El experto en Derecho del trabajo que aprendió de su abuela cogiendo sandías: «Deberíamos gestionar el calor cuando está nevando»

Marouane Laabbas el Guennouni trabaja en el Instituto Sindical Europeo (ETUI), en Bruselas, donde explora las conexiones entre la seguridad y salud en el trabajo y los impactos del cambio climático.
El experto en Derecho del trabajo que aprendió de su abuela cogiendo sandías: «Deberíamos gestionar el calor cuando está nevando»
Marouane Laabbas frente al edificio del Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Foto: Universitat Rovira i Virgili

Marouane Laabbas el Guennouni trabaja en una oficina en el centro neurálgico de Europa, en Bruselas, donde este verano se han alcanzado los 40 ºC. Sobre las cinco de la tarde –dice– ya no hay ventilación en el edificio. Y hay días en los que ha tenido que quedarse hasta más allá de las ocho para terminar algunos trabajos. Sin restarle importancia, su situación, sin embargo, no deja de ser una escena más de los ‘descubrimientos’ del Norte sobre los males que llevan soportando décadas en el Sur. Y puede resultar ridícula si la compara con lo que cuenta después: “Sí, es cierto, me he visto este verano en una situación causada por el calor bastante interesante, digamos. Pero claro, mi abuela se ha enfrentado desde siempre al calor en un campo cogiendo sandías, incluso siendo menopáusica”. Pone también el ejemplo de su madre, que trabaja en una lavandería industrial a temperaturas infernales, y tantas otras trabajadoras como ella. 

“Ve añadiendo vulnerabilidades: llegar a casa y no tener aire acondicionado, pero teniendo, además, que limpiar lo que han dejado tus hijos pequeños; estar durmiendo y despertarte cuatro veces durante la noche porque el cerebro no refresca; levantarte sin haber dormido y tener que preparar la comida otra vez, no solamente el desayuno, el almuerzo también, incluso la cena. Te vas a trabajar con ese calor. Y sigues levantando sandías. Y sigues soportando el calor infernal de la lavandería. Y vuelta a empezar. Tal vez en un coche sin aire acondicionado o tras una larga espera en la parada del autobús, regresas a tu casa, a un barrio obrero, donde las zonas verdes son limitadas, donde no hay refugios. Y ahí ya vas viendo una situación en la que exponencialmente no tienes ningún descanso”, enumera, casi pidiendo perdón por la retahíla, a quien le gusta presentarse como el hijo de Souad.

Él es consciente de ello porque lo ha visto en su casa, construida en el Norte a base de mucho esfuerzo tras venir con cinco años desde el Sur. Llegó a España desde Marruecos con una madre que le ha dado todo hasta terminar en esa oficina belga donde hoy trabaja como investigador y donde tal vez no estaría estudiando cómo impacta el cambio climático en la salud de los trabajadores sin toda esa trayectoria vital, sin todo lo que su abuela Aicha, analfabeta, le enseñó recogiendo sandías a pleno sol. Sin ser el hijo de Souad. “He recibido mucha ayuda de las políticas sociales, pero también de una familia que me crió desde el amor. Gracias a esos dos factores, he podido estar aquí. Siempre digo que vivo una realidad que no me tocaba. Si no hubiera crecido en una sociedad en la que se busca la equidad, no estaría aquí”.

Licenciado en Derecho y Relaciones Laborales por la Universidad Rovira i Virgili y máster en Derecho Ambiental, ha recibido premios por su excelencia y varias becas, entre ellas la Fulbright-Schuman en Estados Unidos, con la que profundizó en su investigación sobre la negociación colectiva, el sindicalismo y la transición ecológica. En noviembre de 2024, se incorporó al Instituto Sindical Europeo (ETUI), el centro de investigación y formación de la Confederación Europea de Sindicatos (CES), donde explora las conexiones entre la seguridad y salud en el trabajo y los impactos del cambio climático. Acaba de publicar un estudio que viene a concluir lo que su trabajo de campo vital le ha venido advirtiendo: “El cambio climático está haciendo más vulnerables a ciertas personas trabajadoras”. 

