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Permítanme que les cuente una historia basada en hechos publicados hace ya algunos años. Concretamente, en nuevos hallazgos sobre la biología de los plesiosaurios, en cálculos sobre tasas de extinción de especies y en algunos avances sobre aspectos ecológicos de fenómenos globales como el ocurrido hace unos 200 millones de años, momento en el que situamos a nuestra protagonista.
Kansas nadaba disfrutando del sol y del frescor del agua. Ocasionalmente, buceaba tras algún banco de peces y volvía a la superficie para calentarse y echarle un ojo a las crías. Era una plesiosaurio realmente grande, de varias toneladas de peso y la más anciana de la manada.
El animal gozaba de una vida relativamente tranquila, típica de quien se sabe en lo más alto de la red trófica. Al igual que hicieron sus padres con ella, Kansas había enseñado a su prole dónde encontrar las mejores presas, a protegerse de temporales y a desconfiar de algunos vecinos.
El mundo, aparentemente inmutable, discurría sin sobresaltos ni grandes novedades. Eso sí, Kansas tenía la sensación de que el mar ya no sabía como antaño y que hoy en día las presas parecían más pequeñas y escasas. Los adolescentes le miraban con desdén cuando hablaba de esas cosas. Y quizá tuvieran razón. Igual era su perspectiva del mundo la que había cambiado. Al fin y al cabo, ella también recordaba lo exagerada que le parecía su abuela.
Difícilmente nuestros protagonistas podían conocer los dramáticos procesos que habían comenzado miles de años atrás, alterando la química de los océanos y la atmósfera a la vez que modificando radicalmente la forma de las tierras emergidas.
La extinción masiva del Triásico-Jurásico
Pangea, el gran supercontinente, comenzaba a fragmentarse dando paso a la era Jurásica en la que los dinosaurios dominarían la Tierra. De nuevo, la corteza terrestre se ponía manos a la obra para remodelar la cara de nuestro planeta. Miles de millones de toneladas gases como óxidos de azufre y carbono pasaron a incorporarse a la atmósfera influyendo radicalmente en el clima global.
La temperatura subió produciendo la fusión de los depósitos de metano que, a su vez, alimentaron el calentamiento del planeta. Nuevos mares se abrieron e inmensos territorios pasaron a encontrarse bajo las aguas mientras otros emergían para volver a recibir la luz de un sol que recordaban mucho más joven.
Demasiados cambios como para pasar desapercibidos por la biosfera. El registro fósil nos cuenta que cerca del 80 % de las especies desaparecieron en este periodo de tiempo. Kansas no lo podía saber, pero estaba viviendo de primera mano la extinción del Triásico-Jurásico. Este tipo de eventos catastróficos se conocen con el nombre de extinciones masivas.
Transformaciones que duran millones de años
No hay nada biológicamente excepcional en que las especies se extingan, sucede constantemente. Sin embargo, durante los eventos de extinción masiva el número de desapariciones es extraordinariamente grande (normalmente se consideran pérdidas superiores al 75 % de la diversidad conocida) y se producen rápido.
Hasta la fecha, se han identificado cinco grandes eventos en los que la magnitud y velocidad de extinción rompen abruptamente la escala: tres anteriores al Triásico-Jurásico (en el Ordovícico, Devónico y Pérmico) y otro 135 millones de años más tarde, en la transición del Cretácico al Terciario, que acabó con la práctica totalidad de los dinosaurios.
Pero catastrófico, abrupto y rápido son adjetivos que evocan una imagen poco afín a la realidad. Estamos hablando de fenómenos a escala planetaria que implican inimaginables cantidades de energía. Las dimensiones de tiempo y espacio son tan grandes que incluso los momentos geológicos etiquetados como cambios drásticos pueden extenderse cientos de miles o millones de años.
Es muy difícil determinar cuánto dura un evento de extinción masiva, pero las estimaciones siempre hablan de varios millones de años –salvo quizás en el caso del Cretácico al Terciario, donde la colisión del meteorito sí que pudo causar un impacto a escalas decadales o menores–. Además, las extinciones registradas en océanos y tierra firme pueden estar desfasadas millones de años debido a complejos efectos en cadena dentro de la red de interacciones de la biosfera.
Extinciones debidas la actividad humana
Desde que la humanidad ha empezado a ejercer un efecto significativo sobre los ecosistemas (pongamos unos 10 000 años) son muchas las especies que han desaparecido directa o indirectamente por nuestra causa.
Las cifras que se barajan con los grupos más conocidos (como mamíferos, aves o anfibios) sugieren que estamos lejos de ese 75 %, pero en algunos grupos los porcentajes de especies amenazadas de extinción (especies que previsiblemente desaparecerán en un futuro próximo) se acercan al 50 %.
Respecto a la velocidad, no hay dudas. La actual tasa de extinción nos llevaría, en un tiempo geológico equivalente, a un impacto sobre la biodiversidad comparable al de las cinco grandes anteriores. Estamos, como Kansas, siendo testigos de un gran evento de extinción masiva.
