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Hablar de Emilio es, para mí, hablar de una de esas personas que dejan huella de verdad: por su inteligencia, por su entrega, por su manera de entender el trabajo y, sobre todo, por su manera de entender la vida. Su pérdida nos deja un vacío enorme, pero también nos deja el privilegio de haber compartido camino con alguien profundamente valioso.
Emilio fue un gran científico y una figura esencial para el Centro de Investigación Atmosférica de Izaña, pero reducirlo solo a sus méritos profesionales sería quedarse muy corto. Quienes tuvimos la suerte de conocerlo sabemos que, por encima de todo, Emilio era un hombre de convicciones. Era un defensor a ultranza de la justicia. Si algo le parecía injusto, no miraba hacia otro lado, no se resignaba, no lo dejaba pasar. Luchaba hasta el final, con firmeza y con una determinación poco común, para que se reconociera lo justo. Esa manera de ser lo definía profundamente: no era una pose ni una actitud puntual, era parte de su esencia.
También era imposible no admirar el amor con el que hacía su trabajo. Para Emilio, la ciencia no era simplemente una profesión: era una pasión auténtica, una forma de estar en el mundo. Recuerdo especialmente el día en que visité por primera vez el Observatorio de Izaña y me hizo una visita con todo lujo de detalles. Lo hizo con tal entusiasmo, con tal dedicación, con tal deseo de compartir todo lo que allí se hacía, que casi pierdo el barco de vuelta a Gran Canaria. Ese recuerdo lo retrata muy bien: Emilio era alguien capaz de entregarse por completo a explicar, a enseñar, a contagiar interés y asombro. Cuando hablaba de su trabajo, hablaba también de una parte muy profunda de sí mismo.

Su trayectoria científica habla por sí sola. Emilio dedicó su vida al estudio de la atmósfera, al conocimiento riguroso de sus procesos y a la observación de aquello que muchas veces no vemos, pero que determina nuestro presente y nuestro futuro. Su trabajo fue decisivo para consolidar Izaña como un centro de referencia en la observación atmosférica y en el seguimiento de la composición de la atmósfera y del cambio climático. Desarrolló una labor muy destacada en el estudio del ozono atmosférico, aerosoles –principalmente de origen desértico–, meteorología subtropical… líneas en las que dejó contribuciones científicas de enorme valor. Fue autor de numerosos trabajos y participó en investigaciones que dieron proyección internacional al observatorio y al trabajo realizado desde Canarias. Pero incluso ante todo eso, Emilio nunca perdió algo muy importante: siempre reconocía el trabajo en equipo. Sabía liderar, sabía exigir, sabía empujar, pero también sabía reconocer que la ciencia se construye entre muchos, desde el esfuerzo compartido.
Y es que Emilio tenía una cabeza que iba por delante del resto. Veía antes, pensaba más allá, anticipaba escenarios con una rapidez admirable. Eso hacía que fuera también muy exigente, primero consigo mismo y después con los demás. Preparaba todo de forma meticulosa. No dejaba nada al azar. Cuidaba los detalles, revisaba, afinaba, volvía a pensar. Quería que las cosas salieran bien, no por afán de perfección vacío, sino por respeto al trabajo, por responsabilidad y por compromiso. En tiempos en los que a veces se premia la prisa o la superficialidad, Emilio representaba justamente lo contrario: el rigor, la profundidad y la seriedad bien entendida.
Tenía, además, ese rasgo tan suyo, tan genuino, que también lo hacía inolvidable: no le gustaba ponerse corbata, ni siquiera en reuniones de alto nivel. Y en ese gesto, aparentemente pequeño, había también una declaración de principios. Emilio era así: auténtico, libre, poco dado a las formalidades vacías. Lo importante para él no era la apariencia, sino el contenido; no el protocolo, sino el sentido; no la fachada, sino la verdad de las cosas. Y quizá por eso imponía tanto respeto: porque detrás de su enorme capacidad había una persona profundamente honesta. Pero a pesar de su aspecto serio, en el plano cercano y más personal, Emilio tenía y mostraba un gran y entrañable sentido del humor.
Se suele decir que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. En el caso de Emilio, yo diría que esa imagen se queda corta, porque él tuvo la fortuna de tener no una, sino tres grandes mujeres en su vida: su esposa y sus dos hijas. Una familia maravillosa, de esas que uno no solo admira, sino que siente como una parte inseparable de la persona a la que ha querido y respetado. Hablar de Emilio es también pensar en ellas, en el amor, el apoyo y la fortaleza que lo acompañaron siempre. Y es imposible no sentir que una parte esencial de lo que fue Emilio también estaba ahí, en ese hogar, en esa familia, en ese vínculo lleno de cariño.
Hoy despedimos a un compañero excepcional, a un científico brillante y a una persona íntegra. Pero también despedimos a alguien que vivió con pasión, con honestidad y con una fidelidad absoluta a lo que creía justo. Nos queda su ejemplo, nos queda su obra, nos queda su manera de hacer las cosas y de defenderlas. Nos queda su memoria en Izaña, en la ciencia, en quienes trabajaron a su lado y en quienes aprendimos de él.
Para terminar me gustaría recordar las palabras que le dediqué en el apartado de Agradecimientos de la memoria de mi Tesis Doctoral: «Gracias de corazón a mi compañero y gran amigo Emilio Cuevas. Sin su apoyo, sin su insistencia, sin sus consejos, sin su tenacidad, esta tesis no hubiese sido posible. Ha sido una persona fundamental en estos últimos años en mi carrera profesional y seguirá siéndolo ahora en esta nueva etapa de su vida. Gracias Emilio por tantos sabios consejos«.
Descansa en paz, Emilio.
David Suárez es el delegado territorial de la AEMET en Canarias.




