Brais Lorenzo: «En los megaincendios es complicado calcular la evolución y encontrar una vía de escape»

El fotógrafo gallego lleva años documentando el abandono del medio rural en su tierra. Con el tiempo (y por desgracia) se ha convertido también en un especialista en incendios. Hace unos meses ganó el World Press Photo, uno de los premios de fotografía más importantes del mundo.
Brais Lorenzo: «En los megaincendios es complicado calcular la evolución y encontrar una vía de escape»
El fotógrafo Brais Lorenzo en un incendio forestal en Ourense. Foto: ÓSCAR PINAL

Hace un año, Galicia vivió el peor incendio de su historia. Brais Lorenzo (Ourense, 1986) lo fotografió y consiguió el World Press Photo por aquel trabajo, titulado Tierra quemada. Un reconocimiento a su labor que se suma, entre otros muchos, al premio Ortega y Gasset y al Sony World Photography Awards.

Brais no es lo que en el sector del fotoperiodismo se llama un «paracaidista», alguien que llega de improviso a una zona de conflicto y hace su trabajo con prisa, sin entender el contexto local. Él hace mucho tiempo que recorre su tierra y retrata el abandono al que está sometido el medio rural, como queda de manifiesto en su proyecto Habitar o baleiro, que está realizando junto a Cláudia Morán.

Recientemente, hablamos con Brais Lorenzo en el pódcast Climática exprés de los incendios que están arrasando miles de hectáreas, multiplicados y aumentados por el cambio climático.

¿Qué supone ganar un premio tan prestigioso como el World Press Photo?

Está por ver. El World Press Photo es el premio más relevante. Después ya estaría el Pulitzer. Siempre sueñas con conseguirlo. Estoy muy orgulloso de haberlo ganado trabajando en mi tierra, con una temática como la de los incendios forestales. Ojalá venga acompañado de mejores condiciones laborales, porque la profesión atraviesa un momento de gran precariedad. Cuando empecé a documentar incendios forestales, aprendí de grandes profesionales, que llevaban mucho tiempo en esto. Muchos de ellos ya no están trabajando por la situación laboral.

¿Cuánto tiempo llevas fotografiando el fuego?

La primera fotografía que tomé de incendios fue en la década del 2000, cuando hubo una gran oleada de incendios en Galicia. Recuerdo que estaba en un camping y nos desalojaron. De aquella vez tengo alguna imagen muy desenfocada… En 2011 comencé a trabajar como fotoperiodista. Y la triste realidad de Ourense, todos los veranos, es esa. Los incendios cada vez son mayores en superficie. También más peligrosos. Nunca te acostumbras. Al final, tienes ciertos códigos para ponerte a salvo. Lo que hago al llegar a un incendio es buscar las vías de escape, pero con los actuales megaincendios, los de sexta generación, cada vez es más complicado calcular su evolución.

¿Cuál es tu relación con el fuego?

Tengo una relación extraña con el fuego. Siento veneración por el elemento místico, mágico, bello incluso, y muy arraigado en la cultura popular gallega. Pero también conozco su capacidad de destrucción. Hay sentimientos encontrados cuando te enfrentas a un incendio.

Tendrás muchas escenas grabadas en la memoria. ¿Recuerdas alguna especialmente?

Una imagen nocturna: dos columnas de fuego. Es el incendio más grande, hasta la fecha, de la historia de Galicia, el de Seadur [en el municipio de Larouco, el 23 de agosto 2025]. Superó las 30.000 hectáreas. Se veían las montañas, esa majestuosidad del paisaje gallego con las heridas del fuego. Se veía también el cielo estrellado.

¿Qué pasa después del fuego?

Algo a lo que no atendemos tanto. Es mucho más complicado que a los medios les interese seguir hablando de las consecuencias, pero después del fuego vienen meses de ceniza, de paisaje negro, de aldeas calcinadas, de gente que ha perdido su vivienda, de pueblos que nunca volverán a ser reconstruidos… Hablamos de casas que pasaron de generación en generación, acumulando recuerdos. Supongo que nunca te repones de algo así.

Y luego está la pérdida del paisaje…

Algún dirigente político ha hablado de «monte raso», como quitándole importancia. Si hablas con expertos sobre la cantidad de años que lleva generar la riqueza que tienen esos suelos, o si hablas de los mismos árboles en términos de patrimonio, son como una catedral. Si un castaño tiene quinientos o mil años, ese es el tiempo que lleva recuperarlo.

En otro proyecto en el que participas, Habitar o baleiro, hay un reportaje llamado «Luchar contra ríos de ceniza». ¿En qué consiste?

Esa técnica se denomina mulching: se trata de esparcir paja para evitar que las lluvias arrastren las cenizas y las lleven a los ríos. Este año hemos visto muchas aldeas que se quedaban sin agua potable, abrían el grifo y salía agua negra. Hemos documentado acciones de recuperación para evitar la erosión y se ha formado una red importante de voluntariado, pero falta información y coordinación. Yo imaginaba una respuesta al estilo de lo que sucedió con el Prestige, pero se quedó en acciones simbólicas. He visitado alguna zona de alta montaña afectada por los incendios y parecía que hubiese ocurrido el día anterior: estaba prácticamente igual, incluso más erosionada por la lluvia.

