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A principios de este verano, el prestigioso Instituto Grantham de Investigación sobre Cambio Climático y Medio Ambiente de la London School of Economics (LSE) organizó una charla centrada en la resiliencia ante las altas temperaturas. Sin embargo, tuvo que ser cancelada, paradójicamente, por un episodio de calor extremo que afectó a Reino Unido y parte de Europa. La encargada de presentar el acto era Svenja Surminski, profesora del instituto organizador y experta en resiliencia climática y adaptación.
La investigadora se conecta puntual a nuestra cita desde Reino Unido. Su perfil destaca por haber traspasado las lindes académicas para trabajar con el sector privado y distintas administraciones públicas. En 2022, fue contratada por el gobierno británico como asesora del Comité Nacional sobre Cambio Climático, donde se ha desempeñado también en el ámbito de la mitigación. Una de sus especialidades es la gestión del riesgo, particularmente entre las compañías de seguros. Ha participado, asimismo, en investigaciones del IPCC –el panel experto en cambio climático de la ONU– y en la elaboración del Informe Científico para la Gestión del Riesgo producido por la Unión Europea.
Una de tus áreas de especialización es la gestión del riesgo; en concreto, el papel que juegan las compañías de seguro. ¿Por qué son tan importantes?
Creo que la adaptación al cambio climático es una cuestión de gestión del riesgo. Se trata de prevenir, actuar, mirar al futuro y estar preparados. Así que, en cierto modo, todo esto forma parte del negocio de las aseguradoras. En el caso del cambio climático, hay dificultades para predecir el futuro, comprender cómo se producirán estos cambios y cuál será su magnitud. Pero las compañías de seguros disponen de herramientas y mucha experiencia; además, han demostrado que pueden trabajar conjuntamente con gobiernos y empresas para conseguir que estén mejor preparados.
¿Nos puedes dar algún ejemplo? Estoy pensando en cómo estas empresas se niegan a asegurar zonas inundables, ¿eso sería una forma de prevención? Porque la gente se va, o no compra viviendas ahí.
Es un poco más complejo. Se podría decir que las aseguradoras necesitan evaluar el riesgo y comprenderlo. Por ejemplo, una aseguradora analiza cierta situación y dice: «Esto ya no es un riesgo, es una certeza, va a ocurrir porque estás en el lugar equivocado y aquí ya ha habido diez inundaciones ». O bien: «El edificio no está construido con los materiales adecuados y, si se produce un incendio, arderá inmediatamente». Éstas son cuestiones que estas empresas pueden trasladar a sus clientes, pero también a los políticos: «Mirad, tenemos que cambiar dónde y cómo construimos y, si no lo hacemos, los seguros dejarán de estar disponibles para este tipo de riesgos que son tan probables». Ése sería, más o menos, el mensaje.
Mucha gente es reticente a la hora de confiar en el sector privado.
El sector privado también está expuesto a estos riesgos. Si tienes una empresa, están expuestas tus instalaciones, cadena de suministro, clientes y empleados… Trabajo mucho con empresas y están empezando a sentir el impacto del cambio climático, por lo que toman medidas para que sus activos estén mejor preparados y sean más seguros. Al mismo tiempo, las empresas pueden invertir, implicarse y llevar a cabo medidas de adaptación. Y aunque el gobierno de un país tenga un plan y diga «vamos a sufragarlo », alguien tendrá que venir y construir el sistema de drenaje, por ejemplo, y ahí el sector privado puede desempeñar un papel importante. Creo que esto empieza a ser habitual, pero todavía queda mucho por hacer. Para muchas empresas, seguimos estando en una fase muy inicial.
Trabajas en el ámbito público y el privado, también en la universidad. ¿Cómo crees que la investigación académica se puede trasladar a la implementación de políticas públicas? ¿No vamos un poco atrasados?
No es ningún secreto que tenemos una brecha de adaptación y que no hemos hecho lo suficiente. Si somos francos, los edificios, las infraestructuras y las cadenas de suministro de las que dependemos no se construyeron pensando en el clima actual. Si hubiéramos seguido antes las recomendaciones, estaríamos en una situación diferente. Creo que con la adaptación siempre hay cierta dificultad, porque para muchas personas a menudo es invisible y resulta difícil de cuantificar. Si me preguntas qué es una empresa bien adaptada o cómo identificar una ciudad bien adaptada, puedo darte diez ejemplos. Puedo decir que cuenta con un buen sistema de drenaje urbano, con sistemas de protección frente a inundaciones, etc. Pero, muchas veces, la gente no lo ve inmediatamente y, además, es complicado de medir, a menos que se produzca un fenómeno extremo. Entonces diríamos: «¡Increíble! Ésa es la inundación que no destruyó nuestra ciudad». Pero la gente no piensa así.
Más bien sucede lo contrario: cuando ocurre un desastre, la gente piensa: «Podríamos haberlo hecho mejor».
Efectivamente. Por eso creo que tenemos que encontrar maneras de que la resiliencia tenga una recompensa. De lo contrario, siempre aparece la idea de: «Si nadie me recompensa por ello, ¿por qué debería ponerme manos a la obra?». Ésa es, en cierta forma, la mentalidad que existe.
Aquí la prensa juega un papel importante.
