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La Conferencia de Diversidad Biológica (COP17) de Naciones Unidas encara sus últimas horas pendiente de varios acuerdos que puedan mantener vivo el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal. La cumbre, que se celebra estos días en Ereván, Armenia, busca acelerar los esfuerzos nacionales e internacionales para frenar la crisis de biodiversidad. Tras dos semanas de reuniones intensas a todos los niveles, ¿qué resultado podemos esperar? Analizamos tres cuestiones clave que merece la pena seguir de cerca.
¿Vamos en el buen camino?
El Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal, aprobado en diciembre de 2022, fijó 23 metas ambiciosas para detener y revertir la pérdida de biodiversidad antes de 2030. La COP17, emplazada a medio camino entre la firma del acuerdo y el final de la década, es la primera cumbre que tiene que analizar hasta qué punto estamos avanzando hacia esos objetivos, identificar en qué aspectos se están quedando rezagados los países y marcar una hoja de ruta para acelerar la acción durante los próximos cuatro años. Y es que, aunque todavía no existe un balance definitivo aprobado por la COP17, las reuniones preliminares apuntaron a que el ritmo al que hemos avanzando estos últimos años es insuficiente.
De acuerdo con el informe State of Biodiversity Action, publicado por la ONU justo antes del inicio de la cumbre, cerca del 90% de las 196 partes que forman el Convenio sobre la Diversidad Biológica ha establecido metas nacionales en materia de biodiversidad y el 60% ha elaborado estrategias y planes de acción nacionales. Sin embargo, menos de la mitad de las metas nacionales evaluadas para el informe va por buen camino. El nivel de ambición sigue estando por debajo del objetivo de proteger el 30% del planeta para el año 2030 y persisten carencias importantes en materia de financiación, cooperación o transparencia de los datos.
El dinero, de destruir a proteger la naturaleza
Uno de los puntos clave de las negociaciones de Ereván es la financiación. El Marco de Kunming-Montreal marca un objetivo claro: alcanzar en 2030 un mínimo de 200.000 millones de dólares anuales movilizados para proteger la biodiversidad. En el camino para llegar ahí, hay también objetivos intermedios, como haber alcanzado los 20.000 millones en ayudas internacionales a los países en vías de desarrollo en 2025. A pocas horas del cierre de la cumbre, los debates alrededor de este punto siguen siendo intensos. El mayor frente de conflicto es, al igual que sucede con la financiación de los instrumentos del Acuerdo de París, quién paga.
Además, hay otros debates importantes en materia de financiación. Uno es qué hacer con las subvenciones públicas y los incentivos económicos que favorecen actividades que perjudican la biodiversidad y los ecosistemas. El compromiso adquirido por los países firmantes del Marco de Kunming-Montreal es reducirlos en al menos medio billón de dólares al año, pero el informe State of Biodiversity Action señala que pocos países han establecido objetivos nacionales en este sentido. De acuerdo con el International Institute for Sustainable Development, los gobiernos gastan al menos 2 billones de dólares anuales en incentivos que dañan la naturaleza.
La presidencia de la COP17 ha lanzado estos días un plan, bautizado como Yerevan Call on Incentives Positive to Biodiversity, que busca reorientar estos incentivos que perjudican la biodiversidad y ampliar aquellos que la protegen, transformando los sectores productivos. “Nuestro trabajo aquí puede influir en cómo se utilizan los recursos naturales, cómo se producen y consumen los bienes y hacia dónde se dirigen los recursos financieros públicos y privados”, señaló Hambardzum Matevosyan, ministro de Medioambiente de Armenia y presidente de la cumbre.
Por último, un tercer debate financiero gira alrededor de cómo hacer que el Fondo de Cali sea operativo. Este mecanismo, establecido en la COP16, busca que las empresas que utilizan información digital de secuencias genéticas de plantas o animales para desarrollar sus productos compartan de alguna forma sus ganancias. Un año después, los primeros análisis apuntan a que este fondo, concebido para apoyar el reparto justo y equitativo de los beneficios de la biodiversidad, todavía dispone de muy pocos recursos. Así, en Ereván, los países también tienen que decidir cómo hacer funcionar el Fondo de Cali.
La voz de la ciencia y de las comunidades locales
En Ereván se debate también sobre otro asunto que puede parecer menos urgente, pero que marca en gran medida cómo se está implementando el Marco de Kunming-Montreal: ¿quién toma las decisiones y en base a qué se toman? Por una parte, esta cuestión implica buscar formas de involucrar a las ciudades y a las regiones en las metas de biodiversidad, ya que en muchos casos son ellas las que toman las decisiones importantes sobre desarrollo urbanístico, protección y restauración ecológica o creación de zonas verdes. Por otra parte, esto significa cómo dar relevancia a la voz de la ciencia en un momento en el que el conocimiento científico sufre ataques de forma recurrente.
En las negociaciones climáticas, la voz del IPCC como organismo científico-político de referencia es clave. Sin embargo, en las negociaciones de biodiversidad, las conclusiones de la IPBES (la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas) y de otros organismos científicos están en un segundo plano. No se trata de una simple cuestión de lenguaje, sino de definir hasta qué punto los países quieren dar apoyo político a las conclusiones científicas y utilizarlas para tomar decisiones.
“Hay países como Rusia, Brasil o Argentina que están empujando para que el lenguaje científico se diluya en las decisiones finales. Incluso están presionando para que no se nombren los últimos informes de la IPBES, que fueron aprobados en su momento por casi los mismos países que forman parte de la COP17”, explica Alicia Pérez-Porro, jefa del Área de interacción política y relaciones institucionales del CREAF y parte del equipo del CREAF en la cumbre. “Es un ataque frontal al lenguaje científico que implica que se está diluyendo el valor de la ciencia en estos foros”.
La COP17 no resolverá en dos semanas una crisis de biodiversidad que es consecuencia directa de la forma en la que nos relacionamos con los ecosistemas. Sin embargo, 2030 no es una fecha lejana, sino un horizonte inmediato para el que la cumbre sí puede dejar avances importantes. “Esta es una cumbre de implementación. No hay un único acuerdo que se tenga que aprobar, sino muchas decisiones que se tendrían que tomar para poder desbloquear esta pantalla y pasar a la siguiente”, añade Pérez-Porro.
Tal como señalan desde la ONU, los avances que marcarían un antes y un después en Ereván serían potenciar la movilización de recursos financieros, eliminar los incentivos de las actividades que destruyen la naturaleza, reforzar la cooperación entre países y trabajar en la conservación y la restauración del medioambiente desde el conocimiento científico. En pocas horas, sabremos hasta qué punto el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal sigue vivo.

