La Comisión Europea ha anunciado el fin de productos como cosméticos como la purpurina, detergentes, juguetes y medicamentos que contengan microplásticos añadidos que se liberan durante su uso.
Se han encontrado rastros de estas sustancias en las placentas, la leche materna, los pulmones y, ahora también, en el corazón. Aun así, faltan estudios concluyentes sobre el efecto de los microplásticos en la salud humana. El desafío es tan político como filosófico y poético.
Descubiertas en los años 90, en los tres océanos mayores se encuentran cinco zonas flotantes de acumulación de residuos, mayoritariamente plásticos. Se calcula que la más grande de ellas casi triplica el tamaño de Francia. Hasta hoy, ninguna nación se ha hecho cargo en primera línea del problema.
El lago más grande de Europa Occidental concentra 41,6 gramos de microplásticos por kilómetro cuadrado, según un análisis de la asociación suiza OceanEye. La contaminación de estas aguas afectan a los habitantes de su alrededor, pero sobre todo a la flora y la fauna del lugar.
El proyecto de Boyan Slat pretende limpiar el plástico de los océanos. Tras tres años de trabajo, las cuentas no salen: harían falta 200 dispositivos trabajando sin descanso durante 130 años para recogerlo todo. Y eso sólo si cesaran los vertidos.
"Es urgente la implantación de una estricta regulación y limitación para evitar que nuestros campos sean un auténtico vertedero de microplásticos", reclama Javier Guzmán, director de Justicia Alimentaria.
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