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Gobiernos, empresas, instituciones financieras y sociedad civil, entre otros, tienen en sus manos la responsabilidad de traducir el conocimiento científico y los avances tecnológicos en acción para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y, en paralelo, adaptar las ciudades a una nueva realidad climática. Es decir, para que las soluciones climáticas pasen del papel a la realidad se necesita que un conjunto de actores, con poder, recursos y competencias, lidere con ambición y determinación las transformaciones que exige un planeta que ya roza el +1,5 ºC respecto a la era preindustrial.
El antropólogo climático y científico titular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Emilio Santiago Muiño resalta la necesidad de identificar y señalar a estos actores, pero teniendo en cuenta que «no son monolíticos ni completamente independientes entre sí». Al contrario: sufren tensiones internas y están atravesados por la influencia de otras agencias y actores.
Más que pensar el actor climático como un sujeto bien delimitado –el Estado, las empresas, los ciudadanos–, «conviene aceptar una realidad en la que la acción y las soluciones son el producto de un abigarrado enjambre de relaciones», aclara el experto. No obstante, el ejercicio de saber quiénes son, añade Pedro Zorrilla Miras, coordinador de campañas contra el cambio climático de Greenpeace, es «indispensable» para entender los pasos que se están dando, vislumbrar todo lo que aún falta por hacer y exigir responsabilidades.
1. Estados con influencia global
El Estado es el actor histórico por excelencia en cuanto a solución de problemas. Muchos organismos internacionales dependen en el fondo de decisiones mediadas por Estados. Y en este nivel no todos tienen el mismo poder: existe un número pequeño de Estados que, por su capacidad militar, económica, tecnológica, o en este caso por su peso climático (emisiones, población, control de tecnologías de descarbonización, sumideros ambientales), tienen una alta capacidad de influencia en la resolución de la crisis climática, que además es, en última instancia, un problema global.
Muiño explica que el clima es un asunto que se juega, de modo especial, en China y EE. UU., «cuyas decisiones gubernamentales tienen un efecto de arrastre mundial». Y en menor medida en la Unión Europea, el actor colectivo que primero rompió el dilema del prisionero climático –un escenario no cooperativo– y que durante tres décadas ha sido un baluarte del compromiso climático y un foco de inspiración mundial. China, apostando en el último lustro a puro vértigo por las renovables, es un ejemplo de cómo un país con influencia global está haciendo bien los deberes. Estados Unidos es el ejemplo opuesto.
Qué están haciendo bien
Apostar por una agenda verde, que años después de su arquitectura se sostiene más por inercia que por convicción.
Qué no están haciendo
No están consolidando los avances. Muchos de estos países están levantando el pie del acelerador en soluciones baratas, maduras y eficaces, como las renovables.

2. Las administraciones
Son todas las entidades administrativas capaces de impulsar políticas públicas, las herramientas que permiten reconfigurar las relaciones sociales de modo duradero. Si el Estado es un actor clave, lo son también los partidos y los líderes políticos en tanto interfaz colectiva que media el ejercicio de poder en los Estados democráticos.
«Estas administraciones y estos dirigentes tienen la misión de movilizar a la población, convencerla de las nuevas medidas, de todas las ventajas que tienen y de la necesidad de esta transición justa, energética y ecológica», afirma Zorrilla.
En España, los ayuntamientos que están adoptando medidas para fomentar la movilidad sostenible, creando refugios climáticos, reverdeciendo espacios hormigonados, como Barcelona, València y Vitoria, son un ejemplo dentro de este grupo. Valladolid, con su ordenanza municipal de retirar varios carriles bici y vías específicas para autobuses –decisión ilegal, según el Tribunal Supremo–, camina en la dirección contraria y forma parte de los tantos poderes ejecutivos que, en los cinco continentes, desaprovechan sus competencias para implantar soluciones.
Qué están haciendo bien
Entre otras cuestiones, están aplicando diferentes normativas y reglamentaciones de mitigación y adaptación en las ciudades, transformando la movilidad, aumentando las zonas verdes, rehabilitando las viviendas, etc.
Qué no están haciendo
Muchas administraciones están colocando parches y soluciones incompletas para evitar avanzar en las reformas estructurales que exige la crisis climática.
3. La sociedad civil
El Estado ejecuta políticas públicas que dan forma a la vida social, pero estas tienen que venir «legitimadas» por la sociedad civil y contar con un consentimiento popular para ser eficaces. Según Muiño, va más allá de los movimientos sociales y ecologistas: incluye fuerzas empresariales, sindicatos, organizaciones técnico-profesionales, la academia científica, los medios de comunicación, el campo de la cultura y las congregaciones religiosas, entre otras.
Una parte fundamental de la acción climática, señala, vendrá no tanto de las grandes luchas y movilizaciones, sino de acciones menos «épicas»: trabajo académico, periodismo o proyectos con capacidad de irradiación cultural de nuevas estéticas y nuevos valores. La lucha de las organizaciones ambientales y las agrupaciones de jóvenes por el clima, presentes en muchos países, integran esta categoría.
Qué están haciendo bien
La sociedad civil es, por supuesto, la principal oposición frente al poder inquebrantable de las industrias contaminantes. Y es la que tiene capacidad tanto de organización y como de forzar las posibles soluciones.
Qué no están haciendo
La adopción a gran escala, sobre todo en los países del norte global, de estilos de vida más sostenibles y alineados con los límites planetarios.