Sí, es importante hacer ver a la gente que ya no podemos permitirnos ignorar el cambio climático, porque está teniendo un gran impacto, está matando a muchas personas y está destruyendo infraestructuras. Pero, al mismo tiempo, hay que decir que, al menos en los países ricos –porque, obviamente, hay una diferencia–, tenemos una buena oportunidad para adaptar nuestras infraestructuras, adaptar nuestros edificios y empezar a aprender a convivir con el calor. Es preciso hacerlo ahora, porque, si esperamos demasiado, nos costará mucho más y habrá más pérdidas. Por otra parte, debemos ser honestos y reconocer que, en algunas partes del mundo, existen límites a la adaptación. Por ejemplo, en algunos lugares, si hace tanto calor que ya no se puede trabajar en el campo, ¿qué vamos a hacer? O si no hay agua.
Eso es interesante: ¿dónde están los límites de la adaptación? Yo, por ejemplo, vivo en Córdoba. Aquí pasamos semanas o meses a 40 ºC en verano, pero un sistema de persianas, toldos y patios nos proporciona cierto alivio. Sin embargo, si llegáramos a 50 ºC, ese sistema ya no serviría.
La adaptación es importante, pero la mitigación y la reducción de emisiones son esenciales. El peor escenario sería que la gente dijera: «Nunca vamos a reducir las emisiones», porque la adaptación por sí sola no basta. Por otra parte, creo que está bastante claro que algunas estrategias de adaptación que funcionan en determinadas partes del mundo están empezando a alcanzar sus límites en otras. El regadío es un buen ejemplo. Eso no significa que no haya margen para innovar. Se han producido avances en eficiencia hídrica y formas de cultivar… En Oriente Próximo hay planteamientos interesantes. Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados. Tenemos que pensar cómo estos cambios afectan a la salud humana, nuestra forma de trabajar, cómo vivimos en las ciudades y cómo producimos y consumimos alimentos.
En tu investigación hablas de resiliencia. Sin embargo, se está dando el caso de que los desastres ocurren uno detrás de otro, incluso de manera simultánea. ¿Cómo crees que afrontarán las administraciones tantas urgencias encadenadas?
Llevo mucho tiempo trabajando en esto y creo que importa estar preparados, pero también contar con estructuras institucionales adecuadas para que [el desastre] no nos sorprenda ni desborde. Te he puesto ejemplos de cómo los seguros pueden intervenir. En el Caribe, hace una década, se creó un sistema de seguros que sigue operativo. Allí, países e islas se agruparon en un fondo común que permite que, si se produce un episodio de vientos fuertes –su principal riesgo–, el seguro aporte inmediatamente dinero para que la isla funcione mientras ajusta el presupuesto. Este sistema se incorporó a su política fiscal. En Europa los países no ven la necesidad de algo así y, en parte, es porque son fuertes y poderosos. Una inundación puede impactar significativamente, pero no arrasará toda la economía del país, como sí puede ocurrir en una isla del Caribe. Creo que esta mentalidad de estar preparados y contar con mecanismos que se activen automáticamente, sin paralizar al gobierno ni obligarnos a entrar en modo de emergencia, será importante. Tenemos que aprender a gestionar estas situaciones cuando se suceden. Lo hemos visto tras sequías e incendios forestales: si empieza a llover con intensidad, inmediatamente después vendrá una inundación.
O las cenizas de la superficie quemada acabarán en un río, provocando otro desastre…
Sí. Habría que abordarlo de manera más sistemática. Estamos viviendo con un clima que cambia y seguirá cambiando durante un tiempo. Incluso si dejáramos de emitir gases de efecto invernadero, el clima seguiría cambiando durante los próximos 20 o 30 años, debido a los gases ya acumulados en la atmósfera.
En Estados Unidos, la gente está acostumbrada a huracanes, tornados e inundaciones y sabe qué hacer. En Europa, me da la sensación de que siempre esperamos ayuda del gobierno, pero no existe un conocimiento público de los protocolos. Durante la dana de Valencia, mucha gente bajó al garaje a rescatar el coche –lo menos recomendable en este caso– y se quedó atrapada. ¿Necesitamos una pedagogía de la resiliencia?
Las ciudades desempeñan un papel importante. Allí convergen quienes toman las decisiones y las personas afectadas por ellas, y se concentra gran parte de la exposición al riesgo. Muchas ciudades han empezado a crear oficinas de resiliencia donde se analiza qué hacer y se trabaja también en comunicación y alertas tempranas… Hace falta todo un conjunto de medidas en educación, información, inversión en parques urbanos, sistemas de drenaje, etc. Debe existir una persona responsable dentro de la administración municipal que coordine todo ello. En algunas ciudades ya existe esa figura: son los llamados chief resilience officers [‘directores de resiliencia’]. En otras, puede que estas funciones existan, pero estén repartidas entre diez áreas diferentes de la administración y haya poca coordinación.
¿Debería la ciudadanía movilizarse más conforme los gobiernos se inclinan hacia el negacionismo? Pienso en asociaciones de vecinos, sindicatos…
Lo que me mantiene optimista es que, en cierto modo, a todos nos gusta proteger aquello que amamos. Todos queremos proteger a nuestros seres queridos, nuestros hogares… Podemos discrepar en muchas cosas, pero creo que ésta es una causa común. Y ahí es también donde algunas de estas iniciativas urbanas han demostrado ser muy poderosas, porque crean un espíritu de comunidad. Quizá la gente pueda dejar a un lado las tensiones o las fricciones políticas, porque esto es algo que realmente le importa.

