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El pasado lunes 7 de septiembre, desde el colectivo climático Contra el diluvio lanzamos la propuesta de una nueva organización de acción contra los efectos del calentamiento global: CRAC!, siglas de Colectivo de Respuesta y Autodefensa Climática.
La propuesta es, esperamos, sencilla de entender, aunque reconocemos que tiene sus complicaciones a la hora de llevarla a la práctica: actuar de forma directa en lo que denominamos “la tormenta y el desierto”, las olas de calor (más de 60 en este último verano terrorífico en territorio español, que han causado más de 5.000 fallecimientos prematuros) y los fenómenos extremos como la dana que azotó hace casi dos años la Comunitat Valenciana, pero también los megaincendios, de voracidad y velocidad jamás vistas, que han convertido este estío en el peor de la historia del país en cuanto a tierra quemada.
En ocasiones, la adaptación se reduce a la protesta ante la inacción de las instituciones o a los gestos simbólicos que exigen pueblos, ciudades y barrios mejor adaptados a lo que venimos a denominar el nuevo clima. Nuestro análisis es claro: no es suficiente. La acción climática necesita involucrarse personal y físicamente, con sus manos y su fuerza, en paliar el ataque coordinado del lobby fósil. Atendiendo a la población más vulnerable cuando el calor aprieta y la gota fría descarga; estableciendo sistemas de alerta temprana sobre el terreno; organizando piquetes climáticos para informar a los trabajadores de sus derechos cuando se prevé temporal; y, por supuesto, señalando y presionando a los responsables no solo de darle alas a los combustibles fósiles, también de la inacción e incluso de la burla mientras nuestro país se convierte en un polvorín, recalentado y a punto de explotar.
El paso de la adaptación a la autodefensa no obliga solamente a la atención de las poblaciones más vulnerables ante el clima extremo, como una suerte de voluntariado puntual. Queremos aplicar el cuidado y el apoyo mutuo como recetas indispensables ante este nuevo clima; y que CRAC! no solamente ayude a acondicionar refugios climáticos, sino que sea, en sí mismo, uno.
Hemos pensado mucho en los últimos años en el concepto de refugio climático desligado de su dimensión física. Es imprescindible que sea un lugar fresco, a la sombra, que baje el mercurio; desde luego. Pero erramos si lo consideramos el único requisito. Es imprescindible un vínculo emocional y afectivo que convierta el confort en una cuestión no solamente térmica, porque –por mucho que nos empeñemos– las afinidades humanas, las decisiones sobre con quién juntarse y dónde hacerlo (ni a quién votar, ni cómo moverse) no se toman únicamente mirando el termómetro. El refugio climático es una red de afectos. Una familia que acoge y cuida es un refugio; un club de lectura en una biblioteca con tu gente, tus temas y tus valores es un refugio; un grupo de amigues es un refugio; y una militancia climática que reivindique para sí la alegría de la acción climática, un espacio sano y alejado de las toxicidades y las violencias también clásicas del sacrificado y aguerrido izquierdismo, es un refugio.
Bajo el chorro del aire acondicionado, claro. Pero no solo.
No solo hay que irse al caso extremo, a la persona que pierde la vida bajo la riada o bajo el calor, para entender cómo la crisis climática nos está impactando, salvo los que mantienen el privilegio de la climatización perenne, la piscina privada y la mercantilización de la vida ajena. Estamos más reactivos, nos cuesta descansar, nos cuesta concentrarnos. La atmósfera recalentada empeora todo lo que ya de por sí iba cuesta abajo; los precios, los ánimos, la sensación de bochorno y agresividad de una sociedad en plena espiral reaccionaria. Necesitamos red y necesitamos refugio, porque nadie está a salvo hasta que no estemos todos y todas a salvo. Y en ese sentido, tenemos la necesidad ineludible de cuidar no solo el fondo, las acciones, sino también las formas; el cómo nos conformamos, lo que hacemos cuando no estamos actuando, el cómo nos tratamos, lo que hacemos para sobrevivir.