Entre sus principales conclusiones, destaca que el estrés térmico laboral es prevenible, pero solo si la prevención se aborda como una obligación del empleador y una cuestión laboral colectiva, y no como una cuestión de resiliencia individual. Entre estas medidas figuran la evaluación de los riesgos térmicos mediante indicadores adecuados, la hidratación, la disponibilidad de zonas de descanso frescas o a la sombra, los ciclos de trabajo y descanso remunerados, la reprogramación de tareas, la aclimatación, la ventilación, la planificación de emergencias, la formación, la vigilancia de la salud y medidas específicas para los trabajadores con mayor riesgo. En algún momento de la conversación, recuerda, para entender realmente de qué estamos hablando, aquella época en la que generaciones anteriores a la suya debatían entre vida y trabajo: “Lo que se consiguió fue quitar de la balanza a la vida, porque la vida no puede concursar con el trabajo”.

¿Cómo llegó hasta aquí?

Recuerdo que cuando estaba acabando la carrera me senté con mi directora de tesis y le dije: yo quiero hacer algo que pueda llegar a salvar vidas. Quería salvar vidas mediante mi trabajo. Si eres médico, vale, pero desde el Derecho lo veía muy complicado, así de manera directa. Pero entonces, viendo mi entorno, viendo cómo mi madre llegaba acaloradísima del trabajo con un nivel de cansancio brutal, además madre soltera, con una ayuda limitada, quise ayudarla también con mi trabajo. Es bastante egoísta lo que estoy diciendo, porque al final nace de una necesidad muy personal. 

Pero ese “egoísmo” ayuda a mucha gente a la que de otra manera no se tiene tan en cuenta. 

Sí, nace de la propia vivencia, de conocer de primera mano el sufrimiento de quienes tienen que sustentar a toda una familia con trabajos realmente duros. Yo les pongo nombre. Se llaman Souad y Aicha. Pero hay muchas Souads y Aichas. 

Durante la conversación, el orgullo de clase está presente en todo momento. “Mira, este artículo salió cuando me dieron el premio a mejor graduado. Y cuando me preguntaron qué foto quería poner, les dije que esta. Porque no todo es tu carrera, tu carrera es todos los que te acompañan en esa carrera. Son mi hermano, mi madre, mi abuela, mi abuelo, mi prima”.

¿Tu abuela es la que está en el centro?

Sí, mi abuela es la que está en el centro y mi madre es la que está en el otro lado. Con el vestido azul. Y mi abuelo, el que está delante. Mi abuela ya está jubilada.

Ahora hablamos del calor porque hace calor. Pero en invierno, ¿nos olvidaremos otra vez? 

Exacto. La necesidad de protección ante la exposición al calor no es cuando el calor sucede, sino que tienes que tener una preparación, medidas, protocolos de actuación que adopten el principio de prevención, es decir, medidas que estén preparadas para proteger antes, durante y después de la exposición. Un indicador concreto que no solo tenga en cuenta la temperatura, sino que tenga en cuenta otros factores como la humedad, la velocidad del aire… pero, además, es que la normativa española, siendo una de las mejores en Europa, no tiene en cuenta cómo los equipos de protección individual van a afectar o no al calor que experimentan las personas trabajadoras. 

¿En qué sentido?

Le voy a poner un ejemplo, que en realidad es un mal ejemplo porque sí hay una norma que regula el ruido en el trabajo. Pero imagínese que no la tuviéramos y que ve usted a un trabajador que está expuesto a un ruido pero que no es extremo. Con ese ruido ya deberíamos poner los tapones. Pues con el calor igual, pero no sucede eso. El sistema que tenemos no da claridad a las empresas.

