay un solo personaje masculino con diálogo, la directora y sus compañeras superarán las representaciones de género, del terror e incluso de la invisibilidad de las mismas bases de la desigualdad social, que se hunden hasta el colonialismo.

En parte, ¡Caigan las rosas blancas! es excesivamente autorreferencial, con muchos chistes internos relativos al cine de Carri y bastante autoparodia de los tópicos de los colectivos LGTBI o del cine independiente. Es, también, un collage punk en el que la artista reniega de cualquier posible atadura industrial o económica que le diga qué tipo de cine debe hacer, y una reflexión sobre de dónde vienen esos límites y como violentarlos.
En lo que nos interesa es cómo ese viaje es desde el greenwashing industrial –o, al menos, desde cierto tipo de ecologismo del cine independientemente muy bienintencionado pero muy superficial– hacia una rebelión tanto expresiva y simbólica como corporal que implica renegar de un sistema completo de codificación.
Un pastiche autoconsciente como éste implica cambios de tono brutales, y así lo hace la película en su último tercio, marcado por el contraste entre la parte documental –imágenes del viaje hacia Sao Paulo y de las calles de esta ciudad rodadas en Super8, extrayendo belleza del propio grano de la película, los colores y la convivencia sobre el asfalto– y la onírica, en la que una personificación de la mismísima Pachamama aparece para hacer de mentora de las protagonistas en su ascensión final.
La actriz española Luisa Gavasa, con su sobrenatural dicción teatral, ejecuta un monólogo en el que condena todo el sistema colonial aún presente en los países del sur global y que se da la mano con la plataforma de streaming que pretende domesticar el discurso de Valentina. En el cine y las narraciones no normativas que la Diosa Primigenia y la directora defienden, violar la naturaleza, los cuerpos y el arte que estos son capaces de producir son la misma cosa, y la rebelión es la misma desde todos ellos.
El resultado, por supuesto, es una narración poco convencional e irregular, en la que lo normal sería que algún fragmento nos expulse –bien las partes sobre el papel eróticas que son más bien cómicas, bien las oníricas o poéticas que se pueden hacer tediosas–. El camino merece la pena si uno conecta con ese tramo final, en el que el contenido se vuelve al mismo tiempo tan explícito y discursivo como subliminal. Y si comprendemos que la rebelión de las historias es la misma que la de la tierra, compartiremos la risa final de la Diosa Primigenia, más allá de nuestras identidades difusas en el envoltorio de la carne.




