¿Y si en vez de llamarlo «efecto invernadero» lo llamáramos «efecto Casa Blanca»?

Pongamos las cosas claras: el mayor destructor del planeta es Estados Unidos. El documental ‘El efecto Casa Blanca’ subraya esa evidencia sin necesidad de testimonios de expertos, sólo recurriendo a un material de archivo demoledor. Hace más de 30 años, el presidente Bush padre prometió luchar contra el calentamiento global. Ya sabemos en qué quedó esa promesa.
¿Y si en vez de llamarlo «efecto invernadero» lo llamáramos «efecto Casa Blanca»?
Imagen del documental ‘El efecto Casa Blanca’, dirigido por Bonni Cohen, Jon Shenk y Pedro Kos. Foto: NETFLIX

En 1988, Estados Unidos sufrió una ola de calor sin precedentes que propició una sequía devastadora. Hubo decenas de muertos y cosechas arruinadas. La ciudadanía empezaba a familiarizarse con el concepto de «efecto invernadero». El consenso científico era abrumador. Por aquel entonces, nadie en su sano juicio osaba desafiar el inexorable peso de las matemáticas: 2 + 2 son 4 y el aumento de las temperaturas se debe a la quema de combustibles fósiles. «Da igual si los cálculos los hacemos de un modo o de otro. Del derecho, del revés o de lado. Los resultados son siempre los mismos. Sabemos que el efecto invernadero es real», avisaba el climatólogo de la NASA James Hansen. La cuestión medioambiental se colocó entre las principales preocupaciones del pueblo estadounidense en un año de elecciones y George Bush padre, vicepresidente con Reagan y candidato republicano, agarró ese testigo sin temor. Sus palabras resuenan hoy con un eco trágico y demuestran (por enésima vez en la historia) lo poco fiable que es Washington (sin importar de qué materia se trate):


Conforme las naciones del mundo crecen, queman cantidades cada vez mayores de combustibles fósiles y eso libera dióxido de carbono, lo que puede contribuir a un aumento en la temperatura de la atmósfera. Algunos dicen que estos problemas son muy grandes, que es imposible resolver el problema del calentamiento global. Mi respuesta es sencilla. Se puede hacer y debemos hacerlo. Estos problemas no conocen ideología ni fronteras políticas. No es algo liberal o conservador de lo que estamos hablando aquí hoy. Constituyen la agenda común del futuro. Los que creen que no podemos hacer nada contra el efecto invernadero se olvidan del ‘efecto Casa Blanca’. Y, como presidente, pienso hacer algo al respecto.


Así empieza el espléndido documental El efecto Casa Blanca, dirigido por Bonni Cohen, Jon Shenk y Pedro Kos y estrenado recientemente en Netflix. La película se centra en un momento en el que se abrió una ventana de oportunidad, un periodo en el que la historia de la humanidad y de la civilización industrial podrían haber cambiado para siempre. Ya saben lo que pasó. Un castizo lo resumiría así: «Mucho lirili y poco lerele».

Bush accedió a la presidencia aparentemente decidido a cambiar las cosas en materia ecológica. Sólo aparentemente. Para dirigir la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés) hizo un movimiento audaz: fichó a William K. Reilly, un conservacionista que había sido, nada menos, que presidente de la WWF, el Fondo Mundial para la Naturaleza. Pero junto a él nombró como jefe de gabinete al encargado de cortarle las alas y de velar por los intereses de la industria: John Sununu. La personalidad y el poder en la sombra de este último eran tan intimidatorias que Reilly no se atrevió a librar ninguna batalla. Sununu imponía el supuesto interés económico del país a cualquier intento de reconversión industrial y medioambiental.

