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Este reportaje se publicó originalmente en la revista de ‘La Marea’. Puedes conseguir un ejemplar aquí o suscribirte en su kiosco.
No es una palabra canaria, pero forma parte de la idiosincrasia del archipiélago. La calima, como se conoce de forma coloquial a las intrusiones de polvo procedentes del continente africano, es un evento meteorológico adverso tan presente en las islas Canarias como lo son los vientos alisios.
Al igual que las partículas en suspensión que salen principalmente del Sáhara, el término de calima (que, siendo estrictos, solo se puede definir así cuando hay reducción de visibilidad) ha traspasado fronteras y cada vez se conoce más en la península y resto de Europa tras sufrir en los últimos años un aumento de estos episodios.
La calima, sobre todo cuando es muy intensa, tiñe de naranja el cielo dejando una estampa de película apocalíptica. También, como se puede ver en las fotografías que acompañan a este texto, es capaz de dejar imágenes atípicas e incluso bellas. Aun así, sus implicaciones van más allá de lo visual.
Las intrusiones de partículas desérticas tienen consecuencias sobre la salud, la biodiversidad, el clima, la aviación o la energía. En un contexto de cambio global (cambio climático, pérdida de biodiversidad, adicificación de los océanos, contaminación…), cada vez es más necesario entender y, sobre todo, adoptar medidas para prevenir, gestionar y mitigar los episodios de calima.

Química y clima
Para comprender la calima, hay que mirar hacia el norte de África. Gran parte del polvo que llega proviene de lechos de antiguos lagos que se secaron tras la última glaciación. Al observarse bajo el microscopio, estas partículas revelan vestigios de microalgas de hace miles de años. Asimismo, es importante saber que existen diversas «fábricas» de polvo, es decir, no todo proviene de un único punto. Desde las estribaciones del Atlas y las zonas costeras de Túnez y Argelia, hasta depresiones en Chad y Mali. Por ello la composición química de la calima varía según su origen geográfico: puede ser rica en calcio y carbonatos si viene del noreste de Argelia, o en hierro y silicio si procede del sur de ese país y el norte de Mali. Además, en su viaje hacia el Atlántico, el polvo puede mezclarse con contaminantes industriales (sulfatos, metales pesados) al cruzar zonas de refinerías y fábricas en el norte de África.
La relación entre la calima y el clima es bidireccional y compleja. Por un lado, el calentamiento global está exacerbando las condiciones para que se produzca más polvo. El aumento de temperaturas y la sequía incrementan la desertificación, dejando más suelo erosionable expuesto al viento. Se estima que las emisiones mundiales de polvo han crecido un 25% desde finales del siglo XIX, atribuyéndose más de la mitad de este aumento directamente al cambio climático.
Sin embargo, y a diferencia de la percepción que puede tener la gente, los datos recientes en Canarias muestran que actualmente hay menos días de calima al año, pero los episodios son mucho más intensos. Mientras que en los años ochenta se registraban unos 40 días de polvo anuales, la media reciente ha bajado a 24 días. No obstante, hemos vivido eventos extremos sin precedentes, como las «supercalimas» de 2020 a 2022, que saturaron los medidores de calidad del aire con concentraciones de partículas nunca vistas desde que hay registros estandarizados. Esto sugiere un cambio de patrón hacia eventos más esporádicos pero virulentos, impulsados por cambios en la circulación atmosférica y sistemas de alta presión inusuales.

