El termómetro de clase

De La Bonanova al Carmel: crónica de un recorrido por la ciudad condal para comprobar que sobrevivir a una ola de calor es, sobre todo, una cuestión de clase social.
El termómetro de clase
Vista de una calle residencial del barrio de La Bonanova. Foto: Guillem Pujol.

Barcelona. Es lunes, 20 de julio. Ayer España ganó el Mundial y hoy el termómetro marca 30 grados en la sombra. Mañana, dicen, será peor. Entra otra ola de calor —la tercera en lo que va de verano— y las alertas ya están dadas. Me dispongo a deambular por dos barrios de la ciudad condal: La Bonanova, en la zona alta y rica, y el popular barrio del Carmel, situado en el monte que le da nombre. 

El verano de 2024, el más caluroso jamás registrado en Europa, dejó 1.153 muertes en Catalunya, según los datos del estudio del Instituto Global de Barcelona (ISGlobal), de las cuales 865 fueron en Barcelona. En el de 2022, segundo año más tórrido en el continente, el número de fallecidos en la ciudad fue de 1.780. Y la mortalidad por calor dibuja siempre el mismo retrato, ola tras ola: una mujer mayor, enferma, que vive sola en un piso viejo y mal aislado de un barrio de renta baja, sin aire acondicionado. La esperanza de vida en Barcelona cambia con el código postal. Sarrià-Sant Gervasi, donde iré primero, está entre los distritos que más años viven; Ciutat Vella y Nou Barris, entre los que menos, con una brecha que llega a rondar la decena de años. Y el Carmel aparece, informe tras informe, en la lista de los barrios vulnerables. No descubriré nada nuevo, pero se consolidará en mí algo que toda estadística ya sabe: que la diferencia entre pasar calorcito y pasar un calor entre la vida y la muerte es, casi siempre, una cuestión de clase social.

Es mediodía y me desplazo en autobús hasta el paseo de la Bonanova, lamentándome, antes de comenzar, de haber aceptado redactar una crónica que consiste en patearme la ciudad en pleno verano. Pero me tranquilizo al llegar aquí. El passeig de la Bonanova está cubierto por una bóveda de plátanos que da sombra a la calle entera. La calzada aparece moteada de luz y sombra; la acera, protegida. Buena cosa.  

Camino por la calle Iradier, una de las más ricas de la ciudad. Algunas casas tienen su jardín privado con árboles, alguna su piscina –y muchas otras comparten este privilegio verde con su pequeña comunidad de élite–. Me resulta imposible concebir una sola que no tenga su aparato de aire acondicionado. Una búsqueda rápida en Google confirma mi intuición: en la provincia de Barcelona, el aire acondicionado llega al 71,2% de los hogares de renta alta y apenas al 38,9% de los de renta baja; casi el doble. Con el aislamiento térmico pasa lo mismo: adecuado en un tercio de las viviendas acomodadas, en apenas el 14% de las más pobres. La casa que aísla es la casa que salva

Hay poca gente en la calle. Será por la resaca del mundial, porque la mayoría de la gente por aquí ya está en sus segundas residencias ‘escapando del calor’, o porque, simplemente, se está mejor en casa que fuera. Yo llevo un rato andando y decido pararme a tomar un refrigerio en un bar cerca de la calle Ganduixer. Sentado, con el aparato de aire acondicionado en la cabeza, observo a los operarios que trabajan en la ampliación del carril bici. Son tres, están sentados en un portal y comen un bocadillo en papel de plata. Pasan dos minutos de la una y el sol cae a plomo.

Por la tarde voy al Carmel. Son las cinco y el calor es insoportable en la salida de la boca del metro El Coll–La Teixonera. El barrio sube y baja incrustado en la ladera de la montaña; lo levantaron en los años sesenta y setenta trabajadores migrantes que construyeron sus casas con sus manos, muchas sin licencia, apiladas una sobre otra hasta llegar a los treinta y tres mil habitantes por kilómetro cuadrado. Esa herencia se nota: azoteas expuestas, muros que no aíslan, calles en pendiente con poco arbolado que de noche devuelven el calor que han tragado de día. Aquí, a esta hora, el calor aprieta con rabia. 

