‘Robot Salvaje’: Alexa de los monos

La película infantil de animación de Chris Sanders, un prodigio técnico, presenta unos valores en la línea de la ciencia-ficción optimista del cine reciente, pero con el añadido de un sentido de lo colectivo y la conservación poco habituales en la producción hollywoodiense.
‘Robot Salvaje’: Alexa de los monos
'Robot salvaje' cuenta el viaje de madurez de Roz, un robot que naufraga en una isla deshabitada y debe aprender a adaptarse al entorno, estableciendo relaciones con los animales, y en especial con un pequeño ganso huérfano al que adopta. Foto: DreamWorks Animation

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Robot salvaje es un nuevo añadido a la ciencia-ficción optimista sobre la crisis climática que nos envía Hollywood, aunque en ella aparezcan ciudades sumergidas y unos humanos de fondo un poco cafres. La película de animación dirigida por Chris Sanders (creador de Lilo & Stitch [2002], para los más viejos del lugar), lidera la taquilla, sin alardes pero de forma rentable; tanto, que ya tiene anunciada su secuela. Un guion sólido y que evita clichés, o los lleva más allá, sin reinventar la rueda, una animación exquisita y una estética propia la convierten en principal candidata al Óscar de su categoría.

Hablamos de una historia enfocada para el público infantil y con una lectura extra para los adultos, no muy lejana en su base a la del mencionado Stitch de Disney o El gigante de hierro (1999), de Brad Bird. Aunque Rozz, la robot asistente protagonista, no es ninguna extraterrestre pese a que comparta origen con Superman o Son Goku, a su manera, sino un invento humano, un vestigio de nuestra civilización. El algoritmo enfrentándose a la lógica de la jungla, pero no una jungla metafórica precisamente.

El transporte que llevaba a la robot de ciudad a ciudad se estrella por culpa de una tormenta. La protagonista es activada e intenta cumplir su función: servir de asistente y crear nuevos clientes. Es Alexa, es un algoritmo moderno: la tecnología más sofisticada y compleja, al servicio de vender cosas. Ningún animal en la isla la comprende, la consideran un nuevo depredador. Tras muchos malentendidos y un nuevo accidente, acaba al cuidado de una pequeña cría de ganso, un ansarino al que bautizará como Picobrillo, convirtiendo en su misión que llegue a la edad adulta sano y capaz de migrar. Básicamente, su algoritmo la convierte en madre.

El nombre de Rozzum remite a la obra de teatro R.U.R. (Robots Universales Rossum) (1920), del escritor checoslovaco de ciencia-ficción Karel Čapek, que regaló el término robot al acervo de la cultura popular cuando era un juego de palabras con la palabra «robota», esclavo en checo. Pero es que Rossum era otro guiño, ya que puede traducirse literalmente como «razón», en el sentido de raciocinio. La historia acababa con una rebelión de las máquinas como la de Terminator, porque nada está inventado, aunque entonces se leyó más como análisis de clase que luddita, y el corolario era la existencia de dos «robota», uno masculino y otro femenino, que habían desarrollado la capacidad de amarse, Adán y Eva de una nueva especie.

La historia de Robot salvaje cruza ese argumento de la máquina sintiente con las historias de Tarzán o El libro de la selva. Rozz es «Alexa de la jungla», porque a pesar de su programación humana, se cría entre animales, a su manera, y aprende a ser uno de ellos. Al mismo tiempo, insiste en la conclusión, muy humana, de cualquier arco de un robot ficticio: la inteligencia o lo que es lo mismo, la civilización no es posible, o verdadera, sin amor. Así ocurre con los robots de Asimov, con el Pinocho futurista de Spielberg en A.I. Inteligencia Artificial (2001), con el mencionado Terminator o con los cylons de la versión reimaginada de Battlestar Galáctica (2004-2009), una de los cuáles se convierte también en un trasunto de Eva (mitocondrial).

Rozz ejemplifica la famosa anécdota de la antropóloga Margaret Mead cuando explicó que el signo más antiguo de civilización que había encontrado era un fémur curado. Como se ve en alguna escena más cruda de lo habitual para una película infantil pero solventada con humor que no trata a los niños como idiotas, que siempre está bien, en el bosque lo normal es comer o que te coman. Los pequeños, los débiles y los viejos mueren los primeros, y ese habría sido el destino de Picobrillo de no ser por ella. El sacrificio de la robot, que en un viaje cuasi religioso, más que nacer con alma, se la gana, enseña a los animales las virtudes de la cooperación.

El ejemplo del zorro, el castor o el oso conviviendo habla tanto de las relaciones entre humanos en este turbocapitalismo de nuestros días como la de estos, como conjunto, con la naturaleza. Cuando Rozz vive su epifanía, adoptando un aullido animal con el que unirse a la manada no tan lejano del de Tarzán, está pidiendo una lógica de la técnica que no la use al servicio del extractivismo, sino de la conservación. Incluso en el escenario más apocalíptico posible. En ese momento los alces, osos y tejones se convierte en los na’vi de Avatar (2009), de James Cameron, o los protagonistas de un relato ecoanarquista de Úrsula K. LeGuin.

Porque los eventos climáticos extremos son el día a día del mundo de Robot salvaje, igual que San Francisco o Nueva York existen ya solo como ciudades sumergidas igual que en la mencionada A. I. inteligencia artificial de Spielberg. Y, sin embargo, lo que se defiende es la amabilidad y la bondad como formas básicas de funcionar, en un sentido, además, práctico. Ser bueno, abrazando la palabra, no es un lujo, sino una necesidad. Otro parentesco de Rozz con Superman o Goky, pero en la línea de la mencionada ciencia-ficción «optimista» reciente, como El Atlas de las Nubes (2012), de Tom Tykwer y las hermanas Wachowski, o Strange World (2022), de Don Hall.

Como muchas historias de madurez made in Hollywood, Robot salvaje acaba defendiendo la excepcionalidad de lo considerado monstruoso o fuera de la norma aunque mucho fan tóxico no lo entienda, así empezaron personajes como Spiderman. Sin embargo, la novedad estriba en cómo esa excepcionalidad no solo se pone al servicio de la comunidad como el outsider que se convierte en héroe individual, al estilo western, sino que se integra en la misma. Los gansos necesitan a uno de ellos que no piense como un ganso y los animales del bosque a una nueva especie capaz de verlos sin odio aunque ella misma sea odiada y temida.

Robot salvaje se basa en los libros del escritor e ilustrador estadounidense Peter Brown, que desde 2016 ha publicado tres entregas de la saga. Como sus primos de carne Tarzán o Mowgli, Rozz regresa al mundo del hombre en una suerte de sacrificio ritual cuando finaliza su misión de introducir la idea de la civilización en el mundo animal. Queda por esperar su regreso y un vistazo a las islas humanas hipertecnificadas de su futura Tierra, donde esas personas parecen los gorditos flotantes de Wall.E (2008), ¿nosotros de nuevo?, esperando una vez más a ser despertados.

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