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Doñana: donde el agua es sagrada recorre más de dos años de vida en las marismas entre el Guadalquivir y el Atlántico, el humedal más importante de Europa, donde 300 especies diferentes de aves se mueven al ritmo de los cambios de estación. Un espacio salvaje donde la vida regula el agua y se mueve entre el secarral y la tormenta, y donde los humanos se comportan como un animal más, con sus rituales y sus impactos sobre el ecosistema, en el que conviven el somormujo, el ciervo, el camarón o ansar.
Ya se puede ver en cines la última entrega de la trilogía salvaje de Carmen Rodríguez, Joaquín Gutiérrez Acha y José María Morales. Los dos primeros se han turnado la dirección de Cantábrico (2017), Dehesa, el bosque del lince ibérico (2020) y el título que ahora nos ocupa, un recorrido de norte a sur por los enclaves naturales más relevantes de la Península de la mano de las especies más singulares pero también del impacto humano e, innegablemente, de la crisis climática.
En concreto, Doñana: donde el agua es sagrada es un testimonio único de la evolución del Parque Nacional entre la reciente sequía extrema que ha azotado algunas zonas del país y la bendita llegada de las lluvias de los últimos meses. Un accidente natural, pues los 31 meses de duro rodaje que ha conllevado el documental han ocurrido sin garantía del giro de guion que da sentido al equilibrio de la película, y de prolongarse la ausencia de precipitaciones, seguramente con resultados catastróficos, habría resultado una suerte de informe de defunción o constatación de la desesperanza.

La llegada de las tormentas, anunciada en el tercio final de la cinta, se convierte así en el motivo que da vida a la película. Un metraje desequilibrado para retratar el equilibrio, una explosión de vida súbita tras minutos y minutos de ciclos reproductivos interrumpidos por la falta de agua, como el de los flamencos. Y, al mismo tiempo, la constatación de que los momentos de sequía también tiene su papel, siguiendo a los camarones en su adaptación a las charcas provisionales para desovar sin cercanía de depredadores.
Estamos ante un documental canónico, accesible a cualquiera con inquietud por conocer mejor el paraje y su situación actual, como lo han sido otros trabajos de su equipo, y al mismo tiempo con un contexto que nunca se menciona y lo sobrevuela, que es el del extremismo climático al que se amoldan sus protagonistas, todas esas especies adaptadas tanto a la sequía como a la inundación y que ven peligrar el delicado equilibrismo de su ciclo vital.
Doñana: donde el agua es sagrada bebe de Félix Rodríguez de la Fuente, patrón e inspiración del documental de naturaleza español de todos los tiempos, tanto en su enfoque de acercamiento a lo salvaje como en el tono reivindicativo, más cercano a la divulgación irritada que a la bronca condescendiente, en la que recuerda a las personas que toda esa belleza está siendo destruida, por nosotros, y en este mismo momento, mientras se contempla la película o se leen estas líneas.

La influencia evidente, en momentos como la caza de las rapaces o el apareamiento de los somormujos, también está en la voz en off de Odile Rodríguez de la Fuente, hija del divulgador y a su vez bióloga y divulgadora. Igualmente, Doñana dialoga con las anteriores películas de sus responsables, incluida Guadalquivir (2013), dirigida por el propio Gutiérrez. En su haber también cuenta un La guerra del fuego (2005), que explica perfectamente la neutralidad de la presencia humana en esta entrega, dirigida por Rodríguez.
La Romería de El Rocío o la cría de caballos en las marismas forman parte del ciclo de las estaciones de Doñana, tratados como otra especie animal más. Una tendencia del documental de naturaleza reciente que se reafirma aquí, en la que ni se obvia la presencia humana ni se presenta como una amenaza o un accidente. Como en Salvaxe, salvaxe (2024), de Emilio Fonseca, o Territory (2024), de Álex Galán, donde debemos aprender que no somos una fuerza externa a lo que ocurre en el natural, sino otro elemento más de los que regulan su respiración.
La pregunta en el aire que nos deja Doñana es el grado de aceptación del animal humano de ese papel, que le recordaría entonces que está sujeto a los mismos peligros que el ave que no anida o el pez que se ahoga por falta de agua. La aceptación de la responsabilidad que supone el poder de modificar el propio entorno es también la de la vulnerabilidad que viene con ello: derribar su equilibrio es exponerse a morir con él.





Somos casi siempre los responsables y para mal de lo que ocurre en el natural. Nos falta sabiduría para entender que estamos tirando piedras en nuestro propio tejado.