¿Crees que estamos preparados para el siguiente incendio?

No, no ha cambiado casi nada. Leí que la Xunta iba a invertir más dinero, bienvenido sea, pero no sé si es para prevención o para la actuación cuando hay un incendio activo. Hay que anclar población en el medio rural, trabajar la tierra, relacionarnos con el medio, tener animales que propicien ese paisaje mosaico del que siempre se habla, que es un cortafuegos natural, un perímetro de seguridad para que los incendios no se acerquen tanto.

Un bombero forestal me dijo que antes, cuando un incendio se aproximaba a una aldea, era una oportunidad para pararlo. Ahora es todo lo contrario: el peligro es máximo, porque está todo abandonado y eso provoca que haya una masa forestal continuada que llega prácticamente hasta las puertas de las casas, muchas de ellas también abandonadas. Ahora que hablamos del problema de la vivienda, se podrían fomentar medidas para la vuelta a las zonas rurales.

Cuando en un incendio forestal comienzan a aparecer vecinos y vecinas con batefuegos, con ramas con las que apagan los incendios, tienen una capacidad de extinción que a mí me sorprende. La gente de las aldeas son los guardianes del territorio. Creo que, en muchos casos, deberían percibir algún tipo de remuneración.

¿Es un problema de abandono?

Cuanto más abandono, más combustible disponible. Los megaincendios actuales están relacionados con el calentamiento global: si analizas la serie histórica, incendios hubo siempre, de hecho hay menos incendios que antes. ¿Qué está pasando entonces? Que cada vez son más peligrosos, más grandes, son prácticamente inasumibles para los equipos de extinción y esto, sumado a las condiciones climáticas, y en el caso de Galicia al abandono rural, es una suma de ingredientes para la catástrofe.

¿Qué has aprendido del fuego?

A respetarlo y a temerlo. Y a entender que es algo incontrolable. Por muchos códigos que tengas, de repente vemos cómo fallece un bombero forestal con décadas de experiencia. He visto situaciones en las que la cabeza del incendio avanzaba hacia un lado, parecía que ya había pasado el peligro, y de repente daba la vuelta y te rodeaba por otro sitio. Cada vez son más impredecibles. Son auténticos monstruos. Y cuando se producen varios a la vez generan una nube tóxica (pirocúmulo) y el propio incendio crea su propia meteorología, sus propias condiciones atmosféricas, que pueden producir tormentas, rayos, incluso puede llover. Yo eso lo he visto, estar en un incendio y, de repente, sentir gotas. Como es un problema estacional, cuando llegan el invierno y la temporada de lluvias nos olvidamos.

En otro reportaje fotografiaste una viña que se salva del fuego…

Hay muchas iniciativas en Galicia, mucha gente que resiste con muchísimas dificultades, sin recibir demasiadas ayudas. Por ejemplo, ahora se me viene a la cabeza la gente de Piornedo, de Os Ancares, de Carcacía que tienen vacas y los animales ayudan a preservar el territorio. A su vez, siguen plantando el centeno para preservar los techos de las pallozas, que son construcciones muy antiguas, también abandonadas por parte de la Administración. Simplemente el hecho de tener una explotación con viñedos, de trabajar la tierra, de recuperar las plantaciones autóctonas, hace que el fuego avance más lentamente frente a otras especies pirófitas, que lo propagan más rápidamente. Todas estas cuestiones deberían ser analizadas para tener una ordenación del territorio mucho más clara y estar preparados.

También recuerdo ahora a la gente de Casaio y de A Veiga, donde está Pena Trevinca, la montaña más alta de Galicia. Ahí tienen iniciativas de senderismo, de turismo, de actividades culturales, gente que lucha por permanecer en el territorio, por preservarlo… Creo que las administraciones deberían ofrecer ayudas para incentivar este tipo de iniciativas.

¿Qué te enseñó tu padre?

Me enseñó a respetar la naturaleza, a mantener un vínculo con el rural. En ciertas cosas fue muy visionario: me decía que tener este monte era importante, porque en algún momento habría que tener espacios para ir a respirar, porque con toda la contaminación que sufre el planeta, pues a lo mejor habría un momento en que la gente tendría que escaparse de esos lugares para respirar.

Él tenía una de esas empresas que anclan la población al territorio, ¿no es así?

Sí, exacto, mi abuelo hacía vino y mi padre se metió un poco a hacer vinagres. Apostó por esa vía para aprovechar un residuo. Y ahora que él no está, estamos intentando conservar la empresa. Y quién sabe, si la fotografía no funciona, pues a lo mejor mi idea es acabar viviendo cerca de esta bodega y conservar un poquito su legado.

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