4. Mercado y empresas
Tienen la capacidad de transformar sus modelos de negocio para reducir su impacto ambiental y adoptar prácticas menos contaminantes. Esto incluye invertir en tecnología limpia, mejorar la eficiencia de sus cadenas de valor y desarrollar productos y servicios con menor huella de carbono.
Las empresas como actores de la sociedad civil tienen un margen de maniobra para actuar con compromiso climático –o no–; y los mercados pueden ser actores impersonales con su «fuerza arrolladora» para contagiar aires de cambio o perpetuar el statu quo.
Ejemplos hay muchos. La mayoría con soluciones silenciosas y sin vidriera, como las empresas andaluzas de frutas y verduras Keops Agro, Biosabor, Hortofrutícola Poli, Hortovillamanrique y Cuna de Platero, que en 2024 lograron su certificación en agricultura regenerativa por cambios productivos para mejorar la fertilidad y la salud de los suelos. Las grandes firmas de este sector podrían dar pasos en este sentido para cambiar el modelo agrícola, pero no lo están haciendo.
Qué están haciendo bien
La mayor baza en esta coyuntura geopolítica convulsa para evitar un desastre climático es la ventaja de mercado de las energías renovables. Y en eso sí se están empleando bien los actores mercado y empresas.
Qué no están haciendo
Ver el largo plazo y agilizar la eliminación de los combustibles fósiles en muchos sectores que pueden ser electrificados es uno de los principales problemas.
5. Instituciones financieras
Las instituciones financieras juegan un papel importante al dirigir el capital hacia proyectos sustentables y desinvertir en aquellos con alto impacto climático. Su rol es clave debido a que la transición energética y ecológica exige priorizar inversiones con ventajas para el conjunto de la ciudadanía y para el bienestar general a largo plazo, que no mire únicamente los rendimientos económicos a corto plazo.
La mayor gestora de activos del mundo, BlackRock –con 11,13 billones de euros bajo gestión–, es un ejemplo de cómo un actor de peso dentro de esta categoría puede decantarse por el capitalismo fósil: ha abandonado la alianza Net Zero Asset Managers Initiative (NZAMI), un grupo internacional de gestores de activos comprometidos con el objetivo de reducir las emisiones en 2050.
Qué están haciendo bien
Las instituciones financieras están contribuyendo en proyectos bajos en carbono y, por otra parte, descarbonizando sus propias operaciones.
Qué no están haciendo
Romper con el financiamiento masivo y millonario a los combustibles fósiles.
6. La industria fósil
Al ser la principal fuente de emisiones, representando más del 75% de las cifras mundiales, esta industria, con una mirada a largo plazo, podría aprovechar su enorme poder –controla cerca del 80% de la demanda mundial de energía primaria– para «subirse al carro de la transición energética» y acelerar la descarbonización de las economías.
Repsol, por ejemplo: de toda la energía que produce la petrolera española solo una fracción mínima (un 1,28%) procede de renovables.
Qué están haciendo bien
No hay aspectos positivos.
Qué no están haciendo
La industria fósil no está liderando, como sí había prometido y vendido, la transición energética.

7. Individuos en comunidad
Las personas de a pie. El marco neoliberal –describe Muiño– incide mucho en poner el acento en los individuos como factor de cambio. «Creo que es un mensaje erróneo y que puede llegar a ser contraproducente cuando sirve de parapeto para eclipsar la dimensión social y política del problema. Aunque los individuos sí tenemos margen de maniobra y capacidad de decisión», subraya.
La importancia de este actor radica en la capacidad de contagio en nuestros entornos comunitarios. «Por eso, a un nivel más molecular, las decisiones vitales y biográficas suponen otro elemento de agencia fundamental, especialmente cuando se da el salto de escala del individuo al grupo», afirma.
Las 100 personas españolas que participaron de la Asamblea Ciudadana que le entregó al Gobierno 172 medidas para afrontar la crisis climática es un ejemplo muy gráfico de este grupo.
Qué están haciendo bien
Organizarse en distintos colectivos –agrupaciones vecinales, asambleas climáticas, ONG, etc.– para aunar fuerzas en la exigencia de soluciones a la crisis climática.
Qué no están haciendo
Transformar ese aumento de la organización en una presión social sostenida que rompa la inacción climática.