Camino entre tiendas de alimentación –muchas tiendas de alimentación– y en el umbral de una de ellas, justo en la frontera entre el local y la calle, hay una dependienta. De fondo se entremezcla el ruido de los ventiladores con una música que a mi oído no experto le suena a Bollywood. Ella lleva un sari y se abanica, aprovechando a la vez el aire de dentro y el suyo propio. Aquí, pienso, el calor es público. Se oye. El zumbido de los ventiladores sale a la calle porque el aire acondicionado, cuando lo hay, no da abasto o no existe. Combatir el calor es un esfuerzo visible, ruidoso, compartido.

Subo hasta una placeta con seis bancos dispuestos en corro alrededor de un árbol. A esta hora, los que quedan al sol están vacíos –nadie aguanta ahí sentado– y solo se ocupan los que caen bajo la sombra, donde una pareja de jubilados ha encontrado el único sitio habitable

Antes de llegar a la boca de metro del Carmel –la que da nombre al barrio, doscientos metros más arriba– compruebo lo que las piernas ya me habían dicho: la calle Llobregós tiene una pendiente media cercana al 9,5%, con tramos que trepan hasta el 16,6%. Son cifras de puerto del Tour de Francia. Por aquí, en cambio, los abuelos suben a por el pan. A 32 ºC, con el asfalto devolviendo el calor, cada paso cuesta. Y eso que El Carmel, colgado de la ladera, ni siquiera es el rincón de la ciudad donde el sol más calienta, que se sitúa entre el final del Eixample y la parte alta del Raval, donde de noche el termómetro llega a marcar varios grados más que en las afueras. 

Pero la desigualdad no está tanto en los grados que hace fuera como en quién puede escapar de ellos: en la vivienda que aísla, en el aparato que enfría, en la poder yacer bajo la sombra en el jardín. El calor de la calle se reparte de forma desigual; el de dentro de casa, mucho más. Un estudio del Institut de Govern i Polítiques Públiques de la Universitat Autònoma de Barcelona sitúa al Carmel entre las 77 zonas donde coinciden pobreza y estrés térmico, y donde viven más de 900.000 personas. 

Ya bastante sudado llego a la plaza Salvador Allende, donde me encuentro con dos chavales bebiendo de la fuente. Yo hago lo mismo. El agua sabe a vida, y yo recuerdo cómo la CIA asesinó a un presidente revolucionario. 

Sigo hasta el centro cívico del Carmel. Ahí leo un cartel que anuncia un «Refugi Climàtic». Y justo al lado, otro aviso: el centro de servicios sociales del Carmel permanecerá cerrado del 1 al 31 de agosto. Para cualquier cosa tiene que desplazarse hasta otro centro social, este a un 1,8 km andando, más de media hora. Ante el monasterio del Carmel, rezo un padrenuestro para las vecinas de la zona. 

Barcelona presume de 400 refugios climáticos, con uno a menos de diez minutos a pie del 95% de la población. Yo he chocado con la primera excepción que dudo que confirme la regla. Pero la red también retrata la ciudad. En la Bonanova, los refugios son jardines históricos –la Tamarita, el Turó Parc, el parc de Monterols–, verde de aposento burgués, con muros que aíslan del ruido, que existían mucho antes de que a nadie se le ocurriera la palabra «refugio». En el Carmel, es cierto que existen un par de zonas ‘verdes’ alrededor. Pero una se llama el ‘Monte Pelado’ (imagínense la sombra), y el otro es uno de los lugares predilectos por los turistas de la ciudad (los búnkeres del Carmel). Son, además, zonas difícilmente accesibles para la gente mayor.

Ya finalizando mi ruta, paso por delante de las obras de la calle Santuari. Los operarios pican al sol, sin sombra. Pienso que esto –el cuerpo que trabaja debajo del sol– es, seguramente, lo único que permanece igual entre los dos barrios: en la Bonanova o en El Carmel, quien hace ese trabajo es siempre el mismo, y el sol le cae encima igual. Y eso en verano significa pasar calor, un calor que a veces puede llegar a ser mortal. Porque puedes irte de tu barrio, coger el metro, subir a pasear bajo los árboles de la parte alta. Pero la clase social no se queda en el barrio: se sube al metro contigo. 

Mi jornada ha finalizado, y me subo al bus V18. Se está fresquito. 

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