En resumen, la Administración Bush no tardó mucho tiempo en limpiarse las partes más sucias de su cuerpo (digámoslo así) con la bandera ecológica que enarboló durante la campaña electoral. Sununu, en un ejercicio supremo de cinismo, lo expresaría del siguiente modo en un memorando dirigido a Bush: «Me preocupa comprometer al presidente con amplios acuerdos internacionales. No es el momento de crear expectativas. Debemos aplicar el ‘principio Sununu’ de prometer en exceso en campaña y prometer menos en el gobierno».

Recién investido presidente, Bush fue testigo, además, de una de las mayores catástrofes ecológicas de la historia: el accidente del buque petrolero Exxon Valdez, que vertió unas 40.000 toneladas de crudo (el equivalente a 260.000 barriles de petróleo, aproximadamente) en el estrecho del Príncipe Guillermo, en Alaska. Era el momento perfecto para dar un giro de timón en la política energética mundial. Y no se dio, como ustedes ya saben.

No sólo no se redujo el consumo de combustibles fósiles sino que aumentó desbocadamente. No sólo no se dejó de perforar y extraer, sino que se inició una guerra con Irak para asegurarse un suministro barato. Y en esas mismas estamos, más de 30 años después, si Donald Trump lanza finalmente su anunciado ataque contra Venezuela.

Uno de los puntos fuertes de El efecto Casa Blanca es evitar las voces en off y las entrevistas con especialistas actuales. El documental está compuesto de principio a fin con imágenes de archivo. Y, como siempre pasa, la hemeroteca es implacable.

Una mentira tras otra

Resulta casi enternecedor lo fácilmente que nos dejamos engañar los electores. Las palabras de Bush acerca del medioambiente sonaban sinceras. Muy poca gente se preocupó de analizar con detenimiento al personaje. Como siempre que nos presentan alternativas óptimas para el bien común, queremos creer. Y si las buenas noticias llegan por parte de la burguesía (o de las élites, o de las clases altas, o de los ricos, o llámenlos como quieran), queremos creer apasionadamente. Los adoramos. Somos muy tonticos. Bastaba con observar el historial de Bush para no creer una sola palabra que saliera de su boca: era hijo de banqueros que hicieron negocios con el régimen nazi, dirigió la CIA (justo en el momento en el que se ejecutaba el golpe militar en Argentina), fue el leal vicepresidente del gran impulsor del neoliberalismo (Reagan) e hizo una inmensa fortuna cuando cambió las oficinas de su padre en Wall Street por los campos de petróleo de Texas. ¿Cómo pudo nadie creer en las promesas de regulación y decrecimiento de alguien que estaba implicado personalmente en el negocio de las energías fósiles? Es como encargar a los narcotraficantes que redacten las leyes antidroga. Pero así somos.

El efecto Casa Blanca
George Bush lee la revista Time a bordo de un avión en una imagen de archivo utilizada en El efecto Casa Blanca. «¿Está funcionando el capitalismo?», se pregunta la publicación en portada. NETFLIX.

En un momento de su presidencia, cuando ya no podía ocultar la hipocresía de su discurso, Bush empezó a aventar las mentiras de un puñado de científicos pagados por la industria petrolera. ¿Hay cambio climático? No podemos estar seguros, se atrevían a decir. Y aquellos golfos no paraban de salir en los periódicos, en la radio, en la tele, donde se los ponía al mismo nivel que los investigadores más reputados. Esta parte de la historia está magníficamente contada en Mercaderes de la duda (2010), de Naomi Oreskes y Erik M. Conway, un libro de divulgación que se ha convertido ya en un clásico. Un político republicano de la época (John Doolittle) llegó a denunciar el «abuso de la ciencia» en torno al problema del cambio climático. Se empezaba a extender ya, con premeditación, financiación millonaria y alevosía ecocida, el negacionismo climático. El golpe definitivo llegó cuando los lobbies de la industria petrolera impusieron con inmenso éxito un concepto que fue letal para el medioambiente: la ecología es el nuevo socialismo. En ese mismo punto estamos encallados 30 años después.