El estudio que acaba de terminar junto con el profesor Andreas D. Flouris, dice lo siguiente sobre los riesgos: “El aumento de las temperaturas, la alteración de los patrones meteorológicos y la mayor frecuencia o intensidad de los fenómenos extremos generan riesgos climáticos; a su vez, el diseño del lugar de trabajo, la organización laboral, la intensidad de las tareas, la vestimenta, los equipos de protección individual (EPI), la jornada laboral y el poder de negociación determinan si dichos riesgos se convierten en exposiciones laborales; y la exposición puede derivar en enfermedades, lesiones, pérdida de capacidad laboral, reducción de ingresos e inseguridad”.

Tenemos un permiso de cuatro días retribuido también por calor que no se coge, ¿no? 

Estamos hablando de un permiso para cuando exista un riesgo grave inmediato y la persona trabajadora no pueda acceder al centro de trabajo. Pero estas características solo se dan cuando hay una situación de ola de calor. Es decir, esperamos a la ola de calor para prevenir los riesgos vinculados a la exposición. Y vuelvo a mi madre, en una lavandería industrial donde llegan a veces a los 50 ºC y fuera hay una ola de calor. No obstante, insisto, la normativa española es una de las más avanzadas a nivel europeo. El problema está en que se está adoptando una perspectiva reactiva o no del todo proactiva. No voy a decir reactiva porque es buena, pero no del todo proactiva. Podría ser mucho más proactiva para realmente gestionar la prevención de los riesgos desde un momento muy anterior. O sea, gestionar la exposición del calor cuando está nevando, cuando no tenemos una situación de calor. Porque si al final vamos a gestionar el calor con calor, no vamos a tener tiempo para debatir, es que no vamos a tener tiempo para poner sobre la mesa las diferentes medidas, es que no vamos a tener tiempo para preguntar «oye, María, o José, ¿el calor a ti cómo te afecta?

En Centroeuropa se están dando cuenta ahora.

Sí, y hasta que países de Centroeuropa no han empezado a vivir olas de calor intensas, no nos echamos las manos a la cabeza. En la primera mitad de 2026 en ETUI, hemos tenido tres conferencias: una en Barcelona en febrero, y dos aquí en Bruselas, una en abril y otra hace apenas unas semanas. La de febrero era sobre eventos meteorológicos adversos; la de abril, sobre cambio climático y salud de las personas trabajadoras; y la de junio sobre calor en el trabajo. Y fíjese: la de fenómenos meteorológicos se produjo en Barcelona cuando hubo una alarma de fuertes vientos que muchos vuelos y trenes se cancelaron. Y la de calor en el trabajo fue durante una ola de calor. 

Es decir, en dos de las tres conferencias que he organizado este año ha habido situaciones en las que ha habido una emergencia hablando de la propia emergencia. Es que recuerdo que en Barcelona estábamos en la sala y todos los móviles empezaron a sonar con la alarma. ¿Por qué digo esto? Porque está pasando ya. Es la nueva realidad. Y sin darle respuesta, nos va a atrapar, ya nos está atrapando.

¿Qué medidas habría que adoptar de manera urgente, ya, en el ámbito europeo?

La climatización y la hidratación son muy importantes y no están establecidas por la norma, no se tienen ni siquiera en cuenta. En ese sentido, los sectores de la agricultura y la construcción de Andalucía tienen una experiencia brutal en medidas de adaptación horaria. Solo hay que ir a convenios colectivos de años atrás para ver que los representantes de las personas trabajadoras en las empresas ya identificaron la necesidad. Pero queda mucho; faltan espacios de descanso, de climatización, zonas en las que te puedas hidratar. Porque a mí, que tengas una medida de hidratación a un kilometro de la plantación, ¿de qué me sirve? 

Tienes que tener establecidos índices que tengan en cuenta diferentes factores, como los que te contaba antes, como la velocidad del aire para que realmente puedas identificar cómo el cuerpo experimenta la exposición. Tienes que establecer coeficientes que vayan a modificar esa afectación con la situación de la persona trabajadora, es decir, si la persona trabajadora está aclimatada o no, si la persona trabajadora está utilizando capas de protección, qué calor le está suponiendo la intensidad del trabajo…Todos esos factores tienen que tenerse en cuenta a la hora de identificar cómo el calor está afectando. Y después proponer medidas progresivas en relación con esa identificación. 

