‘El juicio del perro’: una comedia de especies superiores y causas perdidas

La actriz y cómica Laetitia Dosch debuta en la dirección y el guion –a medias con la escritora Anne-Sophie Bailly– con esta película judicial y animalista que se estrena en Filmin.
‘El juicio del perro’: una comedia de especies superiores y causas perdidas
Un fotograma de 'El juicio del perro'. Foto: Cedida

Avril Lucciani es una abogada a la que su jefe está a punto de despedir porque pierde demasiados casos aceptando causas perdidas. Para intentar solucionarlo, acepta una directamente imposible: salvar a un perro condenado al sacrificio por reincidir en morder a humanos. Su primera victoria es conseguir que se juzgue al animal por sí mismo y no como un objeto o una extensión de su dueño. El problema es que, a partir de ahí, Cosmos, el perro, da pocos motivos para el perdón. Avril no lo quiere admitir, pero es posible que el perro al que defiende sea un imbécil.

La actriz y cómica Laetitia Dosch debuta en la dirección y el guion –a medias con la escritora Anne-Sophie Bailly– con El juicio del perro, una comedia judicial y animalista un poco cafre y, aunque esté ambientada en Suiza y coproducida por el país de la neutralidad como excelencia, muy francesa. El caso real, del dueño de un perro que pleiteó hasta llegar al Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) de Estrasburgo para intentar amnistiar a su animal de compañía, sucedió íntegramente en Francia. Pero mudarse a los Alpes permite a Dosch algún juego legal y diluir un poco de sátira política.

La película tuvo su premiere en el pasado Festival de Cannes, donde se llevó el premio honorífico de la Palme Dog a la mejor interpretación canina, y llegó a cines el pasado diciembre. Ahora está por primera vez disponible en streaming en España tras estrenarse en Filmin.

El humor es un poco negro y muy gabacho: Avril hace chistes sexuales para distraer a su jefe del deseo irrefrenable de mandarla al paro, la discapacidad visual de Dariusch (el dueño del perro) sirve para hacer gags que dejan a Mortadelo por una cosa tierna, y en el juicio se llega a discutir si el perro es racista y misógino porque su última víctima era una mujer migrante portuguesa. 

La gracia, por otro lado, no es que El juicio del perro defienda el derecho de los animales a ser tratados como seres individuales, o los retruécanos legales, 100% reales, en los que se basa la argumentación de la protagonista. La coña es que se acaba defendiendo que el perro tiene derecho a la vida aunque sea de verdad un perro agresivo, racista y machista, y a pesar de que es “un connard” (un gilipollas), como llega a decir desesperada la propia protagonista cuando intenta adiestrarlo para que dé mejor imagen ante el tribunal y se encuentra con que también le muerde a ella e incluso le destroza media casa.

El juicio del perro tuvo su premiere en el pasado Festival de Cannes y está disponible ahora en Filmin.

Cosmos es un chucho corriente, de infantería, acompaña a un hombre con discapacidad visual pero no es un perro lazarillo ni tiene entrenamiento, así que se puede poner agresivo en algunas circunstancias. Solo es obediente con Dariusch y con el adiestrador que le ponen en el juzgado, aprecia a los niños y lleva mal que le griten. No es un perro ejemplar, no juega al basket como en una película estadounidense de media tarde ni ha rescatado a un bebé de un accidente. Es un ser vivo, con su carácter, y nada más; que tiene derecho a ser entendido y también juzgado en términos que él mismo pueda comprender. 

Igualmente, Avril no es ninguna superheroina ni una abogada brillante. Más bien tiende a ser torpe con momentos puntuales de lucidez y, aunque tiene buenas intenciones, también acaba perdiendo la paciencia cuando menos le conviene. Un poco como cualquiera, como el perro, su dueño o su vecino preadolescente. Un ejemplar normalucho de una especie que se autopercibe superior.

Por el camino, Dosch no se resiste a satirizar el estado de la políticas y los medios actuales, enfrentando a su abogada un poco torpe y desnortada con una política populista que se presenta a la alcaldía del municipio suizo sin nombre donde viven con la seguridad ciudadana por bandera. Avril se convierte en blanco de una campaña de desprestigio en redes, es acusada ella misma de xenófoba por supuestamente justificar la agresión a Lorena (la víctima portuguesa). Mientras tanto, la abogada rival, trasunto a ratos de Marine Le Pen y otras criaturas similares, presume en televisión de lo bien educado que tiene a su propio perro.

Y, por supuesto, todos los debates posibles sobre el tipo de conciencia que se le puede atribuir al animal, si su discernimiento se puede considerar como el de un adolescente –el chiste sobre cómo contar los años de perro lo hicieron parecido en Padre de familia para justificar que Brian se comporte como un humano repipi de mediana edad– o quizás una persona con adicción a las drogas… ¿Tiene alma el perro? ¿Qué le importa a un sistema judicial que, sobre el papel, no considera relevante si los humanos la tienen o no? Etcétera.

No hacemos mucho spoiler (pero, por si acaso, no sigas leyendo) si avisamos de que El juicio del perro no tiene un final exactamente feliz. La historia es más la de Avril comprendiendo que siempre será una defensora de causas perdidas y abrazando el animalismo que la del tremendo connard de Cosmos, que será un perro desobediente y tontorrón hasta el último momento. Pero claro, de eso va la civilización, representada en algo tan aburrido como un juicio: en que aquí se protege, haga lo que haga, hasta al miembro más inútil de la manada.

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