Que Trump sea presidente es una tragedia para la humanidad, pero deja una enseñanza que Occidente está aprendiendo por las malas: Estados Unidos no es un aliado. No lo es en ningún aspecto. Documentales como El efecto Casa Blanca refuerzan esa evidencia y contribuyen a difundir (parafraseando a Al Gore) otra verdad incómoda: el mayor destructor de la vida en el planeta no es ninguno de esos regímenes malvados de los que tanto se habla. Es Estados Unidos.

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  1. La dictadura capitalista, y EEUU de América es su «Vaticano», es el monstruo más destructor tanto de la naturaleza como de sus criaturas y del ser humano.
    Pero a esa dictadura la alimentamos generosamente, la mantenemos con vida con nuestro consumo irresponsable.
    Entiendo, por lo que veo, que el consumismo es una adicción y la gente a poco que pueda está enganchada a ella. También tiene mucho que ver el vacío interior. Pretendemos suplir los auténticos valores por los «valores» del capital publicitados a todas horas y en todo lugar y ya nos deberíamos haber percatado de que estos falsos valores no llenan interiormente.
    Las navidades, cada año igual, son una buena prueba de que no estamos aprendemos nada.
    NAVIDADES HACIA EL DESASTRE. Xavier Aparici, «La Casa de mi tía»
    Sin habernos aún desembarazado del “viernes negro”, un reclamo tramposo creado para incentivar compras compulsivas de gangas y baratijas, entramos en diciembre y sin solución de continuidad vamos de cabeza a las fiestas navideñas, cada vez más ajenos a cualquier proporcionalidad en el consumo, responsabilidad ante la contaminación y sobriedad ética en el uso de electricidad, la compra de artículos de adorno y regalo y nuestras prácticas culinarias.
    Y es que en Occidente la Navidad se ha terminado celebrando una festividad que teóricamente simboliza la paz, la esperanza y el renacimiento de la vida, con unas maneras que agreden masivamente los soportes vitales del planeta y cualquier principio de ponderación y mesura. Mientras los mensajes culturales hablan de reflexión y bondad, el culto nada inocente al consumismo impone un ritmo de extracción, producción y desecho frenético que genera una enorme deuda ecológica y que pagarán las futuras generaciones.
    La tradición de alumbrar la oscuridad del invierno se ha transformado en una desaforada competición de hiper-iluminación estética. Ciudades enteras, con sus Ayuntamientos al frente, compiten con las demás por tener más millones de luces LED encendidas justo durante unas semanas en las que la demanda energética para la calefacción ya tensa las redes y aumenta la quema de combustibles fósiles.
    El punto más crítico medioambientalmente es la compra sin tino de fruslerías, adornos y juguetes de plástico -casi siempre fabricados, además, en el sur global en condiciones laborales precarias que horas o semanas después se desecharán sin la menor previsión ni condiciones de reciclaje. Particularmente, en el rito navideño de intercambiar dádivas, el «abrir» los regalos generará montañas de residuos inmediatos solo en envoltorios y los trastos de plástico que regalamos a las y los pequeños tardarán muchas décadas en degradarse.
    Y no es que no haya alternativas. Sobre todo quienes vivimos en el hemisferio norte, podríamos resignificar estas festividades en una celebración, que viene de la noche de los tiempos, despojada de presiones consumistas y reactualizada, que se basa en el solsticio de Invierno, los ciclos naturales, el retorno de la luz solar y la conexión comunitaria….
    …como los más maduros recordamos que se hacía en nuestra infancia ¿qué tal volver a menús basados exclusivamente en productos locales y de temporada recuperando recetas tradicionales de invierno que honran el ritmo de la tierra? Y, como entonces, planificando las elaboraciones y las cantidades para lograr el pleno consumo y el “desperdicio cero”.
    En fin, volver a encontrarnos con lo que la Navidad prometía originalmente, pero el mercado pervirtió: la conexión genuina con los demás y el respeto reverencial por la vida y el planeta que nos sostiene…

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