En su estudio se incluye un borrador de directiva. ¿Cuáles son las claves?

En general, creo que estas cuestiones deben hacerse mediante directivas. Porque, por ejemplo, con el panorama político que hay en España, el nuevo anteproyecto de ley en el que se están incorporando algunas cuestiones vinculadas al cambio climático, desafortunadamente no va a salir. Por eso en el estudio ya incluimos en el anexo esta directiva. La clave es tener una perspectiva mucho más holística, mucho más grande, para establecer todo un concurso de medidas de prevención que facilite la protección de forma adelantada. 

El calor, además, lo vemos como algo con lo que podemos seguir viviendo. Es decir, nadie cuestiona que una tromba de agua te impide salir de casa o cualquier otro fenómeno meteorológico extremo. Pero no trabajar por calor nos sigue sonando raro, sobre todo a quien no se enfrenta o se ha enfrentado hasta ahora al calor, e incluso puede hacer que nos sintamos culpables. Arrastra aún el prejuicio de vago. 

En España y otros países tenemos una relación ambivalente con el calor. Porque lo necesitamos y a la vez lo sufrimos. La economía y no solo la turística, sino sectores como la agricultura, dependen de un clima concreto. Y muchas personas trabajadoras lo necesitan. Es decir, a nivel económico, detrás del calor hay una necesidad bastante importante que al final se materializa en trabajos muy visibles, por ejemplo, el camarero que tiene un contrato fijo discontinuo y trabaja en el chiringuito cuando el chiringuito está abierto. Además, culturalmente somos más resistentes al calor e incluso al calor húmedo, que es aún más complicado. Entonces, cuando llega, estamos como medio acostumbrados, pero no deberíamos acostumbrarnos. Que seamos más resistentes o que lo necesitemos tanto no quiere decir que nos tengamos que morir por él. Como le ocurrió hace un año a Montse en Barcelona, la trabajadora de la limpieza que había avisado que se encontraba mal y murió cenando con su madre. La empresa no le dijo que se fuera a su casa. 

Solo este pasado junio se han registrado casi 1.000 muertes atribuibles al calor. ¿Cuántas de estas personas estaban trabajando? 

Pues imagínese, viviendo en un barrio obrero con limitación en la capacidad económica en el hogar, sin posibilidad de establecer medidas de climatización, sin espacio para rehabilitar tu propio cuerpo…

Son casi mil personas, pero parece que no son víctimas, o son víctimas que siguen sin hacernos reaccionar. 

Y el tema es que no tenemos ninguna forma de atenderlas. Es brutal.

En términos económicos, ¿cuánto cuesta esta falta de prevención o de adaptación?

Pues cuesta mucho. Porque ya hay muchos accidentes de trabajo causados por el calor. Es que eso es lo que se está perdiendo de vista, que ya existe un gasto económico vinculado al calor. Y no es solo un desfallecimiento por un golpe de calor. Puede ser que la persona trabajadora tenga un despiste, se tropiece, porque hace un calor brutal y la capacidad de reacción baja muchísimo, se caiga y se rompa una pierna. El problema es que romperse una pierna no lo relacionamos directamente con el calor. Y si esta persona no va a trabajar durante tres meses, la empresa le va a tener que pagar un tiempo de baja, va a costar dinero a las arcas públicas.

En cambio, si yo tengo una pulsera que cuesta unos 50 euros, que valora todos los factores que te he comentado y además hay un protocolo de actuación en la empresa que me permite establecer factores mediante coeficientes de corrección en relación con la intensidad del trabajo, el uso de EPI, etc., pues puedo identificar cuándo ese trabajador tiene que parar de trabajar o tener un descanso para que ese despiste no suceda y no se rompa la pierna.