Testigos de una crisis de biodiversidad
La extinción del Triásico-Jurásico duró varios millones de años y no afectó notablemente a los plesiosaurios, pero sí a la diversidad de varios grupos de moluscos gasterópodos, cefalópodos y bivalvos, esponjas marinas y algunos grupos dominantes de tetrápodos terrestres como los tecodontos.
Tras disfrutar toda su vida de las maravillas el océano, Kansas jamás se hubiera imaginado estar en medio de uno de los mayores eventos de extinción de la historia de la Tierra. Al igual que ella, podemos estar viviendo los efectos de una gran extinción en curso, pero no darnos cuenta porque somos cortos de vista.
En ciencia, ser miope es equivalente a no tener suficiente información. Necesitamos conocer más, tener mayores series temporales de datos que permitan abordar cuestiones ecológicas clave para entender qué sucede con la biodiversidad.
El impacto que hemos causado en la biosfera va camino de ser equivalente al de los eventos que desencadenaron las grandes extinciones de nuestro planeta. En esta ocasión no estamos ante un impacto de un asteroide, un fenómeno geológico global o circunstancias astronómicas incontrolables. La actual crisis de la biodiversidad reside en nuestra forma de interacción con la naturaleza. Cuanto antes abordemos el tema de la explotación de recursos, su reparto y la gestión de los residuos, antes frenaremos la tasa de extinción actual.
David Galicia. Profesor de ecología y biogeografía, Universidad de Navarra
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
Alguna buena noticia, para no tirar la toalla:
Durísimo varapalo judicial a la Junta de Extremadura por el caso de Valdecañas
Sentencia del Tribunal Supremo sobre la urbanización de Valdecañas: es ilegal de principio a fin y deberá demolerse.
La sentencia concluye que no puede ignorarse que “LA ACTUACIÓN DE LA JUNTA DE EXTREMADURA AL APROBAR EL PIR [Plan de Interés Regional en el que se permitía la urbanización] FUE CONTRARIA A DERECHO. La Administración al aprobar el PIR Marina Isla de Valdecañas actuó como si la protección del terreno no existiera y decidió transformar urbanísticamente el suelo como si de suelo sin protección alguna se tratara, adoptando una decisión fuera del orden o común modo de obrar. La actuación administrativa no era conforme a Derecho al no haber actuado la Junta de Extremadura como la primera y eficaz garante del ordenamiento medioambiental y urbanístico”.
Ecologistas en Acción se felicita por esta sentencia, que pone a cada cual en su sitio y desvela con rotundidad dónde están las verdaderas responsabilidades en este gigantesco fiasco que ha sido la construcción de Marina de Valdecañas. Algo especialmente importante en un momento de auténtico acoso y criminalización de los colectivos ecologistas que han venido defendiendo la legalidad en este caso.
Asimismo, la organización ecologista espera que la sentencia contribuya a que se deje de actuar con impunidad y prepotencia en los proyectos urbanísticos. Por eso exigirá a la Junta de Extremadura que inicien cuanto antes los trámites para la demolición del complejo urbanístico que nunca debieron alentar ni permitir.
Ecologistas en Acción recibe con satisfacción la noticia de que el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico ha revocado el permiso de importación y ha paralizado la admisión de residuos contaminados de Montenegro, recibidos por la empresa DSM para enterrarlos en el vertedero de Nerva.
Se trata, de un primer paso necesario para evitar que Andalucía se convierta en el basurero y supermercado de residuos tóxicos de Europa y de fuera de Europa. Plantean que es necesario mantener las actuaciones de inspección y control del traslado de todos los residuos peligrosos importados que llegan por barco y por carretera con destino a nuestros vertederos, en el marco del Plan Estatal de inspección en materia de traslados transfronterizos de residuos aprobado en 2021 vigente hasta 2026.
Ecologistas en Acción denunció la semana pasada la actividad de carga y descarga de miles de toneladas de sustancias tóxicas en el Puerto de la ciudad de Sevilla, con la posible doble afección: a la ciudadanía sevillana por contaminación atmosférica, y a las aguas del río Guadalquivir.
Los residuos peligrosos y no peligrosos constituyen un grave problema para los países productores, que muchos pretenden resolver con el traslado a otros países que se ocupan, bien de incorporarlos a la economía circular mediante su valorización, o bien de quemarlos o enterrarlos en depósitos permanentes.
Este último caso es el habitual en Nerva, el pueblo de Huelva que tiene a 700 metros y desde hace 25 años el vertedero tóxico. Este está gestionado por DSM Soluciones Medioambientales y ha recibido desde 2019 casi 70.000 toneladas de estos residuos de Montenegro y, por ejemplo, desde 2018, más de 100.000 toneladas tóxicas de Italia.
Si bien el Gobierno andaluz quiere prolongar la vida útil de este vertedero alargando el proceso de clausura sin decretar su cierre definitivo, la población de Nerva, numerosos colectivos onubenses y Ecologistas en Acción exigen el cierre inmediato de estas instalaciones cuya gestión es riesgosa y accidentada, perjudica su salud y su convivencia, y están colmatadas desde hace años.