A su vez, el polvo afecta al clima. Las partículas minerales actúan como núcleos para la formación de nubes y pueden influir en la temperatura, enfriando o calentando la atmósfera según su altura. Incluso se ha descubierto que la carga de polvo sahariano duplica la intensidad de los episodios de granizo en Europa. También se está estudiando si el polvo tiene un efecto freno sobre los huracanes en el Atlántico, ya que el aire seco y polvoriento suprime la energía que los ciclones necesitan para crecer.
Los impactos de la calima
La consecuencia más peligrosa (y muchas veces minimizada) de las intrusiones de polvo tiene que ver con la salud. Las partículas respirables (PM10 y PM2.5) agravan enfermedades respiratorias y cardiovasculares. Son múltiples los estudios científicos que vinculan los días de calima intensa con un aumento significativo en la mortalidad por insuficiencia cardíaca, por ejemplo.
En los ecosistemas, la calima es un arma de doble filo. Funciona como un fertilizante transoceánico: aporta fósforo vital para la selva amazónica y hierro para el fitoplancton marino, que a su vez genera oxígeno y captura dióxido de carbono. Sin embargo, también puede dañar cultivos, acelerar el deshielo de glaciares al oscurecer la nieve (como en los Pirineos) y estresar arrecifes de coral en el Caribe.
Muchos de los estudios científicos sobre la calima se hacen en torno al sector aeronáutico ya que son quienes más sufren las partículas de aerosol desérticas. En febrero de 2020, un episodio histórico de calima en Canarias paralizó el tráfico aéreo de todos los aeropuertos canarios por primera vez, afectando a miles de vuelos y generando pérdidas millonarias. Asimismo, a nivel energético, el polvo reduce drásticamente la eficiencia de la solar fotovoltaica, ensuciando paneles y bloqueando la radiación, lo que supone también pérdidas de millones de euros en producción energética durante grandes episodios.

En conclusión, la calima no es solo arena en el viento, es un sistema circulatorio del planeta que transporta nutrientes, patógenos y minerales. En un contexto de crisis climática, comprender su evolución –hacia episodios menos frecuentes pero más extremos– es vital para adaptar nuestras ciudades, proteger nuestra salud y gestionar nuestros recursos.
Día con calima vs día sin calima


Dunas de Maspalomas, Gran Canaria.


Vista de la costa de Maspalomas, Gran Canaria.


Las cinco torres de Madrid desde Rivas-Vaciamadrid.

Durante cinco años, el periodista Eduardo Robaina ha recopilado imágenes de partículas en suspensión y las ha reunido en el fotolibro ‘Calima’, editado por Fuerte Letra. En él hace un recorrido divulgativo sobre este fenómeno meteorológico capaz de alcanzar lugares tan lejanos como la Amazonia.





La calima es un fenómeno impresionante, pero también preocupante por sus efectos en la salud y el medio ambiente. Recuerdo una ocasión en la que el cielo se volvió completamente naranja, y aunque era visualmente impactante, me hizo pensar en cómo estos eventos pueden afectar la biodiversidad local. ¿Alguien ha notado cambios en la flora o fauna de su zona durante o después de una calima? Es fascinante pero inquietante al mismo tiempo.
Hay una contaminación que no ocupa espacio.
Que no tiñe el agua de oscuro.
Pero que está ahí y que avanza sin control.
Hace unos días te hablábamos de nuestro informe sobre contaminación difusa en espacios naturales y muchas personas nos han respondido con impotencia y enfado.
Y, sí, es fácil sentirse impotente frente a cuestiones que, pensamos, se nos escapan de las manos. Pero aquí estamos para demostrar que hay otra forma de relacionarnos con el territorio.
No como algo que explotamos, sino como algo que cuidamos.
Y eso precisamente es la custodia del territorio, una herramienta que en SEO/BirdLife usamos desde hace décadas: un compromiso voluntario entre personas y entidades para conservar fincas, montes, riberas y paisajes con valor ecológico.
Un acuerdo para decir: “Este lugar importa y vamos a hacernos responsables de él”.
Gestionamos 14 reservas ornitológicas que suman 13.365 hectáreas. Además, mantenemos firmados 140 acuerdos de custodia del territorio en todo el país, que suponen unas 41.530 hectáreas de terrenos de gran interés natural y ornitológico.
Son acuerdos con propietarios privados y públicos, con asociaciones de vecinos u organizaciones locales:
– para conservar humedales y lagunas amenazadas;
– para trabajar en la prevención de incendios;
– para reforestar montes que fueron explotados durante años;
– para acompañar a ganaderos y agricultores a recuperar prácticas tradicionales que favorecen a especies como las aves esteparias;
– o son acciones de restauración ecológica que ponemos en marcha en terrenos para recuperar la vida de suelos, riberas y bosques degradados.
Nuestro objetivo es devolver a la naturaleza parte de todo lo que nos da y ofrecer a las aves un hábitat seguro, y aquí es donde te necesitamos.
Conservar nuestro entorno natural es proteger nuestro presente y nuestro futuro. Es urgente defender los espacios que hoy viven amenazados.