[Según recoge el estudio, análisis recientes del Centro Común de Investigación prevén que 22 regiones europeas podrían sufrir pérdidas anuales de productividad laboral superiores al 1% para el año 2050, cifra que ascendería a 107 regiones en la década de 2080. Estas pérdidas no se distribuyen de manera uniforme. Si bien el sur de Europa y la región mediterránea ya presentan una exposición elevada, el centro, el este y el norte de Europa también se ven cada vez más afectados, especialmente en zonas de islas de calor urbanas, edificios mal adaptados y sectores que históricamente no se diseñaron teniendo en cuenta las altas temperaturas. Entre los trabajadores con menor capacidad para afrontar este riesgo se encuentran los migrantes y las personas en situación irregular, los trabajadores estacionales y de plataformas digitales, los falsos autónomos, los trabajadores remunerados a destajo, las trabajadoras embarazadas, los trabajadores de mayor y menor edad, aquellos con enfermedades crónicas y quienes deben utilizar equipos de protección individual pesados ​​o impermeables; no obstante, su vulnerabilidad deriva de factores diversos, como la susceptibilidad fisiológica, la concentración en sectores y ocupaciones de alto riesgo, las condiciones laborales precarias y una capacidad más limitada para ejercer sus derechos laborales].

A pesar de lo que dice Feijóo en España, muchas veces las personas trabajadoras van a trabajar aun estando enfermas. 

Eso es. Lo que pasa es que no nos damos cuenta porque los que estamos en los despachos a veces nos alejamos de la realidad. Nadie en la empresa te dice que vayas a trabajar cuando tienes un accidente, pero tampoco que no vayas. Es decir, si tú ves a tu trabajadora mal, no la dejes entrar a trabajar. Tienes que decirle que vaya al hospital, que se coja la baja, que se tranquilice. Una seguridad organizativa y empática que se está perdiendo desafortunadamente. Me hace gracia cuando dicen «es que estáis proponiendo derechos y cuestiones que van a poner en riesgo a las empresas y que van a complicar la producción y no vamos a poder seguir». Pero no. Las empresas no sangran. Las empresas no se rompen el pie. Las empresas no mueren. 

Por eso tengo la suerte de estar trabajando en un instituto que tiene mucha vinculación con el sindicalismo y el movimiento obrero, y podemos escuchar a las personas trabajadoras. Muchas veces, cuando las escuchas, dices: “Gracias por darme una buena hostia y volver a conectarme con lo que está sucediendo”. 

¿Y el negacionismo en los gobiernos cómo está afectando en todo esto?

Es verdad que ahora mismo, por desgracia, cuando dices cambio climático ya se asocia a una cuestión política. Yo lo reduzco a las conversaciones que tengo con mi madre cuando le digo, «Oye, mamá, hace mucho calor para trabajar, ¿no? ¿Cómo estáis?”. O le digo: “Oye, jolín, no salgas de casa que la lluvia torrencial que han dado para hoy va a ser peligrosa y se va a llevar coches”. Aunque ella pueda no entenderme al hablar de cambio climático, cuando me refiero a las altas temperaturas o las lluvias torrenciales no existe problema de comprensión alguno. A nivel político parece que tenemos que hacer lo mismo. Y aunque las palabras importan y las consecuencias del cambio climático están científicamente demostradas, hacer referencia al calor cuando hablas con personas trabajadoras del campo, créeme que saben de lo que se trata.

La realidad es que estamos viendo calores mucho más extremos, estamos viendo lluvias mucho más agresivas y que se repiten más en el tiempo, danas que tienen una duración mayor. Estamos hablando de cosas muy palpables que se ven, que se sufren. Y me da pena decir desde la ciencia, ok, no lo llamemos cambio climático, llamémosle otra cosa distinta, pero ¿podemos arreglarlo? Me da pena porque obviamente el cambio climático está sucediendo, está teniendo sus impactos, pero no quiero perder mis fuerzas en argumentar si se llama A o B. Al final las consecuencias están existiendo.

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