Quienes conformamos Contra el diluvio tenemos experiencia en la militancia. No solo climática. Hemos vivido asambleas interminables, tensiones absurdas que tienen que ver más con la identidad y el orgullo que con el programa, supuestas diferencias políticas que enmascaran cuitas personales; violencias de todo tipo en supuestos espacios seguros. Pero no hace falta que la organización sea abiertamente tóxica para que sea desagradable. Aunque pueda sonar naif, creemos en una militancia alegre; que genere adherencia en vez de preocupaciones, cansancio y, en último término, un burnout que convierta a comprometidos activistas en cínicos desapegados y limite la implicación de personas valiosísimas, en lo político y en lo humano. Es mucho más útil para cualquier causa un compromiso sostenible y, por tanto, sostenido en el tiempo que los golpes ideológicos en el pecho que se disuelven como azúcar en el café ante la excesiva carga.
Pero no solo por su utilidad, que puede convertirse en utilitarismo. También por un mandato climático y moral irrenunciable. Si CRAC! no es un espacio –físico, mental y emocional– en el que apetezca estar, sino uno del que se sale con una lista interminable de tareas, deja de ser un tercer espacio en el que desarrollar una identidad y un sentimiento de pertenencia para convertirse en un primer espacio. Otro trabajo. Otra tarea más que añadir a una rutina que ahoga en un clima cada vez más enrarecido. Ni es lo que queremos ni nos lo podemos permitir. No tenemos la receta definitiva y es más que probable que repitamos vicios del pasado, pero nuestra intención es férrea. Y tenemos ideas e intuiciones.
El compromiso de CRAC! con la acción física, tangible y manual no se circunscribe a la acción directa. Queremos que los espacios en los que desarrollemos la acción climática sean espacios de utilizar las manos más que el móvil; un mandato irrenunciable en términos amplios de salud en tiempos de hiperdigitalización, AI slop y estímulos constantes. Queremos trabajar el material, moldearlo, volver a imprimir y repartir octavillas, dibujar y escribir en fanzines colaborativos y desarrollar vínculos entre nosotres que vayan más allá del canal de WhatsApp, el grupo de Telegram y el mail con una lista interminable de obligaciones. Muchos tenemos trabajos de pantalla, probablemente inútiles socialmente, que no aportan más que números en la cuenta bancaria del ladrón de plusvalía. La militancia no puede convertirse en un trabajo más.
Hay quien piensa que todo esto no importa, que no hay nada que no pueda solventar la fuerza de voluntad transformadora, la infinita capacidad de sacrificio del activista que todo lo puede. Se equivocan. Podemos ser una organización seria como la que más pero que no deje de ser, en cierto punto, divertida; que cultivemos la complicidad, que haya momentos de distensión y buenos ratos, abandonando la concepción tan ridículamente masculina del rictus como sinónimo de compromiso.
Y, por supuesto, queremos que sea una militancia colaborativa, abierta, flexible y, sobre todo, ágil a la hora de establecer colaboración y alianzas con otras organizaciones en nuestra trinchera, en la del lado correcto de la historia. En este nuevo clima se exige una respuesta; y la respuesta tiene que ser rápida o no será. No hemos inventado la rueda y somos plenamente conscientes de que cabalgamos sobre hombros de gigantes; ya hay mucha y buena militancia climática que piensa sobre esto, que se moja, que se mancha, que sigue luchando contra el viento y la marea de la reacción y el calentamiento. Venimos a ofrecer una mirada alternativa pero que en enfoques y acciones concretas coincide con lo que ya se está haciendo y lo que se va a hacer. Y no pasa nada. ¿Coincidimos? Colaboremos. “Si empezar cualquier cosa es crear divisiones, excluir otras posibilidades, ejercer influencia en favor de las ideas propias, y si hacerlo sin un previo mandato o precedente es actuar de forma ilegítima […], entonces la iniciativa es algo inherentemente sospechoso, sin importar qué tan relevante o útil sea”, escribe Rodrigo Nunes en Ni vertical ni horizontal.
No somos sospechosos ni queremos serlo de dividir, de enfrentar, de venir a fragmentar el movimiento climático. Queremos aportar una nueva mirada, un nuevo impulso y, quién sabe, una nueva época en el movimiento climático. Es un momento muy ilusionante, de efervescencia, para nosotros; y queremos contagiarlo como antídoto al pesimismo de estos tiempos raros. Contamos contigo: prometemos no quemarte para, así, poder caminar y construir sobre las brasas.

